3110 (one-shot)

Géneros: Fantasía, Romance, Terror

El día de Halloween, cuando Rebeca esperaba pasar una divertida noche con su novia Abigail, descubre que esta es una sacerdotisa maldecida y condenada debido a una historia que empezó hace millones de años y que podría terminar esa misma noche, pero las consecuencias serían catastróficas.

Historia completa

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Mi nombre es Rebeca. Tengo catorce años, mi cabello es corto y castaño, mis ojos negros, piel pálida y complexión más delgada de lo que debería. Desde que mis padres se divorciaron y pasé a vivir sólo con mi madre, su salario sólo nos permitía pagar las facturas mensuales y el material escolar necesario para asistir al instituto, así que no teníamos una vida muy cómoda. Además, nunca me han gustado los chicos, sino las chicas, lo cual me ha ocasionado muchos problemas de bullying en el instituto donde de por sí nunca he tenido muchos amigos a causa de mi tímida personalidad.
            Afortunadamente un día todo eso cambió para mí. Hace dos meses una chica llegó a nuestra clase. Su nombre es Abigail, su cabello perfectamente cuidado es negro y tan largo que casi le llega hasta las rodillas, sus ojos son de diferentes colores: uno ámbar y otro rojo; su piel casi tan blanca como la nieve, posee un envidiable cuerpo atlético y es muy alta y madura para su edad. Siempre suele mantener una mirada distante y carente de emociones, por lo que es complicado saber en qué está pensando. Tan pronto como la vi me enamoré de ella, pero más allá de la siempre constante cuestión de si una persona que te atrae de tu mismo género tendrá los mismos gustos que tú, ella parecía demasiado perfecta para mí.
            Aun así con el paso de los días fuimos hablando cada vez más hasta que hace un mes, tras aceptar su confesión de amor, comenzamos a salir juntas. Mientras estaba a su lado mi corazón latía con una fuerza estrepitosa, todos mis problemas desaparecían, nada podía entristecerme e incluso gracias a ella me volví más valiente y capaz de plantar cara a los chicos que me molestaban en la escuela. Además, cuando estábamos a solas me mostraba un sorprendente lado de ella que, cuando la conocí, jamás creí posible que tuviera, pero prefiero ahorrarme los detalles.
            Aquel día era Halloween. Abbie y yo habíamos acordado reunirnos por la noche en un parque para ir a una mansión abandonada en la que supuestamente sucedían cosas terroríficas. Aunque la idea me daba mucho miedo, mi intrépida novia había estado insistiéndome cada día hasta que al final acepté. Las calles estaban abarrotadas de personas, la gran mayoría de ellas disfrazadas de infinidad de personajes y llamando a todas las casas exclamando: "¿¡Truco o trato!?". Cuando era muy pequeña y mis padres aún estaban juntos yo también hacía lo mismo disfrazada de bruja junto a mis amigas. Aunque a veces echo de menos aquella época, ya soy demasiado mayor para retomarla incluso si pudiera. Como mucho este año podría haberme disfrazado, pues Abbie me dijo que si de verdad quería hacerlo podía comprarme el disfraz que quisiera. No obstante, a veces me siento mal por lo buena que ha sido conmigo desde que la conozco y por lo poco que he podido ofrecerle yo a cambio, por lo que no me gusta que me haga favores si yo no puedo también hacer algo por ella. Además, a ella no le gusta disfrazarse, por lo que para no dejarla sola con más razón decidí no llevar nada más que ropa casual. De todos modos, podíamos decir que íbamos vestidas de "alienígenas disfrazadas de seres humanos", je, je.
            Una vez que llegué al parque, la vi sentada en el banco en el que usualmente nos vemos. Bajo la tenue luz de la luna resplandecía más que nunca, por lo que mi corazón se descontroló y mi rostro se ruborizó. Cuando me avistó, se puso en pie y aguardó hasta que la alcancé. Aunque delante de otras personas siempre permanecía seria, cuando estaba a solas conmigo me dedicaba sonrisas pícaras, por lo que me extrañó ver su rostro ensombrecido.
            —¿Te... pasa algo, Abbie? —pregunté preocupada.
            —3110 —su respuesta me dejó perpleja—. Los segundos, minutos y horas son difíciles de contar, pero los años no si vas apuntándolos con constancia. Especialmente... si todo comenzó en una fecha concreta como hoy.
            —No... no entiendo de qué hablas... ¿3110 años?
            La situación era muy extraña. Jamás había escuchado a Abbie hablar con tanta melancolía y menos de algo tan raro.
            —Pero hoy, por fin, la cuenta termina. El ciclo termina. Todo termina.
            —Abbie, no sé qué dices, ¿estás bien? —insistí acercándome a ella.
            Pero en el momento que di un paso al frente, ella misma se acercó a mí y me besó en los labios. Normalmente siempre sentía una sensación dulce y suave, pero en esta ocasión su beso fue salado y frío.
            —Este ha sido nuestro último beso. No consideres esto algo personal. Algún día lo entenderás y harás lo mismo —me susurró cuando separó su boca de la mía.
            Una docena de hombres encapuchados y con túnicas negras nos había rodeado. Aunque no podía ver sus rostros, tenía la sensación de que todos me observaban. De repente comenzaron a cantar una canción en un idioma que nunca había escuchado y, cuanto más lo hacían, más extraños símbolos brillantes comenzaron a emanar del suelo justo bajo mis pies encerrándome en un círculo. La temperatura a mi alrededor estaba aumentando, por lo que desconcertada y acalorada sólo podía seguir mirando a Abbie, quien también estaba dentro de la circunferencia.
            —Rebeca. Siempre me has dicho que desearías poder devolverme todos los favores que te he hecho, ¿verdad? —asentí lentamente con la cabeza—. Entonces alégrate. Por fin podrás hacerlo. Estás a punto de hacerme un favor muy, muy especial. Mucho más que cualquiera que pudiera hacerte yo.
            El calor era insoportable, mi visión se nublaba y las lágrimas bañaban mi rostro.
            —Abbie... Si esto es una broma o un juego, no me gusta... Tengo miedo y me duele el cuerpo... Por favor, detén esto de una vez.
            —No te preocupes, casi ha terminado —contestó extendiendo un brazo hacia mí—. El ritual casi está completo. Dame la mano y ayúdame a cumplir mi mayor deseo.
            —Tu mayor deseo...
            Aun con dudas alargué mi mano tratando de alcanzar la suya. Mi cuerpo ardía tanto que tenía la sensación de estar derritiéndome como una vela pero, si eso de alguna manera podía hacerla feliz, entonces lo haría. De repente los hombres con túnicas se dispersaron y a mi alrededor creía estar escuchando gritos, pero no les presté atención. Ahora lo único que me importaba era Abbie. Mis escocidos ojos estaban cerrándose, nuestras dedos estaban a escasos centímetros de tocarse y, al mismo tiempo que notaba algo agarrándome fuertemente por detrás, todo se volvió negro ante mí.
 
 
Desperté en una de las aulas de mi instituto. Al parecer había estado durmiendo en el frío suelo. Cuando intenté levantarme fuertes dolores se manifestaron por todo mi cuerpo, por lo que caí de nuevo sin energía.
            —Todavía estás muy débil. Será mejor que sigas descansando —escuché aconsejarme a alguien con voz de chico adolescente.
            —¿Quién eres...? ¿Qué ha pasado...? —inquirí mirando a mi alrededor, buscando a la persona que me hablaba—. ¿Dónde está Abbie?
            —¿Abbie? Ah, debes de referirte a la sacerdotisa. ¿Puedes creer que la conozco desde hace más de tres mil años y no había escuchado su nombre ni una sola vez?
            No entendía de qué hablaba. Cuando al fin le encontré, observé que se encontraba a mi lado sentado en una silla mirándome sonriente. Gracias a la sutil luz de una vela encendida sobre una mesa a su lado podía ver su rostro: su cabello era rubio oscuro, sus ojos rojos carmesí y parecía tener un cuerpo bastante blandengue.
            —¿Abbie es una sacerdotisa a la que conoces desde hace más de tres mil años? ¿A qué... te refieres...?
            —Bueno, supongo que ya que te has visto involucrada en nuestra pelea, mereces que te dé algunas explicaciones —asumió alzándose y caminando por la sala—. Aunque lo que voy a contarte es un poco difícil de creer, así que te pido que abras tu mente.
            —Va... vale... —acepté asintiendo con la cabeza.
            —Esa chica a la que llamas Abbie es una sacerdotisa que nació hace más de tres mil años y está sometida a una maldición de la que no puede escapar por sí sola.
            —¿Una maldición? ¿Qué clase de maldición?
            —Una sin duda muy cruel. Esa chica no puede morir. Ya fuera apuñalada, disparada o alcanzada de lleno por una bomba atómica no le pasaría nada. Tampoco puede envejecer. Está condenada a vagar eternamente por el mundo.
            Al escuchar eso, quedé horrorizada. Aunque era algo demasiado extraño de creer de buenas a primeras, en el caso de que fuera verdad era terrible.
            —¿Quién le puso esa maldición? ¿Por qué lo hizo?
            —Se la puso la anterior sacerdotisa. Ha sido así durante millones de años: una chica es maldecida y sólo puede librarse de su maldición enamorándose de otra a la que traspasársela mediante un ritual durante la noche de brujas o, como a día de hoy se conoce, Halloween. Una vez que lo hace, la chica muere y su amada pasa a convertirse en la nueva sacerdotisa. El mismo ciclo se repite una y otra vez. Y, respecto al motivo de hacer esto, es para poder salvar el mundo.
            Puse los ojos como platos.
            —¿Salvar el mundo? ¿De... de qué...?
            Al formular mi pregunta, el chico se volvió hacia mí y me sonrió.
            —De mí —al escuchar su respuesta, sentí cómo mi cuerpo se paralizaba—. Hace millones de años, durante una época en la que la magia y las brujas existían y los humanos quemaban en hogueras a cualquier mujer a la que considerasen una de ellas, la hermanita de un chico fue acusada y asesinada sin prueba alguna. Ese chico era yo. Tan inmenso fue el odio que despertó en mí, que unas brujas me visitaron y me explicaron que su especie estaba al borde de la extinción y me propusieron entregarme todo el poder que pudieran a cambio de que algún día las resucitara a todas. Acepté y, al hacerlo, las brujas supervivientes sacrificaron sus vidas para convertir sus almas en magia que pasó a mi cuerpo. Furioso con la humanidad intenté destruirla, pero unos hechiceros crearon un sello que encerró en su interior la mayor parte de mi poder, obligándome a exiliarme. Ese sello era la primera sacerdotisa y, ya que yo tampoco puedo morir ni envejecer, su destino era vivir eternamente por siempre, más allá del fin de los tiempos, manteniendo mi fuerza presa dentro de su ser —su historia me dejó sin palabras y, aunque hubiera intentado decir algo, no me habría atrevido a hablar—. Por suerte para mí, no existe nadie con la paciencia suficiente como para soportar tal destino, por lo que irremediablemente todas las sacerdotisas acababan hartándose de su vida y pasando su maldición a otra. Algunas soportaban cientos de años y otras unas pocas décadas. Sólo podían hacerlo un día al año: la noche de brujas y, una vez que el ritual empezaba, debían terminarlo a toda costa o mi poder sería liberado. Era durante esa noche cuando tenía mi oportunidad de acabar con la sacerdotisa y recuperar la magia que me arrebataron. Desafortunadamente siempre acabo fracasando, ya sea porque soy demasiado lento, a causa de mis pocas fuerzas o porque simplemente no encuentro el lugar donde llevan a cabo el ritual. Después de todo, el mundo es muy grande.
            —Entonces... esta noche... ¿Abbie intentó traspasarme su maldición? —logré preguntar al fin.
            El chico asintió.
            —Deberías darme las gracias, te he salvado de quién sabe cuántos años de tormento. ¿Sabes? Ser traicionada por la persona que amas es un shock emocional muy fuerte, por lo que algunas sacerdotisas tardaban tanto en volver a enamorarse de otra persona justo porque no podían superar el dolor que les causaban sus predecesoras.
            Sentí como si un cuchillo hubiera perforado mi pecho. Mis problemas parecían una insignificante mota de polvo en comparación a los suyos y, aun así, Abbie siempre me escuchaba y me consolaba. Si ese chico no me hubiera explicado que la maldición sólo puede traspasarse a una chica de la que te enamoras, habría pensado que todos y cada uno de los días que pasé a su lado fueron una mentira y que sólo estaba jugando con mis sentimientos para entregarme su maldición. Pero...
            —Entonces... ¿Abbie me... quiere...? ¿Me quiere de verdad?
            —Sí —confirmó con tranquilidad—. Y lo cierto es que me sorprende mucho. Ella ha sido una de las sacerdotisas que más tiempo ha aguantado, incluso empezaba a pensar que nunca se enamoraría de nadie. No entiendo por qué ha tardado tanto, la verdad. Evidentemente le dolió mucho ser engañada por su predecesora, pero que haya tardado tres mil años en fijarse en otra chica... —el joven concluyó su frase riendo.
            —Supongo que saber que vas a condenar de semejante forma a la chica que te gusta tampoco es fácil.
            —Si tú lo dices —dijo asomándose por la ventana—. Vaya. Parece por fin ha empezado —comentó con una extraña alegría.
            —¿El qué ha empezado?
            —La destrucción del mundo —respondió mirándome con una sonrisa maléfica.
            Sus palabras me asustaron. Aunque aún notaba cómo mi cuerpo ardía, logré ponerme en pie y acercarme al chico para observar el mismo paisaje que él. Al verlo, me sobresalté. Terribles criaturas de las que emanaba una intensa oscuridad paseaban por las calles destruyendo todo a su paso: farolas, coches, escaparates... Además había cientos de prendas de ropa desperdigadas por el suelo.
            —¿Qué está... pasando? —balbuceé retrocediendo sin dar crédito a lo que veía.
            —Las consecuencias de que el ritual aún no se haya completado. El inmenso poder que la sacerdotisa actual custodia en su interior está empezando a desbordarse y a causar catástrofes en el mundo. Los glaciares se derretirán, la noche será eterna, la nieve cubrirá el mundo entero y las personas mutarán, convirtiéndose en lo que ves.
            —¿Quieres que decir que esas terribles criaturas son los habitantes de la ciudad?
            —Exacto. El caos aún no se ha extendido por todo el mundo, pero no tardará. Si el ritual no se completa antes de que amanezca toda la humanidad se transformará en monstruos y, dentro de algunos milenios, quién sabe en qué estado quedará la Tierra.
            —Es horrible... ¿No hay forma de evitar esto?
            —Claro que la hay. Acabo de decírtelo: completando el ritual.
            —Pero... si lo hago, Abbie...
            —Morirá. Y tú tomarás su lugar como sacerdotisa.
            —No puede ser... ¿Así que tengo que elegir... entre el mundo y Abbie?
            —¡Por supuesto que no! —respondió entre risas—. Esta batalla es entre la sacerdotisa y yo. Tú no tienes opinión alguna. Para que lo entiendas bien: podríamos decir que te secuestré, por lo que ahora mismo eres mi prisionera. Si esa chica te encuentra te forzará a terminar el ritual y eso no puedo permitirlo.
            —Pero si quieres que el ritual no se cumpla ¿no es más fácil matarme?
            Me arrepentí de mis palabras tan pronto como salieron de mi boca, temiendo haberle dado alguna idea. En cambio, sólo siguió riendo a carcajadas.
            —¿Crees que no lo he intentado ya?
            Una espada apareció en su mano y con ella atravesó mi corazón, haciéndome sentir el dolor más terrible que había sufrido en mi vida. Pero sólo duró un momento. Tan pronto como extrajo el arma se desvaneció igual que mi herida.
            —En cuanto entras en contacto con el ritual pasas a volverte inmortal, así que la única manera de asegurarme de que el ritual no se cumpla es mantenerte alejada de la sacerdotisa hasta que amanezca. El problema es que, cuanto más tiempo pasa, con más fuerza puede sentir tu presencia, por lo que te esconda donde te esconda nos encontrará, así que tendremos que huir sin parar.
            —Entiendo... Así que es por todo eso que nunca logras derrotar a la sacerdotisa.
            —¡Exacto! Pero esta vez será diferente. No puedo matarte, pero sí dejarte inconsciente, así que tan pronto como encuentre una apertura por la que huir sin que los monstruos nos vean, saldré corriendo cargándote en brazos.
            —¿Y si, en lugar de eso, yo te acompañara?
            El chico me miró perplejo.
            —Ahora soy yo el que no te entiende.
            —Dime: ¿qué sucedería con Abbie y conmigo si el ritual no se completara?
            El joven se rascó la cabeza, pensativo.
            —Ya que nunca ha sucedido no puedo estar seguro, pero imagino que la maldición se rompería, por lo que ambas volveríais a ser chicas normales.
            —Y podríamos... estar juntas para siempre... ¿verdad?
            Dándose cuenta de mis intenciones, abrió los ojos de par en par.
            —¡Espera, espera, espera! ¿Insinúas que quieres... ayudarme a detener el ritual?
            Asentí con la cabeza.
            —Si el ritual se completara... Abbie moriría y ella ha sido... la primera persona que me ha querido de verdad sin importarle mis defectos... No quiero perderla...
            Durante algunos segundos, el chico me miró con los ojos vacíos, como si mis palabras le hubieran dejado en trance. Luego soltó una risita que poco a poco se convirtió en una estruendosa carcajada. Se reía con tanta fuerza que incluso lagrimeaba.
            —¡Increíble! ¡Simplemente increíble! ¡En los millones de años que llevo luchando contra las sacerdotisas, jamás había conocido a una que estuviera tan loca como tú! ¿Eres consciente de que estás hablando de destruir el mundo entero sólo para salvar a esa chica? ¡Si esto fuera una película, ella sería la protagonista principal, la heroína que debe derrotar a los villanos y esos, por supuesto, seríamos nosotros!
            —No lo digas de esa forma... Me haces sentir mucho peor de lo que ya me siento... —murmuré apenada.
            Él seguía riéndose sin cesar.
            —No serías la primera e n intentar huir del ritual, pero las demás lo hacían por miedo a la maldición, no para estar con la chica que las traicionaba. ¿Realmente estás dispuesta a hacer esto? ¿Es que no te importa el mundo?
            —No es que no me importe... Por muy mal que me haya tratado no deseo que sea destruido, pero... no podría... anteponerlo a quien amo de verdad. No me parece... justo para ella —confesé entristecida y con la cabeza agachada—. Dime: ¿no hay forma de salvar tanto a Abbie como al mundo?
            —No. Por muy grande que sea mi poder cuando lo recupere no creo que pueda prevenir las catástrofes naturales que vendrán en un futuro y, aunque pudiera, tardarían miles de años en llegar, probablemente me cansaré de mi vida antes y me suicidaré. Además tengo que cumplir mi promesa de resucitar a todas las brujas que habitaban en el mundo hace millones de años y quién sabe qué querrán hacer ellas cuando regresen.
            —¿No podrías siquiera volver a convertir en humanos a todos los monstruos?
            El joven lo pensó durante unos segundos.
            —Tal vez, si sólo es eso, sí podría. Pero no a todos. Son millones de personas.
            —Entonces te ofrezco este trato: a cambio de que nos permitas a Abbie y a mí estar juntas para siempre y devuelvas a la normalidad a todos los humanos de la ciudad, te ayudaré a evadir el ritual hasta el amanecer.
            El chico me miró con asombro, como si no hubiera estado tomándome realmente en serio hasta ese momento en el que le hablé con tal firmeza.
            —Si fuera por mí, aceptaría el trato, pero ya te he dicho que no sé qué querrán hacer las brujas cuando regresen a este mundo. Ellas odian a los humanos y, aunque creo que podría convencerlas de que os dejasen en paz, no sé qué harán con los demás.
            En ese momento extendí mi mano hacia él.
            —Eso es suficiente para mí. De ser necesario yo misma hablaré con ellas cuando regresen y les suplicaré clemencia, ¿vale?
            El joven se rio de nuevo.
            —Vale —aceptó estrechándome la mano—. Nunca me ha importado el nombre de ninguna sacerdotisa pero, ya que nos hemos vuelto compañeros: ¿cómo te llamas?
            —Rebeca. ¿Y tú?
            —No lo sé —admitió entre risas—. Hace ya tanto tiempo que vivo en este mundo que se me ha olvidado mi nombre. Pero puedes llamarme Fin. Después de todo, voy a llevar este mundo tal y como lo conocemos a su fin.
            —Entendido, Fin —respondió sonriente—. Ahora démonos prisa —exigí dirigiéndome hacia la puerta más cercana de la clase.
            —¿Eh? ¡Oye, oye, espera! —exclamó interponiéndose en mi camino—. ¿A dónde crees que vas? Es peligroso salir tan tranquilamente. La sacerdotisa nos busca.
            —Es que es a ella a quien vamos a ir a ver.
            Mi nuevo amigo abrió los ojos de par en par.
            —Vaya. Estás aún más loca de lo que pensaba.
            —No estoy loca. Sé lo que estoy haciendo.
            —¿¡Que sabes lo que estás haciendo!? ¡Si queremos sobrevivir hasta el amanecer tenemos que alejarnos todo lo que podamos de ella, no acercarnos!
            —Huir es imposible. Ya deberías saberlo, lo has intentado muchas veces. Además, ya que he tomado una decisión tan importante como anteponer a Abbie al mundo, quiero que lo sepa, explicarle por qué deseo hacer esto... para que no me odie.
            Cuanto más me escuchaba Fin, con más incredulidad me miraba.
            —¿Convencer a una sacerdotisa de que abandone al mundo? ¿Te das cuenta del disparate que estás diciendo?
            —Sé que parece algo imposible... y que no has estado esperando tres mil años este día para que yo lo arruine todo con un plan tan arriesgado. Pero te suplico que creas en mí. Ella me ama, ¿verdad? Entonces puedo convencerla. Sé que puedo... por favor...
            Inquieto y pensativo, el chico dio vueltas por toda la clase pensando seriamente en qué debía hacer. Cuando finalmente tomó una decisión se acercó a mí.
            —De acuerdo. Lo intentaremos —respondió para mi alegría—. Pero te lo advierto: si tu plan no funciona huiremos hasta que amanezca, ¿entendido?
            —¡Entendido! Gracias, Fin —asentí con una sonrisa.
 
 
Vista desde la calle, la situación era aún más terrorífica de lo que esperaba: donde fuera que mirase decenas de monstruos de diferentes formas circulaban por las aceras y carreteras sin aparente rumbo fijo. Algunos eran enormes, otros diminutos. Unos tenían cabeza de león y otros cuerpo de serpiente. Cuando le pregunté a mi compañero qué determinaba que una persona transformada adoptase una apariencia y otra, me respondió que, aunque no estaba seguro, podía deberse a la manifestación de sus peores pesadillas. Fuera cual fuera la razón, todos eran peligrosos no porque pudieran matarnos, sino porque si nos descubrían armarían tal escándalo que alarmarían a Abbie y necesitaba acercarme a ella sin que estuvieran presentes ni esas criaturas ni los hombres con túnicas. De lo contrario no podría hablar tranquilamente con ella.
            —¿Dónde crees que puede estar Abbie? —pregunté a mi compañero mientras avanzábamos por los oscuros callejones de las calles.
            —Escondida a la espera de que pueda empezar a sentir tu presencia. Después de todo, estos monstruos también la atacarían a ella si la descubrieran y, al igual que yo no quiero que me persigan porque eso le revelaría dónde estoy, lo mismo sucede con ella.
            —Así que ¿podría estar en cualquier parte de la ciudad?
            —No en cualquiera, sino en una donde antes no hubiera personas. O fueran tan pocas que pudiera eliminarlas después. ¿No se te ocurre ningún lugar?
            Mientras pensaba, escuché unos ruidosos pasos detrás de mí y, cuando me di la vuelta, avisté a un ogro lanzarse a por mí. Al mismo tiempo que chillaba a causa del susto, Fin me tapó la boca para ahogar mis gritos e, inmediatamente después, invocó un hacha con la que decapitó al monstruo. Congelada por el miedo perdí toda fuerza en mis piernas y caí al suelo con la espalda contra la pared.
            —Uff... Menos mal que lo hemos matado antes de que alarmara a otros monstruos —comentó aliviado observando la calle, donde las demás criaturas caminaban ajenas a lo que acababa de suceder.
            Tratando de calmarme, me levanté y suspiré. Aun sabiendo que soy inmortal, seguía sintiendo miedo. No obstante, eso hizo que me acordase de algo importante.
            —Creo que sé dónde puede estar.
            —¿En serio? ¿Dónde?
            —Allí —asomándome ligeramente fuera del callejón señalé la mansión que había pasado el parque donde me había reunido con Abbie—. Se supone que está abandonada. Íbamos a hacer una especie de prueba de valor yendo a visitarla. No sé si realmente no habrá nadie pero, en caso de que hubiera algunas personas, Abbie pudo acabar con ellas sin que nadie más lo notara.
            —Mm... Un edificio grande y espacioso situado en el centro de la ciudad desde donde marcharse inmediatamente en tu búsqueda tan pronto como te detectase... Sí, yo también creo que puede estar allí. Bien, vamos entonces. Ahora mismo es medianoche, por lo que faltan seis horas para que amanezca. La sacerdotisa podrá percibirte pronto, así que debemos apresurarnos.
            Tras asentir con la cabeza continuamos avanzando.
            Aunque nos las apañamos para aproximarnos al parque sin ser vistos no tardamos en darnos cuenta de que allí no había forma de movernos sin que los monstruos nos vieran y, aunque lográramos cruzarlo, un largo muro protegía la casa a la que nos dirigíamos y los edificios más cercanos estaban demasiado lejos como para que pudiéramos acercarnos de callejón en callejón para luego correr hacia allí sin que nos detectaran, por lo que necesitábamos otro plan. Pero no se nos ocurrió nada.
            —Si así están las cosas, parece que tendremos que decir adiós al sigilo.
            —¿Qué quieres decir? —pregunté perpleja.
            —Quiero decir que ahora todo va a depender de ti.
 
 
Observado por todas las oscuras criaturas cercanas, Fin caminó sonriente y con calma por el parque siendo poco a poco rodeado por los monstruos hasta que, al final, mirara donde mirara no veía más que criaturas listas para lanzarse contra él y devorar su carne.
            —¡Empieza la diversión!
            Primero alzó su mano y luego acumuló en ella una negra energía que liberó contra los monstruos cuando le atacaron, produciendo una explosión que arrasó con todos ellos al instante. Sin embargo, en su lugar aparecieron los hombres con túnicas.
            —Ah, habéis llegado. Los espíritus de los magos que crearon la maldición que tantos millones de años lleva atormentándome. No podéis imaginar lo mucho que os odio, el placer que me produce destruiros y la rabia que siento cada vez que regresáis.
            Los doce extendieron sus manos, de las cuales surgieron abrasadoras luces que arrojaron contra Fin en forma de letales rayos, por lo que el chico empezó a moverse rápidamente para esquivarlos a la vez que contraataca con fuego oscuro. Tan pronto como alcanzaba con sus hechizos destructivos a un hombre con túnica, este se desvanecía, pero a los pocos segundos regresaba como si nada le hubiera ocurrido.
            Poco a poco los rayos que disparaban contra el joven se convirtieron en torrentes y tornados de energía que, tras ser esquivados, derribaban edificios y prendían fuego a otros, por lo que la ciudad tras ellos no tardó en convertirse en un mar de llamas. Incapaz de esquivar eternamente los continuos ataques de doce poderosos magos, un relámpago alcanzó al joven y, tras ese, muchos más cayeron sobre su cuerpo inmortal, haciéndole gritar de dolor. No obstante, sin poder morir, sólo tuvo que aguantar hasta que logró almacenar suficiente poder como para liberarlo todo de golpe, desintegrando a los doce espíritus al mismo tiempo. Con la ropa medio desprendida pero el cuerpo intacto el chico se puso en pie y, a la vez que una amplia multitud de monstruos atraídos por el ruido se acercaba a él, los magos volvieron una vez más. Fin hizo una mueca.
 
 
Mientras tanto, aprovechando la distracción que el chico consiguió para mí y tratando de ignorar los estruendosos ruidos producidos por la batalla que invadían mis oídos logré colarme dentro de la mansión, cuyas puertas afortunadamente estaban abiertas. Si era por cómo las hormonas actuaban por mi cuerpo, porque lo que sentía era amor verdadero, por el deseo de proteger el primer romance que tan poco tiempo llevas teniendo que aún sientes la emoción y la pasión del primer día o por el motivo que fuera, sentía que esto era lo que debía hacer. Aunque supiera que no era la correcto.
            Tal y como Fin y yo imaginamos, una vez dentro de la casa nadie me atacó. Todos los monstruos debieron de ser eliminados por Abbie y los hombres con túnicas que la servían estaban combatiendo al villano de la historia, por lo que mi único problema era no saber dónde estaba la sacerdotisa a la que había ido a ver. Llegué al vestíbulo principal, recorrí cada habitación, subí por las escaleras y atravesé todos los pasillos sin dar aún con ella. La mansión estaba muy oscura, costaba un poco respirar y fuera por donde fuera veía ataúdes, momias, calderos de brujas y telarañas en el techo, pero no eran de verdad. Después de todo sí que habían remodelado ese lugar para servir como atracción de terror por el día de Halloween. Cada vez que avistaba un detalle puesto apropósito para dar miedo a los visitantes cuando se acercasen me preguntaba cómo hubiéramos reaccionado Abbie y yo si realmente hubiéramos podido venir de exploración como habíamos estado planeando. Pensarlo me causó dolor y una sensación de soledad. La echaba de menos. Más que a nadie. Quería encontrarla de una vez.
            Finalmente llegué a unas escaleras de caracol que parecían ascender por el interior de una de las torres situadas en las esquinas de la mansión, las cuales probablemente conducían a la azotea. Era el único lugar que me faltaba por registrar por lo que tras tragar saliva, mentalizarme y respirar profundamente comencé a subir los escalones hasta que allí, al final del camino bajo la luz de la luna y sobre el caos desatado ante sus pies la vi dándome la espalda, contemplando el terrible paisaje.
            —Abbie... —la llamé con voz entrecortada, escuchando mi corazón latir.
            —Sabía que vendrías a mí, Rebeca —dicho eso se volvió hacia mí y, pese al aparente tono alegre de sus palabras, me miró con ojos tristes—. Ahora, ven —dijo extendiendo la mano—. Ven y completemos el ritual.
            Quería ir. Sentía unas descomunales ganas de correr hacia ella y abrazarla.
            —No...
            Pero debía resistirme. No sabía exactamente cómo funcionaba el ritual. ¿Y si sólo tocándola aun sin la presencia de esos hombres podía concluirse?
            Mi respuesta la sorprendió.
            —¿Por qué no? ¿No querías devolverme todos los favores que te he hecho?
            Sintiendo mi valor flaquear, me llevé las manos al pecho. Debía ser fuerte.
            —Por supuesto que sí... Has hecho tanto por mí... que cada vez que lo pienso me siento mal... por nunca haber podido agradecértelo de verdad.
            —Puedes hacerlo. Puedes agradecérmelo. Sólo tienes que venir y...
            —¿¡Y eso es realmente suficiente para ti, Abbie!? —grité dejando que mi corazón hablase por mí—. ¿¡De verdad es esto lo que quieres!? ¿¡Acabar el ritual!? ¿¡Morir y que yo ocupe tu lugar!? ¿¡Es esto de verdad lo que te hará feliz!?
            Ante mis palabras dio un paso atrás y me miró con una mueca de rabia.
            —Así que ese chico te lo ha contado todo...
            Asentí.
            —Sí. Sé que eres... una sacerdotisa que ha vivido durante más de tres mil años...
            —3110 —me corrigió—. Cien años más o cien años menos pueden parecer poco... pero no lo son. Tú no sabes... cuánta soledad he sentido... cuánta desesperación... y tristeza. Ver morir a mis seres queridos durante el primer centenar, que sus descendientes te tratasen como un monstruo y te obligasen a huir... Que el mundo a tu alrededor fuera cambiando ¡y por más veces que deseases terminar con todo, no pudieras! ¡Tú no sabes lo que es eso! —cada vez gritaba con más fuerza. Sus palabras se clavaban en mi pecho como un cuchillo—. Intenté soportarlo... No quería que nadie más pasara por esto... mucho menos alguien de quien me enamorase... así que traté de resistirlo... pero... al final... tanto dolor acabó nublando mi juicio... o tal vez fue un acto de cordura... Ya ni siquiera lo distingo. Cuando te conocí... me recordaste a mí. Una chica infeliz... incomprendida... con quien la vida no había sido justa. ¿Cuántas personas desearían poseer la inmortalidad y la juventud eterna? ¿Y cuántas desearían poder ir a la escuela, vestir y comer cada día? Y, aun así, ahí estábamos tú y yo... sufriendo...
            —Abbie... Yo... —balbuceé sin saber qué decir.
            —No quería... no quería enamorarme de ti... Entregarte esta horrible maldición... Lo único que deseaba cada segundo que pasamos juntas durante estos dos últimos meses era... que pudiéramos tener una vida normal... pero el día de Halloween estaba muy cerca y mi dolor era demasiado. Si te hubiera conocido durante mi primer o segundo milenio como sacerdotisa me habría marchado tan lejos como hubiese podido para no involucrarte en esto, pero... tres milenios... Ojalá hubiéramos tenido más tiempo para estar juntas. ¿Por qué justo debían faltar sólo dos meses para este día? ¿Por qué no pude conocerte al día siguiente de Halloween...? Así habríamos tenido más tiempo.
            —¡Aún podemos tener más tiempo! —ella me miró con los ojos abiertos de par en par—. ¡Aún podemos estar juntas para siempre! ¡No tenemos por qué hacer esto!
            —¡Imposible! ¡Ya no hay vuelta atrás! ¡No desde el momento en el que empezó el ritual! ¡Cuando se complete, yo moriré y tú experimentarás lo mismo que yo! ¡Y si no lo completáramos ese chico recuperaría todo su poder y el mundo sería destruido!
            —¡Entonces dejemos que el mundo sea destruido! —mi respuesta la dejó en absoluto silencio, incapaz de creer lo que había oído—. ¡Olvidemos el ritual! ¡Dejemos que el mundo sea destruido y reconstruyámoslo juntas!
            —¿Estás... oyendo lo que estás diciendo...? ¡Soy una sacerdotisa! ¡Llevo tres milenios protegiendo este mundo al igual que mis predecesoras antes que yo! ¡Durante millones de años, todas hemos estado velando por él ¿y ahora tú quieres que ignore los esfuerzos de todas y lo deje a su suerte?! ¡Estás loca!
            —¡Sí, tienes razón! ¡Estoy loca! ¡Pero no me importa! ¡Si estoy loca por no querer separarme de la chica que me gusta entonces aceptaré mi locura!
            —¡Basta! ¡Ya he oído suficiente!
            Los doce hombres con túnicas aparecieron ante mí. Dos de ellos sostenían a mi compañero inconsciente, a quien dejaron caer al suelo.
            —¡Fin! —grité preocupada.
            Pero cuando quise correr hacia él, los espíritus empezaron a cantar, encerrándome de nuevo en el círculo mágico lleno de símbolos. El ritual se reanudaba.
            —¡Abbie, basta! ¡No sigas con esto! ¡Aunque no seas tú, tarde o temprano otra sacerdotisa fallará! ¡El mundo ya está condenado! ¡No te sacrifiques por él!
            —¡Cállate! ¡Esta es mi misión como una sacerdotisa y pronto será la tuya!
            Mi cuerpo empezaba a arder y mi visión a difuminarse. Debía salir lo antes posible del círculo o sería demasiado tarde. Sin embargo, a más intentaba moverme, mayor era la presión que los magos ejercían contra mí.
            —¡Fin! ¡Ayúdame, Fin! ¡Fin!
            Era inútil. Él no podía oírme. ¿Le habrían dormido con algún hechizo? ¿Sometido a algún trance temporal? Abbie caminó hacia mí. Sólo con verla podía sentir su profundo pesar. Ella no quería hacer esto. Sus sentimientos la traicionaban. Se estaban enfrentando en su interior.
            —Lo siento, Rebeca. No espero que me perdones, pero ojalá te enamores pronto de otra chica. Así podrás librarte de la maldición mucho antes que yo.
            —A... bbie...
            Sufriendo la sensación de mi cuerpo derretirse y notar hasta el último de mis huesos ardiendo, observé con mis enrojecidos ojos la mano de Abbie acercarse a la mía.
            —¡Sacerdotisaaaaa!
            Espoleado por una gran furia, Fin se levantó y destruyó a todos los magos con rayos oscuros, deshaciendo una vez más el círculo de luz bajo mis pies. Luego, mientras yo caía exhausta, él invocó una espada y una pistola con las que empezó a golpear y disparar a Abbie con toda su fuerza en el pecho y en la cabeza, mas ella no se inmutó.
            —Brujo. Tú y yo somos inmortales —de repente, la chica disparó un rayo de luz que atravesó la cabeza de Fin de parte a parte haciéndole caer, pero no tardó en ponerse en pie—. ¿Cuál es el sentido de que peleemos cara a cara?
            El joven se rio a carcajadas.
            —¡Realmente te pareces a la niña que has elegido para sucederte! ¡Eres tan llorona como ella! —la chica le dedicó una mirada de desprecio y perplejidad—. ¿¡Sólo has vivido tres mil años y ya te quejas tanto!? ¡Vaya! ¡Pues me pregunto qué tanto debería quejarme yo, que he vivido millones sin tener nunca un maldito reemplazo! —protestó furioso alcanzándola con potentísimos ataques que, por más que dañaban su ropa, su piel no sufría desperfecto alguno.
            Tan pronto como los espíritus de los magos de antaño reaparecieron fueron destruidos por una ráfaga oscura de Fin.
            —¿¡Y de quién crees que fue la culpa!? ¿¡Es que ya has olvidado cómo empezó todo esto, brujo!? —respondió Abbie disparando flechas ardientes contra él.
            —¡Claro que no! ¡Puedo olvidar mi nombre, mi edad y cuántos años han pasado, pero nunca el rostro de mi hermanita mientras moría asesinada por los humanos! ¿¡Por qué a ella no la salvasteis!? ¡Era una niña! ¿¡Por qué lanzasteis una maldición contra mí y no contra los locos que la quemaron viva!? ¡Responde, sacerdotisa!
            Con el corazón lleno de odio e ira Fin creó un espadón de oscuridad y se dispuso a dejarlo caer sobre mi novia pero yo me interpuse en medio, recibiendo el golpe en la espalda mientras caía en los brazos de Abbie, quien con ojos preocupados me recibió.
            —¡Rebeca!
            El golpe que debería haberme arrebatado la vida en cambio me permitió reconstruir mi destruido cuerpo, librándome del dolor que estaba soportando a causa del ritual interrumpido y permitiéndome abrazar a la chica que más quería.
            —Tranquila... Ahora mismo yo tampoco... puedo morir...
            Al tenerme entre sus brazos, el corazón de mi amada se derritió e incapaz de contener las lágrimas cayó al suelo sentada y llorando. Yo la seguí.
            —Yo no quería... Te juro que yo... no quería...
            —Lo sé... Tranquila... Ahora estaremos siempre juntas...
            —Pero... yo...
            En ese momento, Fin la golpeó en la nuca dejándola inconsciente, momento en el que los espíritus aparecieron sólo para volver a desaparecer, como si la conexión de la sacerdotisa con ellos se hubiera debilitado, impidiéndoles ayudarla.
            Mi compañero y yo intercambiamos una sonrisa triunfal. Nuestro plan había funcionado. Aunque tenía miedo de lo que fuera a suceder a partir de ahora y, sobre todo, de que Abbie nunca me perdonara por lo que había hecho, ya no había vuelta atrás. Ahora debía responsabilizarme por mis acciones y aceptar lo que pasara.
            La luz de un nuevo día despertó a quien había sido la última sacerdotisa del mundo. Eran las seis de la mañana y la chica había estado durmiendo con su cabeza apoyada en mi regazo. Mi sonrisa fue lo primero que vio y, aunque por unos instantes me pareció verla reconfortada, no tardó en levantarse nerviosamente y mirar a su alrededor. Nos encontrábamos en el arrasado parque y a nuestro alrededor no había más que un paisaje desértico, desolado por el fuego propagado el día anterior.
            —¿Qué has hecho...? —me preguntó horrorizada.
            —Era... la única manera de poder estar juntas.
            —¿¡Y crees que ha valido la pena!? —me gritó fuera de sí—. ¡Mira a tu alrededor! ¡Has destruido la ciudad! ¡Has destruido el mundo! ¿¡Cómo has podido!?
            Una sonora carcajada nos interrumpió. Encima de nosotras, flotando en el aire, se encontraba Fin más alegre que nunca.
            —La maldición se ha roto, ex sacerdotisa. Espero que disfrutes de estos años venideros, porque serán los últimos de tu vida.
            —¡Fin! ¿¡Entonces ya has recuperado todo tu poder!? —le preguntó.
            Él asintió enérgicamente.
            —¡Así es! ¡Y todo gracias a ti!
            Abbie me miró con una profunda decepción.
            —¿Cómo has podido permitir que pasara esto...? ¿Qué vamos a hacer ahora?
            —No lo sé —confesé con incertidumbre—. Pero, sea lo que sea, lo haremos juntas —añadí tomándola de las manos.
            —Ahora ha llegado el momento de cumplir mi promesa —ante las palabras de Fin, ambas nos levantamos. Sabíamos lo que ocurriría—. ¡He aquí me hallo dispuesto a cumplir el juramento que hice tiempo atrás, cuando llorando supliqué vuestro poder en mi egoísta deseo de venganza! ¡Ahora ha llegado el momento de que resurjáis de entre los muertos! ¡Como obsequio os ofrezco mi vida, mi alma, mi ser y este mundo para que hagáis lo que deseéis! ¡Resucitad!
            Atónitos contemplamos cómo una enorme brecha se abría en el cielo y, mientras que todo a nuestro alrededor se estremecía, miles de personas cruzaron la gran grieta riendo y esparciéndose por un mundo habitado sólo por monstruos, edificios derrumbados y vegetación muerta. Las brujas habían vuelto y este mundo les pertenecía.
            Sólo tres de ellas se detuvieron ante nosotros. Eran tres mujeres alegres, muy bellas y vestidas con ropas sucias de sirvientas.
            —En nombre de todas, te damos las gracias, Eivilieon, por cumplir tu promesa.
            —Gracias a vosotras maté a los hombres que asesinaron a mi hermanita. Jamás pensé en incumplir mi promesa —respondió el chico con solemnidad.
            —¿Quiénes son tus amigas? —preguntó otra de las tres brujas.
            Ambas miramos a las señoras con timidez, sin saber qué decir.
            —La última sacerdotisa y la que de verdad ha hecho posible que pudiera traeros de vuelta. Su nombre es Rebeca y le prometí que, si me ayudaba, le permitiría estar junto a esta otra chica para siempre y vosotras sabéis bien lo seriamente que me tomo mis promesas. Bueno, también acepté convertir en humanos a todos los monstruos de la ciudad pero, viendo cómo ha quedado, eso ya no será posible —dijo entre risas.
            Abbie me dedicó una mirada enfurecida y yo la miré apenada.
            —Disculpen... —murmuré, atrayendo las miradas de todos—. Este mundo ha sido destruido por mi culpa y, en los próximos milenios, empeorará aún más, por lo que quisiera pedirles que nos concedieran un país a los humanos. Juntos construiremos ciudades, nos adaptaremos a los nuevos cambios y seguiremos evolucionando. Así, nuestra raza no se extinguirá. Y ustedes seguirán poseyendo el resto del mundo.
            Ante mi propuesta, las tres mujeres debatieron entre ellas. Cuando terminaron se volvieron hacia nosotros.
            —Lo que te propones es, sin duda, una tarea muy ardua. ¿Estás segura de que podrás cumplirla?
            Asentí con la cabeza.
            —Estas son las consecuencias de mis actos. Las aceptaré sin quejarme.
            Las brujas sonrieron.
            —En ese caso, dinos, humana: ¿cuántos años pasaste siendo la última sacerdotisa? —preguntó una de ellas a Abbie.
            —3110 años...
            —Entonces ese será el tiempo que viváis —ambas nos sobresaltamos—. Durante los próximos 3110 años haréis prosperar el país y, si lo hacéis bien, una vez terminado ese tiempo esta nueva maldición que os impongo se romperá y podréis tener vidas normales en el mundo que vosotras mismas hayáis construido. ¿Qué os parece?
            —¿Ten... tendré que vivir otros 3110 años...? —murmuró mi novia con los ojos abiertos de par en par.
            Entonces le cogí la mano y, cuando me miró perpleja, le sonreí dulcemente.
            —Pero esta vez me tendrás a tu lado. Si estamos juntas, tres mil años no son nada, ¿verdad?
            Ella me devolvió la sonrisa.
            —3110 —me corrigió.
            —Respecto a ti, ¿qué harás, Eivilieon?
            El chico lo pensó durante unos segundos.
            —Bueno... Había decidido que, una vez que cumpliera mi promesa, me suicidaría para descansar de una vez por todas. Pero ahora tengo una cierta curiosidad por saber cómo será el mundo que las brujas construyan por un lado y el país que los humanos hagan por otro, así que por el momento me dedicaré a observar.
            —Como desees.
            —Disculpen, ¿qué... harán con el mundo? —les pregunté con temor.
            —Reconstruirlo a nuestro gusto —respondió una de ellas—. Haremos un mundo donde la tecnología no exista, sino donde la magia controle todo. Crearemos ciudades, animales y plantas, repoblaremos el planeta y lo gobernaremos por siempre.
            —Ya... ya veo... Les deseo... lo mejor.
            Las tres me sonrieron.
            —Adelante, hermanas. Tenemos mucho trabajo por delante.
            Las tres brujas ascendieron hacia el cielo y unieron su poder para crear una refulgente luz que envolvió todo.
            Cuando al fin pudimos volver a abrir los ojos sin que estos quedasen cegados, Abbie y yo estábamos en un remoto lugar de la tierra rodeadas de maquinaria, materiales de construcción y personas que sin preguntas ni dudas comenzaron a organizarse para comenzar a trabajar en la creación de una nueva ciudad. Al parecer las brujas nos habían ofrecido una ayuda inicial, pero el resto dependería de nosotras. Cada palabra que decíamos era atentamente escuchada por todos, como si fuéramos sus reinas, por lo que rápidamente les dimos instrucciones.
            —Abbie... ¿Sigues creyendo que esto ha sido un terrible error?
            —Sí —respondió enfurecida—. Pero ya no podemos volver atrás, así que de ahora en adelante tendremos que esforzarnos para arreglar lo que has hecho.
            —Y esta vez lo haremos juntas, sin que nada nos separe —le aclaré, mirándola ruborizada.
            —Así es —me respondió tan sonrojada como yo.
            Y entonces, delante de todos, nos tomamos de las manos y compartimos un profundo beso en los labios lleno de sentimientos.

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