Las Crónicas de Vincent: El Umbral Oscuro

Géneros: Ciencia ficción, Misterio, Terror

Una mañana que se suponía debía ser como cualquier otra, Vincent se entera de que sus padres no están en casa y tampoco han dejado ninguna nota que notificara la razón de su ausencia. Al caer la noche, un anciano con aspecto sombrío toca su puerta y le dice que tiene que acompañarlo a un orfanato. Una vez allí, Vincent dará cuenta de que su vida y la de los demás pupilos corre peligro, puesto que cuyo lugar esconde secretos perversos y atroces que concierne a todos.

PRÓLOGO

Las Crónicas de Vincent: El Umbral Oscuro

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Del diario de Vincent T. Hoffman, del 20 de enero de 1997.
126 de New Morgan, Condado de Berks, Pensilvania.
(Por si lo olvido, por si me matan y por si alguien lo encuentra).
 
 
   Estoy convencido de que los monstruos existen.
   Cuando uno es niño, teme apagar la luz del cuarto y tener que correr a la cama, dormir con una pierna destapada, acostarse de espaldas al viejo ropero o simplemente escuchar al viento sacudir los árboles del otro lado de la ventana; cualquier tipo circunstancia contribuye a la idea de que algo quiere nuestra carne, y es que nos los imaginamos de una forma concreta. Ojos rojos, dientes afilados y enormes manos acechando en los rincones oscuros de la casa, o sencillamente, de la misma noche. Todo depende de cómo lo ven nuestros ojos de la mente, ¿no es así? Y de esa forma sin darnos cuenta, hemos llevado a cabo una elección personal del monstruo que queremos que nos persiga. Y así sucede, al menos, la mayor parte de la infancia. Pero entonces creces, te estiras y los años van remodelando tu cuerpo y rostro y tu forma de pensar, por ende, también de ver las cosas. Y cuando digo cosas, abarco todo tipo de cosas que existen o pueden llegar a existir. Es ahí donde vuelven ellos, los monstruos. Tal vez ya no los vemos como antes, dientes afilados y manos enormes, tal vez… los idealizamos aún más reales. Sin ningún tipo de superstición. No hay susurros extraños en los pasillos ni ruidos debajo de la cama. Sólo realidad. Y no hay nada más monstruoso que eso.
   O, al menos, esas fueron las palabras de mi padre aquella noche. Recuerdo haberme alejado de la puerta por donde había estado escuchando y viendo… viendo, sí; mi madre estaba recostada en su pecho completamente desnuda, y él, asumo, por debajo de la manta, también. Me alejé y miré el suelo, confundido y un tanto perplejo. Siempre había escuchado todo tipo de cosas relativas a los monstruos, pero jamás nada igual. Para mis padres, supongo, la idea de que le tema a mis propias fantasías era admisible. Los niños deben creer en lo que quieren creer y nadie debe arrebatarle ese derecho. Por eso, cada noche después de escuchar un ruido extraño en mi habitación, allí en la oscuridad absoluta, corría a su cuarto y le comentaba aterrado lo que había pasado, y ellos, en su paroxismo de amor y protección, siempre acababan por dejarme dormir en el medio de los dos.
   Pero después de aquella noche, algo había cambiado.
   Por alguna razón las palabras de mi padre habían exterminado el miedo. Regresé a mi cuarto y encendí la luz, caminé despacio hasta el armario y lo abrí de sopetón… Ropa, ropa y más ropa. Fui hasta el pie de la cama, vacilé un instante y luego me arrodillé lentamente, miré debajo… Nada. Apagué la luz, miré receloso todo a mi alrededor y al cabo de unos cuantos minutos, me quedé dormido.
   El niño había, de cierto modo, crecido un poco. No más monstruos, no más mamá y papá en la madrugada, no más miedo. Era libre.
   Ojalá todo hubiera permanecido así.
   Una cosa es segura, lo monstruos no existen. Pero si abres la cabeza de alguien con el alma fracturada, legado de un pasado doloroso y atroz, y escrutas su interior con un telescopio, uno puede ver cosas. Cosas aterradoras. Pues el ser humano siempre albergará uno en su interior. Oculto ante las miradas casuales, ajeno al conocimiento de los otros. Un monstruo capaz de llevar a cabo lo inconcebible. Desde el acto más cruel, hasta el más sangriento de todos. Un verdadero monstruo.
   Así que sí, lo monstruos imaginarios no existen, pero la imaginación de un monstruo es tan real como una piedra.
   Paradójicamente mi padre siempre lo supo. Sólo que, a diferencia de aquel hombre, él y mi madre fueron más humanos al final. Y tal vez creyeron que todo había acabado y yo no tenía por qué entender todo esto que te estoy contando. Tal vez, no lo sé. El punto es que lo sabían, los dos, mi madre también, sólo que no tuvieron en cuenta que ese hombre carece de misericordia. Y a raíz de ello, todo acabó en caos.
   Ahora…, puede que tenga muy en claro toda esta cuestión, lo único que escapa de mi conocimiento es cuándo.
   ¿Cuándo comenzó todo, Vincent? Lo cierto es que no tengo ni la menor idea. Siempre estuve condenado a vivir todo aquello, siempre estuve condenado a llegar al instituto Houston. No obstante, el día que – en mi parecer – todo se volcó, ese sí lo recuerdo con suficiente nitidez como para narrarte, querido diario, hasta el último detalle.
   Porque comenzó completamente normal, ¿sabes? La alarma sonó, y yo me desperté.
   Normal.      

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