16: La Cueva de los Esqueletos

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Finalmente había llegado el día. Si, Escai y Anime se reunieron con la reina en el salón del trono y afirmaron que irían en busca de los artefactos ancestrales. Ella asintió con seriedad.
     Unas sirvientas llamaron a la puerta. Cuando Jasmine les permitió pasar, observaron que escoltaban a Mirra, quien fue la persona que entró y caminó con solemnidad hacia el grupo.
      —Aquí estoy, majestad —aclaró haciendo una reverencia.
     Luego miró con desprecio a los chicos, sólo Anime le sonrió.
     —El general os acompañará a la Cueva de los Esqueletos.
     Su anuncio sobresaltó tanto a los mellizos como al elfo.
     —¿Combatir junto a... unos humanos y... esa chica? —preguntó el hombre sin salir de su asombro.
     —¡No le necesitamos! —protestó el chico.
     —No estoy pidiendo vuestra opinión —espetó con voz cortante—. Esto es una orden. Mirra es el mejor espadachín del reino. Con su ayuda tal vez podáis salir de la cueva con vida.
     Indignado, el general se marchó sin más que decir.
     —Tengo un obsequio más para vosotros. Reuníos en el campo de entrenamiento con el capitán Luthio. Nos veremos enfrente de cueva, Anime conoce el camino.
     Los tres asintieron y se dispusieron a marcharse cuando la monarca pidió al hada que aguardase un poco más.
     —Quédate unos minutos. Debo tratar contigo un asunto más.
 
 
Cuando Si y Escai llegaron al área de espadas contemplaron con asombro al capitán junto a varios de sus compañeros de entrenamiento frente a dos armaduras que los herreros del reino habían fabricado especialmente para ellos. Ambas eran ligeras y marrones, la del chico de cuero y la de la chica de pieles.
     —¿Esto es para nosotros...? ¿Por qué...?
     —¡Para protegeros de los esqueletos, obviamente! —respondió uno de sus compañeros, mas lo que la joven preguntó fue por qué se habían tomado tales molestias por ellos.
     —Hemos pagado entre todos los materiales de fabricación, por lo que más os vale darles un buen uso —les advirtió Luthio.
     Esa armadura era menos pesada y más resistente que la que había estado utilizando Escai, por lo que se sintió más enérgico con ella. Por su parte, esa era la primera que se ponía Si, mas resultó ser más cómoda de lo que había pensado. Con ellas en su poder sintieron cómo su confianza aumentaba.
     —Como ya sabéis, muchos fueron los que entraron. Todos fracasaron —les recordó posando una mano afectuosamente en sus hombros—. Tened cuidado y, si la situación se torna demasiado peligrosa, huid sin dudarlo. Consideradlo una orden.
     Ambos asintieron con seriedad.
 
 
La cueva se encontraba en lo más alto de una de las colinas situadas detrás del palacio real. Mientras caminaban acompañados por Luthio, Si notaba cómo se le encogía el pecho. Conociendo su temor, su hermano la tomó de la mano y, cuando le miró, observó que le estaba sonriendo. Sintiendo cómo se tranquilizaba un poco, le devolvió la sonrisa.
     En la cima les aguardaban la reina, Mirra y Luz.
     —Majestad, sigo discrepando de vuestra decisión —objetó la custodia con indignación—. Si esos humanos y Anime desean entrar, que lo hagan. Pero ¿por qué obligar al general de nuestras tropas? ¿Qué haremos si él tampoco regresa?
     —¿Insinúa mi señora que yo también podría perecer ahí dentro? —preguntó dedicándole una mirada de desprecio.
     —¡No lo decía en ese sentido! —se excusó sobresaltada.
     Mientras tanto, Si se acercó a su amiga y le preguntó en voz baja qué le dijo la reina cuando le pidió quedarse un poco más.
     —Sólo quería darme un abrazo —al ver que su amiga la miraba perpleja, se encogió de hombros—. Es muy amorosa.
     —Vuestro escudo, mi general —pronunció Luthio a la vez que le entregaba una tarja.
     Mirra se quitó la capa y se la entregó al capitán, luego tomó el escudo y se lo colocó sin esfuerzo en el brazo, acto que sorprendió a Escai. Normalmente los caballeros que utilizaban un espadón no llevaban escudo porque tanto peso sería contraproducente en el combate. No obstante, el general no sólo portaba uno, sino que este era tan grande que protegía todo su cuerpo. ¿Qué tanta fuerza tenía ese hombre en realidad?
     Por su parte, al presenciar la escena Si se dio cuenta de que Anime no llevaba ninguna armadura, sino un vestido de tela. Cuando le preguntó por esto, la chica sonriente contestó:
     —Con una armadura me costaría más volar. Así estoy mejor.
     Recordando su combate contra Mirra, la joven pensó que no le pasaría nada. No obstante, temió que luchando contra esqueletos en una cueva de aparente estrechez la alcanzaran.
     —Vámonos de una vez. Ya hemos perdido suficiente tiempo —exigió el general dirigiéndose hacia la entrada de la cueva.
     Antes de seguirle, los tres amigos se volvieron hacia la reina y el capitán. Ambos les dieron ánimos con sus miradas. Tras asentir con la cabeza se pusieron en marcha.
     Tan pronto como entraron en la lúgubre cueva un aire gélido recorrió sus cuerpos. Se encontraban en un camino oscuro y recto, por el suelo había esparcidos decenas de huesos, cráneos y armas como espadas, dagas y hachas; y las rocosas paredes y el techo parecían tan deteriorados que daban la impresión de poder desmoronarse en cualquier momento. Por alguna razón cada pocos pasos encontraban una antorcha encendida colgada en la pared. Eso les hacía preguntarse cómo era posible que, pese a todo el tiempo que había transcurrido desde la última vez que alguien puso un pie dentro de ese lugar, el fuego aún no se hubiera apagado. ¿Se debería al poder del artefacto ancestral? Fue la única explicación que se les ocurrió.
     De vez en cuando el camino se torcía, por lo que mientras avanzaban debieron girar varias veces. Pese a que por el momento todo parecía tranquilo, todos llevaban sus armas empuñadas. Tenían la sensación de que cada vez había más huesos en el suelo y Mirra y Escai iban delante por ir mejor protegidos gracias a sus armaduras. De vez en cuando escuchaban algún ruido como una piedra caer, lo cual era suficiente para hacer temblar a Si. Sus débiles gemidos de temor enfurecían al general, mas contuvo sus quejas. No fue hasta que escucharon lo que les había parecido el sonido de algo arrastrándose, que se detuvieron y agudizaron sus oídos.
     —Fan... fan... fantasmas... —balbuceó aterrada.
     —Niña, cierra la boca o podríamos morir todos por tu culpa.
     Temiendo que el general tuviera razón, Si hizo su mayor esfuerzo por permanecer en silencio a la vez que Anime intentaba consolarla con un abrazo, aunque no podía evitar que su cuerpo temblara sin cesar. Mirra había fijado sus ojos en un conjunto de huesos extrañamente cerca de una espada y un cráneo. Sospechando lo que ocurría, se volvió hacia los demás.
     —Alejaos cuanto podáis de los huesos. Creo que...
     Un alarido de Si ahogó sus palabras. Al darse cuenta de que sus asustados ojos apuntaban al cúmulo de huesos que él había estado observando hace un momento, interpuso delante su gran escudo, parando la estocada de un esqueleto. Tras contraatacar con su espadón, todos los huesos cayeron al suelo.
     —¿¡Los huesos que están en el suelo se unen para volverse un esqueleto!? —exclamó Escai con ojos incrédulos.
     —¡Aquí estamos en desventaja! ¡Tenemos que correr!
     No obstante no tardaron en ser rodeados por tres esqueletos al frente y dos por la espalda. Por suerte el camino era lo suficientemente amplio como para permitir al general atacar con su gran espadón, pero frente a tantos enemigos su falta de movilidad sería problemático y, debido a la escasez de espacio, Anime no podría esquivar los ataques emprendiendo el vuelo como siempre hacía, por lo que al prescindir además de una armadura si la alcanzaban podría sufrir una herida mortal.
     Embistiendo ferozmente con su escudo, Mirra acabó rápidamente con los monstruos que les cortaban el paso a la vez que el hada disparaba a los que les perseguían. Luego, cuando trataron de escapar, dos esqueletos se formaron enfrente de Escai quien aunque pudo alcanzar a uno, el segundo acometió contra él con tanta rapidez que, de no haber sido por una flecha de Si, el joven habría muerto. El chico le sonrió y ella, aún temblando y con el corazón acelerado, le devolvió la sonrisa y trató de seguir permaneciendo fuerte. Aunque por un momento el general pensó que si rompían los cráneos y los huesos cuando estos estaban inmóviles en el suelo los esqueletos no serían capaces de formarse, se equivocó. Tras perder unos segundos en pisotear algunos estos volvieron a fusionarse y, aunque el resultado fue un monstruo deforme y resquebrajado, seguía siendo peligroso. Así pues sólo pudieron continuar huyendo y acumular perseguidores a sus espaldas.
     Tras correr alrededor de media milla avistaron lo que parecía ser una salida. Para comprobarlo, Anime se adelantó volando y, al ver lo que era, advirtió a todos con un grito:
     —¡Hay un agujero! ¡Saltad!
     Por un instante los chicos temieron que el peso de sus armaduras y la longitud del hoyo no les permitiera llegar al otro lado, mas sin otra opción pusieron todas sus fuerzas en su salto, logrando al igual que el general llegar al otro lado para su alivio. Los esqueletos que les perseguían cayeron al vacío como si no hubieran visto el agujero o carecieran de inteligencia o capacidad física para superarlo. Tan profundo era que ni siquiera escucharon los huesos chocar contra el suelo.
     Sin embargo, el peligro aún no había pasado. Aunque ahora se encontraban en una encrucijada con varios salientes tan ancha que cabría un dragón y tan larga que ni siquiera veían el techo, lo que permitiría al hada volar con suficiente libertad, habían sido acorralados por unos treinta enemigos armados y preparados para atacar. Enfrentarse a ellos era imposible, por lo que el elfo ordenó a los demás que volvieran a saltar por el agujero. Entiendo su plan, todos obedecieron. Una vez al otro lado los mellizos se sentaron para descansar un poco mientras contemplaban a sus enemigos caer uno tras otro por el profundo hoyo. Cuando el camino quedó libre, los chicos se pusieron en pie y volvieron a cruzar junto a Anime y Mirra. Aunque ya no había esqueletos contra los que combatir, un nuevo problema se había presentado ante ellos: había casi una docena de túneles en cada lado de la pared, por lo que no sabían por dónde ir.
     —Seguramente la mayoría de elfos y hadas que vinieron antes que nosotros se perdieron aquí —imaginó Anime.
     —Eso significa que probablemente sólo uno de esta infinidad de pasillos conduce al artefacto. O tal vez ninguno —dedujo Mirra observando todos.
     —A nosotros nos va a pasar lo mismo. No tenemos forma de saber cuál es el correcto y, aunque nos separemos para cubrir más terreno, acabaremos igual que los demás —comentó Escai.
     Sin embargo, tras observar detenidamente todas las rutas, los ojos de Si por alguna razón se habían fijado en una de las entradas situadas al noreste al mismo tiempo que su pecho le oprimía. Tenía la sensación de estar sintiendo la presencia del artefacto, como si este la llamara.
     —Es... por aquí.
     Casi como si su cuerpo se moviera solo, la chica empezó a caminar hacia allí, mas a los pocos pasos fue fuertemente agarrada del brazo por Mirra y tirada hacia él. Lo comprendió cuando, estupefacta, miró a su alrededor. Sin haberse dado cuenta habían sido rodeados por unos cien arqueros esqueletos que habían salido de los demás caminos. Les disparaban desde los altos salientes y desde casi todas las direcciones, por lo que el general había clavado su imponente escudo en el suelo y ordenado a todos que se cubrieran tras él. Al cabo de unos minutos, como si por fin se hubiesen dado cuenta de que sus ataques eran en vano, todos los monstruos se dispersaron sólo para que los miles de huesos, cráneos y armas se acumularan en una montaña que poco a poco tomó la forma de un gigantesco esqueleto armado con una cimitarra colosal. Los cuatro compañeros le observaron con ojos como platos.
     —Malvados espíritus oscuros, malvados espíritus oscuros, marchaos y no volváis nunca más u os daré una patada en el trasero… —murmuró Si, paralizada por el miedo.
     —¿Qué se supone... que vamos a hacer ahora? —se preguntó Escai desesperándose.
     No obstante habían llegado demasiado lejos como para rendirse en ese momento. Ni el general ni el hada parecían asustados sino pensativos, tratando de idear un plan. Con la velocidad y agilidad de Anime junto a la fuerza y ferocidad de Mirra tal vez pudieran derrotarlo.
     —Sufre y muere, humano.
     Al instante después de escuchar esas palabras susurradas a su oído mientras intentaba armarse de valor, Escai sintió cómo un frío y pequeño pero afilado acero atravesaba su espalda.
     Las chicas se volvieron hacia él con asombro. Una vez ensartada su daga en la espalda del chico, el general la extrajo con rapidez para maximizar la herida y luego echó a correr riendo a carcajadas. A la vez que el joven se desplomaba, el gran esqueleto se dispuso a atacar, por lo que Anime alzó el vuelo para distraerle al tiempo que Si se sentaba al lado de su hermano y trataba desesperadamente de mantenerlo despierto.
     Pero él sólo sentía un agonizante dolor que no podía calmar. Su cuerpo no le respondía y ya no veía nada. Mientras la muerte se aproximaba hacia él, se arrepintió de todo. De haber ido a aquella cueva, de haber llegado a Nevina e incluso de haber aceptado la estúpida misión escrita en la carta. Ellos no eran héroes ni lo serían nunca. Sólo eran dos simples niños. Desafortunadamente, ya era tarde para lamentos. Y para todo. Su mente se vacío, sus recuerdos se desvanecieron y el sueño se apoderó de su ser. Todo se volvió oscuro.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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