17: La decisión

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Aquella mañana, al despertar, la reina se asomó por el balcón y contempló el soleado paisaje sombrío a sus ojos. Al mirar el cielo vio hadas volando de un lugar a otro. Al mirar el pueblo, elfos caminando, algunos con cubos llenos de agua que habían recogido del río para llevarlos a sus casas y otros con cestas de comida que habían comprado. También vio niños elfos y hadas jugando, pero la mayoría por separado. Y al mirar a la zona residencial vio un hada adulta regañando muy enfadada a dos niños elfos. Detrás de ella había una niña hada. ¿Les estaría regañando por querer jugar con ella o por otro motivo?
     De repente alguien llamó a su habitación, por lo que Jasmine volvió a entrar en sus aposentos mientras preguntaba quién era. Cuando escuchó la voz de Luz responder, le permitió pasar. Una vez dentro la custodia la saludó con una reverencia.
     —Tenías razón, Luz —reconoció la monarca con dolor en su voz—. Fue un error confiar en esos humanos. Sólo eran unos niños. Jamás debería haber permitido que fueran a la cueva.
     Gran júbilo invadió a la mujer, mas enfrente de la soberana debía permanecer firme y solemne.
     —Roguemos para que pronto alguien más capaz de ver luz en nuestros mapas aparezca. Y que no sea un humano.
 
 
Escai abrió los ojos con lentitud y, mientras que su visión poco a poco se esclarecía miró a su alrededor embriagado por un extraño dulce aroma. Se encontraba en una de las casas que las hadas curanderas del reino utilizaban como hospital para sus pacientes y, aunque él ya había estado antes en esa habitación, su memoria permanecía confusa. Lo único que recordaba era un infernal dolor recorrer todo su cuerpo. Cuando intentó incorporarse, se dio cuenta de que algo estaba aferrado a él y, al mirar a su alrededor, observó a Anime acostada en la cama a su lado profundamente dormida y con sus brazos envolviéndole. El chico permaneció inmóvil unos segundos intentando asimilar lo que veía y, una vez que lo hizo, dio un grito tan fuerte como pudo a la vez que su rostro se tornaba completamente rojo.
     Despertada por su fuerte voz, la chica se frotó los ojos somnolienta y, cuando le miró, tal inmensa alegría invadió su cuerpo que no pudo evitar abrazarle con todas sus fuerzas acelerando tanto su corazón que pensó que explotaría.
     —¡Estás vivo, estás vivo, estás vivo, vivo, vivo, vivo, vivo!
     —Anime... ¿qué ha pasado? —le preguntó desconcertado cuando la chica al fin le soltó.
     El rostro del hada se ensombreció.
     —Mirra nos traicionó y te atacó por la espalda.
     Poco a poco sus recuerdos volvieron.
     —¿Dónde está mi hermana? Está...
     —¡Está bien, está bien! —respondió con rapidez para acabar con su preocupación—. Luego la verás. Por ahora tienes que...
     Las palabras de la chica se vieron interrumpidas por un repentino abrazo del joven que la hizo sonrojarse por la vergüenza. Ella estaba acostumbrada a darlos, no a recibirlos.
     —Menos mal que estás bien... Si te hubiera pasado algo, yo... —murmuró con lágrimas en los ojos.
     Anime sonrió, conmovida y feliz.
     —¿Qué pasó después de que Mirra me apuñalara? —le preguntó una vez que se separaron.
     La joven se levantó de la cama antes de contestar:
     —Huyó, dejándote a ti en el suelo y a nosotras solas contra el esqueleto gigante. Estabas tan malherido que si intentábamos sacarte de allí la herida se agrandaría más, por lo que le di a Si una medicina para que te la hiciera tomar y, mientras surtía efecto, me dediqué a llamar la atención del monstruo. Luego nos las apañamos para sacarte de allí con toda nuestra fuerza.
     —¿Una medicina?
     —¿Recuerdas que, después de hablar con la reina en el salón del trono, me pidió que me quedara un poco más con ella? —el chico asintió—. Fue para darme un frasco por si alguno de nosotros era herido de muerte. Ella quería confiar en que Mirra no hiciera ninguna locura pero, por si acaso, me la entregó en secreto. Era una de las últimas que le quedaban, pues se fabrica con ingredientes muy escasos y sirve para detener cualquier hemorragia y suministrar sangre al cuerpo durante varias horas.
     —Miserable... —murmuró lleno de odio—. ¿Qué pasó con él? La reina le habrá castigado, ¿verdad?
     Anime negó con la cabeza mientras sonreía apenada.
     —Cuando salimos de la cueva nos lo encontramos. Antes de que llegáramos le contó a la reina que fuimos rodeados por muchísimos esqueletos y que él fue el único que logró escapar.
     —¿¡Qué!? ¡Pero eso es mentira!
     —Supongo que su plan era asegurar su propia supervivencia huyendo rápido mientras el esqueleto enorme nos mataba, por eso sólo te hirió y escapó en vez de atacarnos a nosotras también. Sabía que no te abandonaríamos y que en tu débil estado no podríamos salvarte, pero no contaba con la medicina.
     —¿Le dijisteis la verdad a la reina?
     —Si lo intentó, pero yo... se lo impedí.
     —¿Qué...? ¿Por qué...?
     —Porque no teníamos pruebas. No podemos acusar de traición al general supremo de los elfos así sin más. Mirra nos acusaría de calumniarle y, tratándose de un asunto entre un elfo y unos humanos, el pueblo le apoyaría a él. La gente exigiría vuestra ejecución y, si la reina se negara, podría alzarse una revuelta. Lo único que podía hacer era confirmar la explicación de Mirra y decir que logramos huir milagrosamente.
     —¿Y su daga? Su arma tendría que haber estado manchada con mi sangre. Si se la hubierais enseñado a la reina...
     —Mirra la tiró por el agujero. Aunque se lo hubiéramos mencionado a la reina le habría bastado con decir que la perdió.
     —Maldición... ¿entonces no podemos hacer nada? ¿Dejaremos que se salga con la suya así, sin más?
     —Eso me temo. La reina no es tonta, una simple mirada me bastó para confirmarle que nuestro fracaso fue por su culpa pero, como te he dicho, sin pruebas no podemos hacer nada. Pero no te preocupes, ni Si ni tú estáis en peligro. Él tampoco es tonto. Sabe que la reina sospecha de él, por lo que no se le ocurrirá volver a intentar nada contra vosotros. Incluso si sois humanos el pueblo no se atreverá a alzarse si es Mirra quien os ataca primero y la reina le castiga por ello.
     No era únicamente una cuestión de protección, sino de justicia. Escai quería que ese hombre pagara por lo que había hecho. Por sus actos no sólo él, sino su hermana y Anime podrían haber muerto. No quería dejar pasar algo así. No obstante, la joven tenía razón: no podían hacer nada.
     —¿Cuánto tiempo he dormido?
     —Casi una semana. Tienes suerte de seguir vivo, tu herida era tan grave que todos salvo nosotras te daban por muerto.
     —¿Dónde está ahora mi hermana?
     —Durmiendo en vuestra casa. En este tiempo apenas ha comido, dormido ni entrenado. Sólo quería estar contigo, pero la convencí de que fuéramos turnándonos.
     Escai tenía más dudas, pero ella le hizo un gesto de silencio.
     —Después hablaremos. Ahora descansa un poco más. Me quedaré contigo hasta que vuelvas a despertarte.
     El chico cerró los ojos sonriente notando su ira apagarse.
     —Sólo... una pregunta más...
     —¿Sí?
     —¿Qué hacías... durmiendo tumbada en la cama conmigo...?
     Una pequeña risita envolvió sus oídos.
     —Perdón. Tenía sueño y estabas tan mono durmiendo que me acosté a tu lado. Quería levantarme pronto pero me dormí.
 
 
Cuando unas horas más tarde volvió a despertar, lo primero que vio fue el rostro lloroso de su hermana mirándole fijamente. Aliviada le abrazó y este la recibió en sus brazos. Anime estaba sentada en una silla al lado de la cama mirándoles sonriente.
     A la mañana siguiente los tres amigos se reunieron con la reina Jasmine en el salón del trono. Por el camino, el joven podía notar claramente las sorprendidas miradas de decenas de personas. Después de todo, nadie esperaba volver a verle.
     —Escai. Sé que odias a Mirra y seguramente a mí también. Pero te pido que entiendas que no puedo...
     —...Castigarlo sin pruebas. Anime ya me lo ha explicado. Me conformaré con que no vuelva a acercarse a nosotros.
     La soberana asintió con la cabeza.
     —Aunque haya sido a causa de un ataque sorpresa de Mirra, igualmente os habríais perdido e inevitablemente perecido en las decenas de caminos que os encontrasteis. Tal y como os dije os permitiré vivir aquí, a salvo de todo mal.
     Sus palabras fueron un gran júbilo para el chico, pero la respuesta de su hermana atravesó su pecho como un puñal:
     —Quiero volver a intentarlo —ambas hadas la miraron con asombro—. Podía sentir cómo el artefacto me llamaba. Puedo llegar hasta él. Esta vez iremos sin Mirra y lo encontraremos.
     —Pero... ¿estás... segura?
     Si asintió.
     —Nadie más en el reino está dispuesto a entrar en la cueva y no sabemos si algún día vendrá alguien más capaz de ver luz en el mapa. No podemos rendirnos. Lo intentaremos de nuevo.
     —Habla por ti —espetó Escai con el rostro ensombrecido.
     Las tres le miraron desconcertadas.
     —¿Qué estás... diciendo? —le preguntó con temor.
     —¿¡Yo!? ¿¡Qué es lo que dices tú!? —gritó con toda su ira—. ¡Hemos estado a punto de morir ¿y lo único en lo que piensas es en volver a intentarlo?! ¿¡Es que estás loca!? —protestó dándole la espalda. No quería mirar a nadie a los ojos.
     Afligida, Si se llevó una mano al pecho. Sabía que era posible que, después de lo que había ocurrido, su hermano se negara a acompañarla. Ella tampoco quería ponerle en peligro. Pero le necesitaba. Incluso si un millón de guerreros la ayudara, sin él siempre se sentiría sola y sin valor.
     —Sé que estoy siendo egoísta... y que parece que no tengo en cuenta tus sentimientos pero... no puedo hacer esto sin ti y, cuanto más tiempo perdemos, más gente muere o se convierte en piedra como todos en el orfanato o como... —no podía. No era capaz de mencionar a Mari. Eso habría sido como aceptar lo que le ocurrió—. No me dejes sola ahora... Por favor...
     El chico tardó unos segundos en responder:
     —No somos héroes... No podemos hacer nada. Si lo volvemos a intentar acabaremos muertos... Entiéndelo ya.
     Una risa maligna irrumpió en el salón. Mirra había entrado.
     —Esas han sido las primeras palabras sensatas que has pronunciado desde que llegasteis a este reino, humano.
     —¿Cómo te atreves a entrar sin permiso, general? —dijo la reina con indignación
     —Mis disculpas, majestad. Pero después de escucharle no pude contener la emoción —se excusó sonriente con una reverencia—. Me grata ver que ya os habéis recuperado de vuestras heridas —añadió con malicia en su mirada.
     Escai sintió el deseo de reprocharle a gritos lo que había hecho, mas cuando escuchó su última frase quedó perplejo.
     —¿Acaso alguien más...?
     Cuando miró a sus compañeras, Anime sonrió apenada.
     —Mientras huíamos de la cueva contigo en brazos, un esqueleto apareció de la nada y me rozó...
     El hombre echó a reír de nuevo.
     —¿Te rozó? Cuando nos mostraste la herida sangraba mucho para ser sólo eso. Incluso casi pierdes el conocimiento.
     El chico la miró horrorizado. Su pecho ardía de dolor.
     —¡Pero ya estoy bien, la herida sanó perfectamente!
     —Si lo deseo... puedo quedarme a vivir aquí... ¿verdad? —preguntó temblando y con la cabeza agachada.
     —Sí. Puedes —respondió la reina asintiendo con la cabeza.
     El joven asintió también y empezó a caminar.
     —¡Pero...! —exclamó Si, dando un paso hacia él.
     —Si quieres ir... ve tú sola... hermanita.
     La chica intentó seguirle, pero Anime la detuvo apoyando una mano en su hombro. En ese momento hablar era inútil.
     —Mari... —murmuró sujetándose el pecho con las manos.
 
 
Desde lo alto de una colina situada detrás de la zona residencial, Escai contempló sentado sobre una fría roca el cielo y el campo de flores del prado mientras reflexionaba.
     Aún era un misterio por qué él había podido atravesar la barrera de las hadas cuando él mismo se daba cuenta del inmenso odio que sentía en su corazón. Odio por el mundo, por Lion y Mirra y por su propia debilidad. Cuanto mejor conocía a Anime y más entrenaba con el capitán Luthio más esperanza había sentido en su corazón. Empezaba a pensar que realmente podían salvar el mundo y convertirlo en un lugar donde su mejor amiga, su hermana y él pudieran vivir sin sufrimiento. Pero no era más que la fantasía de un niño imprudente que no era consciente del verdadero peligro al que se enfrentaba. Debía afrontar la realidad. Y esa era que no podían hacer nada.
     —¿Puedo sentarme contigo?
     La dulce voz de Anime expulsó al chico de sus pensamientos. Estaba de pie, sonriéndole a su lado.
     —Sí... —respondió entristecido, volviendo a centrarse en el paisaje—. ¿Cómo me has encontrado?
     La joven se sentó a su lado.
     —La primera vez que hablamos me contaste que cuando estabas triste o preocupado subías a lugares altos para relajarte.
     —Aún lo recuerdas... —murmuró sonrojado y esbozando una ligera sonrisa—. ¿Y a qué has venido? ¿A convencerme de que vaya a la cueva? —preguntó apenándose de nuevo.
     El hada negó con la cabeza.
     —No. La verdad es que preferiría que te quedaras aquí.
     El corazón le dio un vuelco al chico.
     —¿Entonces... has venido a convencerme de que me quede? —inquirió nervioso y mirándola perplejo.
     Ella le miró alegremente.
     —¿Te quedarías conmigo si te lo pidiera?
     El chico quedó en silencio. Por un momento pensó en confesarle lo que realmente sentía en su corazón, pero no se atrevió. En su lugar volvió a mirar al paisaje.
     —No... Me quedaría porque es lo que deseo.
     —Pero ¿estás seguro de que eso es lo que realmente deseas?
     Escai notó opresión en su pecho.
     —«Lo que realmente deseo...»
     En ese momento un hada que había estado sobrevolando el reino con gran nerviosismo avistó a los chicos y se dirigió hacia ellos tan rápido como pudo. Era Cristal.
     —¡Si ha entrado en la Cueva de los Esqueletos sola!
     Ambos se levantaron rápidamente, sobresaltados.
     —¿¡Qué!? ¿¡Ella sola!?
     —¡Dijo que encontraría el artefacto aunque tuviera que hacerlo sola! —añadió aterrizando encima de la roca.
     —¡Pero eso es imposible y además tiene miedo a los esqueletos! ¡Nunca lo conseguirá! —exclamó Anime.
     —¿¡La dejasteis ir sola!? ¿¡Nadie intentó detenerla!?
     Luna, quien también había estado buscándoles, aterrizó al lado de Cristal y respondió:
     —¡La vimos por casualidad cuando iba a entrar! ¡Intentamos ir tras ella, pero no llegamos a tiempo!
     —¿¡Por qué no la perseguisteis!? —gritó Escai fuera de sí.
     Ambas chicas intercambiaron una mirada avergonzada.
     —No es culpa de ellas —intervino Anime—. Tienen miedo a la cueva, como todos en el reino. Nadie la ayudará.
     —¡Mi hermana también tiene miedo! Y aun así ella... —dijo cerrando los puños con fuerza y con el pecho encogido.
     —Voy a ir a ayudarla —anunció batiendo sus alas—. ¿Qué harás tú? —le preguntó con los ojos más serios que había puesto nunca, extendiéndole la mano.
     Él no quería ir ni luchar contra los esqueletos. Pero, por encima de todo, no quería perder a su hermana.
     —Vamos —afirmó con los llenos de determinación.
     Anime sonrió.
     —¡Ayudadnos a llegar, chicas!
     Ambas asintieron.
 
 
Cristal y Luna no habían sido las únicas que habían visto a Si, por lo que la noticia no había tardado en extenderse. Enfrente de la cueva se encontraban la reina, la custodia, el general, el capitán y varios elfos y hadas amigos de ambos mellizos. Todos vieron acercarse a Anime volando con su ballesta en la mano y a Escai con su armadura puesta y su espada al cinto siendo llevado por las dos chicas. Mientras que ellas cargaban con él, Anime se había pasado por su casa y por la de los hermanos para recoger su equipo.
     Sin nada que decir a los presentes, tan pronto como los dos jóvenes aterrizaron corrieron hacia la cueva.
     —¡Anime, espera! —espetó Jasmine agarrando a la chica del brazo mientras Escai entraba. Ella no se dio la vuelta ni intentó resistirse—. Es imposible que lo consigáis. Si ellos quieren intentarlo, déjales. Pero no arriesgues tu vida por ellos.
     —Ellos... —el hada se volvió hacia la monarca y con una radiante sonrisa y la mano alzada respondió—: son mis amigos —dicho eso le propinó una fuerte bofetada, asombrando a todos. Necesitaba sorprenderla de la manera más impactante posible para que redujera la presión que estaba ejerciendo en su brazo y eso claramente funcionó, pues con un rápido tirón se liberó—. Si queréis ser una cobarde toda vuestra vida, allá vos. Pero yo lucharé por quienes quiero y por quienes me quieren.
     Con una expresión de tristeza y dolor, la reina se acarició la mejilla enrojecida por el golpe mientras la observaba alejarse.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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