19: El juicio

Las Crónicas de Ondine: El Reino de las Hadas

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Los mellizos estaban en grave peligro. Después de la batalla en la Cueva de los Esqueletos, los elfos y hadas que murieron fueron enterrados en un cementerio situado al sureste del reino y los heridos hospitalizados. El pueblo lloró la pérdida de los caídos y exigió venganza por lo que había sucedido y, debido a que la bruja había escapado, la gente reclamó en su lugar derramar la sangre de los dos humanos que no habían hecho más que dar problemas desde el día en el que llegaron.
     Sabiendo que sus súbditos habían entrado en pánico y que no serían tranquilizados con unas simples palabras, Jasmine organizó un juicio en la plaza principal a la que todos los habitantes sin excepción acudieron. Los hermanos y las figuras importantes del reino se encontraban en el centro de la plaza mientras que una enorme multitud aguardaba enfrente de ellos.
     El general Mirra, por supuesto, estaba aprovechando la oportunidad para calumniar de la forma más cruel posible a los chicos y cada palabra que decía era aclamada por el pueblo.
     —¡Como ya sabéis todos, una bruja anda suelta por el reino! ¡Podría haber huido, sí! ¡Pero también podría estar entre nosotros! —la multitud quedó horrorizada ante la idea. Elfos y hadas estaban mirándose con desconfianza, temiendo que la mujer se encontrase en ese preciso lugar—. ¡Pero ¿cómo sabemos que realmente existe?! ¡Las brujas llevan largo tiempo desaparecidas y, en el caso de que realmente hubiera aparecido una aquí, ¿acaso la barrera mágica que protege este reino del mal no debería haber acabado con ella?! ¡Este hecho discrepa a la historia que estos chicos contaron! ¿¡Cómo podemos entonces confiar en su palabra!? ¡En la de dos humanos, pertenecientes a una raza de miserables asesinos que tanto dolor nos ha causado a todos; y en la de un hada que ciegamente les apoya! ¿¡Y cómo es posible que esa mujer fuera liberada de la propia vara!? ¡Puras tonterías! ¡Algo así es imposible! ¡Estos dos humanos son cómplices del dragón que tantos estragos está causando en el mundo de los humanos! ¡Se infiltraron en nuestro reino e intentaron ganarse nuestra confianza para que les lleváramos hasta el artefacto y arrebatárnoslo! ¡Debemos torturarlos hasta que confiesen dónde han escondido la vara en realidad y después ejecutarlos!
     El general recibió fuertes ovaciones. La gente exigía la cabeza de los niños y, si la situación continuaba encaminándose de esa manera, la reina se vería obligada a ofrecérsela.
     Furioso, Escai intentó protestar, pero Anime le ordenó con un gesto que permaneciera en silencio, pues conociendo su temple cualquier palabra que dijera sería impulsada por su ira y eso les perjudicaría aún más. Fue Jasmine quien habló:
     —¡General, lo que estás diciendo son teorías posibles, sí, pero carentes de pruebas! ¡No podemos ejecutar a dos niños por unas hipótesis que pueden no ser correctas! ¿¡En qué nos convertiría eso!? ¡En asesinos iguales a los humanos que antaño tanto dolor nos causaron y a los que tanto detestas!
     Sus palabras convencieron a algunos, pero la mayoría de elfos y las hadas aún apoyaba la general.
     —¡Aun si realmente una bruja les hubiera robado el artefacto y ellos fueran inocentes, es un hecho real que por su culpa muchos de los nuestros murieron ayer en la cueva! ¡Pérdidas causadas por la imprudencia de esos niños al entrar en la cueva! ¡Deben pagar por ello!
     Algunas de las personas que apoyaban a los mellizos eran los amigos que habían hecho durante su estancia en Nevina. Sus compañeros de entrenamiento. No obstante, algunos de los elfos muertos eran familiares de varios de ellos, por lo que su dolor les impedía posicionarse de su parte.
     —¡No! ¡Ellos no tienen la culpa! ¡Ellos no obligaron a nadie a acompañarles! ¡Fui yo quien ordenó a las tropas entrar para apoyarles! ¡Si alguien debe responsabilizarse por esas muertes, no es nadie más que yo! ¡No podéis odiarles a ellos por esto!
     Los ojos de Mirra brillaron con maldad.
     —Entonces tal vez ellos no sean los únicos que deban pagar con su sangre lo ocurrido —la monarca se sobresaltó—. ¡Reina Jasmine! ¡No sólo confiasteis en esos humanos, sino que sacrificasteis las vidas de nuestros hermanos en su absurda misión! ¿¡Y de qué sirvió!? ¡Para nada! ¡Las sacrificasteis en vano y aun así insistís en seguir defendiéndolos! ¡Tal vez no seáis apta para gobernar este reino!
     El mayor temor de la soberana se cumplía. El general estaba sugiriendo un golpe de estado y, aunque la mayoría de las hadas y elfos guardaron silencio, se escuchaban voces apoyándole. Si esto seguía así se desataría una guerra interna.
     —¿¡Cómo te atreves!? ¡Recuerda que es gracias a nosotras, las hadas, que tu raza tiene un lugar donde refugiarse! ¡Y recuerda también que es gracias a mí que mi barrera mágica no os afecta! ¡Eso podría cambiar en cualquier momento! ¡Puedo volver a haceros vulnerables a ella y acabar con todos vosotros en un instante si me obligas a ello!
     Con esas palabras, la monarca esperaba intimidar al hombre y a quienes le apoyaban. Pero tuvo el efecto contrario.
     —Majestad, poseer un corazón puro es complicado, sobre todo en estos oscuros tiempos en los que el caos reina en todo el mundo y el miedo se apodera de la gente. Pero eso no quiere decir que las personas sean malignas. Si cumplierais vuestra amenaza, todos nosotros moriríamos, incluidos por supuesto muchos inocentes. ¿Realmente seríais capaz de hacerlo? Y aunque realmente os atrevierais. ¿Creéis que los elfos y hadas supervivientes apoyarían una masacre tan cruel?
     Jasmine palideció. Ahora era más gente quien le apoyaba.
     En ese momento, Anime avanzó unos pasos, fijando en ella todas las miradas a la vez que los hermanos y la monarca depositaban en ella sus esperanzas de calmar al pueblo. El general la observó con seriedad. Esa pequeña hada y su capacidad de persuasión podían arruinar todo su plan.
     —El ataque del Mensajero de la Oscuridad nos dejó algo muy claro a todos: el mundo pronto necesitaría un héroe al igual que hace mil años. Mandamos mapas por todo el mundo para buscarlo y el destino nos trajo a dos.
     —¿¡Héroes!? ¡Tonterías! ¡Puras tonterías! ¡Fracasaron! ¡Su ayuda no sirvió para nada! ¡Ellos no sirvieron para nada! ¡Incluso vidas se han perdido por su culpa!
     El pueblo apoyó al general.
     —Es cierto, fallamos —admitió con pesar—. Mucha gente murió ese día y créeme que la reina, mis amigos y yo lamentamos sus pérdidas. Y muchas más habrá si nadie detiene al mal que ha caído sobre el mundo. ¿Realmente creéis que este reino estará a salvo para siempre? Si no confiáis en la palabra de estos humanos entonces confiad en la mía: realmente vimos una bruja en la cueva y la barrera no le afectaba. Eso quiere decir que algún día el mal también nos alcanzará. Y, cuando ese día llegue, moriremos todos. Al menos estos dos humanos están esforzándose todo lo que pueden no sólo para proteger su raza, sino las nuestras. ¿Y cómo se lo hemos agradecido? Con odio, desprecio, ira y discriminación —sus palabras hicieron reflexionar a algunos y, aunque la mayoría seguía apoyando a Mirra, todos pensaron en ello, aunque algunos sólo lo hicieran un instante—. Tú, Mirra, además de odiarles ¿has hecho algo para ayudar a combatir este mal?
     El general tembló de furia.
     —¡Lo intenté! ¡Entré en la cueva con vosotros y traté de ayudaros! ¡Pero el enemigo nos superó y tuvimos que huir!
     La multitud reprochó a Anime sus palabras.
     —Sin embargo, ¿realmente sucedió así? ¿De verdad los esqueletos nos superaron, hirieron a Escai y nos obligaron a escapar? ¿Y si os dijera que, en realidad, fue el general quien nos traicionó, apuñaló a mi amigo por la espalda y huyó abandonándonos a nuestra suerte?
     Gritos de asombro se escucharon entre el público. Incluso los hermanos y la reina la miraban estupefactos. Habían acordado no decir la verdad, pues sin pruebas sólo estarían calumniándole y eso les pondría en un aprieto mayor. ¿Qué se proponía, pues, Anime con esto? El general esbozó una disimulada sonrisa maligna. Podía aprovecharse de la situación.
     —¿¡Acaso te atreves a acusar al general de traición!? —intervino la custodia, completamente indignada.
     —Lo que estás diciendo es muy serio, Anime. ¿Tienes pruebas que lo confirmen? —le preguntó el capitán Luthio.
     La chica le miró sonriente y con una voz enérgica contestó:
     —¡No! ¡Me temo que no tengo ninguna! —la monarca y los mellizos palidecieron, el público la abucheó y Mirra proclamó su victoria en sus adentros—. ¡Es broma! ¡Pues claro que las tengo! ¡Si no, no me atrevería a decir algo así!
     Hasta la última persona que la escuchó la miró boquiabierto. Temiendo que realmente pudiera ser cierto, el general empezó a sudar. No obstante, intentó permanecer tranquilo. Lo único que podía demostrar su culpabilidad era su daga manchada con la sangre del chico y la había arrojado por el oscuro y profundo agujero de la cueva, por lo que era imposible que la tuviera.
     —Si aquel día hubierais conseguido obtener el artefacto, nadie habría muerto. Si de verdad fallasteis por culpa de una traición del general Mirra, entonces él y sus actos fueron los responsables de la muerte de nuestros guerreros —explicó la reina. El pueblo estaba de acuerdo—. Anime. Si realmente puedes demostrarlo, por favor, hazlo.
     La chica asintió y, entonces, sacó de uno de los bolsillos de su vestido una daga cuya hoja estaba manchada de sangre seca.
     —Este arma fue la que utilizó Mirra para apuñalar a Escai por la espalda. Podemos saber que es suya porque el general la ordenó forjar especialmente para él, por lo que es única en el mundo. Todo soldado elfo que le haya visto con ella puede confirmar que esto es cierto. Incluso el propio capitán Luthio.
     El hombre se acercó al objeto y lo examinó detenidamente. Luego, sin duda alguna, confirmó a todos que era verdad.
     —General... Usted dijo que había perdido su daga durante la batalla... —murmuró Luthio mirándole con asombro.
     —¡Eso no prueba nada! ¡Pudo mancharse de otras formas!
     —¿Cómo, si puede saberse? No irás a decir que fue por apuñalar a los esqueletos, ¿verdad? —respondió la chica.
     El hombre estaba cada vez más enfurecido.
     —¡Pudo salpicarle algo de sangre cuando el esqueleto apuñaló al chico o te rozó a ti!
     No obstante, fue Luthio quien descartó esa posibilidad:
     —La hoja está completamente cubierta de sangre, es imposible que esto lo haya ocasionado una simple salpicadura.
     —¡Entonces puede ser la sangre de otro! ¡Para incriminarme esa chica podría haber apuñalado a alguno de los elfos que perecieron el otro día o incluso a un animal!
     —¡No digas tonterías! —espetó la reina, furiosa—. ¡Anime estuvo con nosotros en todo momento en la cueva, no tuvo ninguna oportunidad de acercarse a nadie para apuñalarle y, aunque la hubiera tenido, ella jamás haría una barbaridad así! ¡No te atrevas a utilizar a los difuntos para excusarte!
     También el público le abucheó por ello.
     —Y tampoco pude hacerlo en ese momento porque no tenía la daga. Y, si preguntas a los pastores, pueden confirmarte que ningún animal ha sufrido una herida así estos días.
     Mirra no sabía qué más decir. Su silencio fue como una confesión. Miradas de asombro, decepción y odio le invadieron.
     —¿Cómo pudiste encontrarla? —fue lo único que preguntó.
     —Tal y como suponíamos, la magia de la vara era la que permitía a los esqueletos cobrar vida y al fuego de las antorchas no apagarse nunca. Cuando la sacamos del pedestal su poder desapareció, por lo que los huesos dejaron de moverse y, poco después, las antorchas se apagaron. De esa forma, ya podíamos explorar la cueva sin miedo, por lo que durante los siguientes días eso fue lo que hicieron varios elfos y hadas. Yo recordaba que habías tirado la daga en el gran agujero que hay antes de llegar a la encrucijada, por lo que prendí una antorcha y me adentré en lo más profundo de este, encontrándola en el suelo.
     —General... ¿Cómo ha podido...? —murmuró el capitán.
     —¿Que cómo he podido...? ¿¡Es que habéis olvidado todo lo que nos hicieron!? ¡Por su codicia miles de hadas murieron en el pasado, obligándolas a aislarse con una barrera! ¡Y para demostrar su superioridad frente a nosotros nos mataron, nos persiguieron, nos esclavizaron y destruyeron nuestros hogares! ¡Yo sólo quería protegeros! ¡Fue un acto de justicia!
     —¿¡Un acto de justicia!? ¡Nosotros dos jamás te hicimos nada! ¡Sólo queríamos proteger el mundo! ¡Y tú, en cambio, intentaste matarme! —gritó Escai, harto de permanecer callado.
     En ese momento, el elfo al que Mirra ordenó que se hiciera pasar por el adversario del joven durante el primer intento de su prueba recordó a todos a gritos el cruel acto del general. La primera vez que lo dijo nadie le creyó pero, ahora, casi todo el pueblo le gritó, insultó y despreció por ambos sucesos.
     —No sólo has intentado matar a estos chicos, sino que con tus acciones has puesto en peligro muchas vidas e incluso algunas se han perdido. Ten por seguro que lamentaré todos los días de mi vida la muerte de aquellos elfos y hadas que murieron luchando con valentía en la cueva. Pero no fueron ni Si ni Escai quienes les mataron —dicho eso, la reina se volvió hacia algunos de sus caballeros—. Lleváoslo al calabozo.
     Fuera de sí, el hombre se resistió a los elfos que intentaron agarrarlo y, en un arrebato de furia, alzó su espada contra los dos humanos, mas el acero del capitán Luthio se interpuso. Algunos ballesteros le dispararon por la espalda en las piernas para derribarle y, una vez en el suelo, los caballeros lograron arrebatarle su arma y contenerle. Luego se lo llevaron a rastras.
     —¡Os arrepentiréis de esto! ¡Esos humanos no pueden hacer nada! ¡Ya han fracasado! ¡Os arrepentiréis!
     A medida que se alejaba sus gritos fueron apagándose. Sin embargo, mientras viviera, su odio y su ira jamás lo harían.
     —Tiene razón en algo: fracasamos. A pesar de los esfuerzos de todos, no pudimos recuperar la vara. Ya no hay nada que podamos hacer —se desesperó Escai.
     Un triste silencio reinó en la plaza hasta que Anime sonrió.
     —Pero no todo está perdido aún.
     Todos la miraron perplejos y, por primera vez desde que la bruja escapó, los ojos de Si se iluminaron.
     —¿Qué quieres decir?
     —Recordáis que cuando la bruja trató de atacarnos la vara no funcionó, ¿verdad? —los mellizos asintieron—. Aunque no sabemos por qué no pasó nada, ella tampoco parecía saberlo. Si quiere descubrirlo, es una bruja y la vara es un objeto mágico que utilizan brujos y magos entonces el mejor lugar para ello...
     —...¡Es el reino de las brujas! —exclamaron los dos hermanos con los ojos abiertos de par en par.
     —¿Así que podría haberse dirigido allí? —inquirió Luz.
     Anime asintió.
     —Pero ¿y si está aliada con el mal que amenaza este mundo? ¿No tiene más sentido que, en vez de ir al reino de las brujas, le entregara la vara a la chica que monta al dragón que está destruyendo ciudades sin cesar? —dudó el capitán Luthio.
     —No lo creo. Cuando apareció nos dijo que la liberamos de la vara. Si eso es cierto, quién sabe cuánto tiempo ha estado atrapada en su interior. Quizás no sepa nada de la situación.
     —El reino de las brujas… —murmuró la reina Jasmine, pensativa—. Cuando el Dragón Demoníaco fue derrotado, fueron ellas quienes intentaron conquistar el mundo. Nuestra lucha contra ellas perdura desde entonces y, aunque hace siglos que nadie ha visto ninguna ni visitado su reino, aún seguimos viviendo con el temor de que en cualquier momento puedan atacarnos. Son tan peligrosas y astutas como poderosas. Tanto que puede ser por eso que mi barrera no acabara con ella.
     —Iré allí —espetó Si—. Si aún queda alguna esperanza de recuperar el artefacto, tengo que intentarlo.
     Escai temía que dijera eso. La monarca la miró con seriedad.
     —Es muy peligroso. Quién sabe lo que habrá allí.
     —No importa —dijo totalmente decidida.
     Su hermano suspiró.
     —Yo también iré...
     —Pero... tu miedo a las brujas...
     —Si tú has podido enfrentarte a tu miedo a los fantasmas, no seré menos. «Además, me prometí a mí mismo que no volvería a dejarte sola... y que construiría un mundo seguro para ti».
     —¡Yo también voy! —decidió Anime alegremente.
     Todos la miraron sobresaltados.
     —¡Pero... Anime...! —exclamó la monarca.
     En más de 500 años ningún hada que no fuera una guardiana había abandonado Nevina salvo aquella pareja hace unos 20 años de la cual Luthio había hablado a los chicos y, recordando su final, era comprensible que la reina se preocupara.
     —¿Estás... segura? —le preguntó Si con temor.
     Escai también quería detenerla, pero a su lado se sentía más feliz y, cuando no estaba con ella, su corazón se le encogía. Además, sólo con imaginar las decenas de cosas que podrían suceder entre ellos si viajaban juntos le hizo ruborizarse por completo, por lo que no fue capaz de decir nada.
     —Proteger este mundo es la misión de todos los que vivimos en él. Y hace unas semanas os dije que siempre había querido ir a buscar los artefactos —contestó el hada sonriente.
     Al ver las caras de preocupación de los mellizos, la chica no pudo evitar abrazarles con todas sus fuerzas.
     —¡Entonces yo también iré! —declaró el capitán.
     —No. Usted se quedará aquí —objetó el hada soltando a los hermanos, quienes cayeron al suelo aturdidos y sin aliento.
     —¿Por qué te niegas?
     —Cuantos menos vayamos al reino de las brujas más fácil será pasar desapercibido y no sabemos si la mujer realmente se dirige allí. Podría seguir escondida por aquí, por lo que Nevina le necesita. Usted debe proteger este reino y a sus habitantes.
     Luthio consideró durante unos segundos las palabras de la joven y luego sonrió. Realmente era difícil vencerla debatiendo.
     —En ese caso por mi espada juro que, cuando regreséis, encontraréis el reino a salvo. Tal y como lo dejaréis.
     Ahora era la reina quien mostraba un brillo en sus ojos.
     —En ese caso, partiréis dentro de dos días.
     —¿No sería mejor lo antes posible? ¿Y si, para cuando lleguemos, la mujer ya sabe usar la vara? —protestó Escai.
     —El viaje desde Nevina hasta el reino de las brujas dura aproximadamente tres meses en carruaje desde la ciudad más cercana y un mes volando más o menos. Si ella se dirige allí lo hará volando. Pero vosotros podéis llegar en un instante usando el portal que conduce allí, por lo que es imposible que llegue antes que vosotros —les explicó la custodia.
     Los dos hermanos intercambiaron una mirada alegre.
     —¿¡Entonces nos dejará utilizar el portal!? Muchas gracias —exclamó la chica con gran emoción.
     El hada guardiana desvió la mirada con vergüenza.
     —¡No lo hago por ti! ¡Lo hago por su majestad y por el bien de este mundo! —y con la esperanza de deshacerse de ellos.
     —¿Y si la bruja huyó por el portal? —temió Escai.
     Mas la soberana sonrió.
     —No te preocupes por eso. Te garantizo que es imposible.
     —¿Por qué?
     —Dentro de dos días lo sabréis. Hasta entonces descansad y comed cuanto podáis. Mientras tanto pediré a mis mejores sirvientas que preparen cuantas provisiones podáis llevar.
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