¿Cuál es mi misión?

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–¿Lo hemos… conseguido? –dijo David, el soldado que se había vestido de civil para ayudar a Jack. Se había quedado inconsciente por un momento.
–¿Lo dudabas? –respondió él con una amplia sonrisa y le estrechó la mano–. ¿Se encuentra bien?
 –Sí… me voy recuperando. ¿Qué era eso?
 Dijo retirándose la mano del cuello y dejando visible una marca negra que tenía donde había estado la mano de Alex.
–Su poder. Según nuestros informes no lo controla del todo, por eso te ha tocado durante una fracción de segundo, porque podría haberte matado –entonces miró a Alex–. Por lo que podemos deducir que no es malo… simplemente se protege a sí mismo. Solo se defiende de nosotros porque no nos conoce. Nunca ha matado a nadie, solo ha estado cerca de hacerlo, pero nada más.
Los soldados se mantenían en silencio, mirándose unos a otros y al chico. Nunca se habían topado con una situación similar. Habían visto situaciones peores, grandes poderes, masacres de soldados. Pero aquello sabían que tendría un desenlace muy comprometido.
–Por cierto, gracias por sujetarme el tubo… si lo hubiera llevado yo lo habría visto. Era de mí de quien sospechaba. Pero siento que le haya ocurrido eso.
–De nada, capitán, es mi deber –dijo poniéndose la mano otra vez en el cuello por causa del dolor que le causaba, al tenerlo en el cuello su respiración era un tanto forzada, pero el capitán ya le había dicho que no moriría.
Entonces Jack se levantó dirigiéndose a todos sus hombres:
–Muy bien. Habéis hecho un buen trabajo hoy. Os daré la información que tanto deseáis en cuanto el chico esté consciente y estemos en la base. Mientras tanto…
–Ya casi hemos llegado –interrumpió el conductor.
–Bueno… iba a sugeriros una partida de cartas, pero seriedad ahora.
Entonces los soldados se rieron. Sabían que lo hacía especialmente por David, para que saliera adelante. Aunque nadie lo sabía, Jack no estaba seguro del todo de la magnitud de la herida, nunca había visto ese poder… o al menos desde hacía unos años. Sabía que era devastador, letal, mortal, pero confiaba en que la bondad de aquel chico permitiera frenar un poco el daño de la herida.
En unos instantes la furgoneta paró en seco. Como normalmente, a excepción de que no estuviera él como hombre de mayor cargo y saliera en su nombre, salió  para dirigirse a aquel edificio. Los cristales de la furgoneta estaban tintados de negro por fuera para que nadie de la calle pudiera ver que había efectivos militares dentro, reclusos ni evidencias de ningún tipo que pudieran suponer un problema para la discreción de la entidad y aquello siempre les había ido muy bien para encubrir sospechas de todo tipo.
Estaba situado en mitad de la calle, como un negocio más. Por fuera era una puerta metálica donde había el símbolo de máquinas de escribir antiguas bastante amplio. La puerta estaba estropeada, el dibujo podía distinguirse, pero no era fácil de ver a primera vista cual era el producto que supuestamente ofrecía aquella tienda. La fachada superior de tres pisos de altura estaba estropeada, sin pintar, sin estar a juego con el resto de la calle. La tienda ya estaba cerrada por nula fabricación de aquellas máquinas, ya que pesaba la tecnología moderna frente a aquellas máquinas antiguas. Por lo que nadie entraba a robar ni preguntaba por aquel supuestamente abandonado lugar. Ni la gente se hacía preguntas cuando la furgoneta entraba y salía cada vez de allí. Suponían que eran constructores o algo así, que estaban reformando el edificio por dentro para reabrir un nuevo negocio, aunque aquello nunca iba adelante, los vecinos tenían aquel pensamiento inamovible, lo que beneficiaba a Jack y a los suyos. Por aquella razón siempre salía Jack o alguien vestido de civil, para no llamar la atención de gente ajena. Aquella era una calle bastante larga, donde al lado del almacén había un parque a la izquierda y algunas casas.
Jack miró de derecha a izquierda para asegurarse de que no había nadie y llamó a la puerta. Entonces se escuchó un ligero ruido y Jack miró a uno de los dos agujeros de la pared del piso superior. Eran micro cámaras, no se veían a simple vista, parecían dos agujeros hechos por el tiempo que el edificio tenía. Tras unos segundos la puerta se abrió lentamente con aquel sonido chirriante de la puerta. Cuando la puerta llegó hasta arriba y dejó hueco a la furgoneta, Jack hizo señal al conductor y este pasó dentro.
El interior estaba también hecho polvo, era un garaje con cajas, máquinas de escribir por el suelo, estantes grasientos y llenos de polvo, tinta por el suelo. Estaba maquinado de aquella manera por los mirones, por si algún vecino aprovechaba para ver el interior mientras salían o entraban con la furgoneta. Pero había una puerta al fondo con un candado, pero que no cumplía una función no solo  defensiva, sino decorativa.
Se encendió la luz y al igual que el resto del establecimiento, la bombilla estaba sucia, por lo que no proporcionaba una grata visión del lugar y se dirigieron hacia la puerta. Lentamente la puerta exterior se cerró y se escuchó un sonido y Jack tiró hacia él la puerta, con el candado y el trozo de metal que supuestamente sujetaba el candado, estaba enganchado para ser parte de la puerta, era decorativo, la única forma de entrar era a partir del permiso de aquellos que había dentro inspeccionando a aquellos que venían del exterior.
El hombre de azul, John, ya se había despertado poco antes de llegar. Ya se encontraba algo mejor, pero fatigado por aquella nueva experiencia.
El interior era completamente blanco: paredes, suelo, techo. Los científicos con sus túnicas blancas. Era un espacio bastante amplio y el blanco daba una sensación de mayor amplitud.
Era un almacén donde se hacían máquinas de escribir antiguamente, reformado en una base de operaciones especiales. La planta baja era una sala cuadrada con algunas mesas a conjunto con el color general, con informes, archivadores y cosas de todo tipo relacionado con ese género. Había algunas puertas que daban a laboratorios o lugares de aislamiento, pero no había ningún recluso en aquel momento. Había dos escaleras para subir a los pisos superiores, los cuales se podían observar desde abajo. Se utilizaban solamente las puertas que daban a los despachos interiores, no aquellos que dieran a la calle, ya que aquellos estaban abandonados, para quedar a juego con el exterior y el garaje.
Alex  se había medio despertado al llegar y estaba medio consciente dentro de aquel lugar. Seguía atado con cuerdas por las manos.
–Hemos llegado –le dijo Jack a Alex.
Entonces le soltó para que mirara un poco el alrededor, pero este no era capaz de tenerse del todo en pie ya que aún estaba un poco atontado y tropezó. Jack también se dio cuenta de que estaba cayendo y que iba a hacerse daño, pero no intervino cuando vio que ya le habían ayudado.
Alex iba a caer de boca, puso la cabeza a un lado para no hacerse daño en la cara y se asustó cuando vio que no cayó del todo. Estaba con los pies medio inclinados y el cuerpo a mitad de caída, estaba flotando en el aire. Pensó que estaría paralizado, o en shock por la caída y aquello era un sueño que formaba parte de su subconsciente, pero entonces invirtió el proceso y volvió hacia atrás para ponerse de pie y pudo ver a una doctora que había bajado su mano derecha lentamente al acabar el proceso.
Llevaba la bata blanca y una cruz azul en el lado izquierdo de esta, tenía el pelo de color rosado con cara de chica adorable, con pupilas moradas. Era bastante joven, pero para Alex estaba claro por qué estaba allí, por su poder al igual que él.
–¿Estás bien? –dijo con una sonrisa, pero rápidamente se percató de que David estaba herido–. ¡Dave! –entonces miró a Jack–. ¿Qué ha ocurrido?
Él simplemente miró al chico al que acababa de ayudar para denotar que había sido él. Ella no se detuvo y cogió a David.
–Atiéndele eso, rápido –le dijo Jack con preocupación y le habló al oído–. No sé si saldrá de esta, estoy  seguro de que sí, pero cúrale bien –entonces se retiró y le sonrió.
A pesar de la frialdad de aquel hombre, no podía preocuparse más por sus hombres.
–John, ¿necesitas algo? –le preguntó amablemente la doctora al hombre de azul.
–Puedo ir por mi propio pie… pero sí, gracias.
La doctora antes de irse se giró hacia Alex y le dijo con un tono de aviso:
–Por favor, recuerda que nosotros somos tus amigos –entonces volvió a su tono dulce–. ¿De acuerdo? –entonces se fue hacia una sala cercana donde estaba la enfermería.
John también se dirigió hacia allí.
Alex le hubiera agradecido lo primero y se hubiera disculpado, pero no podía, estaba aún aturdido, pero sobre todo sorprendido por todo lo que le había estado pasando, antes y en aquel preciso instante y por todo lo que pudiera pasar. Además no acostumbraba a hablar demasiado. Su vida no había sido fácil y aquello no lo facilitaba en absoluto.
Entonces Jack le puso una mano en el hombro a Alex y le dijo:
–Como bien te ha dicho Verónica, ten cuidado con lo que haces aquí. No vamos a hacerte daño –le dijo seriamente.
Aunque Alex no estaba seguro, no sabía por qué pero podía sentirse por una vez en la vida a salvo con alguien.
Entonces se dirigieron a las escaleras para subir hasta el segundo piso, donde se hallaba la única puerta en todo el interior con un panel para poner números y además al lado otro panel para poner la mano y detectar las huellas dactilares. Alex podía intuir lo reservado que era aquel hombre, lo bien guardado que tenía aquello que quería aislar del mundo, incluso de los suyos. Jack hizo los pasos necesarios para abrir su despacho, entró con Alex, sus soldados y cerró la puerta.
Aquel despacho no iba con el resto del edificio interior, por el contrario toda la habitación estaba pintada de color verde claro. A la derecha había una cama y a la izquierda, que era la parte más amplia, había un armario empotrado y una mesa de un verde más oscuro con más papeles e informes diversos pero había una pila de papeles separada de los demás por un motivo, Alex.
–No nos han presentado debidamente, soy Jack Janderson.
No hubo respuesta. Solo un silencio intenso, incómodo, inseguro.
Alex sabía que tal vez podía confiar en ellos, pero aún no estaba seguro de nada.
–Soy Alex Miller… solo tenías que decir eso –dijo Jack con una sonrisa.
Pero no hubo respuesta, la expresión del chico no cambió, no se rompió la tensión que había y era evidente que no iba a conseguirlo fácilmente, se lo había llevado del instituto como si nada y estaba en una base especial oculta. No pensaba darle las gracias y reír sus chistes en aquel momento, los pocos que pudiera hacer.
–Supongo… que querrás saber qué es lo que eres, te haré un resumen –dijo Jack.
Entonces cogió una máquina pequeña, alargada, con una pantalla y un punto rojo luminoso en el extremo que el capitán dirigió hacia los soldados.
Jack movió aquel aparato por alrededor de los soldados en general, pero luego se acercó a Alex y aquella máquina empezó a hacer un sonido, la pantalla tenía unas barras que se estaban volviendo locas, al igual que el sonido cada vez que estaba más cerca de Alex. Hasta que la máquina se apagó saltando una chispa del interior. Entonces la dejó sobre la mesa ya que no volvería a funcionar.
Todos menos Jack se sorprendieron, el que más se sorprendió fue el propio Alex.
–Lo has fundido por exceso de sobrecarga. No sé si lo sabrás… pero no todo el mundo puede hacer eso –le dijo el capitán.
Alex quedó aún más perplejo, nunca hubiera imaginado que aquello que consideraba una maldición fuera tan poderoso, solo sabía que era peligroso, pero tal vez había algo más tras de sí.
–Esto es lo que nos ha permitido tenerte localizado. Los parapsicólogos con sus máquinas para medir ondas astrales, el poder oculto junto con nuestra tecnología han hecho esto.
Sus sospechas se habían aclarado. Cuando se sentía observado miraba a todas partes sin saber un punto exacto de referencia, pero en ese momento lo tenía claro, eran ellos los que le observaban allá donde iba y sabían todo lo que hacía. Tenía que saber qué era lo que sabían de él.
–Con ello hemos podido ver a personas como tú, con poderes. Hemos visto también magos del tres al cuarto de categoría menor que hacen servir sus poderes para espectáculos y ganar dinero, muchos patosos, eso sí. Pequeños videntes, telépatas y demás, pero con un poder bastante torpe. Pero esos, no nos sirven a ninguno de los dos bandos.
Alex levantó más la cabeza ante la palabra «bandos». Sabía que siempre le habían estado observando, pero sabía también que había demasiados ojos que lo hacían y no todos pertenecían a la misma organización. Entonces podía explicarse lo de aquel tipo tan extraño que debía ser un agente, un asesino. ¿Pero enviado por quién? No por el capitán y los suyos, estaba seguro de que no podría ser, ellos no querían hacerle daño, se lo habían asegurado y confiaba en su palabra. Por lo que debían ser «los otros».
Ya se imaginaba la naturaleza de aquel segundo bando, con la que ya había tenido un encuentro con uno de ellos dos años atrás. Se había encontrado con un hombre, pero no era normal, tenía poderes también, había intentado matarle. Era la primera vez que veía a alguien con poderes como él, aunque nunca pensó que sería el único con capacidades especiales, sabía que podría haber más. Pero no se imaginó que de esa manera…
 
 
Lo recordaba como si hubiera sido escasos minutos antes. Una noche en la fría y deshabitada ciudad, en una calle desierta y poco iluminada, apareció tras una esquina lentamente un hombre, el cual tenía una camisa que le cubría hasta la nariz y el pelo largo le tapaba el ojo izquierdo, el resto de su cara era oscuridad. Su ojo derecho era amarillo por completo, parecía tener luz propia. El resto era confuso, no le llegaba la luz, era oscuro, la oscuridad en sí. Alex se estremeció al ver que la silueta no era del todo humana, que por la altura de la cintura algo alargado y ancho se movía, debía ser una especie de cola. Su corazón latía demasiado rápido para su gusto. Pero en mitad de aquel shock escuchó un sonido metálico que se arrastraba por el suelo detrás de él, era el claro sonido amenazador de la muerte que se dirigía hacia él con una sola intención. Se giró y vio una espada que entonces se levantó para acabar con su existencia. Pero Alex la evitó dando un gran salto hacia atrás, pero no pudo evitar que por detrás aquel ser le cogiera por los hombros. Las manos de aquel hombre eran verdes, escamosas, con garras. Debía ser un hombre lagarto o algo así, no podía imaginarse ni mucho menos quería ver cómo era aquel hombre, agradecía la oscuridad que le proporcionaba la traicionera calle. Las manos de Alex quedaban en el aire pero no inútiles y las tiró atrás para buscar la cara de aquel hombre y hacerle daño con su poder. La reacción al dolor fue tal  que le soltó inmediatamente emitiendo un sonido agudo que no era humano y Alex se tiró al suelo cuando vio que la espada venía recta hacia él para clavarse en su pecho, pero acabó atravesando a aquel hombre misterioso de la sombra. El cual acabó en el suelo sangrando algo amarillo que debía ser su sangre. Brillaba tanto como su ojo, era una visión horrenda que no podía salir de su mente. Había sido derrotado por sí mismo. ¿O alguien más manejaba la espada? Se hizo muchas preguntas al cabo del tiempo, pero pensó que aquel hombre tendría ese poder, después de todo él también tenía dos poderes. Entonces salió corriendo mientras se aseguraba de que no había más trucos, pero no se movía, debía estar muerto y tampoco quería averiguarlo ni verle la cara. Corrió y notó una sombra que le seguía por los tejados, pero rápidamente cesó aquella presencia. Era la primera vez que mataba a alguien, pero era necesario, él solo se defendía de aquellos que le atacaban, se había visto envuelto en peleas de las cuales siempre había salido victorioso. Pero no tuvo que volver a hacerlo ni nada parecido, pero sospechaba que le pedirían algo peor que aquello.
 
 
Sabía que su poder no servía para otra cosa que para destruir a voluntad, pero no estaba dispuesto a servir a nadie con un fin tan sádico como el asesinato. Además, tampoco tenía nadie por quien hacerlo. Solo para sí mismo y él no era así y no acataría las órdenes de nadie y en todo caso, no con ese fin.
–No haré nada –dijo Alex en voz baja con la cabeza agachada.
Entonces Jack que se había girado para revisar el expediente de Alex se dio la vuelta sorprendido. Sabía que escuchar palabras de su boca era casi un privilegio. Desconocía el motivo, no sabía el por qué y Jack pensaba averiguarlo, siempre conseguía saber aquello que quería saber.
–Tranquilo, no haremos nada que tú no quieras o debas –respondió Jack–. Además… defenderte de ellos se te da bien, ¿verdad?
Alex frunció el ceño y apartó la mirada mostrándose molesto.
–No le mataste, lo acabamos de hacer nosotros por ti. Cuando te fuiste y te alejaste de él, aparecimos nosotros y rematamos la faena. Lo hiciste muy bien para ser un novato –dijo Jack sinceramente al decir esa afirmación.
Entonces volvió a levantar la mirada con los ojos como platos. Era una sorpresa para él. No había matado a nadie después de todo. Pero eso no le consolaba del todo, sabía que intentarían matarle de nuevo y tal vez a la siguiente lo conseguirían. No podía estar seguro de nada, ni de que ellos fueran del bando que aseguraban ser.
–Ellos buscan que el mundo sea suyo, a su manera… a su triste, malvada y sanguinaria manera –entonces le desató las manos a Alex como símbolo de total confianza.
Los soldados estuvieron atentos a cualquier reacción por parte de Alex una vez tuvo las manos liberadas, ya habían visto lo que hacía al tocar a la gente, pero Jack les hizo un gesto para que no hicieran nada.
Alex se sorprendió, pero sabía que era un gesto de confianza que no podía tirar a la basura. Retiró aquello que había pensado sobre ellos de momento, pero aquello no le quitaba de seguir queriendo sacarles información.
–Ellos son los Kurai, se llaman así por su líder, el cual es… Osore –entonces le dio la fotografía de un japonés joven, tenía cara de buen ciudadano, no tenía cara de sospechoso, ni mucho menos cara de líder de una organización terrorista japonesa, como un Yakuza–. Este no es su líder, sino su padre, Toshiro Takayama… no hemos conseguido una foto de su hijo. No he conseguido dibujarle… no se me da bien.
–¿Le has visto? –dijo Alex sorprendido.
–Sí… era un hombre con una coleta detrás bastante larga, un bigote largo a cada extremo del bigote y una larga perilla. No fue una lucha muy satisfactoria… no sabía quién era, ni tampoco aún sabía quién era yo mismo… podría haberle salvado a mi padre… él le mató. Osore tiene la capacidad de crear y manejar espadas –entonces se alteró un poco al recordar la horrenda visión de aquel cuerpo sin vida que le había dado la existencia.
Entonces Alex empezó a respirar más fuerte de lo normal. Podía verlo en su cabeza, aquella sombra, aquella espada. Debía ser él sin duda. ¿Pero por qué quería matarle? ¿Y por qué se fue?
–Sí… era él, aquel que dos años atrás manejaba la espada que atravesó a su propio miembro –apretó el puño y agachó la cabeza–. Estuve tan cerca de él aquella vez… pero notó mi presencia y se fue… –todos se quedaron en silencio por un momento–. Ahora querrás saber quiénes somos nosotros… –dijo de forma algo más calmada.
Alex asintió tímidamente con la cabeza, pero ansioso de saberlo todo.
–No somos nadie oficial, extraoficialmente ni de ningún modo. No trabajamos para el gobierno, ni para el presidente. Nadie excepto aquellos que trabajamos aquí, sabemos que existimos. Cogemos a gente con capacidades mentales extraordinarias. Gente con poderes, aquellos que tienen un cerebro más desarrollado y capacitado para adquirir todos estos diversos poderes. En fin, nosotros cogemos a aquellos que son un problema para su entorno y no quieren hacer daño. Aquí les ayudamos a ayudarse, por decirlo de otro modo. Los Kurai quieren que el mundo sea de las personas con poderes, quieren exterminar a los humanos que no acepten su tiranía y dictadura. Llevamos años luchando contra ellos, pero son demasiados… no sabemos cuánto más podremos aguantar. Este es el último lugar que les queda por masacrar –dijo apenado.
Todos los allí presentes lo sabían, habían perdido otras bases que habían sucumbido a los Kurai pero no podían permitirse más bajas, más decepciones, más derrotas.
Alex le miraba, le examinaba de arriba abajo, no encontraba solución a lo que pasó a la salida del instituto.
–¿Cómo te partiste en dos? No es tan difícil preguntar –de nuevo la inocente gracia del capitán no tuvo reacción positiva–. Bueno, es gracias a esto –entonces se fue a la mesa donde había un tubo de ensayo transparente.
Jack se lo lanzó para que lo cogiera y así lo hizo, lo miró por todas partes, no veía nada extraño en su contenido… o él no podía. Entonces se lo devolvió.
–Yo fui creado con este don… el de almacenar las almas de los difuntos para luego poder controlar sus poderes.
Alex frunció el ceño, no podía entenderlo, ni siquiera hacerse una imagen mental. Ni en las películas había visto algo así.
–A los Kurai o a aquellos que no colaboran y son un peligro mortal tanto para su entorno como para sí mismos, antes de morir, en su último aliento vital se les escapa el alma, pero yo con mi poder la redirijo a este recipiente. Más tarde puedo usar durante un par de minutos el poder que aquella alma albergaba en su interior, en su esencia. Puedo adquirir ese poder, añadir su alma a mi alma durante ese período de tiempo. Por eso me he partido en dos… uno de los Kurai podía hacerlo, pero en el enfrentamiento cayó y me apoderé de su alma.
Entonces Jack se acordó de cuál era el objetivo primordial de aquella misión, informarle a Alex de su verdadero cometido.
–Como intentaba decir… –retomó Jack por tercera vez la conversación–. Tu misión…
–No trabajo para nadie –interrumpió.
–Es…
–No voy a…
–¿Pero te quieres?… –dijo ya enfadándose.
–No quiero… –dijo igual de tranquilo, como si el capitán no estuviera hablando.
–¡Dentro de 50 años! –dijo en un grito.
Entonces Alex se quedó en silencio por la parálisis que había sufrido de la impresión y dejó hablar.
–Gracias… –dijo ya más relajado–. Necesitamos tu poder, pero no ahora, sino dentro de 50 años.
Los soldados se estremecieron, se sorprendieron. Sobre todo Alex, no podía entenderlo, al igual que la mitad de las cosas que le explicaban, aún estaba asimilando muchas cosas, pero aquella era la más extraña por el momento con diferencia.
–Tenemos un hombre que es capaz de enviar a la gente en el tiempo. Es el único en el mundo que hay y no podrá volver a hacerlo. Cada vez que lo hace y devuelve a alguien de ese tiempo, envejece. Es el precio de tal poder y a la próxima morirá.
Todos se quedaron en silencio.
–Pero antes de eso, necesitamos saberlo todo sobre ti para as…
–Pero en ese tiempo todos vosotros… ¿Entonces para qué necesitáis nada de mí? –entonces se puso la mano en la boca, había dicho muchas palabras en un tono alterado. No podía permitirse hacerlo, no de nuevo, no quería que pasara otra vez.
–¿Qué te preocupa? –le dijo Jack. Alex solo le miró, asustado de sí mismo–. Oye… lo sabemos todo de ti. Pero a partir del momento en que se manifestaron tus poderes. A algunos les vienen los dones de nacimiento. Algunos al cabo de los años, como tú –cogió un informe, lo miró por encima y lo dejó encima de la mesa–. A partir de los 7 años. De antes no hemos podido investigarte, ni averiguar nada por boca de nadie… todos tus antecedentes están muertos.
Entonces la respiración de Alex se aceleró. Tenía cara de terror. Recordaba el momento en que les hizo aquello a sus padrastros.
–Cuéntanos lo que pasó Alex. ¿Qué les pasó a tus padrastros? Fue un supuesto accidente de coche pero tu mirada dice algo más… habla por sí sola.
Alex negó con la cabeza temblando.
–No sabes quiénes son tus padres, ¿verdad?
Alex dejó a tener la respiración alterada a no respirar durante un momento. Por fin iba a saber la verdad sobre sus padres, ya que no tenía ninguna, nadie nunca había tenido ningún dato sobre ellos, era como si nunca hubieran existido. Como máximo le dijeron que murieron, esa era una evidencia. ¿Pero cómo habían muerto? ¿Era verdad? Tenía que averiguarlo y aquél era el momento y la oportunidad de saberlo.
–… –no sabía por dónde empezar a culparse. Por dónde empezar aquella trágica historia. Pero no le hizo falta, solo salió un suspiro de su boca cuando fue interrumpido.
Una luz roja dentro de la habitación se iluminó y empezó a parpadear. Todos sabían lo que significaba, Alex no pero se lo imaginaba.
Todos salieron de la habitación y se pusieron en fila en aquel pasillo para ver desde arriba lo que estaba ocurriendo. Más bien lo que iba a ocurrir en unos instantes.
Un hombre vestido de científico había subido para informarle al capitán de la situación como de costumbre cuando había una ligera alteración del sistema de seguridad.
–Informe.
–Señor, no es nada grave. Un niño ha conseguido entrar en el garaje, la puerta exterior se ha abierto sola, debe de haber sido un fallo.
Entonces la puerta del garaje que daba a la base se abrió lentamente. Era un niño japonés de unos diez años. Llevaba una camiseta blanca, unos vaqueros azules y tenía el pelo negro y corto. Parecía un niño de lo más normal, ya que además llevaba una mochila en la espalda, parecía un infante que acababa de salir del colegio. No dijo una palabra, no hizo nada más que abrir la puerta y quedarse mirando al infinito. Pero tras él entró una mujer mayor japonesa con una chaqueta fina.
–Oh, disculpen a mi nieto, no quería hacer eso –se disculpó la mujer amablemente con una voz suave a pesar de lo mayor que era y una voz extraña además.
El hombre que había ido a informar sacó un medidor de ondas como el que el capitán tenía y pudo ver que el aparato se estaba volviendo loco, cada vez más. Entonces se fue hacia abajo.
–Están aquí –dijo un soldado.
–¡Kuraaai! –gritó Jack.
La anciana cogió al muchacho rápidamente y lo puso detrás de la puerta mientras ella se sacaba una metralleta de debajo de la chaqueta. Pero no hizo nada, también se puso detrás de la puerta para ponerse a salvo. Todos los del interior se alborotaron. La mayor parte de ellos no tenían poderes como Verónica, no eran militares, estaban indefensos ante un asalto real y aquel estaba delante de ellos, a unos pasos.
Uno de los soldados rápidamente se dirigió hacia las escaleras para bajar y  defender la puerta, el resto se quedaron con Jack esperando sus órdenes. Mientras, los científicos estaban quietos, queriendo dirigirse hacia la puerta del fondo que tenía un pasaje secreto de huída para salir de allí, pero no podían apartar la mirada ante la expectación, ante la duda, el misterio.
–Una llave inglesa, así han entrado, gracias al chico… ¡Malditos monstruos!  –dijo Jack furioso.
Durante unos segundos no hubo ruido, no hubo nervios, no hubo nada.

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