Sí, quiero

Mis poesías y relatos

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–Sí Sí Sí, un millón de síes –le respondí emocionada.
Sabía que me acabaría pidiendo matrimonio, pero no de aquella manera tan romántica. Estábamos en la playa y había hecho un pasillo de antorchas en la arena, un camino que conducía hasta una caja con un anillo.
Lloré de la emoción mientras nos besábamos, no podía creerlo aún. Era el hombre de mi vida, lo amaba con todo mi corazón. Acaricié su barba de dos días, su pelo moreno que le llegaba por los hombros, le miré a sus preciosos ojos azules y le dije que le amaba.
–Yo también te amo, Rose –me respondió Charlie mientras me besaba de nuevo. Él también empezó a acariciar mi larguísimo pelo rubio. La gente me miraba de forma extraña, pero no me importaba, era la idea más original del mundo.
Solo podía recordar en aquel momento cuando nos conocimos unos meses atrás, estaba a punto de cometer una locura, iba a tirarme desde la terraza de mi edificio tras mi última ruptura amorosa, pero apareció y me llevó por el buen camino. No solo le debía gratitud, sino la vida y por eso le amaba tanto.
Desde aquel momento empezamos a plantear algunos aspectos de la boda. Aún no se lo había presentado a mis padres, él insistía en ello, en no presentarle a nadie, ni siquiera a mis amigos, ya que si nos preguntaba cómo nos conocimos tendría que decirles la verdad y eso les dolería. Por lo que al darles la noticia de mi boda se alegraron, pero insistieron en conocerle, como es normal. Pero solo se me ocurrió mentir, les dije que su religión solo permitía mostrarse ante los familiares en la boda. Ellos no parecieron muy convencidos, pero no me importaba, tras muchos esfuerzos lo aceptaron.
Cuando le dije a Charlie lo que había hecho no se enfadó, me besó y me dijo que todo saldría bien.
El día de la boda todo era perfecto, pero la familia de Charlie no había podido asistir por lo que solamente estaría él. Cuando él apareció yo estaba esperándole en el altar, él estaba radiante con aquel traje tan elegante, sonreí y me devolvió la sonrisa. Entonces fue hacia mí y me tomó la mano.
Todo se quedó en silencio, empezaron a haber murmullos entre mis familiares y amigos, pero no me importaba, solo podía mirar a los ojos de mi amado.
–¿Estás bien hija mía? –preguntó el cura canoso mirándome con preocupación.
Fruncí el ceño y le respondí que podía empezar con la ceremonia.
–Pero el novio todavía no ha llegado –respondió extrañado.
Miré a Charlie y al cura de nuevo.
–Pero… Si está aquí –dije algo inquieta. Aquel cura debía de ser tan viejo que ni siquiera veía bien, eso pensé.
Me vi sorprendida por mi padre, que puso una mano en mi hombro, parecía muy preocupado.
–¿Dónde está Charlie?
–Ya lo he dicho, está aquí –miré a Charlie de nuevo, pero este apartó la mirada, parecía avergonzado–. ¿Qué ocurre? –le pregunté a mi prometido.
Negó con la cabeza a punto de llorar y me estrechó las manos.
–Siento haberte mentido… yo…
–¿Estás bien hija? –preguntó mi madre con preocupación que también había ido hasta el altar.
–¿Qué pasa Charlie? –le pregunté aterrorizada, algo raro estaba pasando.
Todos miraron donde yo miraba, pero nadie dijo nada.
–Te salvaste tú misma aquella noche… yo soy una representación del hombre perfecto para ti. Estabas rota de dolor y me creaste en tu mente.
–¡Yo no estoy loca! –todos se asustaron cuando grité aquello.
–No lo estás amor mío, aún podemos ser felices, tú y yo. Pase lo que pase, nunca me separaré de ti. ¿Me aceptas?
–Sí, quiero –pero no pude llegar a besarle, mis familiares me habían cogido de los hombros y me llevaron a una ambulancia que habían llamado.
Desde entonces estoy en este psiquiátrico.
 
 
El psicólogo la había evaluado varias veces, parecía más tranquila.
–Entonces… ¿Ya no puedes ver a ese Charlie?
Rose suspiró con fuerza.
–En una crisis, mi mente lo inventó. Por una parte me salvó la vida, pero entiendo que no existió nunca y ya no existe. Llevo más de un mes sin las pastillas y no le he visto. Además he aceptado que no es real.
El psicólogo tuvo que aceptar que tras seis meses de dura terapia, había conseguido que aquella chica superara la esquizofrenia dada por aquella crisis.
–Está bien, te doy el alta.
Tras el papeleo salió a la calle, allí estaba él esperándola.
–Ha sido duro, pero he conseguido salir. Al final se han tragado que estoy curada, pero… no entienden que no hay nada que curar –dijo ella con una sonrisa mientras acariciaba la barba de dos días de su amado.
–Te he echado de menos, amor mío –respondió Charlie.
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