Chris

Géneros: Misterio, Suspense

Tras haber estado huyendo de la organización criminal más terrorífica del mundo durante siete años, Chris es finalmente capturado por su mayor enemiga y, aunque consigue escapar gravemente herido, su cuerpo rejuvenece hasta la edad de ocho años por circunstancias desconocidas. Totalmente solo en un mundo lleno de misterios y peligros, el joven deberá encontrar y proteger un nuevo hogar, recuperar su verdadero cuerpo y derrotar a Isabela: la mujer que arruinó su vida.

1: "He ganado, nene"

Chris

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En las noticias retransmitidas aquella mañana por televisión se informó a todo el país de Sitria que dos criminales acusados de atracar un banco a mano armada estaban escondiéndose en el famoso bosque de la ciudad de Suras conocido por su extensa frondosidad y diversidad de vegetación, por lo que se había advertido a sus habitantes que permanecieran en sus casas hasta que los delincuentes fueran capturados.
     El perímetro no tardó en ser asegurado y, varias unidades de policía, desplegadas al interior de la arboleda para encontrar rápidamente a la pareja. No obstante, pasaron varios días y no sólo no había noticias sobre los criminales, sino que cada vez regresaban menos agentes. El bosque era tan grande que si uno se adentraba lo suficiente podía perderse y además contaba con una amplia cantidad de árboles frutales y algunas poseían un porcentaje de agua tan alto que sólo con comerlas era suficiente para soportar el hambre y la sed, lo cual significaba que los atracadores podían sobrevivir un tiempo. Esta situación sembraba el pánico entre los civiles y causaba que nadie quisiera acercarse al lugar de los hechos. Excepto una niña.
 
 
Viernes 15 de noviembre a las 23:27.
     Inconsciente del peligro, buscando escapar de su rutina diaria y experimentar una aventura emocionante, una chica de ocho años llamada Laura se había escapado de su casa por la noche e ignorado las vallas de seguridad colocadas por la policía alrededor de la entrada del bosque desde la ciudad para adentrarse en él en busca de los dos hombres junto a sus dos mejores amigos, quienes al estar enamorados de ella y no querer parecer cobardes, decidieron acompañarla.
     —Lauri... ¿No tienes miedo...? —balbuceó su amigo desde el comienzo de la primaria, Conan. Un chico de cabello rizado, castaño y muy corto, de ojos negros, con gafas y muy delgado.
     —Un poquito —confesó la chica con una sonrisa apenada, tratando de contener los nervios e iluminando el camino con su linterna. Su cabello, liso y negro, le llegaba hasta el cuello y siempre llevaba una diadema. Sus ojos (los de un ángel según los dos chicos) eran azules—. Pero tranquilos. Está tan oscuro que nadie nos va a ver y si nos encontramos con los criminales huiremos sin que se den cuenta. No nos va a pasar nada.
     La chica trató de hacer sonar reconfortantes sus palabras para tranquilizar a sus amigos. Sin embargo, ambos temían tanto a la oscuridad que cada noche dormían con la luz de sus habitaciones encendida y, ante la amenaza real de dos peligrosos hombres armados acechando, nada les calmaría.
     De repente, el sonido de lo que había parecido un arbusto agitarse sobresaltó a los tres, llevándoles a esconderse rápidamente detrás del árbol más cercano y apagar la linterna.
     —¿Serán los criminales...? —se temió Sam, amigo de siempre de Laura, pues sus padres se conocían desde hacía ya muchos años. Su pelirrojo cabello le llegaba hasta el cuello, sus ojos eran marrones y su complexión robusta.
     Tras ese escucharon otros ruidos parecidos y luego unos pasos cada vez más sonoros, como si alguien estuviera registrando la zona y acercándose poco a poco a ellos. Por un momento, los niños pensaron que podían ser agentes de policía buscando a los atracadores, pero poco después vislumbraron acercarse dos figuras armadas con fusiles y aparentemente vestidas de negro. La pequeña intentó permanecer tranquila, pero sus amigos habían empezado a temblar.
     —Tienen que serlo... Ese no es el uniforme de la policía...
     —Lauri... Vámonos antes de que nos pillen o nos matarán...
     La chica asintió. Ya que el bosque era tan extenso, ella realmente no pensaba que fueran a encontrarse con nadie, sino que caminarían una hora o dos y luego regresarían. Pero ahora que era posible que estuvieran delante de los ladrones debían irse inmediatamente, por lo que la pequeña hizo un gesto a sus amigos para que empezaran a marcharse sigilosamente por donde habían venido aprovechando la oscuridad de la noche. No obstante, sucedía algo extraño: esos hombres parecían andar sin ningún tipo de luz que les ayudara a ver mejor. Curiosa, Laura se asomó ligeramente para volver a mirarlos a la vez que su corazón latía aceleradamente por los nervios. Los criminales estaban ahora más cerca. Tanto que pudo observar que llevaban una especie de gafas en la cabeza que le parecieron familiares.
     —Oh, no... —murmuró cuando las recordó—. Esperad, no sigáis andando, llevan gafas de visión nocturna —advirtió a sus amigos caminando hacia ellos para hablar lo más bajo posible.
     Creyendo haber escuchado algo, los hombres se volvieron hacia la dirección por la que escapaban los chicos.
     Ya que Laura aspiraba a convertirse en una detective en el futuro y era gran fanática de toda película, serie de televisión y videojuego que tuviera que ver con espionaje y misterio, conocía aparatos como ese. Sus acompañantes, al no saber nada de eso, precisaron de la explicación de la chica para descubrir que con esas gafas los ladrones podían ver con gran claridad en la oscuridad sin emitir luz alguna delatadora, por lo que si los niños hubieran continuado alejándose, les habrían avistado.
     Pero aunque la niña logró advertirles a tiempo, los dos individuos sospechosos estaban cada vez más cerca de ellos, por lo que se apresuraron a ocultarse de nuevo en el árbol más cercano. Esta vez, ninguno de ellos se atrevió a mirarles por miedo a ser descubiertos. Arbustos cercanos a ellos se agitaron fuertemente, sonoros pasos resonaban prácticamente enfrente de ellos y las fuertes respiraciones de los hombres habían paralizado de tal forma a los chicos que incluso contenían la respiración para no hacer el menor ruido.
     Una serie de disparos se escucharon en ese momento, alarmando a todos. Parecían ser de fusil y procedían de no más de algunas centenas de metros de distancia.
     —¡Tiene que ser él! ¡Deprisa!
     Ambos echaron a correr rápidamente hacia el lugar del que veían los tiros, olvidando por completo el extraño ruido que les había hecho inspeccionar la zona para alegría de los tres, quienes dieron un largo suspiro de alivio. Luego, aún sin poder tranquilizarse, se pusieron de pie y se dispusieron a marcharse. Sin embargo, al haber estado caminando todo el tiempo en línea recta para poder simplemente volver sobre sus propios pasos cuando quisieran regresar y haber tenido que desviarse para esconderse dos veces de esos hombres, no reconocieron el camino por el que habían estado yendo. Se habían perdido.
     Muchos más disparos acompañaron a los primeros. Un grupo de unos cincuenta hombres de negro se enfrentaba a su objetivo y, poco a poco, todos eran asesinados sin poder hacer nada salvo mirar desesperadamente en todas direcciones y apretar el gatillo al percibir el menor movimiento. Su enemigo se desplazaba por los árboles y por el suelo, de repente le veían en un lugar y ni un segundo después estaba en otro, certeros disparos en la cabeza y puñaladas en el pecho les daban una muerte rápida y, aunque estos utilizaban armas sin silenciador para que el ruido de los tiros ayudara a sus compañeros a encontrarles y unirse al combate, no eran suficientes.
     Tapándose los oídos con las manos para reducir el sonido de los gritos de dolor y constantes disparos y sin importarles lo que ocurría, sólo ansiando volver a casa y olvidar lo que estaba pasando, los tres niños caminaban asustados y preocupados por la arboleda incapaces de encontrar el camino de vuelta.
     —¿Qué vamos a hacer... si no podemos regresar? —se preguntó Conan con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos.
     —No lo sé... Esto no habría pasado si no os hubiera insistido para que viniéramos... Lo siento... —dijo la chica sintiéndose más idiota que nunca a la vez que un gran sentimiento de culpabilidad y arrepentimiento se apoderaba de ella.
     Sus amigos intentaron pensar en algo para consolarla. Pero sin ninguna idea en mente y sin siquiera tiempo para pensar en algo, escucharon unos rápidos pasos precipitándose hacia ellos. Un hombre de negro apareció enfrente, tan sorprendido de encontrarse tres críos como ellos de verlo a él. Sin saber qué hacer, los chicos quedaron paralizados por el miedo y, cuando el individuo les apuntó con su fusil sin vacilar, la pequeña no pudo hacer más que dar un potente grito de miedo.
     Un grito que un chico a cientos de metros de distancia oyó.
     Múltiples tiros de fusil y uno de pistola fue lo que los estupefactos niños escucharon después de cerrar los ojos con fuerza. Cuando los abrieron, sólo Laura fue capaz de moverse pese al terror que la invadía y, con su linterna, enfocó al frente, avistando a un joven dándoles la espalda con una pistola en la mano y balas dañadas en la otra que no tardó en tirar. El hombre que les había disparado yacía muerto enfrente de ellos.
     —¿Quién es... usted? —fue lo único que se le ocurrió decir.
     Al escuchar la voz de su amiga, Conan y Sam también abrieron los ojos. La persona que les había salvado se dio la vuelta y les dedicó una mirada asesina. Iluminado por la luz reveló ser un chico de aparentemente quince años. Cabello negro y corto, ojos rojos y brillantes como la misma sangre, complexión esbelta, alto y vestido con ropas sucias y viejas.
     —Críos estúpidos... —murmuró con desprecio—. Corred en línea recta por esa dirección —añadió señalando un sendero situado al sur—. No veréis a nadie y saldréis en poco tiempo.
     Los chicos se volvieron un momento hacia el camino que les había indicado el adolescente y, cuando quisieron mirarle de nuevo, ya había desaparecido para lamento de Laura, ya que no pudo preguntarle su nombre ni darle las gracias por ayudarles.
     Un cuarto de hora después, los niños regresaron a la calle Criton, cruzaron la carretera más cercana y huyeron por la acera hasta perder de vista el bosque. Luego se detuvieron exhaustos.
     —¿Qué hacemos ahora? —preguntó Conan entre jadeos.
     —Voy a llamar a la policía —respondió la chica sacando su teléfono móvil de uno de los bolsillos de sus pantalones.
     —¡Espera, espera! —protestó Sam, tan sobresaltado como su amigo—. ¡No nos creerán y si descubren lo que hemos hecho se lo dirán a nuestros padres y nos meteremos en un lío!
     Laura lo reconsideró durante un momento. No obstante, ese joven les había salvado la vida. No podía abandonarle.
     —Voy a llamar. No os preocupéis, no os mencionaré. Si alguien se mete en problemas por esto, seré sólo yo.
     Sin poder hacer más, los niños únicamente la observaron con desaprobación mientras marcaba el teléfono de la comisaría. Terminada la conversación con la persona que le atendió, Laura explicó a sus acompañantes que pronto llegarían varios coches patrulla para investigar, luego se puso de pie junto a sus amigos y se marchó seguida por ellos con una mano en el pecho, temiendo por la vida del adolescente que le había salvado.
     Mientras eliminaba con disparos en la cabeza a los últimos hombres de negro, el joven escuchó el casi imperceptible sonido de una piedra chocar contra el suelo. Sabiendo que eso no era más que una absurda distracción, mató de una apuñalada en la cabeza al último hombre y disparó al arbusto que había escuchado agitarse y desde el cual deducía que su verdadera enemiga estaba aguardando escondida su oportunidad para atacarle por la espalda. Sin embargo, allí no había nadie.
     —¿¡Doble distracción!?
     Y desde un cercano seto una sombra se lanzó contra él a una velocidad vertiginosa y, sin concederle tiempo para reaccionar, le dejó inconsciente con un fuerte golpe en la cabeza.
 
 
Sábado 16 de noviembre a la 01:25.
     Una vez que el chico se despertó, observó a su alrededor, dándose cuenta de que se encontraba en la cabaña ubicada en el corazón del bosque que él mismo había construido. Los cadáveres de los dos criminales a los que había asesinado aún yacían en un rincón y él se encontraba atado a una silla. Cuando intentó liberarse, además de no poder mover nada salvo la cabeza, un ligero ardor invadió su cuerpo, como si le hubieran inyectado algún veneno paralizador.
     —Tranquilo, querido. Suministrado a un humano, este no podría volver a moverse en días. Pero a ti no creo que te haga efecto por mucho más tiempo.
     El adolescente alzó la cabeza para mirar a quien acababa de entrar. Al verla, un profundo odio consumió su corazón. Era una joven de 20 años y atractiva figura vestida de negro con un sombrero del mismo color que, pese a ocultar parte de su rostro, aún podía permitir distinguir unos cabellos rubios sobresalir de su flequillo y sus ojos anaranjados. Su nombre era Isabela y era la líder de la organización criminal más peligrosa del mundo.
     —Desgraciada... —murmuró con todo el desprecio posible.
     La mujer respondió con una pequeña risa.
     —Han pasado siete años desde que nuestro jueguecito comenzó. Ya iba siendo hora de terminarlo, ¿no crees?
     El joven hizo una mueca de rabia.
     —Miserable...
     Ella se rio de nuevo y acercó sus labios a la oreja del chico.
     —He ganado, nene.
     Los finos oídos de ambos escucharon unas sirenas de coches patrulla a más de un kilómetro de distancia. La policía estaba rodeando el bosque y no tardaría en entrar en él.
     —Parece que tenemos que despedirnos ya, querido —avisó la mujer a la vez que caminaba hacia el centro de la caseta y colocaba en el suelo un pequeño artefacto con un temporizador de 30 minutos—. Esto debería dar tiempo a los polis a entrar y a mí a recuperar todos los objetos de valor de mis hombres muertos y huir. Así no quedará ningún testigo.
     El adolescente supo al instante qué era eso: una bomba. Después de activarla, Isabela se despidió de él con un alegre gesto y se marchó. Aunque el chico trató de exigirle a gritos que esperara, justo en ese momento sintió un ardiente dolor en el pecho, como si estuvieran prendiendo fuego a su propio corazón. Eso no podía deberse al veneno. No había forma de que fuera tan potente. Su cuerpo comenzó a sudar y sus músculos parecían estar desintegrándose. Tan insoportable era el dolor que sin darse cuenta volvió a perder el conocimiento.
 
 
Sábado 16 de noviembre a las 01:56.
     El joven volvió a despertarse. Ya no sentía un ardiente fuego en su interior, pero aún notaba un fuerte dolor en el cuerpo y, sus músculos, entumecidos y blandos. Ya podía moverse y extrañamente las cuerdas con las que había sido atado ya no ejercían presión en él, por lo que pudo retirarlas y levantarse. Aunque las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, desde allí pudo observar la bomba. Faltaban menos de dos minutos para la detonación, por lo que alarmado se arrastró hasta el artefacto y lo tocó con ambas manos. Al hacerlo, estas emitieron una débil luz que pasó al dispositivo. No obstante, nada ocurrió, ya que se encontraba demasiado débil como para hacer lo que quería y, sin saber cómo desactivarla manualmente, se puso de pie de nuevo y trató de escapar rápidamente. Todo a su alrededor parecía medir mucho más que antes y, cuando miró sus propias manos contempló sobresaltado lo pequeñas que eran. De igual forma su ropa. Como si su cuerpo se hubiera encogido.
            De todos modos, su prioridad era sobrevivir, por lo que pese a las extrañas condiciones en las que se encontraba logró abandonar la cabaña a duras penas y huir por el inmenso bosque con sus diminutas piernas. No sabía cuántos segundos faltaban exactamente para la explosión ni el radio de alcance que tendría pero, sin poder hacer otra cosa, continuó corriendo desesperadamente hasta encontrar un grueso árbol tras el cual cubrirse. Entonces, el temporizador llegó a cero.
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Si te ha gustado el capítulo, te pido que me lo hagas saber pinchando en el corazón que hay justo debajo y me sigas para estar al tanto de más capítulos. Gracias :D

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