Saiph: el último druida

Géneros: Acción, Aventura, Fantasía

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Vine a este mundo para ser el último de mi especie. Mi civilización quedó devastada en la última Guerra Mágica, de la que salí vivo a duras penas y gracias a los esfuerzos de los últimos druidas que, con las fuerzas que les restaba, lograron enviar mi alma a través de un viaje astral a otro tiempo. Como mi cuerpo no viajó conmigo, tuve que librar una batalla mental por el control de un feto humano cientos de siglos más tarde. Para colmo, tras mi segundo nacimiento, no recuerdo qué ni quién soy y me hallo viviendo como un simple humano sin poderes junto a mi nueva familia, esclavos del Imperio, en la ciudad de Servorum, en el continente de Drohmya. Por si fuera poco, mis nuevos padres, son asesinados en la última Purga de Seres Mágicos Rebeldes liderada por Deus Mortem, dándome, así, un objetivo en la vida, destruirlo. Sin embargo, para poder acercarme a él, debo unirme primero a sus filas, los Segadores de Almas, lo que pondrá a prueba mi mente y mi cuerpo. A raíz de esto, descubriré cosas sobre el planeta Sheratan, sobre mis antepasados y sobre mí mismo, que jamás habría podido imaginar. Además, conoceré a gente poderosa que me ayudará en mi cruzada, sin embargo, uno nunca sabe bien en quién puede confiar.

Prólogo

Saiph: el último druida

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Ese día, aquel fatídico día que mi mente olvidaría poco después para quizás no volver a recordar nunca más, traía consigo lanoche más oscura y tormentosa desde tiempos inmemorables. El cielo negro, surcado por los relámpagos que brillaban tras las nubes, que ocultaban incluso la luz de las Tres Lunas, se tornabafantasmagórico. Los astros, que estaban al borde de alcanzar la alineación perfecta, magnificaban las condiciones meteorológica adversas, que amenazaban con arrasarlo todo. 
Mientras, más abajo, en Luxomnia, ciudad de los druidas, se libraba la más sanguinolenta de las batallas que jamás ha conocido nuestro planeta, Sheratan. Escudos y armas de todo tipo entrechocaban sin cesar con fuerza titánica, provocando sonidos ensordecedores, capaces de amortiguar incluso el sonido de los relámpagos; las flechas de arcos y ballestas rasgaban el aire de un lado a otro a gran velocidad, tan veloces que eran casi imperceptibles; hechizos de elementos naturales contrarios, como el fuego y el agua, se fundían al encontrarse, destrozando todo a su paso…
Era una guerra sin tregua ni cuartel que tiñó el terreno de color escarlata. Todas las razas de seres mágicos: magos, brujos, chamanes, cambia pieles, entre otras muchas, unidos a los humanos y a los enanos, se enfrentaban a la última civilización de los poderosos druidas. Unas criaturas que no solo dominaban todos elementos (agua, tierra, fuego, rayo y aire), sino que, además, eran capaces de convocar entes poderosos y cambiar de pieles, transformándose en magníficos animales. También conseguían controlar poderes inimaginables como manipular el tiempo y el espacio a placer, eso sí, esto último sólo podían realizarlo cuando podían aprovecharse de las alineaciones astrales más poderosas como la de esa noche, reuniendo todo ápice de magia interna y ayudándose de varios druidas para tal fin. Y, ahí, no quedaba la cosa, pues eran capaces de manipular la energías de la luz o de la oscuridad a su antojo. 
A esta afinidad oscura era a lo que se había aferrado uno de los seres más poderosos, tiempo atrás, para convencer a todos de que la supervivencia común dependía del exterminio de la raza. Ya que, según él, si los druidas cedían a la oscuridad podrían condenar al mundo entero y destruirlo. Así, sumidos en las sombras y el caos, todo ser vivo sería gobernado por los druidas, siendo el resto de razas, meros esclavos para ellos, cuando no fueran asesinados. Así que, todo ser de Sheratan, liderado por el apodado Deus Mortem, se volcó en la causa. 
Pero los druidas, pese a su increíble poder, siempre habían permanecido ocultos del mundo y habían sido una civilización tranquila y pacífica, salvo en contadas ocasiones en las que alguno se descarrilaba y se dejaba dominar por las artes oscuras. Ninguno ansiaba el poder ni la guerra, así que aquellos que se dejaban llevar por la oscuridad eran apresados o eliminados, según dictaminase el Consejo de los Druidas, que imponían un castigo u otro dependiendo del pecado cometido o si creían que podían salvarlos y reconducirlos por el camino de la luz o no. Así que, por lo general, vivían en comunidad y en absoluta armonía con la naturaleza. Sin embargo, ahí estaban los pocos de ellos que quedaban en pie, combatiendo y defendiéndose sin mucho éxito, pues, pese a tales poderes, les superaban en número con creces y, además, no estaban acostumbrados a la batalla.
Y, justo ahí, en ese lugar y en ese preciso momento me encontraba yo, pequeño y asustado, llorando, acabante de nacer, tumbado sobre un tocón de madera con una extraña runa grabada en la parte superior sobre la cual reposaba mi cuerpo desnudo, abrigado tan solo por una pequeña hoja a modo de pañal, rodeado de velas, viendo como todo se precipitaba a mi alrededor y como mi gente caminaba rumbo al exterminio.
De pronto, una persona se plantó ante mí y yo paré de llorar y le sonreí tierna e inocentemente, no sabía quién era ni qué quería de mí eso era obvio. De repente, sus manos empezaron a brillar con un tono morado, lo que captó mi atención y me hizo abrir los ojos de par en par. Entonces ese brillo, salió disparado hacia mí y, aún siendo el bebé inconsciente que era, sentí que mis días en Sheratan acabarían en cuanto esa luz me alcanzase. Cuando estuvo a escasos centímetros de mi cuerpo, cuatro druidas aliados, que aún seguían en pie, repelieron el hechizo y le arrebataron la vida al ser que tenía ante mis ojos, que trataba de lanzarme algún conjuro que seguro sería letal. Justo en ese mismo instante, miré al cielo y vi como los astros terminaban su traslación, completando, así, la alineación perfecta. Entonces, las cuatro figuras que se alzaban delante de mí y que acababan de salvarme la vida, realizaron, con su último aliento, un poderoso hechizo que me transportaría muy lejos de allí, a otro tiempo y a otra era…
—¡Potestatem obdormivit! —Gritaron las cuatro figuras al unísono, dejándome una sensación instantánea de vacío en mi interior. 
De repente, el aire se volvió denso, se retorció sobre sí mismo y me absorbió por completo. Primero sentí vértigo y un ligero mareo que hizo que se me revolviera el estómago. Luego, mi vista se nubló y noté que el propio aire tiraba de cada parte de mi ser y mi mente empezó a divagar y a perderse en el vacío junto a todo mi cuerpo, hasta que quedé sin conocimiento. Loúltimo que logréver fueron los cuerpos de mis salvadores cayendo inertes sobre el campo de batalla, alrededor del tocón de madera donde reposaba mi cuerpo, así como una luz cegadora. Entonces, desaparecí en ese halo dorado que me envolvió por completo y cesaron todos los gritos y ruidos, no podía escuchar ni ver nada, había quedado inconsciente y rendido a mi suerte, atrapado en esa vorágine sin entender nada, ni si quiera quién o quéera, sin saber a dónde me llevaría ni qué me depararía la vida. Quizá nunca recordara nada de esto, era demasiado pequeño para hacerlo, aunque, seguramente, sería lo mejor. Es más, igual niresistiría el viaje astral, pocos son los que alguna vez lo lograron con éxito y, por supuesto, ninguno lo ha intentado a mi corta edad.

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