¿Dónde Están Mis Retratos?

Géneros: Poesía

La vida rutinaria de la artista aficionada Jenny Brown, está a punto de ser interrumpida por una serie de acontecimientos e infortunios que comienzan a sucederle, entre ellos: la pérdida de su colección de retratos. Esto la llevará a plantearse diferentes preguntas y situaciones que la ayudarán a cambiar su perspectiva. «¿Dónde Están Mis Retratos?» es un microrrelato dedicado a quienes sienten que lo han perdido todo, pero no se han dado cuenta de lo mucho que han ganado.

¿Dónde Están Mis Retratos?

¿Dónde Están Mis Retratos?

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Despertaba cada día sin excepción a las 8:00 a.m., sin importar qué tenía qué hacer o cuántas horas había dormido. Colocaba sus pies helados en las cálidas pantuflas de pelo sintético que le encantaba usar, recogiendo su larga cabellera castaña y escarbando debajo de las almohadas para conseguir las gafas que olvidaba quitarse antes de dormir debido a la lectura excesiva con la que trataba de combatir el insomnio, aunque el desvelo era solo una excusa que se había desarrollado hace poco menos de 30 libros atrás. La mayoría de las veces, abría con aquella fatiga la puerta de su habitación y comenzaba a caminar pausadamente, arrastrando los pies y tarareando una melodía desafinada. Pasaba a la cocina y encendía la hornilla para comenzar a calentar el café que había preparado durante la noche anterior, mientras rellenaba un sándwich con jamón de pavo y reordenaba los cubiertos, sonriéndole a su versión propia de la Madonna de Port Lligat que colgaba a la izquierda de la alacena, abriendo las persianas para que entrase la luz natural. Entonces caminaba hacia el salón, encendía el tocadiscos de su padre y comenzaba a pintar en un lienzo mientras balanceaba su esquelético cuerpo de un lado a otro al compás e inspiración de la música clásica. Así eran, en su mayoría, las mañanas rutinarias de Jenny Brown.
La señorita Brown era una joven de veintitantos años, aficionada del arte que, aun cuando vivía sola, podía regocijarse en la compañía de 467 pinturas colocadas en marcos de todos los tamaños y formas geométricas, hechas por ella misma, respaldadas con su talento innato, de colores extravagantes y estilos distinguidos, con pinceladas etéreas de su gusto y movimientos artísticos que trataba de copiar de pintores ilustres. Retratos y dibujos que iban colgados en cada rincón de su casa, conocía el nombre y la biografía de cada uno de ellos y había logrado construir vínculos afectuosos de manera íntima. Convivía con estos como si fuesen personas, desde charlas cotidianas hasta conversaciones profundas, sin obviar las discusiones absurdas que se solían generar, en las que ponía los marcos del revés para evitar cruzar miradas con estos y caer en una situación incómoda, terminando por disculparse y volver a voltear la moldura. Era como aquellas personas que dicen preferir pintar las flores porque así no se pueden marchitar; aunque esta vez se trataba de compañeros, de amigos, porque estos a Jenny Brown no le podían fallar y no la podrían dejar.
Tenía una dieta bastante extraña a base de sándwiches, frutas, café y galletas saladas. Siempre utilizaba los mismos pantalones caqui para salir y rara vez cambiaba de camiseta, utilizando colores oscuros que contrastaban perfectamente con su tez pálida.
De niña, Jenny Brown nunca fue de muchas palabras y jamás tuvo amigos. Solía creer que los niños no se le acercaban porque ella tenía poderes sobrenaturales, y los asustaba diciéndoles que, si alguien estaba a menos de dos metros de distancia, ella podía hacerles volar la cabeza sin problema alguno, lo que le generó uno que otro malentendido con la directiva del plantel.
Comenzó a pintar con témperas escolares cuando tenía 9 años, hasta lograr que su madre la apoyara e incentivara su vocación comprándole óleos y acuarelas. Luego de perder a su familia a los 17 años, sufriendo la pérdida de sus padres y la desaparición de su hermana, Jenny Brown no tenía con quién compartir su ingenio, y optó por guardarse el talento para sí misma, aunque tenía el sueño de poder mostrarlo al público algún día; sin embargo, siempre lo mantuvo como un hobby y una terapia de desahogo después de los traumas vividos en su adolescencia, incrementando significativamente la cantidad de pinturas que era capaz de fabricar en un mes. Ya a sus 23 se había hecho con 220 efigies diferentes a las que le otorgaba una historia singular y un trasfondo filosófico propio.
Tres veces a la semana salía a trabajar a las 10:00 a.m. y comenzaba su jornada laboral en la cafetería dos cuadras al este. Pasaba la mayor parte de su turno distraída de todo lo que sucedía, atendiendo a los clientes con lentitud y desdén, más bien como si se encontrara en otro mundo, ansiando terminar su tiempo para irse a casa y continuar con la rutina diaria, que, aunque se tratase de una vida aburrida, Jenny Brown la vivía al máximo y disfrutaba a su manera cada momento como si fuese el último. Había conseguido ese trabajo por necesidad luego de cinco intentos fallidos de ser contratada en otros locales, era esto o nada. Había sido obligada a independizarse y aprender a ser autónoma, terminando sola en la casa de su infancia, desarrollando la no tan extraña capacidad de disfrutar del hecho de no tener compañía, o al menos de no tener familia.
En el bolsillo delantero siempre llevaba 5 lapiceros de 5 diferentes colores, con los que anotaba en una libreta las cosas necesarias para no olvidarlas después, aunque de vez en cuando solía dibujar garabatos en las esquinas y hacer siluetas poco experimentales de clientes que atendía durante su turno.
Sus compañeros de trabajo la veían como alguien indiferente, que en su inocencia y singularidad llegaba a ser casi invisible para los demás. Aunque muchas veces era el blanco para las burlas, a la señorita Brown no le importaban los comentarios ajenos, tal vez ni siquiera estaba consciente de ser un fenómeno individual a partir de su despreocupación por socializar. Ella vivía para ella y para sus retratos. Vivía satisfecha haciendo lo que le gustaba, porque eso es lo único que realmente basta después de todo: Vivir feliz mientras haces lo que te hace feliz.

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