Capítulo 19 ; Mentiras deseadas

Cuentos de Media luna

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Me desperté en una extraña cama, me mantuve acostada debido a que me encontraba ligeramente mareada, aun así, me dediqué a echarle un ojo aquel lugar, no reconocía aquella habitación donde la fresca brisa de la mañana entraba por la ventana abierta, el canto de los pájaros sonaba precioso, acompañando la belleza y sencillez de aquella desconocida habitación.  
 
Me senté aun sintiéndome debilitada debido al mareo, pero el malestar impidió que les prestase mayor atención a los detalles, paredes de color crema, un hermoso ventanal no muy lejos de la cama en el lado derecho, de cortinas blancas y tela delgada. La cama era lo que en mi hogar definirían como tamaño King, había montones de cojines desparramados por el suelo. No caí en cuenta de lo que llevaba puesto hasta entonces.
 
Pero mirar fue mi error, podría no haber mirado y haber mantenido esta delicada paz un poco más, llevaba una camisa, una camisa de botones blanca, camisa que no era mía. El golpe de la realidad solo acababa de empezar a caer sobre mí. Me levanté tambaleante y llegué hasta el balcón el cual dejaba ver un hermoso y extenso jardín lleno de vida, fragantes rosas florecían salvajes hasta donde al alcanzaba la vista, no era Muspelheim, estaba segura que la última vez que mis ojos estuvieron abiertos logré colarme en el palacio del desgraciado de Onix. Con lo cual no entendía absolutamente nada.
 
Me dejé caer sobre la silla a mi derecha y coloqué los brazos sobre la mesa, di un gruñido de frustración y dejé caer la cabeza entre ellos. Cerré los ojos con fuerza deseando que todos estuviesen bien. Porque no estaba allí, mis amigos corrían gran peligro, no era tiempo para descansar y menos aún en un lugar tan sospechoso y apartado. Solté un sonido cansado tras el enorme esfuerzo que había hecho mi cerebro a aquellas horas de la mañana y sin haber desayunado. Apenas si tenía fuerzas para seguirle el ritmo a mis entusiastas pensamientos los cuales al parecer disponían de libre albedrío. 
 
 
 
— No deberías estar fuera ¿quieres volver a empeorar?
— ¿Jay? — dije levantando la mirada de golpe.
— ¿Sí? — se mostró tranquilo y desconcertado.
 
 
 
Pero no me importaba si no lo entendía estaba a salvo, estaba conmigo y vivo. Lo demás, bien podríamos ir solucionándolo poco a poco entre los dos. Me levanté sin perder tiempo y corrí hasta lanzar mis brazos alrededor de él. Se tambaleo unos pasos hacia atrás, pero se mantuvo estable, por unos instantes el miedo a ser rechazada me invadió, pero confuso enredó sus brazos a mi alrededor con el mismo intenso calor que tanto añoraba, no sabía decir por qué, pero sentía que no debía esconder mis sentimientos. Y en ese preciso momento sentía alivio al saber que estaba bien.
 
 
 
—¡Oh dios, menos mal que estas bien!
— Esta mañana estas de lo más rara, nunca se con qué me voy a encontrar por las mañanas desde que estas así.
— ¿A qué te refieres con así? — pregunté confusa 
— Ya sabes, ¿embarazada? — dijo burlón .
 
 
Mi boca se abrió sin más y el alma se me calló a los pies, no podía decirlo enserio. Seguía siendo la virgen de la fraternidad más promiscua de todo el campus ¿cómo iba a estarlo? mi cara perdió todo rastro de color y comencé abrir y cerrar la boca intentando hallar las palabras adecuadas.  Pero antes de siquiera decir una palabra me vi interrumpida por una arcada. Corrí por la habitación hasta dar con el baño, metí la cabeza en el inodoro y dejé que pasase de la manera más natural posible. La garganta me ardía y los ojos me lloraban mientras la bilis hacia el resto. 
 
Cuando terminé bajé la tapa y me senté aun conmocionada por lo ocurrido, bien podría volverme loca en aquél preciso momento ¿qué estaba pasando aquí? no lograba discernir la verdad de la mentira, alcé la mirada y me topé con un amplio espejo que reflejaba mi imagen. Aquella mujer no podía ser yo, era una mujer de unos veinticinco años, admiré aquella imagen tratando de encontrarme en esos profundos ojos grises. Pero ¿cómo logré llegar aquí? acaso había saltado en el tiempo, no, no podía ser eso.
 
 
 
— Pienso averiguar qué está pasando aquí — le dije a mi reflejo.
 
 
Abrí el armario detrás de aquel espejo y usé un cepillo de dientes rojo intuyendo que era de aquella mujer, lavé mi boca y eché agua fresca en mi rostro, cuando creí estar adecentada, me preparé para encarar a ese hombre que me volvía loca.
 
 
— ¿Estas bien? — lo escuché tras las puertas.
 
 
En vez de responder lo cual hubiese sido lo más normal y precavido, opté por abrir la puerta y acercarme hasta quedar frente a frente. Su mirada conectó con la mía de esa manera chispeante que solo se daba entre nosotros. Tragué con nerviosismo, el magnetismo entre nosotros seguía hay, intacto. No importaba lo mucho que quisiese odiarlo o negarlo. No cuando lo tenía delante de mí unos años mayor, más guapo que nunca. 
 
 
— Adoro la forma en que me miras — habló por fin.
— ¿Y cómo te miro? — mordí mi labio inferior con ansia expectante.
— Cómo si fuese el centro de tú mundo.
 
 
Su enorme y áspera mano acarició con sumo cuidado mi mejilla, como si fuese algo preciado que quisiera salvaguardar a toda costa. Sentí su aliento cálido cerca pues había cerrado los ojos, pero le sentía tan cerca que quemaba y así era, este hombre era mi sol y si me acercaba lo suficiente podría acabar quemada como Ícaro, ni siquiera sabía si aquello era o no un sueño, igual el Jay de verdad ya estaba a dos metros bajo tierra. Así que me dejé llevar, su aroma a aftersave era irresistible, su estructura era mucho más grande ahora, bien podría parecer un héroe de acción con esos músculos definidos, me tomó en sus brazos y profundizo nuestro beso.
 
Recuerdos de nuestro tiempo juntos llegaron a mi, en la guardería, yendo a casa, estudiando, riendo... Cuando me humilló por miedo a que muriese a causa de mis propios recuerdos, cuando nos encontrándonos de nuevo, cuando lo vi por última vez herido y entonces lo imaginé en manos de Onix.
 
 
—¡No, para, no puedo hacer esto! 
 
 
Me aparté como si me doliese, que era justo lo que reflejaba su rostro, no podía negarme a él, pero era un impostor o una ilusión, yo quería al real, necesitaba con todas mis fuerzas al auténtico Jay. Le dije que estaba cansada y se marchó sin mediar palabra lo cual agradecí.
Debía mantener la cabeza bien fría, recabar información y salir de este lugar para salvar al auténtico Jay en donde sea que estuviese y cuando le viese le diría, bueno no lo  << sabré hasta verle de nuevo>> Aunque si lo que este Jay decía ¿cómo iba a explicar esto? 
Coloqué ambas manos sobre mi vientre << si solo fuese real>> pero no lo era, aproveché que estaba sola y busqué por toda la habitación en busca de Wagner o L?vënth?n. Buscaba alguna pista que me ayudase a salir de aquí, tras rebuscar a fondo en cada rincón encontré algo que me dejó helada. Eran álbumes de fotos.
Me senté apoyada en la pared y comencé a investigar entre aquellas imágenes que esperaba, arrojaran algo de luz a la situación. Había fotos de todo tipo, desde el Instituto y el jardín de infancia hasta la Universidad. El día de mi propia boda, el cual no recordaba. Había tantos momentos plasmados en aquellas fotografías y ninguna de ellas me decía nada más allá de que este no era mi lugar. Cansada de buscar respuestas que no llegarían admirando momentos que yo no había vivido decidí abandonar, me dirigí al baño donde me relajé entre vapor y agua caliente.
Cuando salí del baño había una carta encima de la cama, me acerqué con cautela y abrí el sobre, comencé a leer una palabra tras otra, pero en algunas partes carecían de sentido para mí.
 
 
"Lamento mucho haberte asustado antes, créeme, prometo compensártelo, pero primero me gustaría que te pusieras más hermosa de lo que ya eres, después de todo nuestros amigos están muy entusiastas con la fiesta. Nos vemos después, Jay."
 
 
La primera pregunta que me hice fue ¿qué amigos? pero cada nueva pregunta era más extraña que la anterior, pero tampoco tenía intención alguna de preguntárselo así que decidí actuar acorde a la nota. Rebusqué por el gran armario de madera dorada justo al final de la habitación. 
Las primeras prendas eran extremadamente sospechosas ya que eran exactas a las que utilizaba en Midgar. La blusa cruzada, el pantalón pitillo verde, el top rojo... estaba todo, con la boca abierta decidí sentarme en el borde de la cama, si me quedaba alguna duda acababa de resolverla, todo esto, no era real. 
Me tomé mi tiempo para asimilar aquella información, al final me decidí por un vestido de media manga y corto, color crema. A juego con unos tacones de aguja en dorado. Me recogí el pelo en una cola de caballo y me maquillé como siempre. Cuando me di el visto bueno salí de la estancia y bajé las escaleras hasta el primer piso donde me esperaba un apuesto caballero enfundado en un traje azul marino que le sentaba como un guante.
 
 
— Vaya... estas... —  me sonrió sin más palabras.
— ¿Y bien? — quise saber.
— Hacia años que no te veía así.
— Años — repetí en busca de más información. 
— Si, desde que terminamos la universidad, poco después nos casamos — tomó mis manos entre las suyas y las besó — la mejor elección de toda mi vida.
— ¿Mejor que cuando nos fugamos? — traté de hallar más historia.
 
 
Si realmente era Jay, debería recordar el día en que nos fugamos de Valhala, su mirada era alegre y desconcertada a partes iguales, se rió y besó mi frente, su mirada transmitía tantas emociones que me costaba seguirle el ritmo.
 
 
— Sabes bien que jamás hicimos eso o de lo contrario Creigh me fuese castrado.
— ¿Mi padre? — pregunté divertida.
— Oh si, tu padre. Sabes que me cae bien.
 
 
 
Justo cuando iba a preguntar algo más el timbre comenzó a sonar, Jay me miró divertido y soltó mis manos, se giró dándome la espalda, pero antes de marcharse hasta la entrada me miró por encima del hombro.
 
 
 
— Los invitados, prepárate para la fiesta coletitas.
 
 
 
Coletitas, el apodo cariñoso que me había puesto cuando nos conocimos hace años en aquel parque donde jugaba con los gatos del barrio. Una época inocente, al menos para mí, el solo se limitó a hechizarse para parecer un enano, sonreí ante tal tontería, pero así era Jay.
No tardó demasiado en alcanzar la puerta y dejar pasar a nuestros invitados, no pude verlos con claridad hasta que Jay se apartó para cerrar la puerta, no me esperaba aquella visita, es más no me creía preparada para ello.
 
 
 
— Tyler... — dije su nombre cuando lo vi aparecer en el salón. 
— Hola — dijo cariñoso abriendo los brazos en mi dirección. 
 
 
Yo retrocedí con el ceño fruncido, Tyler quedó con los brazos en el aire y una mirada de extrañeza, pero no estaba dispuesta a ceder, no le quería cerca, menos aun abrazándome.
 
 
— ¿Se puede saber que le has hecho a mi mejor amiga Jay? – bromeó Tyler.
— Nada, eres tú el que debe haberle hecho algo, verdad ¿nena? — se acercó a mí y pasó su brazo sobre mi hombro. 
 
 
¿Nena? Jamás me había llamado así, aunque hubo un tiempo en que lo deseaba fuertemente.  Jay conversaba con Tyler mientras ambos se reían, yo solo me límite a admirar su perfil.
 
 
<< ¿es esto lo que tanto deseas?, patético.>>
 
 
Me sobresalté al escuchar aquella voz en mi cabeza, Jay se percató y en mi recayó su mirada de preocupación que también conocía. Apretó con mayor fuerza su mano en mi hombro y me dio una mirada llena de sentimientos, casi pude sentir sus palabras sin siquiera decirlas.
 
 
 
—Dejad de atosigarla, hola Natt — me dijo Layla envolviéndome en un abrazo — ¿Cómo está mi sobrinito? — habló pegada a mi vientre.
—Bien — dije — pero ¿cómo sabes que será niño? — pregunté sonriendo.
—Solo lo sé — me dijo muy confiada.
— Bueno, creo que va siendo hora de cenar ¿no? — dijo Tyler.
 
 
Nos sentamos a la mesa, Jay se encargó de servir los platos y el vino, que yo por motivos obvios rechacé. Hablaron sin prestarme especial atención, salvo en pequeños momentos de aquella intensa conversación. Me extrañaba la facilidad que tenían para hablar de la vida cotidiana, su vida en el instituto, la universidad, antiguas relaciones desastrosas, hasta que hablaron de Jass.
 
 
 
— Si, ahora mismo trabaja a dos calles de mi casa — comentó Tyler.
— Quizás deberías pasarte por un corte de pelo — añadió Layla.
— ¿Como podéis hablar de una manera tan casual? — dije indignada.
— Perdona Natt, ya sabes que puedes participar y hablar — se rió Tyler.
— Cierto, además creí que te caía bien Jass — añadió Jay.
—¡Jass está muerta! — contesté ofuscada.
— ¿De que estas hablando? — dijo un confuso Tyler.
— Jass está muerta, murió en Nidavellir protegiéndome. 
— ¿Nidavellir? ¿dónde está ese lugar? — dijo como si no supiese de que hablaba.
— El reino de los enanos donde nos enfrentamos a Hreidmar.
—Tío tu mujer está loca — dijo riéndose.
—¡No estoy loca, tú fuiste el que me lo contó todo! ¡hemos viajado juntos por Nidavellir, Niflheim... me dejaste tirada por una maldita Vanir!
—¿De qué viaje hablas Natt?¿has perdido la razón? — se burló Tyler.
—Nena tal vez has tomado demás y... — insinuó Jay.
—¡No estoy loca! ¡y no he bebido nada! 
 
 
 
Los dos me miraron como si fuese un monstruo de tres cabezas, me levanté de manera brusca de la mesa y me dirigí hacia la habitación dónde había despertado aquella mañana. Cuando llegué a la puerta entré y cerré de un portazo, me dejé caer en la cama, coloqué una almohada debajo de mi rostro y grité liberando toda la tensión largamente acumulada. 
Unos minutos más tarde, Jay entró por la puerta y se sentó en el filo de la cama, durante un tiempo indefinido no dijo nada, solo se mantuvo en silencio.
 
 
 
— Oye lo de antes... — comenzó a decir, pero evité que continuase hablando. 
— No me crees ¿verdad?
— Es complicado... por ahora vayamos a dormir, necesitas descansar.
 
 
 
Dejamos caer los cojines al suelo y nos metimos bajo las mantas, me acosté de lado, lo más pegada al filo que pude. Jay no tardó más de un minuto en acercarse y arroparme con sus brazos. Entré en calor y con su suave olor pude conciliar el sueño.
 
 
 
—¿Natt? — oí una voz cerca de mi oído.
—Mmm — gruñí incomprensible.
—Despierta, vamos.
 
 
 
Abrí los ojos a regañadientes, la luz iluminaba cada rincón de aquella habitación y un muy sonriente Jay me miraba desde arriba con una sonrisa radiante en el rostro. Sus brazos me envolvieron y no pude evitar girarme de lado avergonzada.
 
 
—¿Quieres desayunar?
—Quiero tortitas. 
—Vamos entonces.
 
Se levantó de la cama entre risas, yo lo seguí un segundo después. Cuando llegué a su lado tomó mi mano y bajamos las escaleras hasta la cocina donde me senté en un taburete mientras devoraba aquel adonis sin camiseta con los ojos. 
 
 
 
—Si sigues mirándome así no podré hacerte las tortitas.
—No puedo dejar de mirarte.
— ¿No? — dijo llevándose un dedo mojado de masa de tortitas a los labios.
—Ajá — suspiré.
 
 
 
Me sonrió de esa manera pícara que era solo para mí. Me sonrojé al instante, caminó hasta mi taburete y se instaló entre mis piernas donde abrazó mi cintura y yo me sostuve en su cuello. Me miraba como tantas veces lo había hecho y fue entonces cuando todo se aclaró. Así podríamos ser, esto es lo que podríamos llegar a alcanzar esta vez. Una vida normal, la clase de vida que tantas veces nos habían negado. Le miré como la primera vez que nos conocimos, ya desde entonces saltaban las chispas entre nosotros.
 
Mi rostro se acercó al suyo, vi la esperanza y el amor brillar en ellos también, sonreí mientras mis labios se acercaban a los suyos hasta alcanzarlos y bebí de él tanto como pude. Mis labios extrañaban los suyos y mi cuerpo sus caricias ¿mi alma? añoraba a su gemela.
 
Ambos subimos a la habitación nuevamente y allí, en aquella cama, me entregué de nuevo al que siempre ha sido y es el gran amor de mi vida, ahora podía entender parte de la profecía de Eir. El amor me hace fuerte, me deja ver la verdad de mis propias emociones. El gran amor que sentía por aquel hombre loco y el cual me pertenecía en cuerpo y especialmente en alma hasta el día que su corazón dejase de latir.
 
 
(¿Este es tu final feliz? Qué asco) 
 
 
Volví a escuchar la voz extraña en mi mente, pero no dejé que me quitase el sueño, estaba en brazos del que era mi esposo y a partir de ese momento nada ni nadie se interpondría entre nosotros.
 
 
<< ¡Nattalie!>>
 
 
¿Quién eres?
 
 
<<¡Nattalie, maldita sea!>>
Una voz estaba llamándome, me senté en la cama y encontré a Jay mirándome de una manera preocupante. Quise alejarme, sintiendo temor, pero él me agarró por la muñeca evitándolo. Forcejeé para lograr escapar, pero era imposible.
 
 
— Hubiese sido más sencillo si tan solo te hubieses quedado en el sueño. 
 
 
 
Colocó una almohada sobre mí, evitando mi respiración, sentía la opresión en los pulmones debido a la falta de oxígeno, lo golpee a ciegas una y otra vez mientras la vida que había en mi iba extinguiéndose. 
Me desperté tomando una desesperada bocanada de aire, estaba de nuevo en la realidad. Me encontraba de nuevo en Muspelheim, Jay estaba arrodillado en el suelo atado con los brazos abiertos, cada mano atada a un poste de piedra negra, sus muñecas llenas de ampollas y rojas marcas que se veían muy dolorosas. Él me miraba con suma preocupación solo a mí. Y yo daba gracias en silencio por tenerlo justo frente a mí.
 
 
 
—Jay... — susurré con los ojos llorosos.
— Bien... gracias a la estrella que has despertado — me dio una mirada significativa — pensé que te había perdido. 
— Sigo aquí y tú también ¿pero estas bien? ¿dónde está? — le pregunté apresuradamente pero su mirada recayó por encima de mi hombro.
— Vaya, vaya, vaya, pero mira quien ha decidido despertar de su final feliz. Bienvenida querida — dijo agarrándome con fuerza el pelo — deberías haberte quedado en ese sueño — me dijo amenazante al oído.
—¡Déjala en paz! — gritó Jay forcejeando con sus cadenas.
—¡Suéltame maldito cobarde!  — dije yo.
— Esa sin duda sería una pésima idea. Después de todo voy a ofrecerte en sacrificio una vez más. 
—¡Jamás, nunca lo permitiré! — me retorcí buscando librarme de su agarre que solo se afianzo produciéndome más dolor.
—Eso era lo que tu madre me había ordenado hacer, pero, ella no necesita fortalecer sus poderes sin embargo si hay alguien con quien tienes cuentas pendientes.
—¡¿Quien?! — grité con furia.
—Darkova, tú serás su almuerzo, después de todo es un mejor final para ti.
—¡Eres escoria! — su agarre se debilitó y aproveché para atacarle con un codazo en el estómago — ¡cuándo salga de aquí, pienso destrozarte! — prometí.
— Oh la magnífica espiral de odio, que enternecedor.  déjame decirte que eso fue lo que destruyó a nuestros padres — me soltó por fin y se colocó justo frente a mí.
— ¡¿Y eso que tiene que ver conmigo?!
— ¿Acaso no eres la que está destinada a salvar el mundo? — preguntó con sarcasmo — siento curiosidad ¿cómo planeas borrar el odio? si realmente deseas la paz, tienes que saberlo así que respóndeme. Vamos entretenme un rato. 
 
 
Traté de hallar la respuesta a su pregunta, tenía sentido si deseaba la paz debía romper las cadenas de odio que habían alimentado una guerra de más de seis mil años, pero no tenía lo que pedía, me resigné agachando la cabeza. 
 
 
 
— Veo que eres estrecha de miras, bien si no tienes una respuesta para mí, entonces sufre tu castigo y muere ¡Darkova, ven a mí! 
 
 
 
Un rugido voraz se oyó en la lejanía y las altas temperaturas aumentaron lo indecible, la tierra se sacudía con cada paso de aquella temible bestia, cerré los ojos con el temor rondándome la garganta.
 
 
 
—¡Jay, mi sueño era contigo! —- le grité . 
—¡No es momento para eso! — me dijo desesperado por liberarse .
—¡Puede que no haya otro, tienes que saberlo, soñé contigo mi mundo perfecto era contigo! — una lagrima cayó por mi mejilla mientras Jay dejaba caer la cabeza.
—Y me lo dices ahora...no cambiaras nunca — dijo entre risas.
—Que tierno ¡lástima que vayáis a ser pasto de las llamas!
 
 

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