30 razones para no enamorarme.

Géneros: Aventura, Humor, Romance

Después de varias decepciones amorosas, Amelia no tiene tiempo de buscar al príncipe azul que la rescatará de la impetuosa realidad en la que vive. En un desesperado intento por adquirir un mejor puesto de trabajo, bajo las órdenes de su jefe, deberá trabajar durante una temporada con "un nuevo ingreso" y enseñarle los gajes de su oficio, estar en la mejor comunidad de periodistas del país; sin embargo, nuestra protagonista no se imagina cuánto le costará su tarea, pues el nuevo ingreso tiene un par de sorpresas para poner a prueba su paciencia, mientras intentan poner al descubierto a un político presuntamente corrupto.

1. Los gajes del oficio.

30 razones para no enamorarme.

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Aquella mañana todo parecía ir de lo peor. Desde el fondo de lo que, al parecer era su cama y bajo un revoltijo de cobijas y sábanas, se escuchaban unos murmullos que tenían más forma de quejas que de saludos y que se perdían bajo los estrepitosos pitos del despertador rojo colocado a un lado del nido de telas, sobre un destartalado nochero negro, y que no combinaba para nada con los diferentes tonos de azul del papel tapiz que decoraba la, ya para ese momento, muy iluminada habitación. La luz se filtraba por las ventanas, que a pesar de ser sólo 3, eran grandes y permitían que el pequeño apartaestudio de Amelia, tuviera suficiente iluminación en el día y buena ventilación en la noche. 
Una pequeña y delicada mano salió del enmaraño de cobijas y puso un dedo sobre el botón que apagaba el ruido del despertador, echó otro bufido. La mano levantó la cobija y al instante salieron reluciendo un par de mechones castaños que a la luz, parecían finas líneas de chocolate, brillando bajo el efecto iluminado del sol que atravesaba las ventanas; luego, una linda frente llena de rizos pequeños que tapaban cualquier cosa, bajo su luz. Abrió los ojos y se dio cuenta que era una muy mala idea, la luz le dio directamente a la cara, haciendo que se le entornaran al instante. Eran un gran par de ojos ámbar, que se escondían bajo largas pestañas. Arrugó la cara y las ruborizadas mejillas se tiñeron un poco más; su pequeña y fina nariz, surcada por diminutas pecas que sólo alguen notaría al estar a escazos centímetros de ellas, también se arrugaba, dejando que sus colorados y carnosos labios también lo hicieran. 

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