Y todo por un chocolate

Géneros: Romance

¿Alguna vez te enamoraste de tu maestr@? Román, un joven de 27 años, nos relata cómo vivió este primer amor, y lo que en realidad era este. Una realidad que sólo escuchamos en contadas ocasiones; pero que nos fascina escucharla con todo lujo de detalles.

Capítulo 1

Y todo por un chocolate

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 En aquellos tiempos, como típico niño, todas las niñas me parecían un montón de tontas. Siempre buscaba ganarles en todo: en las calificaciones, en discusiones y en los partidos de fútbol de niños vs niñas que se hacían en la hora de educación física. Si caía derrotado ante alguna de ellas, me frustraba y, sí, hasta lloraba por no haber impuesto mi superioridad ante mis más acérrimas rivales.
 
Hubo una ocasión en la que un maestro le quitó un papelito a una de ellas, y leyó en voz alta lo que estaba escrito en este: "Dinos quién te gusta, Daniela. Me gusta Román, pero no le digan". El griterío que esta declaración provocó fue tan estridente que hasta el director subió a callar a la clase. Por mi parte, lo único que hice fue ocultar mi enrojecido rostro con mi sudadera por el resto de la clase. De allí en adelante, todos, incluídos los de muchos otros salones, me referían a la tal Daniela como mi novia. Y no es que ella fuera fea; lo que pasaba es que me daba miedo y vergüenza que me emparejaran con la tal Daniela o con cualquier otra niña.
 
A mis ya 14 años en ese entonces, lo único que más quería en la vida era jugar y gozar de unas buenas vacaciones. Una manera de pensar muy opuesta a muchos otros de mis compañeros: ellos ya estaban eligiendo a qué preparatoria* (*High School) iban a ir, qué carrera querían estudiar e, incluso, había quienes ya querían trabajar durante alguno de los períodos vacacionales. A mí, como típico niño, escuchar sobre todas esas responsabilidades me daba miedo.
 
Quiero imaginar que ese lento desarrollo en mí fue debido a mi crianza. Crecí como un niño sobreprotegido; es decir, que mis padres decidían por mí, actuaban por mí y no me dejaban enfrentarme a las consecuencias de mis malos actos. Es por eso que mi mente estaba anquilosada en la etapa niñito y, por ende, no me fijaba en el sexo opuesto.
 
No obstante, como el niño travieso que era, había leído algunos de los tebeos para adultos que mi papá escondía en la cajuela del auto. Los leía y releía con mucho morbo. Cuando pusieron la televisión por cable, los sábados me quedaba despierto hasta después de la medianoche para buscar las películas pornográficas. Recuerdo que para que no se filtrara la luz por el resquicio de la puerta de mi habitación, me cubría junto con la televisión con un covertor grueso y, así, nadie me molestara por estar despierto tan tarde. A pesar de que todo eso no era más que un montón de basura para la mente, me fascinaban esos tebeos y películas.
 
Con todo, las niñas me seguían pareciendo tontas y no quería que me emparejaran con una. Hasta que llegó una mujer de verdad a mi vida, sin siquiera esperarlo.
 
Se llamaba Yolitzin y era la nueva maestra de matemáticas. La primera vez que la vi fue cuando yo iba pasando por la dirección, el primer día de clases de mi tercer año de secundaria. Ella me sonrío y yo me quedé congelado.
 
-Ella es Yolitzin- dijo el director cuando me vio allí, mirándola como bobo-. Ella va a ser la maestra de matemáticas.
-Hola, mucho gusto- saludó ella mientras me tendía la mano.
 
Cogí su mano de inmediato y las justas recordé mi propio nombre:
-Ro-Román, soy Román. Quiero verla pronto en clase. Adiós.
 
Mis piernas volvieron a responder y salí corriendo de allí, sin ser conciente de lo que había dicho.
 
Sé que ésto ya lo han dicho miles de millones de hombres a lo largo del tiempo; pero es que no hay otra forma de describir un flechazo instantaneo, un amor a primera vista: Jamás en la vida había visto a una mujer tan hermosa como Yolitzin. Su pelo lacio y bien recortado a la altura de los trapecios, sus grandes ojos oscuros y su cara de rasgos tan finos que tentaba a devorarla a besos.
 
Los primeros días de clases eran los más difíciles de todos porque representaban el comienzo de un muy largo y extenuante recorrido de doscientos días de escuela. No obstante, aquel primer día representó para mí el inicio de puras sonrisas y más de doscientos días de alegría.
 
 
 
 

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