Capítulo 41: "Susurros en la noche"

Note Max ©

visibility

142.0

favorite

0

mode_comment

0


Léa y los demás ahora se habían topado con una nueva pista. Entendieron que el relato de Gaikoz les hacía saber que Hakim Vitali no era su principal enemigo, y que ese al que denominaban como “demonio”, era un problema mucho mayor que el mismo rey de los zorros. Tal vez no estaba claro el papel que el otro tenía en parte, pero seguramente era una posibilidad de que fuera el responsable del estado de aquel albino, más no podían asegurarlo, por dos razones: no había a quien preguntárselo, y el único testigo de ello, tenía un Croma en su lengua.
 
—Lamentablemente no podemos hacer mucho, eso, a pesar de que tengamos sospechas de que él es el culpable del estado de Zaid tanto como el de Hakim Vitali —explicó la princesa.
 
—En ese caso, sugiero que descansen. Si hoy el día no se presta para resolver el entramado que tienen a sus pies, pues entonces otro será —comentó el dragón.
 
—¡Es un buen consejo, gran sabio! —declaró enérgica la rubia.
 
—Entonces no nos queda de otra que descansar, por eso les digo de mi parte, buenas noches a todos —saludó cortésmente Iris a sus allegados, y se volteó a la dirección contraria a la de ellos para empezar a dormir, pero antes, le dedicó una miradita a Alik, la cual éste notó, sin mencionar que, la presencia del más alto (sacando la situación de antes) le molestaba levemente por todo lo ya ocurrido.
 
—Buenas noches —declaró Alik al aire, pero con un tono más bien tímido, y se inclinó a mirar a la dirección contraria a la de Iris.
 
Por parte de Diamant, ella ya estaba en el séptimo sueño mucho antes de que terminara la charla, pues el cansancio le había trepado hasta llegarle a los huesos. Ni hace falta aclarar que Zaid seguía en su mismo estado, y que la princesa Léa, le echó una mirada a las galaxias que cernían sobre sus cabezas, antes de terminar por ceder.
 
El ambiente se mostraba tranquilo. Los grillos eran los únicos que se escuchaban al igual que los búhos de vez en cuando, y alguna que otra movida por parte de otras especies. Quizás era el clima, que se tornaba otra vez pesado respecto al calor, pero en realidad, la verdad, era que Alik no lograba conciliar el sueño una vez más. La culpa era su principal inconveniente, pues aunque cerrara los ojos, aquella mirada que le dedicó Iris momentos antes, le hizo recordar su falta, es decir, aquella que llevó a cabo en el acantilado a la enana. Su orgullo no le había permitido disculparse, pero ahora que todo estaba acompasado, su mente se aclaraba, y dejaba salir al chico dulce que poseía muy en el fondo. Estigmatizado por aquella expresión, y movido por sus nobles sentimientos de “compañerismo” hacia su persona, se sentó con cuidado sobre la tierra, allí, se levantó provocando el menor ruido posible, y fue a donde estaba la pequeña, a quien con delicadeza, empezó a agitar gentilmente desde su hombro.  
 
—Oye, mocosa, despierta —las palabras de Alik, aunque eran ofensivas, el tono que usaba le daba un pequeño matiz de ternura.
 
—Diablos… Alik, ¿qué quieres? —despertando de un descanso que no llegaba a ser muy profundo, pero costoso, la pelinegra se dirigió al guapo chico, quien no dejaba de importunarla incluyendo a esas horas. En los ojos añiles de la muchacha, se expresaba el desdén bien ganado, pero Reverse, no se dejó sucumbir esta vez por esa expresión, así que la tomó por su muñeca para sacarla de su improvisada cama, luego se la llevó consigo más adentro de la montaña, y sin un rumbo fijo al cual acudir, pues ni él mismo sabía a dónde quería llegar.
 
—¡Qué estás haciendo! —gritó pero el otro que era más alto que ella, le tapó los labios con su mano.
 
—¡Shh! ¡No grites! ¡Esto es entre tú y yo, así que cállate! —le chistó en primer lugar, más tarde le susurró lo otro. Su caminar no se detuvo hasta que llegaron a un sitio poco frecuente, el cual tomó por sorpresa a la pareja.
 
—No puede ser —expresó en un murmullo la más baja.
 
—¿Qué clase de lugar es este? —impresionado, sus ojos dorados se abrieron más de lo normal, y apretó un poco la muñeca que aún sostenía, mientras examinaba los alrededores.
 
Como si de una figura fantasmal se tratase, una imagen parecida a un sueño se apoderó de sus pupilas, pues lo que se podía apreciar gratamente, era una especie de bosque transparente, pero para ser más precisos, los árboles que estaban normalmente en aquel espacio, parecían tener un reflejo de agua sobre sí mismos en un tono glauco fosforescente. También hay que destacar, que el dichoso, expulsaba una serie de esporas blancas, que llegaban a traspasar los cuerpos de sus invitados.
 
—Esto parece irreal —expresó Alik anonadado.
 
—Es el bosque de la templanza —hizo saber una voz ajena, pero cercana a ellos. Ambos voltearon a ver, y se encontraron con el apacible de Gaikoz, aquel guardián de los dragofilios, quien había decidido ser parte de este recuerdo.
 
—¿El bosque de la templanza? —repitió la pequeña.
 
—Así es. Se le conoce de esa forma, porque es capaz de aparecerse a aquellos que tienen un poderoso vínculo de entendimiento —aclaró él.
 
En ese momento, Iris y Alik se miraron. Ella con expresión de curiosidad, y él, con una de pesar, pero era más bien de lamento, pues parecía que algo más allá de ese vínculo le gritaba a la pelinegra que algo no andaba bien, aunque era más una sensación que no podía mal interpretar, es decir, tomar su relación como algo negativo.
 
—Ambos tienen el equilibrio, por así decirlo, cosa muy poco frecuente entre las personas en estos tiempos —dijo al fin el poderoso sabio.
 
Ignorando ahora la presencia de aquel sobrenatural ser, pero aferrado al ideal que acababa de plantear éste, Reverse por fin se había animado a hablarle con claridad a su compañera, a quien había secuestrado momentos antes.
 
—¡Iris!, tengo algo importante que decirte —las ansias comían el corazón del muchacho, pero más era el misterio que sobrecogía a la más baja.
 
—¿De qué se trata? —interrogó con dulzura, y mucho más apacible que otras veces.
 
Su vestido blanco, aquel que le había entregado Zaid, brillaba con las pequeñas luces que despedía aquel bosque encantado, mientras que su rostro, santo como ningún otro, expresaba el encanto más tierno que jamás podría encontrarse. Alik sintió que el pulso se le aceleraba, pues, no era como si fuera a declararse o algo, simplemente planeaba disculparse, pero… esto empezaba a incomodarlo y a transformarse en algo aterrador para él. De cualquier forma, valientemente tragó saliva, y pronto estuvo a la par de su miedo para así ganarle en la carrera.
 
—Yo… —apretó los puños, y finalmente se lo expresó con plena sinceridad—. Sé que dije que no iba a disculparme por lo ocurrido, pero voy a hacerlo ahora mismo, pues… tengo entendido de sobra que mereces esa disculpa —bajó la cabeza un momento, y las palabras por fin brotaron—. Lo siento Iris, no deseaba ponerte en peligro, pero algo conmigo pudo más.
 
La catalizadora, admiró el valor del orgulloso muchacho, pues suponía que ella tenía que ser de gran importancia para él, como para traerla a un lugar apartado, y así al fin hacer las paces entre los dos. No obstante, también se daba cuenta de que él era de esas personas que sentían la vergüenza ante los demás. Sin embargo, eso no importaba, porque la intensión estaba dada, y que se lo dijera en privado le daba el mismo valor.
 
—Alik, no sé qué decirte —mencionó en un comienzo la chica, y es por eso que él se apresuró a responder.
 
—¡Sólo necesito que me disculpes! —cerró sus ojos con fuerza, y se puso de rodillas mientras las palmas de sus manos acariciaba ahora el pasto bajo sus pies.
 
—¡Oh! ¡No es que no quiera! Yo también te debo una disculpa. La verdad es que me comporté igualmente muy mal contigo y no debí decirte lo que te dije —se agachó para así tomar el rostro de Alik y levantar éste—. Está claro ahora que te importo, y lo digo porque entiendo mejor ahora la personalidad que tienes —una dulce, y encantadora sonrisa, se dibujó por toda la faz de la pequeña, la cual hizo que él percibiera una sensación tan grata, que casi logró que su corazón diera un brinco, es por ello, que el guaperas se llevó una mano al pecho tomándose las vestiduras, y su rostro se iluminó como si fuera un árbol de navidad.
 
—Sí —dijo casi en un susurro, pues la sensación no le dejaba del todo hablar—. Enserio… lo siento.
 
—¡Está bien! No hace falta que te sigas disculpando —le aseguró ella soltando su rostro.
 
Si el gran sabio tuviera una cara capaz de gesticular una sonrisa, sin dudas ya lo habría hecho, y aunque se sentía como un extra en el cuento, no podía evitar ser testigo de semejante escena de amor, pues no había negar que entre ellos dos, había mucho más que compañerismo.
 
Ahora, por el lado de otras personitas, la realidad era que Léa había notado la fuga de la pareja, y no sólo ella, sino que también el zorro, el cual parecía ahora estar consciente.
 
—Zaid, ¿estás despierto? —le preguntó la rubia al animal, quien aún conservaba su forma, y pronto, volvió a ser el chico de siempre. Aquel de cabellos cortos resplandecientes como el sol, con una estatura estimable, y con cierto dejo de tristeza en sus azulinos ojos.
 
—Sí, lo estoy —cerró sus pupilas y mantuvo la posición en la que estaba en un comienzo.
 
—Creo que alguien te está ganando —anunció con cierta burla algo disimulada, pues entendía que la tristeza del otro era verídica.
 
—No importa, pronto recobraré terreno. No voy a… no voy a dejar que me venza —declaró él sentándose en el suelo mientras hacía sonar la tierra por sus movimientos.
 
—Aunque digas eso… —iba a darle algo de desaliento, pero en cuanto se puso en la misma posición que el de ojos zarco, notó que en los bordes de éstos, estaban a punto de desembocar una catarata. Instintivamente, ella se acercó, y lo abrazó desde su cabeza aproximándolo así a su pecho. Ese movimiento tomó al zorro por sorpresa, quien abrió bien grandes los ojos.
 
—¿Señorita Léa? —expresó en un susurro.
 
—Creo que no soy la mejor persona para darte ánimos, pero al menos, deseo que no sufras tanto —el abrazó lo intensificó un poco más—. Sé que su especie ama de una forma tan profunda, que hasta llega a traspasar las leyes del tiempo, más concretamente, de la reencarnación, y es entendible que al saber el destino que comparten entre ellos es inevitable, no puedes eliminar tan fácilmente el dolor. Su amor es verdadero, sin embargo, sé que quizás exista alguien más delante de ti, ¿aun así deseas seguir batallando?
 
La princesa Léa había dejado sin habla a aquel valiente guerrero, al cual intentaba consolar desesperada, sin embargo, aunque sus palabras de cierta forma eran lastimeras, y lo invitaban al muchacho a ceder en su carrera, éste no pareció ser convencido por su allegada.
 
—Me temo decirle, su alteza, que no me sirve aquel consuelo, pero es apreciable su esfuerzo —tomando ligeramente de los hombros a la muchacha, él se separó con amabilidad, y le dedicó una sonrisa que luego le siguieron más tarde unas grandes lágrimas—. Gracias por intentar contener a este tonto zorro enamorado.
 
Con el desconsuelo ahora aferrado en el pecho, la resignación le era difícil de aceptar a la rubia, así que por ahora, se contendría, y se limitaría a charlar de otras cosas con su compañero, más que nada para desvían su atención, pues era lo único que podría hacer ahora. No obstante, no se debía dejar pasar un dato importante. Las lágrimas de aquel zorro, habían movido algo dentro de la futura reina, cosa que más adelante se haría notar.
 
En cuanto a Alik e Iris, ellos dos aún se encontraban en el bosque de la templanza, el cual les daba la bienvenida a su reconciliación, pero también, daba señales de que su charla no había acabado.
 
—Por cierto, esta vez… ¿esta vez podrías responderme acerca de tu pasado? —preguntó él interesado, pero no miró a los ojos a Iris, pues se sentía un poco avergonzado.
 
Ella, por su parte, se levantó y caminó un poco hacia el bosque, cosa que le llamó la atención tanto a Gaikoz como a Alik.
 
—¿Podría hacer una petición un tanto egoísta? —le preguntó al dragón, el cual entendió su intensión, así que volteó lentamente, y con un paso que indicaba su fortaleza, se retiró de la escena. En cuanto ambos individuos quedaron a solas, por fin ella se decidió a hablar—. Alik, mi historia es dolorosa, y creo que ya te había comentado algo respecto a eso —inclinó su rostro hacia otro lado, y dejó que el tierno viento jugara con sus cabellos.
 
—Tenía mis sospechas al respecto —declaró él acomodándose en canastita sobre el suelo—. Pero adelante, prometo que te escucharé con respeto.
 
—Si ese es el caso, entonces te contaré —ella cerró los ojos y empezó—. Hace algunos años atrás, en uno de los entrenamientos con mi padre como catalizadora, él intentó llevarme al límite para hacerme aún más poderosa. Su idea iba de hundirme profundamente la cabeza en un poso de agua, en el cual me obligaba estar durante varios minutos mientras yo intentaba concentrarme solamente en cantar —poco a poco el horror se apoderó de Alik, pues no podía comprender como ella convivía con un ser tan cruel—. Y hubo un buen día en que su mano se pasó de lo estimado, y casi me ahogo. Se podría decir que mi corazón dejó de latir por unos minutos, hasta que finalmente logré recobrar la consciencia, pues uno de los sirvientes había logrado estabilizarme. Mi padre ni siquiera se mostró preocupado, más bien se veía decepcionado de mí —una desnaturalizada sonrisa se dejó ver por Iris—. A partir de ahí, me di cuenta de que a mi padre solamente le interesaba volverme la mejor en mi rubro sin importarle las consecuencias, pues al parecer, el linaje de mi familia es algo demasiado importante para él.
 
—¿Cómo puede ser…? —Iris miró a Alik un poco extrañada, ya que pensó por un momento que se lo tomaría un poco más ameno, pero él se veía realmente enfadado, tanto así que se puso de pie—. ¡Esa clase de personas ni siquiera deberían tener el placer de ser llamados padres! —afirmó él, e hizo una leve pausa a ojos cerrados para calmarse—. Mi entrenamiento no ha llegado a tal extremo como el tuyo. Más que nada porque mi mayor objetivo ha sido siempre conquistar el corazón de la princesa a toda costa. Es por ella que he logrado hacer lo que hago —se señaló con su pulgar a sí mismo.
 
—El poder del amor... ¿Eh? —dijo Iris  murmurando, luego bajó la cabeza—. Entonces mi canto no es la gran cosa, en especial porque no tengo ninguna meta con él.
 
—Eso no es verdad —le respondió.
 
—¿Cómo estás tan seguro de eso Alik? —ella lo observó levantando la vista.
 
—Porque me ha llegado hasta aquí —se llevó una mano al pecho y las esporas se arremolinaron alrededor de los dos—. No sé explicarlo con exactitud, pero… tu canto, me llega al corazón, y también… creo que no es necesario que tengas una meta ahora, pero seguramente la tendrás más adelante siempre y cuando no te rindas. Estoy seguro que encontrarás algo que te haga aún más fuerte y que le dará más brillo a tu canto.
 
En ese momento, Iris sintió que algo se paralizaba dentro de ella, que la respiración se le congelaba, y que sus mejillas se decoraban de una mermelada fogosa, aunque no era su única reacción, ya que también su pulso salió disparado como si fuera uno de esos fuegos artificiales. Atrapada por unos sentimientos desconocidos, bajó otra vez la mirada, y mencionó lo siguiente.
 
—Tal vez tengas razón —expresó con pocas fuerzas, pero el de mechones dorados no contento con ello le contestó.
 
—¡La tengo y mucho más! —de una forma muy valiente, sujetó de ambas manos a la muchacha, a aquella que le había robado el corazón sin darse cuenta, y se inclinó a su altura—. Yo… ¡me ofrezco para ser uno de tus peldaños! ¡Voy a hacer que llegues a toparte con esa meta que tanto has buscado!
 
Sus orbes chocaron como si se trataran de una revolución estelar, pues éstos despedían tal brillantes, que podría decirse, que por unos míseros segundos, crearon otra forma de amor.

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo