Un sueño nunca muere

Géneros: Aventura, Espiritual, Romance

Cinco personajes, distintos, descarrilados que vagan en una vida cotidiana e infeliz, chocarán sus caminos hasta despertar un sueño olvidado , cada uno con sus traumas, miedos y anhelos formarán la mejor banda de todas. EN PROCESO LA HISTORIA DEL SEGUNDO PERSONAJE. Nada es irrelevante en esta historia, todo lo que se menciona tuvo un porqué y tendrá una consecuencia.

Uno

Un sueño nunca muere

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Posaba la palma de su mano sobre la curva tostada de la mujer que, recostada lateralmente, lo observaba con ternura mientras éste le preguntaba con voz agitada: ¿Qué tal se sintió, Luci? ¿verdad que te ha gustado? — ella le sonrió y se impulsó con un beso hacia su frente, se reclinó sobre la cama, sacó del bolso una cajetilla de cigarros, en el centro traía una figura de un lazo rojo, la marca preferida de su esposo, encendió uno de ellos, se acomodó en la almohada, apagó sus ojos.
Estaba ya de pie, acomodándose los pantalones, apretando el cinturón de cuero oscuro contra sí. El cuarto era pequeño, una cama, un espejo sobre aquel, el velador de noche, un reducido baño desordenado y la puerta que abría para poder salir y dejar atrás las dos horas pagadas por placer. El pasillo que iba atravesando con dificultad se hallaba invadido por una tenue luz azul, las paredes a su alrededor retumbaban y el conjunto de jadeos distorsionado lo confundían, comenzó a sentirse mal, el olor a sexo le vapuleaba con arcadas, tropezó varias veces hasta que acabó derribando a un sujeto negro que salía enfurecido de una de las habitaciones. En medio de todo, pelearon como dos fieras, a pesar de su acentuada ebriedad, el gancho izquierdo seguía tan fino como en aquellos años en los que, obligado por su padre, asistía a clases de boxeo. No pasó mucho tiempo hasta que ambos fueron separados y expulsados hacia la bestial realidad nocturna en la ciudad. Fuera, el aire atiborrado de una humedad nauseabunda, heces, sudoración sulfúrica, mal aliento y orina, le arrebató la sensación de vómito enseguida; ahora le faltaba oxígeno, se asfixiaba, se sofocaba, así caminó un rato hasta que logró finalmente volver a acostumbrarse, recordar y resignarse al hecho de que su vida siempre se había sentido así.
Llevaba doce cuadras arrastrando los pies, tambaleándose por momentos. En la decimotercera esquina antes de llegar a su apartamento, un viejo indigente de dientes podridos, acompañado de un tambor ajado, chillaba horrendamente en su intento por cantar algo y recibir limosna. Una patrulla doblaba por la esquina donde se encontraba, un policía bajó de ella, se acercó y le pateó tantas veces para que se callara, volvió al timón y se marchó en carcajadas. Traía en el bolsillo solo cinco monedas, sacó tres y guardó dos para el pan, las depositó en su lata, el pordiosero sollozaba en cuclillas con las manos restregadas sobre los ojos. Quiso sentarse a su lado y llorar junto a él, entonces un curioso brillo que se asomaba por sobre el abrigo en la muñeca del mendigo le llamó la atención, traía la cubierta de vidrio quiñada y una marca familiar sobre el número doce hicieron que reconociera su reloj. —Hijo de puta— murmuró y continuó su camino.
Era un edificio antiguo de ocho pisos , se entretuvo en el sexto acariciando al gato de la anciana que en ocasiones le invitaba almuerzo, su ronroneo bloqueaba el estruendo de la ciudad, de pronto el sueño comenzó a desestabilizarle, cargó consigo al felino y al subir dos pisos más, ingresó a su dormitorio, colocó con delicadeza  al animal sobre su cama, se desvestía lentamente como en un ritual frente a la ventana abierta , como si a cada prenda suelta , expulsara hacia la urbe todo pecado, todo miedo, todo trauma que se le habría impregnado en el tiempo que anduvo fuera de su refugio. Al observarse ante el espejo, notó que traía el calzoncillo sucio y lleno de agujeros —Polillas — murmuró con resignación. Se acostó a la derecha del minino roncante, sacó una caja llena de CD’s bajo el colchón, una botella de vodka rodó por la habitación. Introdujo el disco de Double Fantasy a la radio, bajó el volumen hasta rozar la imperceptibilidad, la fusión auditiva en armonía de Woman, de John Lennon y el ronroneo gatuno comenzó a hacer efecto, se colocó el brazo sobre el rostro y un llanto en silencio se produjo, sin mucosidad absorbida, sin quejidos vagos, todo estaba en calma por un momento y así reconoció, durante una noche más, que jamás conseguiría olvidarla.

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