2. Teusaquillo/La Fomor Muñeca

La Hija de Atlas: La Ciudad sin Niños

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Me recibe el señor José Hernando Muñoz a las 11: 35 de la mañana en Teusaquillo, hoy considerada zona clausurada por el desastre ocurrido en la madrugada del 29 de Febrero. Él es  voluntario   ayudando en la remoción de escombros y evaluando  junto a otros colegas arquitectos el riesgo de colapso de   edificaciones seriamente afectadas. Mi razón para entrevistarlo el día de hoy es por la manifestación fomoriana de la que fue testigo. ¿Correcto, Sr. Hernando?
Correcto, Sr. Arboleda.
Vale. Siendo así, empecemos.  ¿Qué  ocurrió, y cómo se vivieron las cosas por aquí?
Verá, Sr. Arboleda,  yo soy docente junto con mi señora, y tras años de ahorros al fin pudimos comprarnos la casa que queríamos, acá en Teusaquillo.   Y como no, si las viviendas de por aquí  son el sueño de cualquier arquitecto vanguardista, con su presencia muy ¿colonial?, y rodeadas de zonas verdes. Cuando yo pasaba por aquí de niño con mi papá yo le decía que se me parecía a una maqueta para que vivieran muñecas, pero en grande. Mi  papá apenas sonreía al oírme decir eso. Bobadas como las que diría cualquiera a esa edad.
Teusaquillo parecía un lugar hecho para criar bien a los niños, para que subieran y bajaran escaleras mientras reían y jugaban, para que se sintieran amados,  abrigados por la calidez de su hogar... Pero todo eso se nos desbarató ese día. Esa madrugada.
¿Qué hacía usted cuando  la plaga se desató?
Yo pasaba la noche de largo revisando calificaciones. Y bueno, a eso de las 4 de la mañana, 4 y 10, no recuerdo bien, me subí a la alcoba, esperando a que mi esposa no me pillara. Pero mientras avanzaba por el pasillo, comencé a oír ruidos en el cuarto de Valentina, mi hija.
¿Y Valentina estaba…?
Ah, Valentina. El día que la perdí, siento que lo perdí todo. A ella nunca se la veía sin un libro en las manos. Ana María y yo así la educamos. Le leíamos todo el tiempo. No se iba a dormir sin que antes le leyéramos cualquier cosa: un cuento, una tira cómica del periódico, las noticias desde mi celular… Otras niñas tenían sus cuartos llenos de muñecas y peluches, pero ella tenía sólo libros y enciclopedias en sus anaqueles. Eso tenía su razón de ser, ¿Sabe? Pero perdone, yo… yo  estoy divagando.
No, no se disculpe. Creo que debimos comenzar primero desde ahí, hablando de su hija.
¿Entonces cuando usted llegó Valentina ya estaba…?
Valentina ya no estaba. Yo no llegué a ver cómo la piel se le ponía negra ni la vi toser esa sustancia que dicen que un pequeño grupo de los niños infectados expulsó, antes de convertirse en monstruos.
[Don José se detiene para dar un sorbo largo a su café antes de proseguir].
Ya le dije que en cuanto pasé cerca al cuarto de Valentina oí ruidos, ¿no?, Bueno, pues a eso súmele  un  estruendo. Desde afuera de su cuarto se podía sentir cómo se mandaban cosas a las paredes y  cómo se rompía el vidrio de la ventana de su cuarto. Justo cuando tomé la perilla para abrir y ver qué pasaba la puerta voló en mil pedazos. Un trozo de madera me golpeó fuerte en un hombro, y  otro me dio justo en la cabeza.
[Don José me enseña su sien izquierda,  donde le  puedo ver una cicatriz bien leve que le quedó luego del golpe que acaba de describirme que recibió].
Ambos golpes me derribaron y me dejaron medio aturdido en el piso. Desde donde estaba, con  la   media luz y todo, pude distinguir al responsable de los desmanes en el cuarto de Valentina: Un puño cerrado y gigante. Esperé a ver qué estaba al otro lado de esa mano, pero  cuando se relajó quedó claro que no había nada más allá de la muñeca. Era una mano cercenada que flotaba en el aire  y que movía frenética sus dedos para tantear los alrededores. Me recordaba a una tarántula, una muy monstruosa, pero yo en ese momento me juraba que era una alucinación causada por la concusión.
Estaba por levantarme para avisar a mi esposa y buscar afuera a nuestra hija, pero ella ya había salido a mirar, preocupada, llamando a gritos  a Valentina. Y  desafortunadamente, la mano la sintió, pasando de mí y agarrándola a ella. Se la  llevó a la habitación de la niña y atravesó  la ventana. Lo último que oí de ella fue como  me llamaba, me rogaba. Usted no sabe el horror de contemplar eso, impotente por no poder hacer nada, y todo lo que sucedió después.
No, pero créame que me hago una idea, eso júrelo.
 ¿Qué  pasó después de que el Fomor se llevó a su esposa?
Me puse de pie como pude y fui hasta la ventana del cuarto de la niña. Desde afuera Ana María me gritaba y extendía lo mejor que podía los brazos  por entre los dedos de esa mano gigante  que flotaba en del aire, y yo estaba ahí, intentando alcanzarla, en vano, mientras descendía. Otra mano apareció de la nada,  y con los dedos rompió la ventana de la casa del vecino para luego irrumpir en su interior.
[Don José representa con sus manos a las criaturas,  a la par que continúa su relato de la noche que se desató la plaga. Su demostración dura unos instantes y luego prosigue].
Lo que esas cosas hicieron a continuación no tiene nombre. Le juro que en ese momento no podía pensar en nada más, hasta que sentí como vibraba mi celular en el bolsillo de mi pantalón. Lo último que haría nadie en una situación así sería revisar ese aparato, pero pensé que debía servir para algo, como llamar a la Policía, Defensa Civil, a un sacerdote… Como sea, lo miré, pero no llegué a  marcar ningún número, que antes me percaté de que el grupo de Whatsapp de mis estudiantes estaba a reventar de mensajes. Me la pasaba inmerso en él en las horas en las que se  suponía debía estar durmiendo. Mi esposa no lo aprobaba,  que ya le parecía que eso se me había vuelto un vicio.  Por eso, cada noche, antes de que se durmiera me hacía prometerle que iba a remediar esa situación, pero para cumplir primero tendría que mandar el aparato por una ventana, con lo que al final esa promesa se la llevaba el viento.
Es que ese medio me permitía una conversación más amena con los muchachos de la que suelo tener con ellos en las clases. Desde ahí me rogaban que les subiera una décima, compartían  fotos de hasta dónde llevaban hechas las maquetas, me pedían su opinión para saber si la estructura estaba quedando como las edificaciones de Salmona porque temían copiarle el estilo… Mejor dicho, procrastinaba en horas de madrugada.
Ahí fue cuando me di cuenta, gracias a los chicos,  que lo que pasaba en Teusaquillo no era un caso aislado. Pasaba en varias partes. Leía como reportaban  que un  hermanito o sobrino se  le había vuelto la piel negra y no respondía cuando se le llamaba o sacudía. Simplemente no despertaban. Otros decían  que sus vecinos gritaban algo de que una enfermedad afectó a sus hijos, y los demás se dedicaban a compartir links con información y fotos de lo que estaba pasando, de lo surreal y extraño que se puso todo. Yo… Yo no vi otra opción  más que reportar lo que me estaba sucediendo.
¿Y qué reportó?
Primero, grabé en video a la mano que se alejaba con  mi mujer y lo compartí por el grupo. Por puro y físico miedo no dejé de enfocar. Pero más miedo me dio cuando apareció de la nada una tercera mano, una izquierda. Junto a otra mano se acercaron a una de las casas vecinas, y las dos apoyaron las yemas de los dedos en las paredes. Era oscuro, pero se veía claro y definido cómo la casa dejaba de ser de concreto y ladrillo para pasar a ser de plástico. Y con el mínimo esfuerzo,  como si se tratara de una naranja pelada, las manos partieron la casa en dos. Yo le digo que, desde lo técnico, eso era imposible. Imposible en el sentido de cómo quedaron las dos mitades de la estructura apartadas la una de la otra, como si nunca hubieran estado unidas, girándolas como si tuvieran goznes. El interior de la casa quedó expuesta, cada planta, cada habitación. Era como ver en el interior de… de una casa de muñecas.
[Volteo a mirar una de las casas alteradas por las manos. Sus dos mitades hacen ver que la casa se partió de manera simétrica y perfecta, exponiendo su interior, plantas, muebles, etc. Don José recorre con el dedo los bordes de las paredes mientras habla].
Una casa de muñecas, sí. Tiene todo el aspecto de serlo. Una casa de muñecas a escala 1:1. Los videos no representan realmente la fidelidad de ese hecho.
Yo también miré el video, y se veía justo como usted lo dice. Esa madrugada fue como si lo impensable se hubiera hecho posible.
¡Usted no lo pudo expresar mejor! Pero bueno. Afortunadamente no había nadie en esa casa, que se pudieron haber pegado una caída libre de la tercera planta a la primera cuando partieron la edificación. Luego me di cuenta que no era el único vecino despierto a esa hora. Todos los demás salieron a ver. Salían llorando y rogando ayuda con sus niños en brazos, y otros como yo reportaban lo que iba ocurriendo desde  sus celulares. Muy pocos se quedaron para ver a las tres manos jugar con mi mujer,  a la que posaban en el interior de cada planta como si representaran su día a día, haciéndola pasar por la cocina, el baño, la sala… Pero al verla más detenidamente supe  por qué había dejado de gritar. Desde donde estaba pude ver que su expresión se había congelado. Ana María ya parecía hecha del mismo material  de los juguetes,  al igual que la casa que las manos habían partido. Parecía hecha de plástico.
[Don José se interrumpe de nuevo. Saca su celular y mira por un momento el fondo de pantalla, con la foto de una mujer de cabello oscuro y ojos claros  que abraza a una niña de pelo castaño y largo].
Cuando la transformaron en muñeca, su cara no era de horror ni nada. Estaba como serena, como contenta. Como acá en la foto. Irónico que mi hija la convirtiera en eso, que la quería tanto como  a ninguna otra persona en el mundo. Eso, si en el interior esa mano, o manos seguían siendo Valentina.
Luego de oír más chasquidos  corrí  hacia las escaleras para salir de la casa. Corría por puro pánico, sintiendo  cómo se aproximaban las manos para posarse en el exterior de la casa. Pero luego sucedió lo que ya estaba más que cantado. Tuve el “privilegio” de ver desde dentro cómo era que partían la casa. Vi como ladrillo, concreto y vigas se separaban como si la casa hubiera sido construida para ese propósito. Apenas la estructura sí tembló mientras quedó separada como las que intervinieron las criaturas.  Eso debió hacer que se cortara la luz y saliera agua a chorros por las tuberías, pero no hubo fugas, ni corto circuitos, ni derrumbes, ni nada.  Hasta el día de hoy no  me explico.
¿Cómo escapó  de las manos?
No hice absolutamente nada. Me quedé petrificado, grabando todo con el celular mientras las manos tomaban los enseres de la casa para cambiarlos de sitio a capricho y traían gente a la que también habían convertido en muñecos como a mi esposa. Fueron y abrieron los armarios y sacaron ropa. Empezaron a ponerles vestidos, zapatos y otras cosas  mientras los peinaban, o  los sentaban en el  comedor  para simular que les servían té imaginario, jugando a que los hacían beber de sus pocillos vacíos. Una de las que estaban sentadas en ese comedor era la hija de unos vecinos, que tenía la mirada fija y despreocupada como la de mi mujer. ¡Pero en ese momento no sabía ni qué pensar! No me explicaba por qué pasaba todo esto. Todo era un pandemonio.
[A Don José no le basta contarme la historia e ilustra su relato con el video que tomó durante la “fiesta de té” de las manos. Detiene el video para enseñarme mejor el comedor].
Mire atentamente este cuadro.  Ahí fue cuando descubrí que las manos sólo eran una extensión de la criatura.
Es difícil distinguir su verdadera forma porque lo que se reporta en los videos que realizó son a las manos haciendo y deshaciendo.
Fíjese mejor.  Junto a Ana María en el comedor, vea la mujer a su lado.
¿Otra de las víctimas de las manos?
No. Se veía también como muñeca,  pero ella sí podía moverse.
[Don José toca la pantalla y reproduce el video].
 Vea, Ella misma se lleva la taza a la boca, y aplaude, como si estuviera complacida por todo lo que estaba pasando. Se movía aquí y allá, siendo responsable de la plastificación de todo sin que nada la notara. ¿Le oye la risa? Es como la de una niña contenta. ¿Cómo es que se podía reír en un momento así?  Ella ahí, toda alegre y con su ropa colorida…
Ahí dejé de grabar. Estaba muy perturbado, tanto, que ni siquiera me importó  cuando la muñeca me notó y envió una de sus  manos tras de mí. Sólo esperaba que me agarrara y me convirtiera en muñeco, y me pusiera junto a mi esposa... Pero justo ahí, cuando esa mano monstruosa estaba por llevarme hacia la muñeca para hacerme un juguete con el sólo roce de sus dedos,  fue cuando todo se acabó.
Cuando la Fomor de repente fue… aspirada.
Sí. Era como un viento fuerte, un huracán, pero que sólo la atraía a ella. Intentó aferrarse a lo que fuera con las manos,  pero las paredes de la casa cedían ante la fuerza  del apretón de sus dedos, llevándose varios pedazos de lo que ahora era plástico. Vi a la muñeca chasquear los dedos varias veces a la vez que se materializaban más manos,   en un acto de desesperación, pero todo era inútil. Al final  pareció comprenderlo, y resignada,   echó mano de muchos de los vecinos convertidos en muñecos…  ¡y a Ana María también! Y se dejó llevar por la corriente de viento.  
Yo fui consciente del momento en que todo acabó, pero el shock me impedía reaccionar o hacer cualquier cosa. Vi como amanecía desde la casa abierta en dos, pero ni ante la calidez de los rayos del sol que lo bañaban todo me inmuté. Los de Defensa Civil me encontraron quieto, sentado en las escaleras de lo que fuera mi casa de ensueño,  para tener una vida perfecta junto a mi familia, y me sacaron de ahí por temor a que la casa se colapsara, pero tal cosa no ocurrió. Donde sea que quiera ver hay pruebas de lo que le digo. Esta calle permanece como prueba de lo que pasó esa noche, una bizarreada, si me lo pregunta.
Yo salí de mi shock, y junto con los vecinos que sobrevivieron, nos encargamos de advertir que no desecharan a los convertidos en muñecos. Estábamos seguros que debía haber  una forma de volver el plástico de la gente que Valent… la muñeca, no se alcanzó a llevar.
Lástima que mi Ana María no contara en este grupo…
No sé  si algo de mi hija siga dentro de esa cosa. Parecía que disfrutaba todo lo que causaba,  Y es que tanta crueldad disfrazada de candidez es inherente a las actitudes de mi hija.
¿Le parece si terminamos ya? No sé qué más pueda decirle.
Sí, no hay lío, Don José. Ya es bastante. Muchas gracias por su tiempo. Me estaré comunicando prontamente con usted si necesito alguna otra cosa.
Tranquilo, joven. Es bueno que quiera sacar a luz casos como el mío, como el de mi familia, cuando las autoridades buscan ocultar que todo esto pasó. Por nuestro bien, lo sé, ¡Pero mire a su alrededor! ¡Las pruebas están ahí! ¡Teusaquillo es un ejemplo! Es que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Usted no pudo decirlo mejor, Don José.
  • Luis Gómez-image Luis Gómez - 06/09/2019

    Gracias, Señor. hoy saco otro capítulo. Realmente me motiva a seguir. Muchas gracias.

  • Kyouya0199-image Kyouya0199 - 06/09/2019

    Excelente trabajo General! Ya quiero ver cómo prosigue la narración!!

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