Las andanzas del Mightyena errante

Géneros: Fanfic

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aventura
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Numerosos anales encontrados en las ruinas de la antigua Teselia relatan los reveses y fortunas de un vivaz Mightyena quien, gracias a su mucho ingenio y picardía, engaña para sobrevivir en una región famosa por sus conflictos y atenuada por su pobreza.

Capítulo primero

Las andanzas del Mightyena errante

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"...Una historia encontrada en los anales del deteriorado castillo galés de Bhreatain, escrito por el más grande autor que alguna vez hubo"
 
En el primer día de Marzo, año del que no tengo la sensatez de recordar, no ha mucho que once bonitos Poochyenas nacieron cerca a una aldea en la pequeña Bretaña. Parte de sus fortunas consistían en algunos andrajos como abrigo, un caldero con maíz, carne y retazos de pan, un par de alforjas robadas, cuatro robustos leños de roble, preciosas gemas en un cesto y algún que otro Deerling para la cena entre semana. La edad de su madre, que no era poca en entendimiento, rondaba entre ocho o nueve otoños; era robusta, de sangre férvida y ávida cazadora. Solía darse la mayor parte del día a vagar por las planicies atiborradas de pokémon de rebaño en busca de algún refugio donde pudiese enmendar su mucha necesidad y la de sus cachorros; y fue luego de cuatro largos días (que a ella le parecieron semanas) que llegó a un adoquinado castillo - -antiguamente ocupado por donosos armados, ahora refugio de diversos pokémon. El edificio permanecía mohoso y deteriorado por el tiempo, y allí pereció la noche entera.
 
Uno a uno fueron naciendo los Poochyenas, y cada uno más desafortunado que el otro; pues, no había cachorro en la manada que no demostrase su hastía y poco espíritu. Al cabo de unas horas dio a luz el último de ellos, de quien dicen sin equivocación alguna los autores de la época, nació bajo un sedoso manto de fortuna. Es, pues, de saber, que aquel último cachorro era un verdadero alborotador. Pasaba la mayor parte del día meneándose y sacudiéndose por las empedradas calles de la aldea, gruñendo y vociferando frustrados ladridos, cuales producían la risa en los venteros, caballeros y damiselas del pueblo.
 
Una dulzura instantánea se desprendía de su rostro oliváceo, fuertemente iluminado por su pelaje, pero delicadisimo y suavemente impregnado de lágrimas bajo sus bordeados ojos, y en la parte superior de las mejillas, sobre la cual a veces las largas pestañas proyectaban su sombra. Y con estas agradables aptitudes procuraba asomarse por las vadeadas travesías de los pastizales, con el rubicundo sol esparciendo sus delicados rayos sobre su brillante pelaje. Solía pasearse por la tabernas llevando a cabo diabluras de todo tipo, y tanta era su jovialidad e inquietud que calmarlo era una tarea que nadie se atrevía a cumplir. Tal así fue que al segundo día ya había aprendido a caminar como todo un señorito, haciendo gala de su encanto y simpatía.
 
El pokémon, siempre alegre e inquieto, se sentía con ganas de lanzar un bostezo de los que descargan los nervios y revolcarse en el peñascoso suelo, saludando con dulces y melodiosas armonías la llegada del amanecer. Pasó muchas noches entretenidas en una taberna-posada perteneciente a un simpático hacendado de traza robusta y ademán jaranero que rozaba los sesenta años de edad; aquel no era una especie de agradable hospitalario, si no un aficionado a la crianza pokémon, y era tanta su afinidad y gusto que pokémon salvaje que veía, pokémon que quería para su hacienda, y no faltaron oportunidades en las que, cegado por la oportunidad de adquirir otra criatura, se ganó una violenta reprenda de parte de su verdadero propietario. 
 
Y así, sin dar parte a nadie de sus intenciones y sin que nadie lo viese, el cachorro salía pasar el día en la taberna con grandísimo contento, dando exageradas brincos e inacabables piruetas que terminaban por agotarlo. Todas estas y demás monadas para llamar la atención de los clientes, quienes en pocos días le habían cogido un gran cariño.
 
Al cuarto día ya era todo un patán, se la pasaba merodeando por la bodega oliendo cada uno de los numerosos licores del lugar. Allí tuvo numerosas discusiones con algunos pokémon acerca de quién fue el más valiente entrenador pokémon: Baltarabadán de Sinnoh o Maltadicomiconiqués de Kanto; pero el Gogoat más anciano de pueblo aseguraba que nadie había peleado con tanta maestría como Espartafilardo de Johto, y que él no era tan llorón y melindroso como lo eran los demás, y que su valor fue siempre sumamente aclamado.
 
Con estas y otras travesuras el cachorro demostraba su ingenio y picardía; solía ir a la cervecería durante la noche donde dos doncellas esperaban sosteniendo algunas antorchas. El Poochyena entró en la posada esperando que algún enano tocase la trompeta anunciado su llegada, pero, al ver que nadie estaba allí, y viéndose a sí mismo en el apuro de arribar hacia los establos y conseguir algo de comida, dirigióse a el portón de la posada donde otras dos doncellas aguardaban. En ese momento quiso la casualidad que, estando uno de aquellos porqueros que iban hacia los establos dio un estruendo de su cuerno para reunir a su rebaño de Wooloos, e inmediatamente se le representó al cachorro lo que deseaba, la señal de una enano anunciando su llegada; y con aquella prodigiosa satisfacción que le caracterizaba cabalgó hacia la posada y hacia las damas, quienes, viendo a un pokémon de aquel talante arribando con tal terneza, aderezáronle enseguida algo para comer.
 
Llegado aquel día, cual era el séptimo desde su nacimiento, él era ya un gran bailarín, acostumbraba a subirse sobre el angosto mostrador de caoba barnizada a realizar sus monerías. Le gustaba demasiado siete noches borrachas, su júbilo y algazara lograban de él los mejores pasos de baile, que los ilustraba en iracundas cabriolas, aunque mejor estaba con la juerga en la mañana, cual danzaba realizando torpes y frenéticas piruetas a lo largo del tablero. Cuando el cachorro vio a tal multitud celebrar sus monadas, comenzó a decir con mucha donosura...
 
“¡Nunca, oh! algún pokémon fue,
Por manos de borrachos tan aplaudido,
Como aquel brioso Poochyena,
Cuando desde su pequeña aldea él vino-
Doncellas acariciaban su pellejo,
¡Oh!, suavemente rasgaban su cola”
 
Las doncellas, quienes no estaban aptas para entender sus ladridos, no respondieron nada. Luego, el cachorro continuaba…
 
Al decimoquinto día ya hablaba el latín y el francés, paseábase de aquí para allá a lo largo de la espaciosa taberna, meneándose con chispa y gracejo repitiendo con fervor: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera que mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.
 
Divertíase demasiado ladrándole a los Ponyta y Rapidash del establo, era aquella una de sus diabluras favoritas, apresurábase a acertarle mordiscones en sus tarsos y a arrancarles los pelos de sus colas, y a levantarles una pata aferrándose a sus pezuñas, de modo que estos volteaban airados a gritarle, a lo que el poochyena huía aterrado, para al cabo de algunos segundos regresar con la misma rabia y energía a fastidiarlos nuevamente. Llegaron a pensar los laburantes de la hacienda que todo el brío y viveza que sus pusilánimes hermanos no poseían fueron a parar a él, no faltaban oportunidades en las que era necesario suministrarle polvo somnífero para que este se sosegara; rogábase también el cura del pueblo que este pronto partiera, el diablo puede encarnar en muchas formas.
 
Recuerdo un día en el que, estando uno de los tantos cachorros soñolientos de la manada merodeando cerca de un molino, uno de ellos quiso treparse de un brinco por sobre las gradas del pórtico, tal como su hermano el vivaracho lo hacía, aunque solo cayó panza arriba rodando por una pequeña colina debido a su inmutable flaqueza, quedando su pelaje ennegrecido y embarrado. Al ver nuestro cachorro Poochyena lo que hubo sucedido, corrió hacia su madre, y apuntándole con una pata gritó: "¡Mami, es el coco!"
 
"¡Cabrón!" Respondieron los demás riendo.
 
Su fortuna quiso que esa escena fuese vista por el ventero de la posada, quien los cortejo con un poco de paja, semillas, leños, andrajos, pasas y algunas otras artesanías. Junto a muchos otros materiales de los que estaban provistos.
 
Fueron así pasando sus días en la taberna, y estando de monería en monería, y de diablura en diablura, al trigésimo segundo día ya era un guapo y presto Mightyena, con su lomo atestado de un desbordante y escabroso pelaje, teñido en un profundo negro alquitrán que en semejantes criaturas se pintan. Asomábase entonces al balconcito en la buhardilla de la taberna, apenas cercado con rejas de creosota, donde durmió durante las cálidas y cortas noches de Julio; aquel balcón (de aproximadamente seis pies de largo) apuntaba hacia la peñascosa carretera lo suficientemente ancha como para asistir las lujosas carrocerías de ébano que trajeron los navíos desde la capital, desde entonces era muy común el ruido del látigo al golpear los delgados lomos de los Rapidash, los pokémon callejeros toreando rabiosos a estos, y alguna que otra risotada o reverencia de un transeúnte. Pronto, divisó de pie sobre el bordillo de la acera, un joven mozo que se agitaba en sentido al pórtico de la taberna de tal modo que una parvada de pidgey huyeron asustados de las ventanas del salón.
 
"¡Erin!" que así se llamaba el hacendado "¡el chimchar que me vendió es un gamberro sinvergüenza! ¡si usted viera! ¡hasta ahora no me ha ayudado en la labranza! ¡qué digo! ¡no me ha ayudado en nada! ¡si usted supiera! ¡lo único que hizo hasta ahora fue quemar el heno y asustar al ganado! ¡válgame dios! ¿¡sabe usted cuantas filas de patatas incineró!? ¡nueve!"
 
"¡Comience a hablar usted bien del monito!" respondió el susodicho Erin, mientras atendía su taberna como de costumbre
 
"¡Porqué he de hacerlo!" dijo el joven, de nuevo encolerizado
 
"¡Así nunca se lo venderá a algún cretino, camarada!"
 
"¡Maldito usted y todos sus cimientos!"

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