4. Engativá/El Fomor Imparable

La Hija de Atlas: La Ciudad sin Niños

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[Llegando a Engativá, o Fontibón, no estoy seguro, conos y señales de tránsito me advierten sobre el riesgo de cruzar la Avenida el Dorado, cosa redundante, que basta con ver los autos  ralentizados que permanecen en la vía y a los ocupantes en su interior con gesto congelado dentro de una masa acuosa que puedo ver cuando entrecierro los ojos. José Aldemar Galindo es uno de tantos observadores que se reúnen para estar atentos a cualquier cambio y reportarlo para entender a esta anomalía].
. Ya no es posible siquiera poner un pie ahí. ¿Quiere ver por qué?
[José no espera a que le conteste, y  toma una piedra, que arroja a la Avenida. En cuanto entra, reduce su velocidad instantáneamente y se queda atrapada entre el flujo que de la estela].
¿Ve esa otra piedra de allá? La arrojé a la corriente hace dos semanas. Apenas sí ha bajado un par de centímetros de la altura en la que estaba.
¿Qué lo trajo aquí, José? ¿Por qué tanto interés en la zona?
Primero, voluntariado. En un principio teníamos esperanza de poder salvar a la gente que quedó ahí atrapada. Era una buena intención, pero no es posible sacar nada de allá. No vale arrojar cuerdas o cadenas hacia los carros para intentar remolcarlos. Ahí la velocidad es… relativa.
¿En serio? Yo quiero ver…
[José se apresura a detener mi mano, y la aleja de la estela].
¡No lo haga! Habrían pasado semanas hasta que pudiera sacarla de ahí. ¿Cierto, Walter?
[Un hombre sentado en un banquito  que no le quita la mirada a su celular levanta el pulgar hacia nosotros en señal de afirmación].
Tuvo que miar en una botella de galón y hasta dormir parado, moviéndose con la estela  hasta que su mano bajó y la pudo sacar ¡Una semana después! Y véalo ahí,  de vuelta, y pendiente de reportar en el interné ese lo que pase.
¿Otra cosa, Don José que los haga comprometerse a estar pendientes de la estela?
Alejar a los idiotas. Como sabe, La avenida comparte ciclovía, y no ha faltado el que se ha metido por error ahí. Segundo, como  Intentar comprender qué pasó acá. Si me dice que por allá en San Cristóbal un payaso puso loca de la risa a la gente por inflarles globos, acá tuvimos un carro.  Era  como grande, y corría como un endemoniado. Y el condenado era veloz. Y carro que veía, carro que dejaba atrás. Y pues al perdedor le iba mal. No más vea la avenida, con tanto carro parado allá. Con eso tiene.
No hace falta que lo mencione. ¿Algo que decir sobre la familia del niño, el que se volvió el Fomor?
Deje le cuento, pues. Yo vendía  minutos a celular por acá cerca, y por eso conocía al pelado.  Un pecadito lo que le pasaba. Él y su familia eran indios,  de los que iban a pedir limosna en el puente y en las estaciones.  Ahí, arrumados los chinos con una pelada, raspando un cucurucho de esos, o con el niño en brazos, dormido. Uno ve eso y se pregunta, ¿Y dónde está el hombre, la cabeza de hogar? La verdad muy triste.
El niño era de la etnia Embera, don José.
Eso.  Entonces estaba este niño, ¿No? Que se ponía a llorar como un verraquito cuando salían de una estación. Por ahí un colega que vende dulces en El Tiempo/Maloka me dijo que un mes antes al hermanito se lo habían matado, lo cogió un carro. El que lo atropelló se fue como alma que lleva el diablo, pero las placas se las tomaron para denunciarlo. No creo que lo cogieran, eso sí. Usted sabe cómo es la justicia en este país.
¿Considera que era muy cercano al niño?
Sí. Al niño,  la mamá o quien fuera esa muchacha que lo cuidaba ya lo  dejaba tirado. No soportaba su berreadera, así que se iba por su lado con sus otros dos peladitos, uno en brazos y otro siguiéndolo, y se iba al  peatonal.  El niño, peladito más ingenioso, que ya sabía que la mamá no lo soportaba,  después hacía todo eso para quedarse ahí conmigo. Todo porque un día que lo vi llorando le regalé un chocolate para que se calmara. Desde entonces me cogió cariño, o no sé,  le hacía bulla a la muchacha desde que llegaba, y ésta lo dejaba con su berrinche. Uy, y cuando ya no la veía a ella, se ponía de pie y se me sentaba al lado. Yo al niño le puse Julián que no sabía cómo se llamaba porque no le entendía cuando me intentaba decir su nombre, y pues con el tiempo le fui aceptando la compañía. El niño, como todo peladito, no se podía quedar quieto, con lo que miraba cómo mataba el tiempo. Me cambiaba de lugar los dulces, que por color le gustaban más, y jugaba a que también vendía, de tanto verme.
Una vez le regalé unos zapatos que ya no le servían a un niño de mi inquilinato, que el muchachito descalzo todo el tiempo, como si nada. Pero vino un día la muchacha y me los vino a tirar acá. Yo sí que no le entendí nada  de lo que me dijo, pero con la sola mirada que me hacía ya me decía que no le gustaba que le estuviera regalando vainas al niño.
No, en serio que lo que me cuenta. Lo que tenían que vivir los indígenas antes del 29.
Sí, mijo. Pero bueno, yo le guardaba los guardaba a Julián, y pues se los daba para que se los pusiera cuando pasaba el día conmigo. Ya después me los devolvía antes de irse. El día antes de que se quedara dormido ya sabía amarrárselos, aprendía rápido el niño, y ya como que hablaba alguito de español, de oírme me imagino. Un día no vinieron a recogerlo, y me dijo que si me podía quedar con él, me dijo algo en su lengua, Kimy, que yo pensaba que era como llamaban los indios a los abuelitos o algo así. Pero después me enteré por un peladito bien  que me vino a comprar unas mentas que Kimy significaba “Vara Larga” que como yo soy flaco y medio alto…Y bueno, me lo llevé al inquilinato, y le compartía mi comida, y es que me nació hacerlo, que a Julián ya no le quedaba nadie.
¿No pensó en acudir, no sé, al Bienestar Familiar para que se encargaran de Julián?
Sí, pero como Julián después me ayudaba a despachar minutos, dulces y cigarrillos… le cogí cariño. Y  con el tiempo noté también cambios en mí. Dejé de decir groserías, que el niño las repetía porque le daban risa. Dejé de beber y de irme de parranda cada viernes. Cosas así.
[El Señor José mira con tristeza la avenida y se fija en un carrito de juguete  atrapado en la estela].
Toda mi vida fue una mala decisión tras otra. Por eso no conseguí una pensión ni formé una familia, y terminé de vendedor de minutos. Con Julián viviendo conmigo pues,  sentía que estaba encaminando mi vida.  Ay, el chinito…
¿Estaba con él cuando contrajo la Plaga del Sueño?
Yo lo vi quedarse negro y… y transformarse. Íbamos camino, sí, íbamos camino a acá,… él estaba dormido, que qué pecadito, eran como las 4, y… Tenía más de 6 años, no, 5. Y era como verraco saber la edad que tenía, que no comía bien, estaba como desnutrido y se veía más chiquito.
[El señor José hace una pausa. Saca su pañuelo y se suena de forma ruidosa. Hace un esfuerzo por contener las lágrimas y sigue, luego que varios de los observadores de la estela lo tranquilizan].
Nos toca ser muy madrugadores a los que vendemos tinto, minutos… Somos necesarios, aunque no nos valoren ni cinco. En horas de madrugada íbamos el niño y yo camino acá. A él tocaba llevarlo dormido y bien envuelto para que el frío no lo enfermara, que no es como uno, que a mi edad y todo aguanto la gripa más pesada. Pero yo nunca había visto que ese niño se enfermara, y eso que vivía todo el día descalzo y  recibiendo humo de carros. Cuando lo sentí toser lo desenvolví. La cara, negra,  y como bravo, y negro tenía el pelo, y todo el cuerpo. Y esa vaina negra, como un polvo que expulsó…
Presenció en primera persona su transformación, sí.  Pero hasta donde me contaron, por poco no sobrevive para contarla.
Él estaba en el cochecito que uso para poner la repisa, dormidito, pero cuando comenzó a cambiar, volviéndose un ladrillo de metal, con ruedas, y luego el carro. El cochecito explotó, y cuando ya era todo un carro, arrancó, y por poquito me deja atrapado en su estela. Solo me medio atrapó.
Tuvo mucha suerte, Don José.
Dentro de la estela, yo percibía el tiempo muy distinto. Lo que para mí fueron segundos, afuera eran minutos. A mí la estela sí me agarró, pero luego me soltó, me dejó atrás, que se fue corriendo de a poquitos, y pues yo salí cuando al carro se lo llevaron, se fue, no sé.
Pero no sólo gente del común viene a ver la estela. También los acompañan expertos. Científicos que vienen a estudiar lo que pasa.
 Ah, sí,  los Dotores que nos vieron ahí pendientes también nos pidieron registrar en estas libreticas cualquier cambio. La gente viene a ver la estela y a los que atrapó. Acá les decimos que no se metan a ella de por Dios, y les vendemos cositas, ahí para medio vivir. Y pues, estamos pendientes a que complete el recorrido, que una semana le toma dar la vuelta y volver.
Sí, es algo que se ve desde Google Maps. La estela avanza, muy lentamente por la avenida El Dorado como si fuera una oruga.
Todo lo que atrapó la estela se puede ver aquí. Y la estela no se fue cuando el carro sí lo hizo. Algo, como una mano invisible, un viento, no sé, lo fue como jalando.
 Yo extraño mucho a Juliancito. Esa enfermedad no tuvo ninguna consideración con los niños, sea del estrato que vinieran.
Y la pelada vino y me reclamó, que donde estaba el peladito, sólo con el chiquito en brazos, que al otro, de pronto lo dejó por ahí tirado, que usted sabe cómo les iba a los peladitos que se enfermaron, nadie los quería. Pero dejó de venir a joder cuando vino el Bienestar Familiar y le quitó al chinito que le quedaba,  que ahí sí se pusieron las pilas con los peladitos cuando casi todos los niños se contagiaron. Y  ojalá hubieran tomado esas medidas antes, pero se necesitó una plaga para que se acordaran de que tenían que hacer ese trabajo.
Tiene razón, Don José. Bueno, muchas gracias por su tiempo. Le agradezco su testimonio también.
Como diga, mijo. Dios me lo proteja.
  • Isyesa-image Isyesa - 09/09/2019 place

    Ahhhh, pobre Julián. Me encanta la historia y me tiene apasionada. Por favor, síguela.

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