6. Suba/El Fomor Aeronave

La Hija de Atlas: La Ciudad sin Niños

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[De nuevo se me dio la oportunidad de hablar con otro profesional del campo de la salud, y cabe agregar, miembro de Las Fuerzas de Choque que contienen a todo lo que esté relacionado con las anomalías que quedaron cuando concluyó La Noche del Ruido. Son ellos quienes me han dado más información relacionada con el caso sobre los fomores, como Johanna.  “Camacho”, como me pidió que me refiriera a él en esta entrevista me cuenta los detalles de su encuentro con uno de los fomores reportados. Me pide que nos encontremos en una de las biblotecas públicas de la ciudad hablar del tema. Lo reconozco a la primera porque usa lo que parece una máscara de Henshin Hero” a la mitad. Nos saludamos y comenzamos la entrevista].
Uno en Medicina aprende a no ser muy quisquilloso, y menos cuando uno se dedica a enfermero. Tratar pacientes hasta para los requerimientos más básicos como sus necesidades fisiológicas necesita de, digamos, no demostrar que uno está al límite de sus fuerzas. Yo no soy asquiento, Francisco, pero vea lo natural que sale eso antes de enfrentar a un enjambre de cucarachas. Vea que con los animales no he tenido problemas. Miento, miento, con los cucarrones sí tengo problema. Las patas, con esos ganchos que se le traban en las huellas a uno cuando los agarra… No tengo problema es con los perros y con los gatos. Mi viejo y yo tuvimos uno. Tristán se llamaba, así con las pulgas  y todo, yo…
¿Está bien si dejamos la entrevista para otro día? Es que, no lo veo así como muy tranquilo.
No, no, no, no. Todo bien. Bueno, resulta que recibimos una de las primeras llamadas que alertaban el problema de los niños que se quedaban con la piel negra. Por lo general atendemos en horas de la madrugada a señoras de edad avanzada. Son quienes más nos llaman, si le digo la verdad, y son a quienes prioritariamente acudimos, que puede que esa picadura en el brazo sea la alerta de un infarto, o sólo una picadura. Con ellos no se sabe. La cosa es que, poco después de recibir esa primera llamada, llegaron más. La línea colapsó. Yo me moví rápido y decidí ir directo a una llamada que se daba en donde vivo yo, en Costa Azul. La llamada de por sí fue muy angustiante. La persona que llamaba era una muchacha, póngale 15, 16 años. Nos describía los síntomas que  presentaban todos los niños afectados por la plaga. Piel negra, un gesto paralizado de dolor. La única excepción fue el reporte de una sustancia negra, como polvillo, que expulsaba la menor enfermo, la hermana de la muchacha. Y cuando eso, la llamada se cortó.
¿Pero ahí qué? ¿La cosa ameritaba la asistencia de paramédicos? Eso sonaba más como algo que la Policía debía atender.
O las entidades que se encargan de estudiar esos asuntos de nivel bacteriológico. Pensé en todo tipo de enfermedades raras mientras iba camino a atender esa urgencia. Una súper ébola o algo. Y con sólo poner un pie allá, arriesgaba mi vida. Pero el deber y el juramento que hacemos para proteger a los pacientes pudo conmigo. Eso, o veo muchas películas donde hacer lo correcto es regla, no elección.
Fui a la casa, mientras en el camino ignoraba las llamadas de auxilio de los demás, que usted sabe cómo era de delicada la situación esa vez, que dónde sea que había niños… bueno, llegué, y me recibió la puerta de metal volando en dirección hacia mí. Me creía muerto esa vez, pero un nanosegundo antes que la puerta de metal acabara conmigo, una mujer apareció y agarró la puerta. A esa velocidad y con el peso de esa cosa era imposible algo como eso. Vi mejor a la mujer luego de… de comprobar que no me había hecho encima. Perdón, es de esas cosas que uno dice sin pensar.
Todo bien. Igual esto lo edito más tarde, y si quiere le corto eso.
Sería lo mejor, sí. Cuando vi lo joven de la muchacha y recoocí su voz sólo fue sumar 2 + 2, ella era la que me llamó. El metal de la puerta crujía entre sus dedos mientras estos se hundían en él como mantequilla. Los ojos de la muchacha ya no eran normales tampoco, eran como, como los de los insectos, creo. Los tuve así de cerca, porque me miró mientras me sujetaba de la camisa y me levantaba con una mano. “Bienvenido a la colmena” fue lo que me dijo. Tiró la puerta y luego me agarró a mí de la chaqueta como si yo fuera de cartón, y me arrojó a una estampida de bichos. Me desvanecí entre la marejada de cucarachas, cucarrones…
¿Y no supo cuando lo metieron en la Aeronave?
No, yo ya estaba dentro. Y me sentía cambiado. Tuve que luchar para salir de esa concha, tumba, de bichos resecos que me envolvía a mí y a muchos en el cuarto en el que estaba. Éramos 15 o 20. Los demás sentían los efectos también. Al tensar los músculos nos sentíamos más fuertes, como más poderosos. Rompí el capullo al mismo tiempo que los demás, y nos pusimos de pie, y antes que alguien pudiera decir algo, una puerta se abrió como persiana, y reapareció la muchacha. Ya no sólo tenía ojos de insecto, tenía antenas, y se veía más alta, más delgada. Y detrás de ella, alguien con más en común con las mantis que con los humanos, a la que me voy a referir como la Emperatriz, porque  con la ropa que vestía era de tela como vaporosa. Nos daba órdenes para comenzar a trabajar enseguida. Pero esas órdenes te llegaban directo a la mente, no las decía. Pasó el primero de los que fuimos envueltos en esos capullos, y con sólo tocarlo desató su transformación. El terror nos invadió. ¡Todos nos íbamos a volver insectos! Y el cambio de a pocos se dio después en todos nosotros cuando nos salieron antenas a todos. Eso, Dios, era una pesadilla.
[Camacho se levanta algo la máscara. Me pide que no documente nada de lo que acabo de ver, salvo lo que me revela cuando se levanta el mechón de pelo de la frente. Se ven claramente dos cicatrices, dos marcas redondas].
Esas antenas eran el medio para reprimirnos a todos. Lo supimos cuando la muchacha comenzó a hacer un ruido chirriante al frotarse las palmas de las manos, que tenían pequeñas espinas. El ruido era como el que hacen los grillos. Ninguno se pudo resistir, acatamos sus órdenes mentales y nos agachamos ante ella, La Emperatriz. Nuestras órdenes, luego de ser “mejorados”, serían las de trabajar como parte de la tripulación de la Aeronave. Estábamos a varios kilómetros de altura, no había forma de escapar. El chirriar de esas espinas era irresistible, y nos estremeció mientras nos obligaba a hacer una fila. Yo era el último, y tuve lugar de primera fila para ver cómo a los demás los transformaban. La Emperatriz, ella tenía un par de brazos más, pero más pequeño debajo de sus brazos principales… perdóne, Francisco, divago. Volviendo a la historia, ella tocaba a los demás. Cada uno se convertía en un insecto diferente, o algo muy cercano a uno. Uno fue una pulga, otro un cucarrón, otro una tijereta…Dos más y me llegó el turno, Yo estaba a sus pies, con una rodilla en el piso, a punto de convertirme, cuando… Cuando todo se sacudió.
Caímos desde una gran altura por el agujero que se abrió en el fuselaje de la aeronave, que desde afuera lucía como un cucarrón. Era grande esa cosa. Y bueno, gracias a la fuerza que gané en ese momento, sobreviví a la caída.
Una fuerza sobrehumana de la que todavía goza. No todo fue malo, ¿verdad?
Jajaja, no pudo decirlo mejor.
[A manera de demostración, Camacho levanta una repisa que contiene pesados volúmenes del área de distrito gráfico. Alcanza a dejar la repisa con suavidad antes que una empleada de la biblioteca le llame la atención].
La Emperatriz. Ella me recuerda a la bonita de pelo negro esa que aparecía en… en esa película. La de los tipos galácticos esos. No, perdone, yo, to no soy así la mayoría del tiempo. Contar como fueron las cosas me pone así.
Bueno, me las vi frente a frente con ella. Yo juré que no me iba a dejar atrapar, y me alejé de la aeronave y de ella lo más rápido que pude, que le caían rayos, uno tras otro. Sentí que el llamado de vuelta para salvar a esa cosa era cada vez más fuerte. Sentía los pensamientos de los demás dentro de mi cabeza. Era como nuestra mente de colmena. La orden era simple: teníamos que acudir al llamado del rey de la colmena. Yo tenía más fuerza de voluntad, y aunque el ruido de las palmas de la muchacha, que la seguía acompañando era ensordecedor, eché mano de una de las antenas, y me la arranqué. Fue un dolor ni el verraco, pero sentí que al hacerlo me afectaba menos su ruido y su influencia. Luego, por llamado de la Mantis apareció uno de los que ya se habían convertido, el cucarrón, y se subió a su espalda para darme caza.
Esto se pone cada vez mejor. Todo bien… siga.
Hasta dónde sé, esa mujer, o esa cosa no se iba a rendir, y menos si yo me le ponía con un poco de insubordinación. Y la bestia, bueno, su presencia en mi mente era tan penetrante como la de la mantis. Acuérdese, “mente de colmena”.  Es irónico que todo lo que vino después vino muy rápido. Esos cambios que me hicieron me hacían percibir el tiempo más rápido de lo normal, y eso, justo en ese momento, era una gran ventaja, porque Iban en embestida hacia mí, pero ni nos alcanzamos a tocar, que a pocos centímetros de arrollarme los aspiraron. Los convertidos, en bichos, algunos de ellos, se aferraron a ese bicharraco y se dejaron aspirar. Yo sentí la necesidad de seguirlos también, pero tomé cartas en el asunto y me arranqué la antena que me quedaba de un tirón mientras me agarraba de lo que fuera. La Aeronave, que pensándolo mejor era como un zeppelín disfrazado de cucarrón, también fue aspirada mientras estaba en llamas. Algo entre su fuselaje también se movía. No era un insecto, pero sí se veía como un gigante de metal. Dejó de moverse y se fue con el bicharraco, y dejó atrás una nube. Esa nube que dicen que todavía anda por ahí, repartiendo tormentas random.
Esto es a lo que yo llamo una ocasión única, que de los que he sabido que salieron afectados de una u otra forma ninguno se compara con su caso, Camacho. Hay mucho que cambió en usted tras ese encuentro.
Es… angustiante. En cuanto me alteraron… la percepción del tiempo ya era distinta, y sentí que en realidad pasaron como horas. Todo eso que le describí no tomó todo eso, que la Emperatriz, y su aeronave, como todos los demás monstruos, estuvieron aquí y allá haciendo de las suyas por solo quince minutos.
Cada caso de contacto con los monstruos esos dieron origen a su tipo especial de problemas. Y bueno, yo lidié personalmente con mi caso – ya abe, médico, cúrate a ti mismo- y me puse a leer mucho sobre los insectos. Por su tamaño ellos perciben el tiempo de manera distinta. Imagínese que una mosca vive menos de un mes, pero para ellas ese mes es toda una vida, y a nosotros eso se nos hace insignificante porque, pues nuestro ciclo de vida es mucho más largo. Desde entonces hay instantes que se me hacen eternos, pero pasa poco. Incluso como que puedo dominarlo, lo que me permite reaccionar más rápido que cualquiera. Es uno de, digamos, mis “poderes”.
¿Cómo la súper fuerza?
Yo por ese lado intento limitarme, que el poder es tentador. Yo me siento capaz de hacer cosas increíbles, pero al igual que todos los demás, estoy cansado de presenciar cosas fuera de lugar. Yo sólo quisiera encontrar a los que me hicieron esto para que me devuelvan a la normalidad. Es por el miedo de convertirme en algo más, como el tipo de La Mosca.
Pero para eso tiene que ir por “La Emperatriz”.
Si eso implica meterme allá a ése agujero negro que quedó en Antonio Nariño para dar,  con ella lo hago. Sólo que todavía se sabe poco o nada de lo que esa cosa es. Esa “Caja de Pandora” a donde fueron a parar todos esos monstruos…
Venga, ya que lo menciona. Hay un caso en especial que he estado siguiendo desde hace ya rato, rato, Camacho, y tiene que ver tanto con lo que acabó con la Aeronave como con los avistamientos de otro Fomor que se ve mucho alrededor del Agujero. ¿Sabe algo sobre él? ¿Lo alcanzó a ver luego de que el “Zeppelin” fuera derribado?
Pues la verdad, no. Yo me vine a enterar de que ese man atacó al Gigante de Bronce y arremetió con él a la Aeronave cuando averiguaba un poco de todo de lo que ocurrió esa noche. Pero eso sí, yo le debo la vida.  Que gracias a él no terminé convertido en otro miembro de la tripulación de “La Emperatriz”.
Creo que eso es todo, Camacho. Gracias. Y hágase ver que su estado es, curioso.
Sí, siempre que me garanticen que no me van a clavar en una mesa con alfileres.  ¡Y oiga! Cualquier cosa que sepa del man ese, del caballero que busca se lo comento. Patrullamos también esa zona mucho, porque hay mucho idiota que también la frecuenta.
Gracias, Camacho.
De nada, a usted por escucharme.
Para nada. A usted por su tiempo.

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