Capítulo 10 - Legado

Inmortales - La era de los guardianes

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—El tiempo escasea, hace aproximadamente diez días que están aquí, los sentí desde el momento que llegaron –dijo Ádarmor sublime —. Es probable que Sherebor haya comenzado con sus preparativos y en estos momentos haya creado sus primeros esbirros. No hay que permitir que haga muchos más sino les será imposible acercarse. Deberán hacerlo en completo sigilo hasta dar con mi hermano.
 
—¿Cómo sabremos donde estará? –indagó Nyweel.
 
—Les ayudare a saberlo en un momento –les dijo, luego cerró los ojos y se concentró. Una especie de aura se extendió por el cuerpo del dragón, un aura que palpitaba, se extendía y contraía esto duró unos minutos hasta que por fin habló —. Al hacer esto mi hermano notó que lo buscaba, tal vez me ignore o refuerce sus defensas pero no quedaba otra opción. Está en unas ruinas al norte, unas ruinas en un volcán
 
—Las ruinas de Jhoram –exclamó Rewel –, si logramos salir por el lado norte no nos llevará mucho tiempo llegar.
 
—¿Pero cómo saldremos de aquí? –preguntó Maila, los demás la miraron, no habían pensado en ello.
 
—No se preocupen, yo les mostraré el camino –les dijo Ádarmor resoplando —. Es un poco indigno para un dragón pedir ayuda a mortales, pero ustedes son los que reinaran la nueva Era que se avecina, los dragones dejaran de regir, el mundo cambiará de curso –luego con sus garras rascó el lugar donde estaba dañado y sacó unas escamas que estaban flojas –Tomen una cada uno y tráiganmelas frente a mí. ¿Geldiart, tú eres capaz de forjar cualquier arma no es así?
 
—Esa pregunta me ofende –resopló Rewel —. Nací en un yunque con el martillo golpeando frente a mí, no hay metal que un geldiart no pueda forjar.
 
—Pues tú serás el primero que forje armas de algo que no es metal, pero sí mucho más poderoso que cualquier mineral, las escamas de un dragón –el rey quedó sorprendido ante tal idea. Realmente nunca había escuchado que existieran armas de aquel material –. Cava la tierra para poder fundir mis escamas y mientras tanto prepara dignos moldes para las armas únicas que harás aquí.
 
El hombre de piel gris jamás había imaginado hacer tal cosa, miró sus manos por un momento pensando en sus nuevas creaciones, y sin demora, Rewel se puso de pie frente al dragón, puso una rodilla en el suelo y con sus manos tocó la tierra donde hizo que esta se ahuecara a su gusto. Allí depositaron las cuatro escamas; cada una era tan grande y pesada como un gran escudo de acero puro.
 
—Para que estas armas dañen a mi hermano deberán ser punzantes, un mazo plano no servirá, espadas es la mejor opción, prepara todo lo que necesites, haz los mangos con lo que tengas a mano, llevará un tiempo fundir las escamas, al fin de cuentas están hechas para soportar un tiempo el calor de nuestras llamas, que son más ardientes que el mismísimo magma.
 
Acto seguido Ádarmor exhaló fuego para repeler la niebla oscura lo suficiente como para que no molestase por un buen tiempo, luego concentró todo el calor de su fuego en fundir sus propias escamas. Mientras el dragón hacia esto Rewel congregó a sus compañeros, bastante alejados del lugar de la fundición por el excesivo calor, y consultó sobre qué clase de armas querían. Era inevitable ver la emoción que tenían los cuatro, estaban ante tal presión por la misión que tenían que llevar a cabo pero con solo pensar que estaban forjando armas que nunca más serian forjadas por nadie los llenaba de una extraña excitación.
 
Nyweel no era muy buena usando espadas como lo era con el arco, por lo que sugirió que se hagan flechas y un refuerzo para su arma, añadir aquellas escamas al bastón tenía menos sentido aún ya que los bastones mágicos se creaban con hechizos poderosos desde un principio luego se encerraba la magia dentro del artículo, aquel bastón que llevaba ya estaba encantado agregar lo que fuera no cambiaría su naturaleza.
 
Maila siempre prefería utilizar dagas por lo que sugirió una daga larga y con el resto que se hagan unas cuchillas arrojadizas.
 
Brosful se decidió por una espada larga nada más, había pensado la idea de doble empuñadura pero sabía que su habilidad con la mano izquierda no era lo suficientemente buena como para manejar ambas armas.
 
Por su parte Rewel optó por un gran mazo de pico puntiagudo de un lado y plano del otro. Una vez decidido esto, comenzó a trabajar en los moldes. Pidió las armas que llevaban sus compañeros para reforjarlas y con ellas hacer las empuñaduras. Aquellas armas eran de acero común y un poco de oro, el geldiart las metió en una urna de piedra que moldeó con sus habilidades y con una pinza también de tierra extendió el contenido a las constantes llamas del dragón. Solo un segundo bastó para que todas las armas quedaran reducidas a estado líquido, hasta la piedra casi se quebró del calor. Con su habilidad de hacer figuras con la tierra, creó empuñaduras basándose en aquel que les estaba otorgando las armas, un dragón.
 
La espada larga de Brosful tenía dos dragones enfrentados uno con otro mirando hacia arriba como escupiendo fuego, las llamas serían la hoja de la espada. La daga de Maila tenía un dragón enroscado mientras que las arrojadizas tenían un diseñó más sencillo para que estén bien equilibradas al momento de ser arrojadas. Y al arco de Nyweel le hizo adornos en las puntas como cabezas de dragones. El refuerzo de escama se lo pondría en el lugar donde se apoyaban las flechas. A su maza solo le hizo una empuñadura normal, se encargaría luego de adornar la cabeza del arma en sí.
 
Media hora le llevó a Ádarmor fundir sus escamas, cuando lo logró hizo al geldiart apresurarse, no tardarían en volverse sólidas nuevamente, por lo que Rewel trabajó con gran velocidad vertiendo las escamas fundidas en los moldes; martilleó y martilleó hasta obtener la forma que deseaba y luego las unió a las empuñaduras.
 
A las flechas de Nyweel le dedico un pequeño detalle, la punta de las flechas eran diferentes a cualquier otra que existiera. La elegancia de la curvatura era casi perfecta. Aquellas flechas atravesarían lo que fueran.
 
La maza del geldiart tenía en sus laterales unos detallados dragones que se entrelazaban entre sí cada uno con la cabeza mirando en dirección opuesta., luego por todos los bordes había tallado símbolos en su idioma, más precisamente una frase que los geldiart solían decir "duro e inamovible como piedra has de ser, sé la montaña que nadie pueda conquistar". Duro e inamovible se decía Hert eim Leidert en el idioma geldiart, el cual sería el nombre por el cual Rewel la llamaría.
 
Tras un rápido trabajo el rey finalizó las armas, todas sublimes obras de arte, las escamas habían perdido el color anaranjado para pasar a ser platinadas, pero mantenían un poco la tonalidad en la parte del filo lo que a la luz las hacían ver únicas. El material era tan especial que jamás se rompería y el balance era perfecto. Aquellas armas fueron llamadas El legado de Ádarmor, el nombre del dragón jamás seria olvidado.
 
Con todas las armas presentes frente al reptil, este las contempló y asintió.
 
—Buen trabajo rey de los geldiart, ahora les daré el último regalo para que triunfen en su escaramuza –cerró los ojos concentrándose y cuando los abrió exhalo un extraño aire rojizo, que al tocar las armas produjo que estas brillaran —. El aliento del guardián, ahora estas armas no se verán afectadas por el tiempo ni las batallas, además estas le proporcionaran resistencia contra la magia para que pueden enfrentar los poderes de mi hermano. Jamás estarán desarmados una vez que las liguen con ustedes. Tomen sus armas y báñenla con su sangre.
 
Los cuatro se miraron, luego tomando los legendarios artefactos se hicieron pequeños cortes para que la roja sangre cubriera el acero de escamas de dragón. Las hojas brillaron de un tono rojizo y absorbieron la sangre haciéndola desaparecer de la superficie.
 
—Bien, ahora ven princesa drefvels, tensa el arco y dispara contra la pared.
 
Nyweel así lo hizo, el arco era increíblemente liviano y la cuerda estaba tensada en su punto exacto, puso una de las flechas, tensó el arco y soltó la cuerda. La flecha voló a gran velocidad, silbó en el aire hasta hacerse imperceptible y cuando se clavó en la pared de piedra esta se resquebrajo en miles de pedazos. La mujer se sorprendió tanto ante aquello que casi dejó caer su arma.
 
—Ahora solo desea recuperar aquella flecha, piensa en tenerla junto a ti –le dijo Ádarmor, la drefvels solo se concentró pro un momento en la flecha y esta inmediatamente apareció en sus manos, dejándola con una expresión de perplejidad —. Esto es así con todas sus armas, ellas les pertenecen solo a ustedes, nadie más podrá usarlas hasta que mueran, y cuando sus vidas acaben pasarán a manos tan dignas como las de ustedes.
 
—Creo que en esa parte falló un poco, cualquiera podrá usar estas armas después –bromeo Maila, al fin de cuentas ella solo era una ladrona de ciudad, tal vez la mejor de la capital, pero no se creía lo suficiente digna.
 
—No lo creas tan así, tú estás aquí por una razón, ustedes cuatro fueron elegidos por el destino. Ahora vayan no hay más tiempo que perder –Ádarmor se despidió de ellos dejando salir una pequeña bola de fuego de su boca —. Sigan la llama, ella los guiará fuera de este lugar, nunca más nos veremos y si tienen éxito este será mi lecho de muerte, espero que consigan su cometido. Buena suerte guerreros.
 
Los cuatro con sus poderosas armas en mano se inclinaron y agradecieron ante el dragón, ninguno de ellos esperó que una de aquellas criaturas fuera tan valerosa y honrada. Ádarmor, es un nombre que jamás se olvidará de la mente de ninguno de ellos.
 
La pequeña llama flotó por los pasillos y pronto dejaron atrás al herido dragón, quien dejó de exhalar su fuego, pronto volvió a cernirse en la oscuridad total y cerró sus ojos esperando que su muerte le anuncie la victoria de los héroes.
 
Como el tiempo allí era casi indefinido, no tenían forma de calcularlo, no supieron cuánto tiempo les llevó salir de allí, fueron a un paso relativamente rápido, y solo se detuvieron un par de veces. La llama parecía tener inteligencia propia y ella misma estableció los descansos. Siguieron caminos que subían, de a ratos bajaban para luego hacer subidas abruptas, estuvieron un buen tiempo así hasta que en un momento los túneles comenzaron a perderse de la misteriosa niebla oscura y todo era mucho más claro.
 
—Parece que estamos cerca de la salida –dijo Rewel feliz —. Dos veces, dos veces salí de este maldito lugar.
 
—Aún no estamos fuera –le recordó Nyweel que parecía haber recobrado la gracia de siempre, sus cabellos volvían a estar brillosos y plateados, aunque sus ojos rasgados todavía presentaban unas ojeras que denotaban el cansancio que llevaba encima —. Pero creo que no hay duda de que pronto lo estaremos.
 
—Es realmente un alivio –dijo Brosful —. Por norma general prefiero la noche y la oscuridad, pero definitivamente no me volveré a quejar del sol nunca más.
 
Maila miraba algo preocupada al mercenario, hace un tiempo que quería hablar con él respecto a algo, pero no se animaba a decir palabra alguna. Pero en aquel momento lo dijo.
 
—¿Por qué no me dijiste nada respecto a la maldición? –las palabras salieron tan espontáneamente que llevó por sorpresa al hombre, quien no articuló palabra alguna por unos momentos, hasta que finalmente habló.
 
—¿Qué podía decir? Saludos, soy una aberración. Lo más seguro es que si lo dijera la gente huiría de mí –lo pensó por un momento —. Tal vez hubiese sido lo mejor, al fin de cuentas no soy más que un monstruo.
 
—Eres un idiota –le reprochó Maila dándole un golpe en el hombro enfadada —. No eres tal cosa.
 
—Pero lo seré, tarde o temprano lo seré –suspiró Brosful.
 
—Debe de haber una forma de sacar la maldición –intervino Nyweel dudando en si debía o no entrometerse en la conversación.
 
—No existe tal cosa, debería sacarme medio torso para liberarme de ella –le respondió cansado, él más que nadie sabía que no había solución.
 
—Recuérdame cuando te estés por transformar de partirte al medio –exclamó Rewel sin voltearse, como todo el tiempo que estuvieron en la eterna oscuridad, el guiaba el camino.
 
—Lo haré viejo rey –y el mercenario dejo salir una carcajada, tampoco serviría aquello. La maldición absorbía las almas y ni bien capture la suya el liche resurgirá.
 
—Aun así deberías habérmelo dicho –le susurró Maila.
 
—Sí, lo siento. Tenía miedo de que me odiaras –jamás le había dedicado una palabra de afecto a la ladrona, aquellas fueron las que más se le acercaron.
 
La llama los siguió guiando hasta la salida, una abertura de una cueva por la que la luz del sol entraba potentemente. Aquella luz lastimó sus ojos, habían visto tanta oscuridad en los últimos días que aquello era casi una tortura y alegría a la vez. El pequeño fuego desapareció luego de salir a la superficie.
 
Al cabo de un rato se acostumbraron a la luz del sol, y los cuatro salieron a sentir el viento en sus rostros, estaban en un prado extenso y verde, a lo lejos este se rompía dando lugar a una extensa explanada de tierra casi desértica, y un poco más atrás se podía ver las ruinas de Jhoram, una cuidad enorme que comenzaba al pie de una montaña solitaria y llegaba hasta lo más alto de esta, pero esta ciudad estaba totalmente destruida.
 
—Descansemos antes de ir allí, esto será complicado –sugirió Brosful sentándose en el verde pasto mirando el cielo —. Será mejor entrar cuando sea de noche, un par de horas antes del amanecer, cuando la oscuridad llega a su punto máximo.
 
—Tienes razón –dijo Rewel estirando las piernas —. Además un poco de paz antes de la guerra no nos hará mal.
 
—Si es que puedes llamar guerra con una ofensiva de un ejército de cuatro –le respondió bromeando el mercenario.
 
Los cuatro se sentaron y disfrutaron en silencio del ambiente, sin darse cuenta realmente que todos se habían vuelto muy cercanos entre ellos, hasta se podría decir que se volvieron verdaderos amigos. La oscuridad en lugar de separarlos logró crear un vínculo mucho más fuerte que ningún otro. El viento sopló suave y tranquilo, acariciaba sus rostros y los pastos danzaban a su ritmo. La vista era impresionante, los colores chocaban entre sí como si fueran la más perfecta pintura jamás hecha. Detrás de las ruinas de Jhoram se podían divisar las montañas que limitaban el resto del mundo con las tierras de los dragones. Estas montañas eran tan altas que se encontraban cubiertas con un manto de nieve, y algunas se perdían entre las nubes.
 
—Yo iré primero –dijo Brosful sin apartar la vista del cielo. Unos pájaros interrumpieron la armonía del naranja cielo del atardecer.
 
—¿Qué acaso piensas pelear solo? –le reprochó Maila.
 
—¿Qué otra opción tengo? –mirándolos a los tres les recordó con una seña el lugar donde tenía la maldición –Esta porquería me delata, si vamos juntos se darán cuenta de que estamos allí.
 
—En ese caso que sea al revés –fue Nyweel la que habló —. Tú espera a que nosotros entremos, luego atacas, si solo te mandas a lo suicida perderemos el factor sorpresa. En cambio si nosotros vamos primero cambiaremos la situación.
 
Brosful sonrió, y asintió. Tenía razón la drefvels. De todas formas había algo que cruzaba por su mente en aquel momento ¿Qué tanto soportaría la maldición si estaba a punto de entrar a reclamar indefinidas almas? Tendría que luchar contra numerosos enemigos, cada vez que elimine uno la maldición absorbería un alma. No le tenía miedo a la muerte, no, pero sí temía ser él quien mate a sus compañeros. Solo suspiró y sintió la briza suave que acariciaba sus cabellos. Dirigió su mirada a Maila y pensó por unos instantes que él estaba allí por ella, quería que sobreviviese; no quería volver a ver morir a alguien a quien apreciaba, pero sabía perfectamente que tampoco podía evitar que la ladrona intervenga en la batalla. Algo más grande que sus sentimientos estaba en juego. Aun así, si no hacían nada la perdería de todas formas, se consoló mentalmente y se convenció de que no tenía nada de qué preocuparse, él, más que nadie, conocía las habilidades de aquella mujer.
 
—¿Se dan cuenta que pretendemos hacer una locura? –interrumpió el silencio Maila –Hace tiempo que todos se preguntan si los dioses realmente existen, pero si existieran realmente, al destruir el corazón estaríamos matando a un dios.
 
—Eso no lo sabemos con certeza –dijo Rewel —. Ni ellos mismos sabían a quién pertenecían, tal vez ni siquiera sean sus corazones. Aunque la verdad –les dedicó una sonrisa algo siniestra —, no me molestaría ser recordado como el asesino de dioses.
 
 
 

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