Acultura

Mis poesías y relatos

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Se abrió la puerta de golpe, con violencia y él se tapó el rostro con una mano por la intensidad del sol frente a la profunda oscuridad del lugar en el que se hallaba. Estaba confuso y mareado, se apoyaba contra las paredes.
–¿Dónde estoy? –se preguntó desconcertado aun tambaleándose en la oscuridad–. ¿Quién…? ¿Por qué…? ¿Yo…?
Mil preguntas cruzaron su débil mente, hasta que se mal aventuró al exterior lentamente mientras recuperaba el equilibro de su cuerpo. Desde dentro se escuchaban sonidos confusos, eran sonidos confusos que se escuchaban mal dentro de aquella especie de cueva en la que se hallaba, una vez fuera escuchó con más claridad, aunque se arrepintió de haber salido casi al instante.
Bramidos, mugidos, gritos animalados, una vez pudo ver de nuevo, vio dónde estaba, qué, o más bien quiénes hacían ese ruido. Se quedó congelado, su respiración se aceleró, su corazón latió tan fuerte que creyó que se le saldría del pecho, desafortunadamente para él en ese momento, no fue así.
El suelo era arenoso, el lugar era circular con altas gradas donde había espectadores gritando con alegría al verlo, aunque ellos parecían estar alejados de la acción. Sacudió la cabeza como si así despertara de un mal sueño, pero este empeoró al darse cuenta, estaba completamente desnudo.
Miró el público y descubrió con horror que eran animales con forma antropomorfa, toros y vacas vestidos de muchas maneras que animaban a alguien a unos metros de él. Iba vestido de forma elegante, parecía un traje bañado en oro, miró no al toro, si no al traje con nostalgia sin saber por qué. El toro le miraba de forma seria y desafiante, blandía una espada y en la otra mano tenía algo de color que no pudo distinguir, aún no veía bien del todo. Se asustó, trató de pedir ayuda y explicarse, debía de haber un error decía, pero nadie parecía entenderle, sólo se reían de él y de su miedo. El toro soltó un fiero bramido y extendió una capa roja, la agitaba en el aire, parecía provocarle, esperando a que fuera hacia el objeto. No se movió, empezó a enfadarse pero intentó no entrar en su juego mortal, aunque el toro fue hacia él lentamente con precaución y elegancia para provocarle, se dejó llevar por la furia y tropezó con la capa atravesándola, el toro la retiró mientras fintaba y esquivaba la embestida de forma elegante, el público parecía volverse loco con aquel gesto, corearon algo al mismo tiempo ante aquel gesto, aunque él no pudo entender su idioma, lo único coherente estaba en su mente, aunque no podía sacar nada en claro, sólo sabía que estaba medito en una especie de juego de muerte.
Él se enfureció, no tenía nada que perder, pensó, pero el toro volvió a esquivarlo con aquella elegancia, parecía inútil intentar golpearle, parecía burlarse de él, de su torpeza, por más que se acercaba a él, este siempre acababa esquivándolo y el público bramaba animándolo. Cuando se giró vio que el toro tenía en vez de una espada, un largo pincho adornado que le había dado otro toro, aunque vestido también elegante, no destacaba tanto como el otro, el secundario se retiró hasta un lugar seguro. Volvió a la carga y esta vez le clavó el pincho en la espalda, el público enloqueció por completo, bramó, chilló con júbilo poniéndose en pie sobre sus asientos algunos de ellos, realmente parecían disfrutar de su dolor, de su sufrimiento y humillación. Él sintió el dolor en la espalda y en cada parte de su ser, el pincho le subía y bajaba dentro de la carne, estaba enganchado y no saldría fácilmente, cada paso le dolía, era un dolor atroz, insoportable, aunque no había hecho más que empezar, estaba sentenciado, sabía que aquello sería una tortura y que cuando se viera derrotado, lo matarían.
Intentó embestir al toro con todas sus fuerzas, pero siempre lo esquivaba, burlándose de él, animando al público. Le clavaron otro pincho en la espalda, no podía más. También otro toro le había clavado otros pinchos más cortos un poco más debajo de donde los otros, su espalda sangraba y con cada gota que se escapaba, se notaba más agotado e impotente. Estaba agotado y el toro de oro le apuntó con la espada, el lugar estaba silencioso, en tensión. Sabía que iba a rematarle, sin importarle ya nada, fue corriendo hacia él y este le clavó la espada en el pecho, atravesándolo de parte a parte, sintiendo el otro lado del temible filo libre, liberado impregnado en sangre. El público enloqueció al completo, cada fibra de su ser se estremeció ante el dolor y la proximidad de la muerte.
Despertó entre sudores fríos, nunca había tenido una pesadilla similar. Decidió dejar el toreo.

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