Presentimiento

Géneros: Aventura, Suspense, Terror

Darío pensaba cambiar de vida, todo el círculo de sufrimiento se cerraría con un solo viaje... o eso esperaba hasta que se cruzó con una misteriosa chica.

Introducción

Presentimiento

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“...Qué vida ingrata que te pega por atrás…’’ – sonaba el despertador a las 6:00.
 
Mientras se levantaba sentía como se empezaba a aclarar su mente, respiró hondo y pausado acomodándose al borde de la cama. No estaba del mejor humor del mundo, amaba al Cuarteto de Nos y sus temas siempre lo ponían en un estado de energía alto, pero esa canción lo deprimió. Según estudios científicos —con científicos Darío se refería a su experiencia—, uno termina odiando la canción o tono que se ponga de despertador. Pero había algo más que lo inquietaba, un presentimiento que le recorría la espalda como si una mano fría la acariciara. Darío se estremeció un poco.
 
–Tonterías mías, por pensar tanto es que me pasaron tantas cosas. Hoy empieza un cambio en mi vida, así que vas a estar tranquilo Darío, ¿sí? –dijo en voz alta para calmarse a sí mismo, el efecto no se hizo esperar y se paró de la cama para vestirse.
 
Se puso su nuevo pantalón rojo y una camisa negra que adoraba, fue un regalo de cumpleaños de su ex-novia, aquella que le había deseado que se arrancara los testículos, que se muriera sufriendo como un perro o algo similar, la verdad no lo recordaba exactamente ni le interesaba, total, la camisa le quedaba perfecta. Miró su reloj: 6:15, perdió demasiado tiempo pensando, el taxi llegaría dentro de diez minutos y todavía no había ni desayunado. No importaba, agarró su maleta y la cerró, ya desayunaría en el vuelo.
 
A eso de las 7:30 Darío activó el 3G de su celular y revisó su WhatsApp.
 
–Holaaa Darío, ¿cómo andás?, ¿preparado para despegar? –Era María, su amiga, aquella que hace un tiempo lo había…
—Hola Mar, bien, estoy en el aeropuerto esperando el vuelo, parece que se atrasó un poco.
—:( Qué feo, te voy a extrañar este tiempo.
 
No podía creerlo, Darío estuvo dos meses dándole afecto, hablándole, hasta llegó a ser su psicólogo personal y ahora le decía esto, luego de todo lo que le soltó aquel martes. Rabia, rabia y frustración es lo que pasaba por la mente de Darío, desembocando en esos pensamientos.
 
—No me interesan tus mentiras, aunque gracias por preocuparte – contestó seco, si es que se puede hacer eso por mensajes.
—Darío, te dije que te veía como un amigo nada más, no veo porqué te ponés así. Sabés que te deseo lo mejor.
 
Estaba al borde de la cólera, no era idiota, sabía que le hablaba ahora porque él estaba a punto de comprometerse con otra chica, pasaron meses sin ninguna señal de vida por su parte hasta ese preciso momento.
 
—Ya me cansé, te lo dije antes y te digo ahora: No puedo ver el futuro, pero sé qué va a pasar. Me rechazaste por razones que ni vos te creés, pero llegará alguien que te ilusionará, cambiarás lo que pensás y dirás que es la persona ideal. Entonces esa hermosa persona te fallará, sufrirás, preguntarás porqué pasó eso. Lo que hiciste no fue negarme una oportunidad, fue negarte una oportunidad a vos misma. Y ahora, luego de que sabés cómo estoy, volvés a querer  “arreglar todo’’. Lo siento, pero este es un cambio en mi vida para bien. –Los dedos le sudaban de la rabia y la tristeza, apretó su celular con fuerza mientras miraba la pantalla, en ella se veía “María está escribiendo…”. Apagó el celular, justo cuando una voz lo desubicó.
 
—¿Estás esperando el vuelo 301? –le susurró una voz femenina y  aguda. Darío levantó la vista y la dirigió a los ojos de quien le estaba hablando. No podía ser, ¿tenía ojos negros? Apartó  la vista de la impresión.
 
—¿Te pasa algo? ¿Querés que llame a algún médico? —exclamó  la mujer preocupada al ver cómo aquel hombre de aspecto exótico pero atractivo se ponía pálido.
—N-no, no, estoy bien –Darío la miró, cabello castaño, lindas facciones de rostro, labios finos y sin maquillaje, con un cuerpo bastante atractivo y ojos marrones. Sí, eran marrones, de seguro el cansancio lo estaba afectando, además del enojo y la tristeza con María, provocando en su mente una distorsión de la realidad —. Muchas gracias.
—Me alegro –Esbozó una sonrisa que hizo que Darío se sonrojara un poco—. Entonces, ¿esperás el vuelo 301?
—Sí, se retrasó un poco por una tormenta que había, no entiendo… —Se pasó una mano por el cachete de forma disimulada, notó que estaba caliente, exhaló rápido y se calmó –porqué hacen vuelos sabiendo que el clima no es el adecuado.
—Yo tampoco lo entiendo, pero igual llegan al destino, así que no me quejo. –La muchacha le dirigió una mirada directa a los ojos. Algo en ellos le seguía inquietando, a pesar de no tener nada fuera de lo común, y hasta tenían cierto brillo que los hacían aún más bellos. No eran sus ojos, era algo aún más profundo, su mirada. Aquella chica lo ponía ansioso, como pocas personas —y únicamente dos mujeres antes—en su vida lograron hacerlo.
—Emmm… entonces, ¿por qué te vas tan lejos de este pequeño país? – Fue lo primero que se le ocurrió decir para cortar aquella tensión que se había generado—. Ah, por cierto, soy Darío.
—Yo soy Ker, encantada. Tengo que arreglar varios problemas, pero para el final del día estoy segura de que estará todo solucionado –respondió risueña, pudiéndose verle un poco su sonrisa casi perfecta, tal como una publicidad dental.
 
Las manos de Darío  temblaron mientras veía su sonrisa, no era nerviosismo por su belleza, sus ojos o alguna otra razón romántica, sino por… ¿miedo? No entendía cómo era posible que una chica tan menuda, tan simpática, le produjera algo tan fuerte y feo como miedo.
 
Un fuerte sonido llamó la atención de Darío, levantó la vista, en el piso un muchacho joven se había caído de espaldas junto a su maletín, el cual parecía haber causado ese estruendo. Menos mal que fue el maletín quien produjo el ruido,  podía imaginarse el sonido de varios huesos rompiéndose al chocar contra un material duro, liberando un dolor agonizante en el joven, mientras este se agarraría la espalda, o la cadera, o…
 
—No, basta, otra vez estos pensamientos raros no –se dijo para sí mismo. Respiró hondo y vio como las personas ayudaban al muchacho que se encontraba en el piso, sano y salvo.
 
—Les comunicamos a los pasajeros que el vuelo 301 de la aerolínea Tánatos ya ha arribado, por favor procedan a abordarlo y disculpen la tardanza –anunció una voz mecanizada por el altoparlante.
—¡Sí! ¡Por fin! Ya nos vamos de acá… —exclamó Darío volteándose hacia la muchacha emocionado, pero cuando dirigió la vista encontró el lugar vacío. Era raro, no tenía forma de salir corriendo tan rápido sin que se diera cuenta, aunque quizás se fue cuando se distrajo con el tipo que se cayó. De todas formas lo que importaba era que el avión había llegado luego de esperar más de una hora y media en el aeropuerto, a Ker ya la vería al bajar o en algún momento, aunque no estaba seguro de querer volver a verla.
 
Por la espalda le recorrió un frío intenso que lo hizo estremecer, justo hoy tenía que pasarle eso. «Tranquilo, tranquilo», se calmó mentalmente y respiró hondo, nada ni nadie podría arruinarle ese día. Agarró sus maletas y se dispuso a abordar el avión. Este resultó ser amplio, tenía una capacidad como para 535 pasajeros, poseía un color blanco, con el logo de la aerolínea al costado. La escalera para subir se desplegó y poco a poco los pasajeros fueron entrando.
 
Darío se encontraba algo desorientado, había viajado antes en avión, pero este era inmenso y la gente parecía muy molesta a su alrededor por haber tenido que esperar. Sacó su boleto, tenía un lugar en clase turista, no iba a darse el lujo de gastar plata en un vuelo que iba a hacer solo una vez en su vida, no le encontraba sentido. Lo miró: “asiento 14, fila C’’, fue buscando y se acomodó, a su lado estaban un señor cuarentón con bigote  y una señora con aires de grandeza que creía ser una reina y estar en primera clase. Darío acomodó su equipaje de mano y ajustó el asiento de forma tal que le fuera posible dormir. Eran tres horas de vuelo, pero prefería dormir para que pasara rápido el tiempo. Reclinó su asiento un poco, apoyó su cabeza hacia atrás, sacó su celular colocando el reproductor de música y tocó el “play”.
 
Luego de colocarse los auriculares cerró los ojos, sumergiéndose en sus pensamientos, en sus sentimientos, estando a cada segundo más en paz. Otra vez el frío le recorrió la espalda, esa sensación gélida, sus premoniciones nunca se equivocaban. Alejó esa sensación y ese pensamiento de su mente y se concentró en la música.  ‘’Roberto’’ del Cuarteto de Nos sonaba, a pesar de tener un estilo fuerte lo relajaba, el audio llenó sus oídos y cayó en un estado de relajación. Su ritmo cardíaco bajó, su respiración se hacía cada vez más pausada, tranquilidad, todo era tranquilidad.
 
—¡Ayuda! ¡Por favor ayuda! ¡Está loca! ¡A…! –un grito potente alteró a Darío, sacándolo de su trance, abrió los ojos y se puso a buscar  la fuente del grito. A su derecha todas las personas estaban temblando y observando. Ker se hallaba parada, frente a una mujer rubia bastante bonita. Tenía en su mano un puñal que goteaba una sustancia rojo carmesí, sangre, era sangre. Darío miró a la rubia, no estaba lastimada, el líquido venía de otro lugar. Observó el piso, un charco viscoso corría debajo de un asiento, en el cual segundos antes dormía un señor mayor, ahora muerto por desangramiento a causa de una cortada que iba desde su estómago hasta el cuello. Lo primero que vio al despertar (y lo último que vio en su vida) fue a Ker, apuñalándolo mientras esbozaba una pequeña sonrisa.
 
En el instante en que Darío borraba esa imagen tan desagradable de su mente, Ker se movió de una manera muy rápida, clavándole el puñal en el cuello a la rubia, movió su mano de forma horizontal y le terminó por rebanar la garganta. Todo el mundo se largó a correr, gritando.
 
—¡Está loca! ¡Ayuda! ¡Es una psicópata!
—¿Dónde está la seguridad? Dios, por favor que alguien haga al... –gritaba una mujer de mediana edad cuando Ker la interrumpió apuñalándola. Uno a uno Ker asesinó a los pasajeros. Darío se quedó petrificado, era humanamente imposible eso que estaba viendo, una sola persona estaba acabando con la vida de decenas en pocos minutos.
 
Salió de su asombro, pensó rápido y corrió directo hacia el baño, abriéndose paso entre toda la gente. Corrió y corrió hasta que le faltó el aliento, logrando llegar. Entró y trancó la puerta costándole mucho, las manos le temblaban, de hecho todo el cuerpo le temblaba, parecía una gelatina humana. Las perlas de sudor le recorrían todo el rostro mientras el aire apenas le llegaba, tenía que calmarse. Se sentó en el inodoro, inhaló y exhaló hondo. Tenía que tranquilizarse y analizar la situación: Una chica que conoció en el aeropuerto, de alguna manera, logró hacer pasar un puñal y se puso a matar a todos. Bien, no tenía ningún sentido, ¿cómo evitó los controles del aeropuerto? Igual eso ahora no era importante, tanteó su bolsillo y sacó su celular el cual se resbaló al estar sudadas y temblando sus manos, rebotó abriéndose contra el piso y  la batería se deslizó por debajo de la puerta.
 
—Carajo, ¿y ahora qué hago? –pensó Darío mientras miraba perplejo el pequeño espacio por el que se escapó la batería.
 
Se levantó del inodoro, apretó los puños, fijó la vista en la perilla de la puerta, acercó su mano a ella y la abrió. Recorrió con la mirada el pasillo buscando la batería. No se encontraba en ningún lugar visible, de seguro alguien la había pateado corriendo para la otra clase.
Tomó valor y empezó a caminar por el silencioso pasillo, inhaló para calmarse, el olor a muerte inundaba el ambiente, bajo sus pies litros de sangre pintaban el piso. En cada paso que daba Darío sentía más y más nervios. Miró a su derecha, había decenas de cuerpos mutilados en los asientos. Le vinieron arcadas ante semejante panorama y apartó la vista hacia el piso. Ahí, adelante, a tan solo dos metros se encontraba su batería. Apresuró el paso, se agachó y puso la batería en su celular. Logró que prendiera y llamó al 911. Pasaron diez segundos, veinte, treinta, un minuto. Nada, no tenía señal.
 
—¡La puta que me parió! —exclamó haciendo retumbar su insulto en todo el avión. Decidido a volver a encerrarse en el baño, dio la vuelta, y ahí la vio.
 
Frente a él se encontraba Ker, ensangrentada, tomando el mismo color que el pantalón de Darío, y sosteniendo el puñal en su mano.
—Hola Darío –dijo Ker sonriendo.
—No me mates, por favor –suplicó Darío viendo que no tenía escapatoria.
—Yo no te voy a matar, Darío, tranquilo –le respondió Ker, acercándose lentamente con su puñal.
—¡No! ¡Por favor! –rogó. Ker ya había estirado su mano y lo tenía agarrado del cuello—¡Por favor, no me mates!
—Yo no te mataré, ni te maté —agarró el puñal y lo clavó directamente en el corazón de Darío—, yo no lo hice.
 
Ker lo soltó, permitiendo que este cayera al suelo con el puñal aún enterrado en su corazón. Pudo sentir como el filo le atravesaba los tejidos, como un dolor fulminante le partía el pecho. De inmediato le faltó el aire, perdió su visión, su tacto, su olfato, solo persistió por un poco más de tiempo su oído, que pudo percibir lo último que dijo Ker.
 
“—Yo no te maté y lo sabés.’’
 
Luego de eso, su corazón dejó de latir, su mente dejó de funcionar, Darío cayó en la oscuridad eterna. Su deseo de encontrarse en aquel país con Sofía, verla, abrazarla, besarla, nunca se cumpliría. Con aquel deseo en su mente dio su último suspiro.
 
—¡Aaaay! –gritó Darío sobresaltado. La señora del asiento de al lado lo miró con cara extrañada, su expresión lo juzgaba, considerándolo un chusma escandaloso.
—¿Se encuentra bien, joven? –preguntó el señor con bigote a su lado.
—Sí, no fue nada, una pesadilla nada más –respondió notando el sudor recorriéndole la frente y la frialdad en sus manos.
—Mojate la cara, siempre funciona para alejar las pesadillas, eso decía mi madre – le recomendó el señor mientras se acariciaba el bigote.
—Emm… bueno, probaré –asintió Darío, levantándose del asiento y dirigiéndose al baño. Mientras caminaba observó el asiento donde la rubia en su sueño había sido asesinada. Estaba la rubia, pero en perfecto estado y durmiendo,  tampoco había rastro de Ker, respiró aliviado y abrió la puerta del baño. Lavándose la cara su mente recordaba cada detalle de la vivida pesadilla, los cuerpos, la sangre, Ker persiguiéndolo, el puñal, su corazón. En ese momento se miró al espejo y abrió la camisa, tenía una cicatriz justo donde estaría el corazón. Se tambaleó al verla, casi desmayándose, se mojó de nuevo el rostro y observó su reflejo. Ahí estaba, esa cicatriz bastante amplia. No podía ser, no tenía sentido.
—Toc, toc –alguien golpeó la puerta del baño.
—Ya salgo –respondió Darío abrochándose rápido la camisa y abriendo la puerta. El olor putrefacto le fue directo a los pulmones, una mezcla aromática de sangre y carne podrida llenaban el aire. Reprendió las arqueadas que le vinieron, a la vez que sentía ese frío en la espalda provocándole temblores, otro presentimiento, por desgracia para nada nuevo.
 
Caminó por los pasillos, donde miraba asiento por asiento, estaba desierto el avión, no había ningún pasajero, ni quien tocó la puerta, ni el señor del bigote, ni siquiera aquella rubia. A pesar de eso lograba captar cierta energía, una corriente eléctrica recorría los pasillos, más que eléctrica era malvada.
 
Apresurando su paso entre las diferentes categorías llegó a primera clase. No había nadie allí, ni pareciera haber siquiera un piloto que condujera el avión. Al momento de decidirse entre si entrar a la cabina del piloto o retroceder, sintió como la temperatura de la primera clase bajaba abruptamente. Giró su cuerpo, asustado, empezó a temblar de nuevo, ya no sabía si era por miedo o por el frío repentino. Las luces comenzaron a parpadear, por lo que Darío agudizó la vista y pudo ver como una sombra aparecía, a tan solo diez metros de él. Sabía quién era, lo podía sentir, era Ker, aquella horrible persona, o ser, o lo que fuera que lo estaba atormentando.
 
—Hola de nuevo, Darío –saludó Ker acercándose despacio.
—¿Qué mierda sos? ¿Por qué querés hacerme daño? –preguntó Darío petrificado del miedo. De igual manera su cuerpo se movía hacia atrás, como si una fuerza invisible lo empujara.
—Soy Ker, me encargo de esto. Yo no quiero hacerte daño, solo soy la expresión de quien ya te lo hizo y de quien sí te lo quiere hacer –narró mientras se aproximaba más y más rápido. El avión se había inclinado, estaba cayendo, haciendo que Darío quedara contra la pared.
—No entiendo, nadie me odia así como para desearme la muerte. No creo nada de lo que me decís.
—Claro que lo tiene, entregaste tu corazón a ciertas personas que no debiste. Actuaste de manera incorrecta, tomaste decisiones incorrectas, permitiste que te lastimaran. Tu antigua exnovia, deseó que te murieras, ¿te acordás? La otra chica ‘’amiga’’ tuya, que te ignoró hasta que se le dio la gana, fingiendo que todo estaba bien. Quiero acabar con todo, quiero que no sufras, quiero ayudar a todos aquellos que te van a matar, yo soy el medio nada más.
—Cuentas esas, pero ¿y todas las chicas con las que salí? No me desean ni me desearon nunca el mal, no me lastimaron –replicó.
 
El avión bajaba a una velocidad extremadamente rápida, estaba a punto de estrellarse.
 
—Ambos sabemos que por esas no sentiste lo mismo que por las únicas dos que han logrado tocar tu corazón. El dolor existe solo cuando te arriesgaste y equivocaste al abrirte.
—No, no, no me mates –rogó–. Tengo alguien que me aprecia, alguien que quiere que viva, alguien que no me lastimó nunca y sé que no me lastimará, alguien que me da una razón para sonreír, es cierto, me equivoqué, pero sé que ya no lo haré. No me mates, por favor, quiero estar con Sofía.
—No, yo no te maté, ni te voy a matar. Son todas esas personas las que te mataron y te matarán. Sos vos mismo quien se mató. Fue divertido pero… — Ker se movió ágilmente hasta él, lo miró a los ojos con esos ojos negros de la muerte, se acercó a su rostro sosteniendo el puñal en la mano y lo besó. Darío nunca había experimentado un beso tan placentero como ese, era como estar en el paraíso, sus labios sabían tan bien que lo insensibilizaron del choque del avión durante dos segundos.
 
Luego de esos dos segundos pudo sentir cómo la explosión consumía lentamente su cuerpo, carcomiéndolo. Se dejó llevar por la sensación hasta el otro mundo y por su mente Sofía estuvo hasta el último instante.
 
—Joven, joven, ya terminó el vuelo, debe bajar –le indicaba una linda azafata castaña de ojos marrones.
—¿Ah? –exclamó intrigado Darío.
—Que ya llegamos al destino, debe bajar –recalcó la joven azafata.
—Ah, sí, perdón –dijo algo avergonzado. Agarró su equipaje de mano y bajó al aeropuerto.
 
En el baño se miró al espejo, estaba sano. Abrió su camisa y no percibió ninguna cicatriz en su pecho. Fue todo una pesadilla, o dos mejor dicho. Respirando hondo y más calmado, salió del aeropuerto con sus valijas y tomó un taxi, diciéndole al taxista la dirección de Sofía. Por fin, luego de tanto tiempo lograría encontrarse otra vez con ella, su nueva vida había empezado, junto con la mujer que él amaba. Entre todos estos pensamientos un frío recorrió la espalda de Darío haciéndolo estremecer.
—Otra vez no, no puedo pasar otra vez –se repitió para sí mismo. Nervioso miró la calle, nada raro parecía haber allí. Hasta que vio como un camión se dirigía a contramano hacia el taxi a gran velocidad, había muy poca distancia entre ambos. Iba a matarlo, el camión iba a acabar con su vida, así estaba previsto, de seguro Ker lo conducía, para llevarlo como pasajero al otro mundo.
 
Entonces el taxista hizo una maniobra brusca, esquivando al camión, quien chocó contra otros dos autos que venían atrás.
 
—¡Qué loco de mierda! No sé cómo pueden conseguir licencia así, casi nos mata –insultó con rabia el taxista–. Perdone mi lengua y a ese bruto, no todos son así de locos por acá –se excusó y disculpó el taxista.
—No hay problema, solo fue un susto –replicó Darío tratando de calmarlo y calmarse. Por primera vez en su vida su presentimiento había fallado.
 
En pocos minutos llegó a la casa de Sofía, luego de pagar y despedirse del taxista, Darío miró la fachada de la casa, era bastante amplia, un estilo antiguo pero no por eso demacrado, pintada de un hermoso color azul. Tocó el timbre, nadie respondió. Capaz que había salido a hacer un mandado o algo así, él no llamó ni mandó ningún WhatsApp avisando que había llegado, quería mantenerlo como sorpresa, después de todo sabía que tan fácil se emocionaba Sofía.
 
Revisó sus bolsos, encontrando unas pequeñas llaves, por suerte Sofía antes de despedirse le había regalado esa copia de sus llaves, en su momento fue un gesto de confianza y amor, que ahora veía aún más tierno y conveniente. Puso las llaves en la cerradura y abrió la puerta. La casa era bastante amplia, olía al típico incienso que Sofía quemaba para las buenas energías o algo así, la verdad  no tenía ni idea de eso, pero al menos olía rico. Dejó sus maletas a un lado y recorrió la casa buscando un lugar donde esconderse para asustarla un poco y/o sorprenderla.
 
Entró a la cocina y se tropezó, cayendo contra algo blando. Abrió los ojos que había cerrado por la caída y se encontró cara a cara con Sofía. Estaba tirada en el suelo, con los ojos celestes abiertos y su pelo castaño ahora teñido de rojo por la sangre. Sus ojos parecían mirar a Darío pidiéndole ayuda.
 
Asustado, se levantó del suelo de un salto y miró el cuerpo de su amada. En el centro del pecho, justo en el corazón tenía clavado un puñal, el mismo puñal que tenía Ker en el vuelo. Junto a este había un pequeño papel  pegado. Darío se acercó lentamente al cuerpo y agarró la nota unida al puñal causante de la muerte de Sofía.
 
“Hola de nuevo, Darío. Lamento tanto desastre, pero era necesario. Ya te maté, maté la parte de vos que seguía viva. Me abriste los ojos, mi deber eras vos, eso querían todos, pero vos no podés morir mientras  tengas alguien que te ame.
 
Disfruta de tu vida, hasta pronto.
 
PD: Debo admitir que besas muy bien, ya experimentaré otra vez esa sensación.”
 
Narraba la carta escrita en rojo usando la misma sangre de Sofía, la amada de Darío, con quien iba a compartir toda su vida y su muerte. Aquella que yacía ahora en el piso, recriminándole en silencio haberla dejado morir.
 

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