Historias para antes de despertar

Géneros: Fantasía, Romance

¿Sabes por qué a los seres humanos nos gustan las películas, los libros, las canciones, el arte en general? Porque amamos las historias... y en especial las que nos hacen sentir de todo, desde la risa más pequeña y casuall, a la pasión más profunda y enorme que puedas imaginar en tu vida. De eso trata este libro: historias. Alegres, tristes, parlanchinas, artísticas, raras... pero lo más importante de todo: emocionales. Con miles de emociones que no podrás evitar sentir... y eso es maravilloso, ¿a que no?

El blog secreto del chico perdido

Historias para antes de despertar

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Breve introducción: ¡Hola! Mucho gusto, me llamo Violet Pollux. Soy escritora, tengo varios libros publicados en varias tiendas digitales como Amazon, iBooks, Kobo y más, y cada cierto tiempo publico material gratuito en mi blog: vpollux.wordpress.com. Las historias que publicaré en este libro están allí, pero con la comodidad de que aquí todas estarán en un solo libro/compilación, y no tendrás que estar buscando link por link para poder leerlas.
En fin, comienzo con una novelette que me encanta y que pienso que también podría encantarles a ustedes. Espero que les guste. Gracias por leer.
 
El blog secreto del chico perdido
Neal era un chico perdido, tenía un blog y yo lo había encontrado por error.
Y por ello, cuando descubrí que se trataba de él, decidí que quería salvarlo. O quizá no exactamente salvarlo, pero sí ayudarlo, porque sabía que lo necesitaba y, más que eso, porque se lo merecía.
Así que eso hice: lo ayudé. Por suerte, él me permitió hacerlo y, con el paso del tiempo, nos volvimos amigos. No es que fuéramos exactamente mejores amigos, pero sí éramos bastante cercanos, hablábamos a diario, nos contábamos muchas cosas, compartíamos con el otro y, cuando nos necesitábamos mutuamente, estábamos ahí.
Era una buena amistad. Me hacía bastante feliz, al igual que él.
Pero llegó el día en el que entendí que quería algo más.
Y ese día fue unas semanas previas al día de San Valentín.
—Neal, tengo una idea —le dije—. Como no tenemos pareja, el día de San Valentín iremos a vender galletas y así ganaremos dinero, ¿te parece?
Parpadeó bastante y asintió.
—Eh... la verdad no me agrada mucho la idea de salir a venderlas como tal, porque sabes que eso de salir no es lo mío, pero sí podría ayudarte a hacerlas y envolverlas y todo ese proceso fastidioso.
Suspiré. Era demasiado inseguro respecto a su apariencia. Y lo entendía, por supuesto, pero aun así me estresaba a veces.
—Bien, bien. Como quieras.
—Gracias por entender.
Nos dispusimos a hacer las galletas en mi casa y luego a envolverlas en papeles rosados y de corazones para que parecieran medianamente ambientadas en el tema ese del amor y tal.
—Lo bueno es que como están tan decoradas podemos cobrarlas más caras —comentó y sonreí.
—Sí. Tienes razón. Punto para nosotros.
Mamá llegó a la casa.
—¡Hola, Wyatt! —Nos vio a ambos y nos saludó con la mano—. ¡Oh, invitaste a tu amiga!
—Es un chico, mamá —Rodé los ojos—. Te lo digo cada vez que viene.
—Cierto, cierto. Lo siento, cariño —Negó con la cabeza—. ¡Se me olvida!
Se fue a la cocina y pasé a ver a Neal. Estaba mordiéndose el labio y concentrándose en la galleta que estaba decorando.
—Te ves como todo un chico —afirmé—. No le prestes atención.
—Sí, eh, lo siento, es que... —Sacudió la cabeza—. El tema siempre me afecta.
—Lo sé, pero aun así te ves masculino.
Suspiró.
—Sé que solo lo dices porque eres mi amigo, pero...
—Eres un chico y te ves como uno, Neal —intenté que mi voz no fuera tan agresiva; tenía ese problema siempre que hablaba y por eso parecía que estaba molesto todo el rato, pero en realidad era mi tono normal—. No le prestes atención.
Asintió y no hablamos por un rato. Él siempre decía lo mismo y yo siempre le respondía lo mismo, por lo que intentábamos no tocar demasiado el tema. Sin embargo, siempre volvía, porque era algo común con él —y siempre le repetía lo mismo. Siempre.
Y él no parecía entenderlo.
Hicimos otras tres bandejas de galletas y, cuando ya íbamos por la quinta, me preguntó por qué quería vender tanto.
—Es que le compré algo costoso a la persona que me gusta —solté como si nada—. Y pienso comprarle incluso más de esos, así que necesito el dinero.
—Oh —Él era callado. No hablaba mucho y se lo guardaba todo. Por eso a veces era un problema gigantesco comunicarnos, pero gracias al cielo de alguna u otra forma nos habíamos arreglado durante todo el tiempo que llevábamos de amistad—. Genial.
¿Ni siquiera me iba a preguntar quién me gustaba? ¡Por favor! ¡Tenía que ser más curioso...! ¿O quizá sí lo era, pero sus inseguridades no le permitían exteriorizarlo? Uh, malditas inseguridades. Iban a terminar matándolo —y, con ello, matándome a mí también.
—¿Y a ti? —pregunté en mi tono más casual—. ¿Te gusta alguien?
—Sí —Asintió—. Mañana pensaba darle algo, de hecho.
Tenía la esperanza de ser yo. Tenía que serlo. Rogaba serlo, por Dios.
—¿Cómo que pensabas? ¿Ya no se lo vas a dar?
Se rió.
—Voy a darle algo mañana —Su rostro se vio más relajado—. ¿Feliz?
—Claro... —Asentí—. ¿Y voy a saber quién es esa persona?
—Si estás presente mientras le doy lo que le escribí, supongo.
O sea, había posibilidades de que no estuviera presente, lo que significaba que no era yo... ¿O sí lo era, pero lo decía así para confundirme?
¡Maldición, ahora era yo el inseguro!
—Está bien. Es lo justo.
—¿Y también voy a ver quién es la persona que te gusta? —inquirió, concentrado en la siguiente galleta que decoraba—. ¿O es muy personal?
Era él. Era obvio que iba a verlo.
—Es posible.
Volvió a asentir y no hablamos más. Pusimos algo en el televisor que llenó el silencio que invadía la sala y, de vez en cuando, soltábamos un par de frases relacionadas con lo que ocurría en la pantalla, pero, más de eso, no hacíamos. Me pregunté si era porque cada quien estaba en su propio mundo, pensando en el día siguiente, en el San Valentín, en lo que diría la persona que nos gustaba cuando viera que era ella quien nos gustaba, en si nos rechazaría, en si no, en qué haríamos en cada caso...
Y suspiré. Eso de ser adolescente, ir a la secundaria y que te gustara alguien era fastidioso y realmente agotador.
 
Terminamos con las galletas después de unas horas y, ya exhausto, se fue a su casa. Me ofrecí para llevarlo o siquiera acompañarlo, pero dijo que no rotundamente porque él no era una chica y, como sabía que era un tema delicado para él, se lo permití.
La verdad, eso me estresaba. A veces quería ser más cariñoso con él, darle indicios de que me gustaba, dejar de ser tan tosco y simple, tan solo amigos, pero al final me cohibía y no hacía nada por eso porque sabía que le podría parecer que únicamente lo hacía porque lo percibía como una chica o algo así, y ello me frustraba a más no poder.
No lo percibía como una chica. Era un chico. Yo mejor que nadie lo entendía, joder, pero como él era tan sensible al respecto se le era imposible comprenderlo.
Acomodé todas las cosas y, al finalizar el día, me acosté en mi cama mirando el techo. Pensé en las galletas, en el regalo que llevaba para él en la mochila, en si le gustaría, en que esperaba que le gustara y que le quedara, porque había incluso llamado a su hermano preguntando su talla de ropa y, por cosas de la vida, terminé recordando cómo nos conocimos.
Él tenía un blog. No tenía su nombre por ningún lado; era aparentemente anónimo y solo firmaba con un El chico perdido al final de cada entrada. Escribía poemas más que todo, a veces simplemente pensamientos o cosas que se le atravesaran por la mente, aunque no con demasiada frecuencia, pero recuerdo que el primero que leí fue tan significativo para mí que tuve que seguir leyendo el resto del blog.
"Llegó un momento de mi vida en el que decidí que dejaría de ser lo que los demás querían que fuera y que, en cambio, comenzaría a ser yo mismo.
Eso es lo que soy ahora: yo. Sin más.
Así que... por favor, déjenme serlo."
Me pregunté a qué se referiría con eso, con ser él mismo y que le permitieran serlo, y hubo un poema, el primero que leí del sitio, de hecho, que me lo explicó.
"Nunca lo he visto a los ojos / pero creo que es un chico / Batallando por salir por sobrevivir por existir / por ser él mismo / en este mundo que lo fuerza a ser otra cosa / algo que no es que no quiere ser que no puede ser / porque si es un chico / ¿por qué lo obligan a fingir ser una chica? //
La vida es así de simple: / o eres / o no eres / y si él es lo que es / y no es lo que no es / ¿por qué prohibirle nacer? / ¿por qué no permitirle ver la luz? / ¿por qué no dejarle conocer la vida? //
Nunca lo he visto a los ojos / pero es hermoso / el más hermoso de todos / Y valiente porque sigue siendo él mismo / a pesar de toda la mierda del mundo / y la incomprensión de la gente / y fuerte / porque para seguir viviendo / aunque sea a escondidas por su propia seguridad / y no dejarse morir / por las malas percepciones de los demás / tienes que ser el chico más asombroso y valiente y fuerte / de toda / la / galaxia."
No podía imaginar lo difícil que era ser tú y que los demás no lo entendieran porque lucías como algo más. No podía imaginar lo difícil que era tener que levantarte y día tras día escuchar a todos llamarte por un nombre que no era el tuyo, diciendo pronombres con los que no te identificabas, diciendo que eras un algo cuando estabas más que seguro de que eras otra cosa.
—La hora de la clase acabó, alumnos —anunció la profesora de informática; había encontrado el blog abierto en la computadora que me tocaba—. Cierren todo, acomoden los bancos y salgan ordenadamente, por favor.
Casi entré en pánico, porque quise seguir leyendo el blog, y pasé a anotar su dirección URL en un papel. Cuando llegué a casa lo busqué, entré, leí muchos más poemas respecto a ser transgénero escritos por El chico perdido y, entre los textos en prosa que también habían publicados, pude ver que el escritor era adolescente, que tenía la misma edad que yo, 16, que iba a la secundaria y que no tenía muchos amigos.
Me pregunté si por casualidad ese escritor no estaría en mi misma institución —y sí lo estaba, claro está, pero el punto es que no lo sabía en ese entonces. Me hice una lista mental de las personas que pensé que podrían ser teniendo en cuenta todas esas variables, pero me pareció un poco cruel pensar en qué chico consideraría que se veía como una chica o viceversa, por lo que, en cambio, decidí simplemente seguir leyendo.
Hubo cuatro poemas que personalmente me marcaron bastante y me hicieron pensar distinto al chico perdido.
"¿Qué culpa tiene la chica con la falda / de que la hayan violado? // ¿Qué culpa tiene el pez / de no poder volar? // ¿Qué culpa tiene la manzana / de no ser una pera? // ¿Qué culpa tengo yo / de no ser lo que no soy?"
El chico perdido no elegía ser un chico. No era su culpa serlo; lo era y ya. Aunque nadie más lo entendiera. Aunque nadie más viera a ese chico.
"Si no te importaron mis cromosomas / cuando me tenías en tu vientre / ¿por qué te importa tanto ahora qué sea / si soy la misma persona de siempre?"
"Tener que fingir ser alguien más / a diario / mientras al hacerlo te mueres porque te matas tú mismo / por tu propia seguridad / es de las peores cosas que podrán pasarte / en toda la existencia // y sí es lo que sufro día tras día / para asegurarme de que no me echen de mi casa / por no ser quien no soy / por ser yo / por no poder ser algo que no soy / y... // solo espero que tú / nunca tengas / que vivirlo."
Su mamá no sabía que era un chico. Y quizá no lo hacía porque él sabía que con decirle ponía en riesgo su propia integridad física. Al menos, eso era lo que se daba a entender: que quería decirle, pero que le daba miedo porque no quería que lo echaran de su casa.
No podía imaginar lo que era no tener el apoyo de tu madre en esto de ser tú mismo cuando finalmente te atrevías a serlo.
"Había un él que era un niño / un niño real / un niño de verdad / y aunque a veces le decían ella / él sabía que era un él // Y lo llamaban princesa / pero era un Príncipe / y lo llamaban reina / pero era un Rey / y aunque a veces se veía como un carbón / era un diamante // Y todos / (y por todos me refiero a él) // vivieron felices / para siempre."
Sin embargo, ese poema me había dado esperanzas. Me había dejado un sabor dulce y calmado en la boca porque significaba que, a pesar de que nadie comprendiera que era un chico, él sí lo hacía, él lo sabía, se percibía a sí mismo como era, como lo que era, como ese chico valiente y hermoso que vivía dentro de él —aunque no siempre lo exteriorizara—, y por eso estaba feliz, porque él sabía lo que era y, si él lo sabía, ¿qué importaba lo que dijeran los demás?
O, al menos, esa era la percepción que daba cuando leía el poema.
O, mejor dicho, eso era lo que pensaba cuando lo leía.
En la siguiente clase de informática, volví a encontrar la computadora con el mismo blog abierto, lo que me llevó a hacer mil teorías sobre su motivo y su posible escritor. Me di cuenta de que había tres entradas nuevas recién publicadas, de apenas minutos respecto a la hora que marcaba en la barra de Windows, lo que quería decir que El chico perdido lo había actualizado estando allí y en esa misma computadora.
"Ojalá la sociedad no me forzara tanto / a fingir ser algo que no soy / para agradarles a personas que no me importan y / ya sabes / en lugar de eso me dejara / simplemente / ser / feliz."
"Lo triste no es nacer en este cuerpo / lo triste es saber lo que eres / estar más que seguro de ello / y que nadie te vea lo reconozca te reconozca / como eso / es decir / como tú."
"Y puede que en la vida al final fracase / pero si siempre fui yo mismo / entonces / en realidad / triunfé."
Leer sus poemas me causaba dolor y a la vez me inspiraban una profunda admiración por él. No cualquiera luchaba para seguir siendo sí mismo a pesar de las críticas de la gente, del que los demás no lo vieran, del que no te vieran —a pesar de todo. Y él lo hacía. Porque sabía lo que era, sabía quién era, y estaba tan seguro de ello que no le importaban las demás personas.
—¿Profesora? —pregunté cuando me acerqué a su escritorio—. Disculpe, pero, ¿esa computadora está asignada, no? a otro estudiante.
—Claro, joven Jerdron. ¿Por qué lo desea saber? ¿Dejó en malas condiciones el computador?
Negué con la cabeza y pensé rápido.
—Se le quedó una lapicera y quiero ir a devolvérsela. ¿Podría decirme quién es y en el receso iré?
—¡Claro, cómo no! —Sonrió—. ¡Qué considerado de su parte, alumno! —Le sonreí de vuelta y la vi buscando en su lista—. La alumna que se sienta ahí se llama Ginger Dallas. Estudia su mismo año en la sección D.
Se sintió tan extraño que dijera que era una chica cuando yo sabía que era un chico que, joder, era inexplicable. Me causaba extrañeza e incomodidad, porque sabía lo que de verdad era, y si era así conmigo, que no era más que un extraño, no podía imaginarme lo que sentía él día a día a toda hora.
—Muchas gracias —le respondí—. Iré en el receso.
—Bien. Comenzaremos la clase; puedes sentarte.
Y lo vi cuando llegó la hora: tenía las mejillas enormes y los pómulos alzados, cosa que le daba un aspecto ligeramente afeminado a su rostro, pero tenía el cabello corto y usaba ropa que no lucía exactamente femenina, por lo que en realidad no me parecía que se viera como una chica. Eran unos vaqueros y una camiseta; algo normal. Se le veía el pecho elevado y la cintura algo pequeña, pero de forma tan sutil que en realidad no era relevante ni afectaba mi percepción de él como un chico.
¿O tal vez eso se debía a que sabía que lo era? No estaba seguro, pero me parecía una persona linda de rostro y sus ojos bastante llamativos.
Fuera como fuera, decidí no presentarme.
¿Qué le iba a decir? Hola, ¿eres El chico perdido? Leo tu blog a diario y me parece genial que seas trans, ja, ja. Oh, además, creo que eres muy valiente por seguir siendo tú mismo a pesar de todo y quiero que sepas que leo TODAS tus entradas. ¿Que cómo supe quién eras? Pues le mentí a la profesora de informática para sacarle la información sobre ti y poder venir y hablarte personalmente, ja, ja, pero no creas que soy raro, por favor, o que te estoy acosando. Por cierto, lindos ojos. Y tu sonrisa también es muy hermosa.
Creo que era obvio que me iba a odiar de por vida, mandarme a la mierda o, peor, quizá enviarme a un tribunal con una orden de restricción y una demanda por acoso.
De forma que, como lo mejor era mantener mi distancia, eso hice. Sin más. Seguía leyendo lo que escribía a diario, seguía preocupándome por él y admirándolo en secreto y, sin yo mismo notarlo, comencé a desarrollar un extraño afecto por él que incluía unas ganas enormes de protegerlo, de cuidarlo, de tratar que no le pasara nada y de salvarlo lo más que pudiera.
También lo seguí viendo a la distancia. Pasaron los meses y le creció el cabello hasta los hombros pero, además de eso, no vi cambios físicos en él. Su sonrisa seguía tan bonita como siempre, igual que sus ojos y, si me permitía ser un poco acosador, a veces fantaseaba con cómo se oiría su voz. Qué palabras usaría al hablar conversacionalmente. Las muecas que haría, su risa, las expresiones que eran únicamente suyas y que luego cuando escuchara harían que pensara inmediatamente en él...
Estaba desesperado por hablarle, ¿sí? Lo confieso. Lo único que estaba buscando era la más mínima oportunidad para hacerlo y, por ello, cuando esa oportunidad se presentó, la aproveché al instante y sin pensarlo dos veces.
Aunque hay que contar bien la historia para que se entienda cómo fue que surgió.
 
"No te pido que me entiendas / porque a mí también se me ha / hecho algo difícil comprenderlo del todo / Solo te pido que lo respetes / que no lo juzgues / que no me juzgues / porque a pesar de todo / sigo siendo la misma persona de siempre / y más que eso / el mismo hijo que has amado tanto / y que te ha correspondido con la misma intensidad / de toda la vida porque / sí mamá / soy tu hijo / a pesar de ahora ser más honesto / y te sigo amando igual que siempre / como toda la vida como si el tiempo no hubiera pasado / aunque tú ya no lo hagas porque / finalmente me atreví a decirte / que soy / un / chico."
Entonces sí: finalmente le había dicho a su madre que era un chico. O eso planeaba, según lo que se entendía.
"¿Por qué no ves que ahora / que entendí lo que soy / lo acepté / lo amé / me amé / estoy mucho más feliz que antes que nunca / por el simple hecho de al fin ser yo mismo / e intentas alegrarte aunque sea un poco / por ello?"
Bien, la discusión había sido fuerte. Entendido.
"Estoy atrapado en moldes / que ni yo mismo fabriqué y / son tan estrechos inhumanos mortíferos / que no me dejan respirar // Necesito salir de aquí / Necesito librarme de ellos / Necesito poder ser yo mismo // Necesito / ayuda..."
Ese último me había asustado en serio.
Y me había dolido tanto que quería ir a su casa y abrazarlo tanto que se diera cuenta de que no estaba tan solo como sabía que se sentía.
"Soy un chico perdido en el mundo / buscando algo que no sé qué es / que no sé si existe / que no sé si me lo inventé en mi imaginación / porque como la vida es tan sin sentido sin eso / tuve que crearlo aunque fuera en mi cabeza // Soy un chico perdido en el mundo / sin la más mínima idea de adónde va / de lo que quiere / de lo que busca y / a pesar de ello / lo sigue buscando //
Soy un chico perdido en el mundo / que no sabe más que eso / que está perdido / que lo único que siente es que está perdido / que desea ser encontrado / y reparado / porque está más que roto / y lleno / porque está tan vacío que / cuando gritas en su dirección / puedes escuchar los ecos de su tristeza / rebotar tan alto / que te llegan al alma y te la hace añicos //
Soy un chico perdido en el mundo / no sé en qué mundo / no sé qué clase de perdido / no sé qué clase de chico y... /// quizá la clase de chico que no ha visto la luz / que no ha nacido que le han impedido existir / y es por eso que vivo tan infeliz / porque no me han permitido existir / y lo que busco no es más que una oportunidad de nacer / de vivir / de poder ser quien soy sin fingimientos ni caretas //
o quizá... / lo que busco es a mí / pero como me han matado tantas veces / al decirme que no existo / yo simplemente... / he / decidido / morir."
Lloré cuando llegué a esa parte. ¿Estaba dándose por vencido? ¿Era eso? ¿Estaba leyendo bien? ¿O mis ojos no hacían más que engañarme porque tenía tanto miedo de que se rindiera que tenía que comprobar que no era eso?
Sin embargo, cuando me quité las lágrimas, vi que había una nota al final.
"PD: No sé si hay alguien leyendo esto, pero, en caso de que lo haga, solo quiero decirte que cerraré el blog. Guarda en un documento en tu computadora todos los poemas que te gusten o lo que quieras, no lo sé, pero esta página dejará de existir mañana, igual que el chico llamado Neal que como un imbécil inventé en mi cabeza.
Dejaré de usar ropa masculina. Me dejaré el cabello largo. Comenzaré a usar vestidos, maquillaje, todas esas cosas que odio a más no poder pero que pronto serán mi día a día porque quizá mi mamá tiene razón y no soy más que una chica tonta que se inventó todo esto porque busca atención.
Si llegaste hasta aquí, lamento que hayas tenido que hacerlo. Te agradezco enormemente por haber leído todas mis estupideces y por haber en algún momento entendido que no miento cuando digo que soy un chico, por haber entendido que lo soy y por haberlo visto aunque fuera a través de una computadora.
Te ama y hasta siempre,
El chico perdido."
Estaba llorando a mares en ese momento. En mi cabeza pasaban mil cosas, mil pensamientos, todos sin ordenar, hechos una catástrofe, pero hubo uno en específico que predominó de entre todos ellos y era que no podía dejarlo morir así. No podía dejar que Neal se suicidara de esa forma, que muriera sin más, que se rindiera, que abandonara todo lo que había luchado simplemente por su madre o un comentario o porque el día no había sido bueno.
Empaqué en mi mochila algunas de mis prendas de ropa. Quizá él ya estaba decidido a morir, pero no le permitiría hacerlo porque no se lo merecía; él valía mucho más que eso, y si era yo quien tenía que recordárselo, lo haría.
Y con ello lo salvaría.
O, al menos, esos eran los planes.
Y llegó el día siguiente. Hizo como comentó que haría en la nota de la entrada de su blog: llevó un vestido, maquillaje y el cabello se lo arregló de forma femenina. Verlo así me dolía. Sabía que lo odiaba, que lo lastimaba, que lo consumía por dentro y mi pregunta era, si tanto lo detestaba, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué cedía? ¿Los comentarios realmente valían todo ese sufrimiento? ¿Por usar esa ropa ya dejaba de ser un chico y mágicamente se trasformaba en una chica?
Porque no lo creía y, de hecho, apostaba todo mi dinero a que no era así.
—¿Neal? —pregunté cuando llegué a su lado. Era la hora del receso y estaba guardando unas cosas frente a su casillero. Dio un respingo cuando escuchó el nombre y noté que tragó saliva—. Tú eres Neal, ¿verdad?
Dirigió su mirada al suelo y negó con la cabeza con tristeza.
—Me llamo... Ginger. Fue el nombre que mi mamá escogió porque soy una chica y...
—Te llamas Neal y eres un chico —afirmé con lo que intenté que fuera una voz suave, porque sabía que la mía era bastante agresiva por naturaleza y no quería dar la impresión de estar regañándolo; quería hacerlo entrar en razón, aunque no sabía si realmente estaba funcionando—. Y no entiendo por qué haces esto.
—Mira —Cerró su casillero y me miró y por unos segundos me perdí en las lagunas de sus ojos; eran preciosos y llamativos y cuando los tenías tan cerca se te hacía imposible no quedar embelesado por ellos—. No sé cómo es que sabes mi nombre o que soy un chico y... —Sacudió la cabeza, como regañándose a sí mismo—. No sé cómo es que sabes ese nombre y que solía decir que era un chico, pero la cosa es que ya dejé todas esas cosas atrás y...
—Leo tu blog —lo interrumpí, enojado pero tratando de ocultarlo para no resultar fastidioso o entrometido, aunque sabiendo que probablemente estaba fallando en ello—. Lo dejaste abierto en el salón de informática y le pregunté a la profesora quién usaba esa computadora. Ella me dio tu nombre y el año que cursas y... —Bien, sí sonaba como todo un acosador—. Te he visto por meses.
Frunció el ceño.
—¿Pero te das cuenta de lo acosador que suenas? ¿Cómo puedes venir a mí con tal naturalidad a decirme eso, por Dios? ¡¿No tienes vergüenza?!
Pero mi mente estaba en otro lado.
—¡No puedes usar esa ropa ahora! ¡Eres un chico y no puedes darte por vencido en serlo!
—¡Aléjate si no quieres que te mande una orden de restricción, eh, porque...!
Mi rostro fue completamente serio.
—Mírame a los ojos y dime que eres una chica, y te prometo que no volverás a saber de mí en toda tu vida.
Me miró con el cuerpo temblándole ligeramente, no sabía si de tantas emociones, miedo o tristeza. Pasamos unos segundos así, sin decir palabra alguna, sin hacer más que únicamente vernos el uno al otro, y después de eso comenzó a llorar.
—S-soy... soy una... soy un... —Sollozaba quebrándome el alma—. Yo solo no... no...
—Eres un chico —aseguré con suavidad—. El más valiente de toda la galaxia, ¿recuerdas? —Asintió, aún llorando, y bajó la cara, pasándosela a limpiar con el dorso de la mano—. Eres un chico y te llamas Neal. Eso es todo lo que necesitas saber.
Pegó su espalda a la hilera de casilleros y lloró aún más, cubriéndose el rostro con las manos. Lentamente fue bajando, sentándose en el suelo, llorando, y me senté a su lado. No hablamos por unos minutos; me quedé a su lado, sin más. Comenzó a decir que odiaba la ropa que usaba, que sabía que era un chico, pero que era difícil, que era EN SERIO difícil toda la situación, y me pareció mi momento perfecto para salir al rescate.
—Leí las entradas que publicaste ayer y, como dijiste que ibas a vestirte de esta forma, traje unas prendas mías en el bolso por si quieres usarlas y, ya sabes, no tener que lucir como una chica.
Tragó saliva y me miró, quitándose las manos de la cara.
—¿Por qué haces esto? Ni siquiera te conozco, ni siquiera me conoces... ¿Por qué quieres ayudarme?
Cuando lo decía así, sonaba hasta alocado —cosa que, claro está, nunca me pasó por la mente.
—Pues... no sé. Me pareces valiente por ser tú mismo a pesar de todo y no quiero que ese chico que está dentro de ti, porque es quien en verdad eres, muera —Tomé aire—. Y, de hecho, no permitiré que lo haga... si me dejas ayudarte.
—¿Cómo sé que no eres un loco que me quiere secuestrar o que puso droga en la ropa o que quiere vender mis órganos?
¡Y creía que yo era el dramático!
—En primer lugar, no tengo dinero para las drogas, y tampoco es como si siquiera me interesaran de todas formas. En segundo lugar, ¿para qué querría vender tus órganos? ¿Crees que habría leído tu blog por meses para simplemente quitarte los órganos? ¿No crees que, en caso de ser así, ya lo habría hecho meses antes y no habría esperado hasta este momento?
—Bien, bien. Tienes un punto. Pero solo uno, eh.
Sonreí, sintiéndome aliviado.
—Tendrás que arriesgarte a confiar en mí, Neal.
—¿Y por qué no hablaste de lo del secuestro? ¿Es eso lo que planeas?
Solté una carcajada.
—No sé si en realidad lo haces a propósito, pero esta se me hace la situación más cómica en la que he estado en toda mi vida.
Me vio con detenimiento y asintió después de unos segundos.
—Bien. Sigues sin responder a lo del secuestro, pero al menos tienes una risa linda.
Sentí que algo dentro de mí se derritió con esas palabras.
—Pruébate la ropa, Neal. Por favor.
Suspiró.
—¿Crees que me quede?
—Es la más pequeña que tengo y pienso que te quedará bien.
—De acuerdo. Déjame ir al baño y...
Me levanté y lo arrastré conmigo al baño de chicos. Los demás se espantaron y gritaron, preguntando por qué dejaba entrar a una chica y que si me la quería follar que fuera en otro momento o en otro sitio, pero cuando les grité ES UN CHICO como diez veces dejaron de molestarme y me dejaron solo con Neal en los lavabos.
—Puedes... —comenté—. Ya sabes. Quitarte el maquillaje. Si quieres.
Sacó unas toallas húmedas de su bolso y lo hizo. La cara le quedó limpia y tan linda como la recordaba.
—Aquí está la ropa —Le pasé mi bolso—. Es una camisa y unos vaqueros. No es mucho pero...
—Será suficiente —Sonrió, viéndose más relajado que minutos atrás—. No te preocupes.
Entró a una recámara y se cambió. Después de dos minutos salió con mi ropa puesta y sonreí inevitablemente; le quedaba bien. Me gustaba la idea de verlo con mi ropa y, más que eso, que ya no tuviera ese ridículo vestido que sabía que odiaba porque usándolo no se sentía como él.
—¿Estás bien? —pregunté—. ¿Cómo te sientes?
—¿Cuál es tu nombre?
—Wyatt Jerdron.
Su sonrisa creció.
—Neal Dallas. Género: masculino —Tendió la mano en mi dirección y se la estreché—. Mucho gusto.
Reí como un imbécil y asentí, viéndolo tan feliz que se me hacía imposible no ser feliz por y con él.
—Es todo un placer finalmente conocerte en persona.
—Entonces... ¿llevas meses leyendo mi blog? ¿En serio? —Volví a asentir—. ¿Y entiendes que soy un chico?
—Lo he entendido desde que leí el primer poema que publicaste.
Su sonrisa era brillante.
—Miles de gracias.
—A ti. Por escribir.
 
Después de eso, nos hicimos amigos. Creamos nuestra propia burbuja, nuestro refugio, nuestro propio mundo en el que podíamos ser nosotros mismos sin que nada más importara y en el que a la vez serlo estuviera bien, y era tan perfecto que pocas veces queríamos salir de allí.
Me gustaba mucho nuestra amistad. Era de esas que habían surgido de las maneras más locas de la vida y que, a pesar de ello, era más fuerte que muchas otras que habían comenzado años atrás. Y también más ligeras, frescas, de esas que eran fáciles porque con esas personas todo era fácil.
Y, ¿por qué no decirlo? también de mis favoritas.
Sin embargo, cuando comenzó, aunque no lo pareciera, no era tan así. Simplemente hablábamos un poco y ya, nos reuníamos algunos recesos y conversábamos brevemente, pero nada demasiado íntimo o privado o revelador —es decir, nada además del contenido del blog, porque todavía no había tanta confianza.
Con el tiempo fue que esta se fue desarrollando, haciendo que nuestra amistad creciera, que habláramos cada vez más, que nos contáramos cosas más privadas, más propias de amigos que son más que simples desconocidos, y un día, porque sí, decidí que haría algo que ya él había dicho en un poema que quería hacer —lo cual era LA GRAN COSA, porque yo era introvertido y eso de ser quien diera el primer paso o quien iniciara algo no era muy propio de mí— por lo que, cuando finalizó la hora escolar, le dije que iríamos a un sitio.
—¿A dónde me estás llevando, Wyatt? —preguntó en el camino y sonreí.
—Espera un poco y verás.
Fuimos a la peluquería. Lo acompañé en el momento en el que el cabello volvió a quedarle corto, estereotípicamente como el de un chico y, en resumen, podría decirse que ese fue el pequeño algo que dio riendas sueltas a toda la confianza que meses después compartíamos con tanta soltura.
No obstante, a su mamá no le agradó lo que hizo y peleó con él. Luego le confesó que era un chico y... ella solo dejó de hablarle. Neal se consoló a sí mismo diciéndose que era mejor eso a que lo echara de la casa, pero sabía que por dentro estaba muy dolido porque, bueno, era su madre; lo menos que se esperaba era que lo quisiera a pesar de todo y con todo porque, a fin de cuentas, él seguía siendo la misma persona de siempre.
Por ello, comenzamos a ir a mi casa algunas tardes. No solía llevar personas allí porque, en parte, lo sentía muy privado —y en otra parte no me gustaba que la gente estuviera entre mis cosas o viéndolas o husmeándolas—, pero con él fue diferente porque sabía que la situación lo ameritaba —y, más que eso, porque quería que al menos hubiera un sitio en el que pudiera ser él y se sintiera a gusto y no tuviera que fingir ser algo que no era por no querer dar la misma explicación cien veces o por seguridad propia.
Y funcionó.
Le gustaba mi casa, comentaba que se sentía cómodo allí, y por ello le dije que podía ir todas las veces que quisiera. Sin embargo, la situación no era tan fácil. Mi mamá lo veía como una chica y, a pesar de haberle explicado como mil veces que se trataba de un chico porque Neal era transgénero, ella parecía (1) no entenderlo, o (2) sencillamente olvidarlo, y el caso es que cada vez que él iba a mi casa pasaba lo mismo: ella le decía chica, él se deprimía, se sentía menos hombre por no lucir demasiado como uno y, en consecuencia, decidí tomar cartas en el asunto de nuevo.
Eso era lo que le había comprado para San Valentín: algo que haría que luciera más neutro, más como un chico, más como sí mismo.
¡Y yo no podía esperar a que lo viera; las horas se me hacían eternas y la emoción era demasiado grande!
O, al menos, no pude esperar hasta que bostecé, porque después de ello pensé en todo, en él y en su linda sonrisa, en lo loco que había sido lo que habíamos pasado, en el hecho de que no necesité más de seis meses tras habernos conocido para darme cuenta de lo loco que me traía y de que quería algo más con él, y simplemente me dormí.
Cuando abrí los ojos al siguiente día, me sentí tan feliz y emocionado que no podía describirlo con palabras. En parte me daba miedo el rechazo de Neal o el que no lograra vender las galletas, porque había puesto mucho esfuerzo en hacerlas, pero si ninguna de las dos cosas salía bien luego podría llorar por tener el corazón partido y consolarme comiendo las galletas.
Bueno, eso era muy triste. Incluso para mí...
Como sea, me puse en marcha al colegio con todas las galletas y lo demás en el bolso. Lo saludé cuando llegué, aunque sin decirle feliz día de la amistad ni nada parecido porque no sabía exactamente cómo proceder esa vez y porque eso de día de la AMISTAD me parecía demasiado friendzone.
Fuimos a clases y todo fue normal, apartando algunas personas que se volvían locas por la fecha en el salón, y en el receso le pregunté a Neal si quería ir a vender las galletas conmigo.
—Sabes que tengo inseguridades respecto a cómo me veo y...
—Te ves como todo un hombre —aseguré—. No deberías ser tan inseguro.
Suspiró y me miró a los ojos.
—Lo siento, Wyatt, pero esto... es difícil para mí. Está bien si no lo entiendes, pero prefiero quedarme aquí y luego regresas y hablamos, ¿sí?
Miré al piso.
—Claro, Neal. Como quieras.
Fui al salón en el que acordamos que nos encontraríamos unos quince minutos después.
—¡Hola! —dijo cuando abrí la puerta—. ¿Vendiste todas las galletas?
—Sí —Mostré el envase en el que las llevaba—. Solo quedan dos: una para cada uno.
Sonrió levemente.
—Gracias por pensar en mí.
Oh, siempre lo hacía. No era nada nuevo.
—No hay de qué.
Me senté a su lado y le tendí uno de los envases. Lo abrió, se comió lo que había dentro, yo hice lo mismo, y después de unos segundos ya no las habíamos acabado.
—Están buenas —comentó.
—Sí. Se nota que las hiciste tú.
Su sonrisa pequeña se mantuvo en sus labios.
—Te traje algo. Espero que te guste.
Decir que me emocioné es poco —pero a la vez me daba miedo que fuera algo demasiado amistad y me dejara en la friendzone.
—Yo también. ¿Puedo darte mi regalo primero? ¡Por favor!
—Por supuesto. Como quieras.
—¡Pero cierra los ojos!
—¿Y no se supone que lo voy a ver al final?
—QUE CIERRES LOS OJOS, DIJE.
Rió, deleitándome con el sonido, y lo hizo.
—¿Ya estás feliz?
Y lo vi sonreír.
—Más de lo que crees —Busqué la bolsa y la saqué de mi mochila. Se la entregué—. Aquí está. Espero que te guste.
Abrió los ojos y noté cómo su sonrisa creció al ver dentro de la bolsa.
—Esto no es lo que creo que es, ¿verdad? —Su sonrisa era kilométrica—. ESTO NO PUEDE SER LO QUE CREO QUE ES, PORQUE NO PUEDE SER QUE HOY ME ESTÉN REGALANDO MI PRIMER BINDER.
Sentía una placentera e indescriptible calidez en el pecho.
—Tienes que ir a probártelo para ver si...
Me rodeó con los brazos.
—¡Miles de gracias, Wyatt! —Se le oía la sonrisa en la voz—. ¡No tienes idea de lo agradecido que estoy por esto y de cuánto significa para mí!
Asentí y se despegó. Me giré en mí mismo para darle su privacidad, además de que cerré los ojos y, tras pasar cinco minutos, pidió que volteara.
—¿Cómo me veo? —preguntó con el binder puesto y sonreí.
—Como todo un chico.
—¿Estás seguro? ¿El pecho no se me ve un poco...?
—Estás perfecto, Neal. Per-fec-to.
Su risa se hizo sonar y se acercó a mí de nuevo, abrazándome, y esta vez le correspondí.
—No sé qué hice para merecer a alguien como tú —susurró y supe que era mi momento.
—Pues, eh... hablando de eso... —Tragué saliva y me separé—. Quería darte dos cosas. En primer lugar, un poema que escribió mi escritor favorito que creo que quedará perfecto para esta ocasión y que fue lo que en realidad me impulsó a llamar a tu hermano y preguntarle tu talla de ropa.
Extraje de mi bolso un papel y, tomándolo, lo leyó en voz alta.
"No se trata de que nací / en el jardín equivocado // Se trata de que este en el que estoy / necesita unos cuantos arreglos / para poder reflejar la flor / que sé que en realidad soy // Así que... solo no me critiquen ¿sí? / Permítanme ser yo mismo / despéjenme la pista para atreverme a serlo // y no me juzguen por querer ver en el espejo / la imagen del chico valiente / que ha vivido sufriendo todos estos años / dentro / de mí."
Sonrió de lado, como si procesara mis palabras y las que acababa de leer, y me miró a los ojos.
—¿Soy tu escritor favorito? —Asentí—. Pues tú eres mi lector favorito, ¿sabes? De todos los del mundo entero.
Eso de alguna forma terminó dándome cierto valor, y decidí decir lo otro que durante tanto tiempo había querido.
—Eres mi chico favorito en todo el mundo —hablé—. Y... me preguntaba si querías ser el mío.
Sus ojos se abrieron como platos.
—¿Yo soy la persona que te gusta? —Volví a asentir—. ¿En serio? Dijiste que el regalo que le darías a esa persona era costoso y... —Bajó la vista hasta su pecho y, viendo el binder ahí, se rascó la cabeza—. ¡Cierto, estos son costosos, por eso no me había comprado uno antes y...!
Tragué saliva.
—¿Entonces no te gusto?
Sonrió.
—Déjame darte lo que te traje, ¿sí? ¡Espera un segundo! —Se movió hasta conseguir su bolso y de él sacó un papel pequeño. Era un sobre—. Esto es para ti.
Volví a morderme el labio.
—Dijiste que le habías escrito algo a la persona que te gustaba.
—Lo sé —Me miró a los ojos de nuevo—. Léelo y ya.
Abrí el sobre con premura y leí lo que decía dentro.
"Wyatt: Te amo."
No había más que eso. No había más palabras, más frases, más rimas, más... nada. No había nada más.
—Esto no es un poema —solté encogiéndome de hombros, sonriendo como un imbécil porque lo que sentía por él era recíproco.
—Nunca dije que sería un poema. Solo dije que le escribí algo... y lo que le escribí podían ser muchas cosas.
Sonreí.
—¿Menos de cinco palabras? ¿De verdad?
—Creo que fueron más que suficientes.
Vi de nuevo la nota y pasé a verlo a él, sintiendo a mi corazón latir con ferocidad contra mi pecho.
—¿Me amas? —pregunté con voz pequeña y acercó su rostro al mío, besándome con ternura.
—A veces creo que más de lo que debería.
Sonreí y volví a besarlo.
—Pues creo que justo así es perfecto.
Soltó otra carcajada y asintió.
—Como digas, imbécil.
—Oye, oye, oye... —Me miró a los ojos. Me encantaban. Estaba a punto de perderme en ellos, algo que en realidad no era tan novedoso como se pensaba—. Ahora soy tu imbécil así que, para la próxima, por favor, más respeto.
El brillo que había en sus orbes era tan intenso que casi me dejó sin palabras.
—También soy tu imbécil. Aunque no entienda por qué quieres que lo sea, ni cómo te fijaste en mí ni por qué, pero lo soy y espero que eso no cambie en mucho tiempo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no podría fijarme en ti?
Y su mirada pareció adquirir un color triste y apagado.
—Porque soy trasgénero y casi nunca me toman en serio. Porque siempre me ven como una broma, como un chiste, como si mi existencia fuera mentira o un juego, o como si no valiera la pena o como si no fuera importante ni merecedor de nada, ni siquiera de vivir, simplemente por serlo.
Mi expresión se mantuvo igual durante unos minutos y bajé mi mano hasta la suya, tomándola.
—Eres un ser humano, igual a todos los demás. Más que ser trasgénero eres un ser humano, Neal, y por ser sencillamente eso ya mereces muchas cosas, y entre ellas las más importantes son vivir y ser tú mismo y poder ser feliz.
—No siempre se siente así, Wyatt. Siempre se siente como... como si la razón por la que nunca me fueran a querer o a tomar en serio o la razón por la que todo me saliera mal es porque soy transgénero —Suspiró—. Y eso me mata tanto que no lo puedes ni imaginar.
Negué con la cabeza, acariciando su mano con mi pulgar.
—Pues yo te amo, ¿sabes? Sin importarme o no lo que seas, me gustas tú y tu forma de ser. Te amo y me dan igual las etiquetas que uses o dejes de usar porque eres más que ellas; eres una persona, y simplemente me enamoré de ella, así que...
Hundió su cara en mi cuello.
—Yo también te amo.
Permití que una pequeña sonrisa se hiciera espacio en mis labios y subí mi mano hasta su cabello, comenzando a acariciarlo.
—Haré lo posible para que tu mundo no se sienta tan roto como siempre, ¿de acuerdo?
Suspiró, mandándome una corriente eléctrica hasta la espalda por lo cerca que estaba de mi piel.
—No es mi mundo el que se siente roto... —Su voz era triste—. Soy yo el que se siente así.
Guardé silencio unos segundos.
—Entonces te repararé —hablé en voz baja pero segura—. Si me lo permites.
 
Cuando llegó a casa, me escribió. Me agradeció por los chocolates —sí, le mandé unos por buzón; no quería que pasara San Valentín sin comerse aunque fuera una caja pequeña de bombones— y, tras decirme que ya me extrañaba y otras cosas lindas que me gustaron más de lo que podía admitir, le pregunté si podía llamarlo.
Contestó que sí y pasé a apretar el botón verde en su contacto de inmediato.
—Hola, mi chico —dije de inmediato—. ¿Cómo estás? ¿Feliz por tus chocolates?
—Eso de tuyo te lo tomaste muy personal, ¿no?
—Pues respondiste que sí a cuando te pregunté si querías serlo, así que técnicamente la culpa es tuya.
—¡Oh, claro! ¡El culpable soy yo!
—Sí. Exactamente eso —No habló de nuevo por unos segundos—. Pero no es como si no te fuera a gustar o algo; prometo que te cuidaré y que haré que te sientas orgulloso de decir que...
—¡Mamá me regaló algo, Wyatt! —me interrumpió con impresión—. ¡Volvió a hablarme!
—Mierda —salió de mis labios; no sabía qué decirle—. ¿Qué te regaló?
—¡Es un pastel de chocolate! Ella sabe que es mi favorito y... —Tomó aire—. Le escribió algo con glaseado y... y... —Comenzó a llorar; era bastante sensible y más cuando se trataba de su mamá—. ¿P-puedes c-creerlo? D-después de to-todos estos me-meses v-volvió a... a...
Sonreí.
—Estoy muy feliz por ti, Neal. Tanto que no tienes idea.
Rió y lloró, todo a la vez, y lo escuché suspirar de nuevo.
—No p-puedo ni e-expresar cómo ni qué s-siento, Wyatt. No puedo.
—¿Cuelgo y me mandas una foto del pastel después de ir a hablar con tu mamá?
—Sí, c-claro —Rió de nuevo—. E-estoy tan en sh-shock, de ve-verdad...
No podía imaginarme lo que se sentía vivir lo que él estaba viviendo.
—Voy a colgar. Me mandas la foto cuando puedas, ¿sí?
—Sí, s-seguro. T-te amo.
Mi pecho se encogió.
—Yo también —Mi sonrisa de idiota era épica—. Adiós.
Colgué y esperé unos minutos. Fui a la cocina a buscar agua, porque estaba sediento, y volví a mi habitación. Encendí mi laptop con la idea de pedir otros binders para él —había obtenido bastante dinero con las galletas, así que probablemente podría regalarle dos o tres más—, cuando me llegó la foto del pastel y sonreí.
Antes de que Neal le dijera a su madre que era un chico, ella siempre lo saludaba al despertar diciéndole Buenos días, princesa. Después de contarle cuál era su género y explicarle todo lo referente, la mujer dejó de hablarle, y esos saludos matutinos pasaron a ser nada más que un hermoso y triste recuerdo...
Hasta ese día.
"Buenos días, Príncipe" decían las letras del pastel. "Pasa un lindo día. Te ama, mamá."
Y empecé a escribir un mensaje para mandárselo, pero mi chico envió otra cosa antes que hizo que sintiera que TODO, en definitiva, había valido la pena.
"El mejor San Valentín de todos."
 
 
N/A: Tenía miedo de publicar esto porque es una historia muy personal, ¿sí? MUY personal. Sin embargo, la escribí porque quería leer una que me recordara que ser transgénero no significa que todo en la vida me saldrá mal o, en realidad, porque necesitaba leer una historia que me inspirara a creer que puedes ser tú mismo y aun así tener un final feliz.
Espero que les haya gustado tanto como a mí me gustó escribirla :)
Quiero aclarar que todos los poemas que salieron aquí pertenecen a un poemario llamado ¡Felicidades! Es un chico (O Contrats! It's a boy!), que será publicado próximamente. Trata sobre ser transgénero, y es muy significativo para mí a un nivel más personal de lo usual.
Escribí esto como especial por San Valentín, y fue en gran parte porque quería compartir un poco de aceptación y positividad. No importa qué o cómo seas, siempre habrá alguien que te quiera. Ser distinto no te hace menos ni incapaz ni indigno de tener un final feliz.
Eres una persona, como todas las demás, y simplemente por serlo ya mereces ser feliz.
No dejes que nadie te quite eso, ni que te quite ese algo que te impulsa a ser tú mismx.
¡Los amo y gracias eternas por leer!
 

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