Capítulo 4.

Ignis (Pars #1)

visibility

430.0

favorite

2

mode_comment

0


El auto habría estado en un silencio sepulcral si no fuese por los ronquidos suaves de Belu. Quería acabar con todo esto cuanto antes, así podía ir a llorar a mi habitación y tratar de encontrarle una solución a todo.
Me puse a mirar por la ventana: el viento que había se había calmado un poco y daba una sensación pacífica a Eaton. Siempre me había gustado mucho este lugar, pero tardé mucho en conseguir llamarlo mi hogar.
Con los minutos pasando, me había dado cuenta de algo raro: no nos dirigíamos a mi casa.
--¿James? --lo llamé, en un murmullo ronco.
--Dime.
--¿A dónde vamos?
--A mi casa, ¿a dónde, si no? --inquirió.
El tono que usó no me había terminado de convencer, pero lo dejé pasar. No tenía fuerzas para enojarme.
--Eh..., no sé. ¿A mi casa, tal vez?
--No, primero voy a llevar a mis hermanos, luego a ti, y luego volveré a casa --comentó, sin sacar la mirada de la carretera.
--Eso no es práctico --me ofendí.
--En México se hacía así --peleó.
--Eso me huele a mentira, señorito perfecto.
--¿Soy yo, o me acabas de llamar "señorito perfecto"?
Me ruboricé y dejé de batallar: no cambiaría de opinión por nada. Me crucé de brazos y me dieron ganas de estamparle una cachetada... Pero me calmé.
James King era un ser detestable.
Dos minutos después, ya estábamos en casa de los King. Belu, al ser despertada sin piedad alguna por James, salió, hirviendo de rabia. Nick sólo bajó, sin mediar palabra. Las ganas de llorar fueron en aumento.
El trayecto hasta mi casa habría sido un minuto más, teniendo en cuenta de que eran las cuatro de la mañana, el pueblo era enano y a James parecían no importarle los semáforos.
Al llegar, James bajó del auto, me abrió la puerta y me tendió su mano. 
--Señorita --dijo en francés, y me alegré un poquito por entenderle su fluido acento. Y mierda, les confirmaré sus sospechas: era sexy como ninguno.
Rechacé su invitación a tomarle la mano y salí del auto. Esperaba que mamá no se haya tomado las molestias de esperarme despierta.
--Sigo sosteniendo que esto no es práctico --solté y él me miró con asco y sensualidad a la vez... Eh, ¿cómo explicarlo?, asco disfrazado de lujuria. Perfecto, lo que me faltaba.
Se acercó a mi oreja y susurró lo siguiente:
--Y yo sigo sosteniendo que me encantan tus piernas.
--¡Ya basta! --le grité, sonrojada, y sentí cómo el viento me azotaba en el cuerpo.
Caminamos hasta la puerta. Cuando llegamos, puse la llave en el picaporte y, cuando estaba a punto de entrar, me di vuelta al acordarme de algo.
--James...
--¿Sí? --dudó.
--¿Por qué me invitaste hoy?
Si meditó la pregunta, no se notó.
--No lo sé, ¿por qué te invité hoy?
--¡Oye! --exclamé, en un susurro, como para no despertar a nadie--. ¡Yo pregunté primero!
--Tendrás que averiguarlo tú, Mads --me guiñó un ojo y se fue a su auto.
Iba a enterrarlo vivo algún día.
Cuando me adentré en la oscuridad de mi casa, vi a mamá durmiendo en el sillón. Era la primera vez que había salido, así que no sabía qué hacer en estos casos: ¿la despertaba o la dejaba dormir?
Me acerqué a ella, besé la frente y subí las escaleras. Apenas toqué mi cama, dormí profundamente.
A la una del día siguiente, yo ya estaba despierta gracias a los gritos de papá de que la comida estaba lista. Los ojos me pesaban y sentía la falta de energía en todo el cuerpo. Me desperecé un poco, vi que no tenía mensajes de nadie y bajé.
¿Por qué ninguno de mis dos mejores amigos me había escrito? ¿Sería que no estarían despiertos o que estaban ignorándome?
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pronto reprimidas. No lloraría, investigaría.
--Hola, pa --lo saludé con un beso en la mejilla al verlo.
--Hola, Med, ¿cómo te fue en la fiesta? --me preguntó.
Sonreí al escuchar el apodo cariñoso que me dio cuando era pequeña.
--Me fue... bien --mentí. No quería que se preocupase por estupideces.
--Cuéntame un poco más, que fue la primera fiesta a la que asististe sin gente del instituto.
Me senté en la mesa de la cocina, vi a Sean llegar y luego a mamá. Le di un beso a la última, quien parecía muerta del cansancio.
--Bueno... el camarero era muy amable --solté y papá empezó a reír--. ¿Qué?
--Eres de las que no hay, Mad --negó con la cabeza Sean, aunque después se unió a la risa.
--No entiendo de qué se ríen, ¡es perfectamente comprensible!
Cuando los hombres dejaron de carcajearse, papá sirvió la comida -tarta de verdura- y se sentó.
--Destacaste la cosa más extraña de todas luego de venir de una fiesta. ¿A quién le habría importado el camarero...?
--A menos a que fuera joven y hermoso --apuntó mamá y yo me ruboricé.
--Habríamos esperado algo menos... no sé, excéntrico --concluyó papá y Sean asintió.
Me ruboricé aún más y probé la comida. Estaba buenísima.
--Bueno... Bailé con James. Nick y Belu casi no aparecían cerca nuestro --relaté.
--¿Y lo besaste, cariño? --me preguntó mamá, dando paso a horrorizarme.
--¡No! Nos odiamos.
--No me gusta James --murmuró Sean, frunciendo el ceño.
--Eso se llama ser un hermano celoso, Sean --terció mamá, preparándose una ensalada.
--¿Celoso? --preguntó y negó con la cabeza--. Simplemente no me gusta que Mad se relacione con imbéciles.
Y seguimos charlando, hasta que Sean y papá se fueron arriba a hacer sus cosas. Nos quedamos solas con mamá.
--Ma... ¿puedo ir a ver a los King hoy? --le pregunté, a lo que asintió.
--Sí, pero no podría llevarte si es ahora, tendría que ir al súper... --planificó, a lo que negué con la cabeza.
--No pasa nada, voy en bici. Volveré en unas horas, ¿está bien?
--Vale, ve.
Le agradecí, tomé lo necesario para ir y me fui al garaje. Saqué la bici y me subí. Hice las diez cuadras con éxito y sin casi cansarme, por lo que me sentí orgullosa de mí misma. Cuando llegué, sus madre me abrió la puerta.
Estaba nerviosa, pero haría lo que sea por Nick.
--¡Hola, Madison! Ven, pasa --me invitó Johanna, la madre de los King.
Ella no se parecía en nada a sus hijos. Lo único que podría más o menos haber dado a sus hijos eran sus ojos marrones rojizos que tanto atemorizaban, aunque siempre estaban llenos de vida. Tenía el pelo castaño, era tal vez un poco baja, tenía una voz melódica, unos brazos largos y estaba quemada. Era muy linda.
--Hola, Johanna. Vengo para salir a tomar algo con Nick, ¿está libre, o...?
--¡Oh, claro que sí! Tiene un poco de resaca de ayer, me sorprende que tú no... --frunció el ceño.
--Si yo no bebo, Johanna, ¡soy un ángel! --bromeé y ella rió.
--Es verdad, ¿cómo pude olvidarlo?
Me invitó a pasar a la cocina y, como siempre, la casa estaba llena de velas prendidas. Era como una obsesión para Johanna porque desde pequeña sus viviendas estaban hasta arriba de ellas.
--¡Madison! --exclamó alguien, entrando a la cocina.
Era Jacob, el hombre de la familia. Él, con los mismos ojazos electrizantes que toda su familia, era un hombre altísimo -hasta casi alcanzar los dos metros-, tenía una sonrisa blanquecina, el pelo grisáceo, también estaba bronceado y unas arrugas se le estaban haciendo presentes de a poco. Era un hombre optimista y siempre sonriente.
Se parecía a los gemelos de una manera peculiar, pero acertada.
--¡Hola, Jacob! --lo saludé y nos abrazamos.
--¿Cómo estás, Mad? ¿Qué haces por aquí?
--Vengo para invitar a Nick a tomar algo conmigo. Me contó Johanna que está de resacón --dije y él asintió.
--¡Ah, claro! No sabe dónde están los límites este chico.
Sentí unos pasos acercándose a la cocina y me puse firme. Esperaba que fuese Nick.
Y, efectivamente, era él. Cuando entró, sin embargo, las tres velas que habían encendidas se apagaron. ¿Y eso?
--¿Madison? --susurró, sorprendido. Parecía tan confundido que me asustó.
¿Tanto me odiaba?
--¡Nick, hijo! Madison quiere invitarte a tomar algo --avisó Jacob.
Nosotros dos nos seguíamos mirando a los ojos. Percibía tristeza en ellos.
--Vamos --murmuró y se fue por donde vino.
Saludé a los padres y nos fuimos. Qué incómodo fue estar frente a ellos con Nick mirándome de esa forma.
Qué incómodo y qué triste. Lo extrañaba.
--¿Y qué tal estás? --le pregunté. Llamadme cabezota, ingenua..., pero quería que me respondiese a toda costa.
Ni me miró. No lo creía... Yo...
Me destrozó. Exactamente no sabía qué había hecho. Jamás cambié mi forma de actuar con él. ¿No le gustan las burlas cariñosas que le hago? ¡Pero si siempre se ríe y me sigue el juego, parece tomárselo bien! ¿Me había odiado todo este tiempo? No lo creo, él no era así. Lo conozco: se habría separado de mí cuánto antes. ¿Se habrá enojado por mi forma de tratar a su hermano? ¿Estará celoso porque fui a bailar con él? ¡Qué digo, si él es gay y vino con nosotros!
¡¿Qué mierda había hecho?!
Una lágrima se deslizó por mi ojo derecho y me la sequé con rapidez. No lloraría hasta saber qué pasaba. Él no me lo diría, probablemente sus hermanos tampoco. ¿Consultaba a sus padres? No, ellos ni se dieron cuenta de la cara que puso al verme.
¡Agh, qué frustración! ¡Maldita impotencia!
--¿A dónde quieres ir? --murmuró Nick de repente y salí de mi ensimismamiento.
¡¡Me habló!! ¡¡Esto es increíble!!
--A donde quieras, Nick, a donde quieras.
Oculté mi emoción, claro. Tenía un poco de orgullo también.
El transcurso de Nick buscando su bicicleta fue exhaustivamente lento y me dieron ganas de arrancarle la cabeza con la misma velocidad. ¡Realmente, ¿de dónde sacó tanta dilación?! ¡Si hace dos días era un rayo para todo!
«Calma, Jones. Seguro lo hace para ponerte nerviosa, como lo hace su hermano gemelo.»
--¡Para hoy, Nick! --lo apuré, riéndome como para alivianar el tono en el que lo había dicho.
Él sólo me ignoró.
¿Qué estaría pasando? No puedo dejar de pensarlo.
Unos minutos que parecieron más horas después, él terminó de montar su bicicleta y se subió. Tenía cara de aburrimiento, tanta que me lo confundí un segundo con James. ¡Mierda, que eran casi iguales! Esta era la primera vez en años que me volvía a marear mirándolos.
Busqué rápido mi bicicleta y salimos, él sin esperarme mucho. ¿Era realmente él o habían intercambiado personalidades con James? Me atrevería a decir que este último es más paciente conmigo estos últimos días y, conociendo nuestra historia, eso es mucho.
El viaje transcurrió con rapidez. Nick no salía mucho de Eaton, ya que no le gustaban demasiado las grandes ciudades, así que siempre terminábamos yendo a algún bar pequeño que habría por aquí. Lo peor es que en la ciudad de al lado había un Starbucks -que era mi cafetería favorita-, pero él la aborrecía tanto que nunca podía ir.
Frenamos enfrente a una cafetería. Nunca fui muy fanática de aquel lugar: estaba un poco oscuro, era pequeño, y tenía sólo un par de taburetes y unas mesas no demasiado limpias. No solíamos ir ahí, pero él parecía querer llevarme a un sitio tenebroso para que me vaya y lo deje en paz, así que me aguante mis quejas y entramos.
¿Así que se comportaba como un idiota para espantarme?
--¡Buenos días! --exclamó el mesero, que se había acercado a nosotros apenas pasamos la puerta--. ¿Mesa para dos? --inquirió y luego señaló una mesa con su dedo índice--. Pueden sentarse... ¿Qué digo? --rió--, si este lugar es enano, ustedes pueden sentarse solos y yo no soy su dueño para indicarles dónde apoyar su culo. Siéntense dónde quieran, ya vengo con el menú.
Bueno... con unas simples palabras, el hombre me había conquistado.
Terminamos acomodándonos en una mesa al lado de una ventana. Él sacó su celular y empezó a jugar a algo. ¡¿Qué...?! ¡Si él sabía que yo odiaba la gente así!
Aguante la rabia y me recordé quién era: Nicholas King, mi mejor amigo, mi parabatai, mi alma gemela. Él era mi todo.
La puerta del local se abrió de un golpe de viento y me asusté tanto que me distraje de él. El clima había estado siempre muy bipolar en esta ciudad, más que todo hablando del viento.
¡Madison, no cambies de tema! ¡Basta de estupideces! ¡Necesitas hablar con él!
Aunque este no era mi momento más lúcido, saqué el tema que evadía.
--Nick, te noto... extraño. Jamás has estado tan distante conmigo --él levantó la vista de su celular y tomé aire--. No me hablas, no te ríes con mis chistes, ¡no me miras! --me desesperé y vi algo nuevo en sus ojos: se habían tornado casi negros. ¿Estaría arrepentido?, no lo creo--. Dime algo, por favor, ¡lo que sea! ¡Dame una pista de qué te pasa, qué te hice!
Él cerró los ojos, como concentrado. El mesero apareció con los dichosos menús y Nick volvió a la vida, abriéndolo.
Pedimos rápido dos cafés con leche y se fue a prepararlos. Volví a enfocarme en la discusión.
--Dime algo --murmuré.
--Estoy perfectamente --soltó y me indigné. Claro, y yo no era terca, Belu no era hiperactiva, James no era antipático. Esa excusa no me sirve--. Tal vez estoy un poco preocupado por Belu. Estos días está un poco... inactiva. No sé cómo explicártelo.
¿Se supone que debía creerle? No sonaba muy convincente, pero decidí no presionar. Pronto aquel hombre me daría las respuestas que buscaba... pronto.
Pasamos media hora en aquel lugar, aunque no había mucho para destacar: Nick me ignoró, Belu no llamó, tomé un café que estaba buenísimo y quise gritar para ordenar mis pensamientos. Salimos de ahí, agradeciendo al gentil camarero, y Nick se tensó notablemente.
--¿Nick? --lo llamé, tocándole y apretándole el brazo con mi mano.
--Mierda --susurró.
Me di vuelta, siguiendo su mirada: había un señor de unos tantos años mirándonos a nosotros fijamente. Estaría a unos tantos metros de distancia, pero noté su traje pulido y arreglado, su auricular en el oído derecho, sus ojos fríos y su maletín blanco como la nieve.
Se me erizó el vello de la nuca al verlo apretarse el auricular, como recibiendo instrucciones.
--Vámonos ya de aquí, estoy muy cansado --trató de disimular Nick.
Tomamos nuestras bicicletas con una rapidez increíble y salimos disparados. Sabía que Nick reconocía a aquel extraño individuo, aunque no quisiese demostrarlo. Parecía algo serio, así que traté poner mi mente en blanco y empezar a pensar todas las posibilidades de que se conozcan, pero no se me ocurrió nada.
¿Quién era aquel hombre y por qué asustaba tanto a Nick?
 
Editado 17/9/17.

Este sitio usa cookies para tu sesión de usuario y mostrarte publicidad.

De acuerdo