Capítulo 6.

Ignis (Pars #1)

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Me gusta el colegio, no les voy a mentir. No era por ser empollona (que, bueno, lo era), sino por hacer amigos y verlos día a día, sin excusas o planes absurdos de por medio. Imagínense por un segundo cómo sería estudiar por computadora... ¡qué horror!
Tranquilo sería, eso no lo dudo. Tal vez, incluso placentero y menos tenso al no tener horarios fijos como en los del secundario o deberes inútiles que entregar; y, claro, ¡podrías estar durmiendo más tiempo!
Suena bien, ¿a qué sí? Bueno, en mi pura y subjetiva opinión, no es así.
No me pregunten por cuál motivo, pero una vez mi madre me contó cómo funcionaba un colegio por computadora. Todo es... bueno, solitario. No hay otra palabra para describirlo. Cuesta inmensidades hacer un amigo porque nadie se suele hablar entre sí, los chats están casi de adorno. Para lo único para lo que se entra a las páginas es para hacer las tareas e irte.
Aparte, con lo difícil que es encontrar un amigo verdadero que viva cerca de tu casa, imagínate si lo encuentras por esta web y vive a la otra punta del país. ¡Qué mierda!
Comparándolo con estos sistemas educativos, ir al secundario no es tan malo como nosotros, los adolescentes, lo ponemos. Encuentras amigos. ¡Debería ser suficiente felicidad con eso!
Pero... eso era justo lo que me faltaba. Felicidad y amigos: el paquete que se fue a la borda hace menos de una semana. Sí, patético.
James dejó de hablarme y, como la persona jodidamente orgullosa y terca que soy, no intenté acercarme a él. Llegamos a un punto de ni dirigirnos la mirada al caminar por los pasillos y... me hacía mal. No tendría que haberse enojado tanto por haberme protegido, aunque eso afecte de mala manera a su reputación.
Y... sí, sé que se lo esperan: también seguía siendo invisible para su gemelo Nicholas, mi gran mejor amigo que parecía que me tuviera asco.
Me sentía cómo si estuviera saliendo con ambos y me hubiesen pedido un tiempo para "aclarar su mente" y "estar con otras personas". ¡Y santo Dios, qué pensamientos más inútiles! ¡Sí que soy realmente patética!
Ya ni los ánimos de Belu me servían.
--¡Venga, Mad, muéstrame una sonrisa! --me dijo un día y traté de forzar una sonrisa, pero sólo logré una mueca. Ella me dirigió una mueca reprobatoria y tomó aire--. Recuerda: Nick está simplemente triste estos días y James... ¡es James! --exclamó, riéndose--. Lo odiaste desde que lo conociste y ahora no puedes pasar una semana sin que te ¡obligue! a ir a tomar un café con él. ¡Las vueltas de la vida nunca paran de sorprenderme, cariño!
No lo iba a admitir, pero tenía toda la razón del mundo. Belu era como la voz de mi conciencia. ¿Desde cuándo me gustaba tanto salir con él?
Oh, claro, desde que me hablaba realmente, sin tapujos ni facetas.
Sin él, estaba solitaria. Nada de cafés, nada de salir por motivos de poco peso. Nada. Simplemente nos ignorábamos y, cuando volvía a casa, me encerraba en mi habitación o en la cocina a hacer alguno de mis hobbies (cocinar, ver películas, tocar algún instrumento y leer), y me auto-obligaba a distraerme y dejar de pensar. O estudiaba, peor aún.
Trataba de no tocar el celular porque me deprimía no ver ningún mensaje. Trataba de no pasar por su casillero porque me deprimía no ir con él. Trataba de no pensar en sus ojos porque me deprimía no poder verlos en ese momento.
En definitiva: estaba como una depresiva. Me dolía ver las fotos que tenía sobre las paredes de mi habitación con Nick y Belu en diferentes momentos de nuestras vidas, desechaba las ideas de mirar las películas de acción (sus favoritas) y tampoco quería pensar en él, así que intentaba no hacerlo.
Intentaba. Recalquémoslo. INTENTABA.
Me sentía tan desgraciada que el lunes cuando mamá pidió un voluntario para ir al mercado a comprar, yo me ofrecí con rapidez y alivio de poder despejar mi cabeza de otras maneras.
Así que ahí estaba yo: volviendo del negocio caminando con toda mi calma que podía reunir para no tener que volver a mi casa con los pensamientos tan nublados, cuando algo me llamó la atención. A lo lejos unas luces verdes salían del bosque y se proyectaban en el cielo, como si fuera una fiesta.
¡Una fiesta! ¡A mí me vendría bien asistir a una! Y emborracharme hasta que no pueda dar ni un paso.
Aunque, ahora que lo pienso, yo ni siquiera tomo. ¡Vamos, Madison, increíbles pensamientos llenos de coherencia!
Despejé mi cabeza de estupideces y me acerqué a lo que ahora eran luces rojas. Era como un espectáculo y mi curiosidad me incitó a unirme. Si había algo para celebrar, al menos yo quería ser parte de ello por un rato.
A pesar de todo, no se oía ningún sonido. Nada de música de rap, latina o rock. Nada de nada. Y las luces sólo se veían desde las copas de los árboles y en el cielo, pero nada entre las plantas, lo que significaba que la fiesta estaría muy metida entre la arboleda.
¿Por qué tan metida en la naturaleza? ¿Sería una fiesta privada o... prohibida?
Como sea, la curiosidad ya había sustituido a mi oxígeno como el monóxido de carbono, así que me seguí acercando. Me confundí de sobremanera al ver humo saliendo. ¿Una barbacoa? Escuché un ruido ensordecedor de algo cayéndose. ¿Un árbol?
Me adentré entre las primeras plantas y me asusté como nunca en mi vida al ver a una mujer haciéndose presente con una rapidez que creía imposible. Con sus pelos todos alborotados y su semblante preocupado, daba una sensación de terror y preocupación que podría haberme hecho correr en ese momento. Ella tendría unos treinta y tantos años y podría ser alguien bonita si no tuviera aquellas ojeras profundas y esa piel pálida que juraría que esta más seca que un papel.
No ocultó su estupor al verme.
--¿Qué haces aquí? --inquirió, mirando hacia los costados. Su voz grave me pilló por sorpresa.
Cortó el camino entre nosotras y me tomó de los hombros con las manos. Mi corazón empezó a latir con fuerza y miedo.
--Esto, yo... --balbuceé, cuando me interrumpió.
--No tenemos tiempo, niña. Escúchame: si te sigues adentrando aquí te encontrarás con peligros inimaginables. Cosas grandes, difíciles de digerir, tenebrosas... Vete de aquí --me advirtió, sin rodeos--. Vamos, ¡corre!, ellos están viniendo.
Mi mente iba a mil por hora y que la mujer me empujase con tanta fuerza no me sirvió de consuelo. Mis pies actuaron más velozmente que mi cabeza y empezaron a correr, y cuando me alejé de ahí por unos cuantos metros eternos, me di vuelta por un segundo.
Lo que vi me impactó. Una silueta masculina casi toda envuelta por las sombras apuntaba directamente hacia donde estaba yo. No se movía.
Aunque lo que me puso los pelos se punta fueron los ojos.
Rojos puros. Salvajes, peligrosos, amenazantes.
Y lo que yo no sabía era que aquella pedazo de mirada me iba a hipnotizar por semanas y semanas enteras.
 
Editado 2/10/17.

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