Capítulo 2

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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«Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal y El mismo no tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte. »   Santiago 1:13
Gael había olvidado cuantas veces había escuchado ese versículo de la voz de su abuela. También, había olvidado cuantas veces lo había recitado el mismo en misa. Ahora lo repetía, de nuevo. Los fieles asentían a sus palabras con una calma piadosa. Mirándole con una devoción bendita, sonrisas de admiración se veían por doquier al término de la misa. Dio bendiciones a todos los que se acercaban a saludarle, manteniendo siempre su postura amable.
Y falsa.
Una vez la última persona abandono la iglesia, su semblante se oscureció. Pobres almas incautas. Tratando de salvar inútilmente sus pellejos de la ira divina. ¡Estúpida humanidad qué a todo llama pecado, si supieran cuán delicioso es vivirlo! Se relamió recordando el cuerpo de la mujer debajo de él, citando a dios y removiéndose con la lujuria metida en lo más profundo de sus entrañas.
Dios lo odiaba, de eso estaba seguro. Cometía blasfemia tras blasfemia, ni una pizca de culpa rozaba por su corazón, puesto que esta ya era el pecado puro. No tenía miedo del infierno, no tenía miedo del castigo divino ni al ardor que sería sometida su alma. Después de todo, la tierra era peor que el infierno mismo.  ¿Qué más debía temer?
Nada, no había nada que temer. Ni arrepentimiento alguno,  nada podía salvarle,  Gael Vázquez ya estaba condenado a un infierno que el mismo se había encargado de construir.  Camino despacio por los pasillos del convento, se disculpó con la madre superiora.  —Voy a rezar. No deseo cenar esta noche, pueden dar mis alimentos a algún necesitado — se ganó una sonrisa de admiración por parte de la anciana
—Que dios te bendiga, hijo— dijo antes de que este cerrara la puerta de su pequeña habitación.
No paso mucho cuando los tres toques resonaron en la oscura madera. Sonrió.
¿Quién dice que en el infierno no se puede disfrutar?

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