Capítulo 4

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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La mujer se retorcía con cada embestida que profería. Su boca, cubierta por un trapo, evitaba que cualquier ruido saliera de esta. Sus manos, inmóviles. Para omitir cualquier intento de escape. Su espalda completamente roja y su trasero de igual forma. Él sabía que ella estaba sufriendo, pero no se detenía. Nada lo haría detenerse, esto era lo que el disfrutaba. Ver las mujeres sollozar porque a pesar del dolor, su cuerpo estaba sumido en el más profundo éxtasis.
Llegaron al clímax, cuando ella finalmente dejo de sacudirse, libero sus manos y la mordaza. La mujer sollozaba entre las sábanas. Gael no se inmutó, a pesar de que  la escucho rezar el padre nuestro entre susurros.  Como la serpiente tentó a Eva y la hizo comer de la manzana prohibida, el  tentaba a las mujeres hacia la obscenidad. «Naciste para corromper» se dijo a si mismo antes de levantarse de la cama.
Se adentró en el baño. Miro su reflejo en el pequeño espejo encima del lavamanos. Cabello negro alborotado por el acto de hace unos momentos, ojos negros, mandíbula cuadrada. Bajo la cabeza, y miro su cuerpo, bien formado a causa del trabajo. Era atractivo, estaba consciente de eso. Y como el mismo diablo, usaba aquello para provocar a las incautas.
Gael no recordaba mucho de su infancia. Tampoco le apetecía hacerlo, No recordaba nada de su madre, la cual lo abandono para irse con un hombre. No sabía si se parecía a ella, o a su padre, que murió cuando él tenía dos años. Su abuela, de convicciones religiosas sólidas, fue la que se encargó de su crianza. Siempre leía la biblia mientras merendaba o hacia las tareas, también, se aseguraba de que sus castigos fueran lo suficientemente duros. «El pecado debe abandonar nuestros hogares y nuestros corazones» repetía dando vueltas de un lado al otro, mientras él, de rodillas sobre vidrio molido, se contenía de chillar de dolor.
 Si el dolor no servía para procurar placer, le parecía inútil.  Después de todo, ningún castigo salvaría su alma. «Naciste para corromper» se repitió nuevamente.
Ni el mismo dios cambiaría su destino.

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