Capítulo 6

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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La madre de Irene no paro de llorar hasta que finalmente, la madre superiora cerró las puertas del convento, asegurándole que podría visitarle. En sus manos, llevaba una pequeña bolsa de tela con un cepillo de dientes y su ropa interior dentro. El convento se encargaría de proporcionar su ropa de ahora en adelante. « Desprenderte de toda la vanidad y el egoísmo del mundo exterior hará que te centres en amar a Dios » aseguro la madre superiora mientras, amablemente, se iba con sus maletas en ambas manos.
Ahora se encontraba junto a monja de mediana edad, que le mostraba el convento y le explicaba las labores que debía realizar por el día. Una vez a la semana debía ayudar en la cocina. Una vez al día debía limpiar  y hacer servicio comunitario todos los días. Después de los rezos, podía hacer lo que quisiera,  que entre los estándares del convento se resume en dar un paseo por el jardín o irse a la cama a dormir.
La llevo por el pasillo donde se encontraban las habitaciones, le mostro la suya. Consistía en una sencilla cama de madera, un pequeño closet y un reclinatorio con un crucifijo pegado en la pared. Sinceramente, más de lo que se esperaba. —No tenemos muchas novicias, la madre superiora se emocionó mucho cuando supo que ibas a venir— explico la monja con dulzura. Irene se encogió de hombros.
 —Seguir a Dios debe ser complicado— respondió sin interés. Ella asintió y  salió un momento, permitiendo que se  colocara su nuevo hábito. Cubrió su cabello rojo con el velo y aliso las arrugas de la ropa, le quedaba muy grande. «A Dios no le importan las apariencias» se dijo a si misma antes de salir otra vez al pasillo para continuar con el recorrido.
Cuando le enseñaban el jardín, se percató de una puerta. No la había visto antes desde adentro. Estaba muy apartada de las otras. No se contuvo de preguntar.
—Es la habitación del Padre Gael, ya lo conocerás, es muy querido aquí. —
Asintió, no quiso preguntar más. «La curiosidad es un pecado, Irene»  resonó la voz de su madre en su cabeza y se estremeció recordando el cinturón sobre su piel. No iba a cometer pecado alguno mientras se encontrara entre esas paredes.
Lo juraba por Dios.
«Y no juraréis en falso por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios; yo soy el SEÑOR. » Levítico 19:12

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