Capítulo 7

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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«Ave María, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in muliéribus, et benedictus fructus ventris tui Iesus.Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in ora mortis nostrae. Amen.  »
 Se levantaron silenciosamente, así empezaban cada mañana. Todas las monjas no tardaron en dispersarse  a empezar sus labores.  Irene, aún estaba adaptándose como podía. Debido a que su madre no le permitía salir de casa, los lugares nuevos resultaban agobiantes.
Tomó la escoba entre sus manos, y con calma, empezó a barrer los pasillos. Al recordar a su madre, le pareció inevitable preguntarse cómo ha estado. ¿Cuántos azotes más se habrá dado? Muchos,  lo más probable. Siempre lo hacía, había veces que mientras desayunaban, se levantaba e iba por el cinturón, según ella, porque acababa de tener un pensamiento pecaminoso.
Dios podía observar todos los actos físicos. ¿Pero también podía observar los pensamientos? ¿Acaso él podía saber todas las veces que insulto su madre en dentro de su mente? ¿Todas las veces que pensó en escapar? Un nudo se formó en su garganta. Esta tarde iba a rezar y pedir perdón a Dios, eso es lo que debía hacer.
Una mano toco su hombro, y se dio la vuelta. Unos ojos negros como la misma noche le devolvieron la mirada. Se estremeció al ver al alto hombre frente a ella. Y de repente, se percató de su sotana. «Debe ser el Padre Gael»
—Discúlpame, no quería asustarte—Su voz era suave y cálida, como la seda. De repente, se sintió incapaz de hablar. No pudo responder —. Ya es la hora del desayuno, la madre superiora me pidió buscarte, deberías ir, terminare por ti —
Lentamente, Gael tomo la escoba entre sus manos, en el proceso, ambos se tocaron y sintió una calidez subirle desde las piernas hasta la cabeza. Tuvo que esforzarse en articular palabra
— Puedo hacerlo, Padre, no se preocupe —
—Insisto, ve, Dios te necesita saludable, hija—sonrió, una sonrisa angelical que le llego al corazón. Una sonrisa, que  podría convencerla de cualquier cosa.  Asintió.
—Bendición Padre—dijo antes de irse. «Dios te bendiga» respondió el antes de terminar el que se supone, era su trabajo.
No volvió a verle en todo el día, pero esa voz cálida y esa sonrisa estuvieron clavadas en su mente a toda hora.
Esa noche, un par de ojos negros invadieron sus sueños.

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