Capítulo 8

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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«Porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.» 2 Corintios 11:13
 Todas las monjas, salían en fila para ir a misa. Aunque se celebraba todos los días dos veces, solo asistían el domingo por la mañana, que era obligatorio. Los demás días se dedicaban a ayudar a los desventurados.
Irene se movía entre la masa de tela negra sin problema alguno. A apenas seis días después de llegar al convento, ya estaba completamente metida en su deber de servir a Dios. Se levantaba todas las mañanas a rezar, ayudaba en la cocina, leía la biblia a ciegos y salía a entregar los alimentos que donaban los feligreses.
Todo esto, inspirada en él.
Sería inútil negar que su breve encuentro no despertó algo en ella. Paso el resto de la semana observándolo, de manera sutil. Vio todos sus actos, como ayudaba a los ancianos, como jugaba con los niños huérfanos, como alimentaba con dulzura y paciencia, a un chico en silla de ruedas.
Él, siempre dispuesto a ayudar a los demás, había hecho que su convicción creciera. «Yo serviré a Dios como lo hace el Padre Gael» se decía a si misma todos los días. Sería su mejor sierva, se aseguraría que Dios estuviera orgulloso de sus actos, amaría al señor con cada fibra de su ser… al igual que lo amaba a él.
Escucho con devoción cada palabra salida de sus labios. Le sorprendía como Dios podía manifestarse a través de los hombres. —. Dios entrego a su hijo para que muriera por nosotros y nosotros debemos morir por él —sonrió a las personas, la pasión por Cristo se sentía en el aire. Un fervor divino. —Solo así, seremos merecedores del reino que se nos fue prometido —
Todos asintieron, ensimismados por sus palabras. «Es un ángel » murmuro alguien.
Y estaba de acuerdo.
Él era un ángel.

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