Capítulo 9

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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« Si alguien peca inadvertidamente e incurre en algo que los mandamientos del Señor prohíben, es culpable y sufrirá las consecuencias de su pecado. »  Levítico 5:17
Dieciocho azotes.  La espalda de la mujer se encontraba completamente roja, sus ojos, cristalizados. El pañuelo completamente apretado entre sus dientes. A pesar de esto, su furia no había disminuido ni un poco.  Su mandíbula estaba completamente tensa. Y la piel de su rostro roja. Gael estaba iracundo.
Miro a la mujer desnuda, de rodillas. Alzo el cinturón y otro azote llego a su espalda. El pañuelo ahogo su grito de dolor. ¿Cómo pudo atreverse? Nadie podía engañarlo. Pateo de nuevo la grabadora que estaba hecha añicos en el suelo. Mujer estúpida, pretendiendo que al chantajearle con destaparle, iba a huir con ella.
Un último azote llego a su espalda, y soltó el cinturón. —En cuatro, ahora —ordenó, la mujer no dudo en obedecerlo. Completamente cegada por el dolor.  Tomo uno de los condones que escondía entre las tablas del piso. Bajo la cremallera de su pantalón y ropa interior hasta los muslos, no iba a concederle el placer de su desnudez. De una estocada, y sin previo aviso, la penetro con fuerza.
El pañuelo ahogo su grito. Las embestidas fueron rápidas, certeras, inclementes.  Él no era un hombre precisamente amable en la cama. Pero al menos, cuando se encontraba de buen humor, el placer estaba garantizado.  Furioso como se encontraba, solo Dios sabría de qué era capaz ese hombre.
Clavo los dedos en sus caderas, haciéndole aún más daño.  El orgasmo llego solo para él. Se levantó, tirando el condón en una papelera y subiéndose los pantalones, miro con desprecio a la mujer que sollozaba en el suelo, hecha un ovillo de dolor por los azotes, y anhelando la liberación que su cuerpo nunca recibió.
Se agacho a su lado.  Acaricio su cabello, apartándolo de la cara. Sonrió… la misma sonrisa que mostraba a todos durante el día. — ¿Te duele mucho? —pregunto con voz suave. Ella abrió los ojos completamente confusa, acaricio suavemente sus caderas… — ¿Estas frustrada verdad?... quieres correrte. ¿Deseas aliviarte, Angélica?... respóndeme. —
Su rostro era serio, pero no acusador, como si de verdad, esperara una respuesta.  Solo pudo asentir, y  Gael se carcajeó. Una risa cruel, digna del propio Satanás. —Pues deberás masturbarte, largo de aquí, no quiero volver a verte. —casi inmediatamente la mujer se levantó, hecha un mar de lágrimas. Se colocó el habito antes de salir huyendo. Dolorida, humillada.  Completamente destruida.
Había pecado, y acababa de pagar por ello.

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