Capítulo 11

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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«Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se debe robar, ¿robas?»  Romanos 2:21
Irene se despertó agitada. El sudor frio perlando su frente, se levantó, tomo el rosario que colgaba de su cama y se arrodillo bruscamente. «Perdóname dios» rezo el padre nuestro entre lágrimas. Había pecado en sueños. Lo peor, es que había pecado con un santo. Su amado Padre Gael.
Aún sentía los besos impuros pasar por cada rincón de su piel. Sus manos cálidas recorriendo sin pudor cada rincón de su cuerpo y el placer que sintió al pensar que era real. «Perdóname dios» sollozo de nuevo. Sentía un peso enorme que llenaba su pecho. Se puso de pie, dejando el rosario en la cama. Sabía que la única forma que tenía para calmar su culpa era confesarse.
Abrió la puerta de su habitación. Saliendo silenciosamente, todo estaba oscuro. Aunque algunas luces aún estaban encendidas. A varias monjas les gustaba continuar sus deberes hasta muy  tarde. «Dios nunca duerme» decían.
Camino lentamente por los pasillos. Solo llevaba puesta una tosca bata de dormir. Su cabello rojo estaba suelto y sus pies, descalzos.  A Dios no le importaban las apariencias, y Gael era un hombre de Dios, así que tampoco le importaría.
Su corazón se detuvo mientras bajaba las escaleras. La voz de la madre superiora, había llegado a sus oídos, « ¡Escóndete! » le grito su cerebro. Termino el pequeño tramo que aún le faltaba en un santiamén, escondiéndose detrás de la escalera. De reojo, vio como la mujer de cabellos blancos bajaba, sosteniendo una maleta entre sus manos.
De repente, notó como otra monja bajaba detrás de ella. Miraba hacia los lados, asegurándose de que no hubiera nadie. Se acercó a la madre superiora y tomo la maleta entre sus manos.
—Hay diez mil euros. — dijo la mujer de cabellos blancos.
—Vaya, es más de lo que hemos conseguido en los últimos meses. — respondió la otra.  Irene estaba petrificada, en su sitio, no podía creer lo que escuchaba, no quería creer lo que escuchaba.
—Los feligreses han estado generosos… ya sabes, por la presencia de Gael. —
—Quien diría que los sacerdotes podrían servir de algo. —ambas rieron, una risa sádica. Desviaban las donaciones que la iglesia estaba consiguiendo para los desventurados, todo esto a expensas del padre Gael. Sintió ganas de vomitar. «Malditas harpías»
Cuando ambas mujeres por fin se fueron, salió de su escondite y suspiro profundamente, nerviosa, asustada, llorando. Sin pensarlo, se acercó a la puerta de madera y toco dos veces.
Se estremeció al ver esos ojos negros de nuevo.

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