Capítulo 15

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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« ¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. » 1 Corintios 6:9-10
La obliga a ponerse de pie. Un empujón la deja sobre la cama, sin ninguna delicadeza. Lentamente quita las prendas de su cuerpo. Descubriendo su desnudez sin preámbulos. Irene miro a Gael a los ojos mientras se despojaba de la sotana. La oscuridad parecía haberlo tomado por completo. «Él no vive el pecado, él es el pecado » susurró su mente. Aun sabiendo esto, no vacilo ni un momento, quería abrazar el pecado y fundirse en su calor. Satisfacer sus deseos oprimidos aunque esto le condenara para siempre. Los besos bajaron desde sus labios, por su cuello, clavícula, pechos y abdomen. Sintiendo mil y un sensaciones bajo la piel, la lujuria estaba empezando a tomar posesión total de su cuerpo.
Gemidos ahogados salían de su garganta. —Silencio— ordeno él, intento callarse, pero las sensaciones eran tantas que  no podía contenerse. —. Última advertencia, haz silencio o te castigare—, mordió su labio. Acallando a la fuerza los impulsos de su cuerpo. Gael le beso con brusquedad, obligándola a soltar su labio para morderlo en su lugar, sacándole un sonoro gemido.
Abrió los ojos con pánico cuando se levantó de la cama, mirándola, molesto. Tomo su cabello y dio un giro brusco, dejándole el rostro contra el colchón. —Las manos tras la espalda— obedeció sin chistar. Un pánico la poseyó cuando Gael tomo sus manos, amarrándolas.  Se encontraba en una posición completamente indefensa,  sus caderas estaban alzadas,  dejando su intimidad al expuesto.  Sintió su corazón latir  frenético contra su pecho cuando él introdujo un pañuelo en su boca. —, Me has desobedecido, Irene y cuando me desobedecen, deben atenerse a las consecuencias— escucho el típico sonido del cuero estirándose, y su mente se trasladó a su adolescencia, los castigos de su madre. Quiso huir. —Si sigues removiéndote será peor— las lágrimas ya habían empezado a caer por sus ojos cuando el primer azote llego a su trasero.
El pañuelo ahogo su grito. La piel se inflamo de manera inmediata, ardiendo. El segundo azote no se hizo esperar. Ni el tercero, ni el cuarto ni el quinto. Los golpes ya muestran puntos rojos, la sangre a punto se causarle hematomas.  Vio como Gael soltaba el cinturón y subía a la cama, abriendo sus piernas y metiéndose entre ellas, para introducirse dentro de su cuerpo con tosquedad.  Un grito entre dolor y placer se creó en lo más profundo de su garganta. Las sensaciones la confundían. El sudor de sus cuerpos al chocar hacían que los golpes ardieran, las finas sabanas ya estaban desordenadas por los movimientos bruscos. Irene estaba fuera de sí, su cuerpo manchado del deseo pagano, su alma pura que sucumbió ante la tentación igual que lo hizo Eva.  El clímax llego a ellos, la lascivia desbordada, la perversidad en su punto máximo.  Sintió la piel desnuda de su acompañante contra su espalda.  Sus respiraciones agitadas,  sus morales acabadas y sus almas perdidas.
Acababa de profanar la casa de Dios y no se arrepentía de ello.
 

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