Capítulo 18

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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«Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad» Gálatas 5:19
Su primera relación sexual fue a los trece años.  Su primera novia fue a los catorce, pero, la primera vez que descubrió  el placer de verdad fue a los diecinueve. Una prostituta. Un burdel de Italia. Recuerda como la amarró a la cama y azotó hasta cansarse. Gael estaba lleno de odio, odio por su abuela, por su madre, por el Arzobispo Navarro… por Dios.
 Gael odiaba a Dios y Dios lo odiaba a él. Una sonrisa se plantó en su cara al ver a la mujer sollozar. Por primera vez él no era el débil. Por primera vez él mandaba, por primera vez tenía la potestad de castigar a los demás como lo hicieron con él. Se subió encima de ella, manoseando su cuerpo con brusquedad, haciéndole aún más daño.  Su corazón estaba podrido, su alma destruida,  su cuerpo una cascara vacía que se movía a la par de sus deseos más oscuros.
La carne era lo único sensible que conservaba su ser. Los deseos sexuales eran lo que lo mantenían andando, la lujuria metida en lo más profundo de su alma, hacer daño era el motor de su corazón.  Nada quedaba dentro, le habían arrancado todo desde el momento que llego a este mundo. Desde que su madre le abandono hasta todas las veces que se escondió de Navarro.  Dios se había encargado de crear un demonio.  Un ser lleno de desprecio que vagaba libremente por su creación. Un demonio que no tenía miedo de ser arrojado con el mismísimo Satanás. Un demonio que corrompía a cada mujer que se atreviera a acercarse. Todo esto, detrás de una sotana y el nombre de la divinidad.
La corrupción en carne viva había llegado al lugar más puro de la tierra.
Y nada podría detenerla.

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