Capítulo 22

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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Gael alzó su mirada oscura cuando escucho los tres toques en la puerta.  Coloco el libro que tenía en sus manos en la vieja mesa con suavidad y abrió la puerta.  Dejo entrar a la mujer y sin más, volvió a sentarse en la silla a observarle.  Sentía la ansiedad del cuerpo ajeno por ser tomado. Sin embargo, mantuvo su posición.
—Desnúdate— ordeno con su mandíbula apoyada en una de sus manos, en una postura tranquila.  Vio a Irene quitarse el velo ansiosamente.  Sonrió —Lento— señalo con suavidad. Vio como ella jadeaba, pero obedecía su orden sin chistar.
Cuando ella lanzo el sostén a un lado, dejando sus pechos firmes al descubierto, finalmente se levantó. Camino lentamente, dando vueltas a su alrededor, recorriendo con la mirada su cuerpo desnudo.
Ella temblaba ante la expectativa. Él tomo un mechón de su cabello rojizo que cubría parte de su pecho y lo aparto, rozando su clavícula con delicadeza.  No pudo evitar suspirar. Él ladeo un poco la cabeza, mirándole directamente a los ojos. Esta vez, pellizco uno de sus pezones con los dedos, sacándole un pequeño gemido. Sonrió.
—Dime, Irene… ¿deseas confesarte?— inquirió con voz suave. Ella abrió los ojos, confusa. — , Vamos a confesarnos, Irene… ponte de rodillas— le pidió. Y aunque vacilo, lo hizo. El tomo su barbilla, alzando su cabeza, obligándole a mirarle. —Empieza, Irene. —
—En el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu santo…— tembló cuando rozo su labio inferior con el pulgar, tomándolo entre sus dedos.
 —El señor este en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados—él se agacho, quedando a su altura. Le miro a los ojos.
—Ahora… quiero que me digas, sin mentir ¿Por qué asesinaste a Sofía, Irene?—
Su corazón de detuvo, ¿Cómo carajos de había enterado? Gael no se movía. Permanecía completamente inexpresivo. Empezó a sudar frio y a temblar.
—Yo no lo hice— contesto, con un hilo de voz. Gael mantuvo su postura.
—Te dije que no me mintieras, sé que lo hiciste—  su tono ya no era conciliador.  Estaba enojado. Si no pensaba en algo ya, le castigaría y mucho peor que eso, le perdería.
—Yo no lo hice— repitió con más firmeza. Un dolor agudo llego a su mejilla, grito de dolor. Volvió a mirarle, impactada. La había abofeteado. Se levantó, quitándose el cinturón. 
—Hay varias cosas que me molestan, Irene. Entre ellas están que me mientan… y las mujeres celosas. —
Dio varias vueltas a su alrededor.  — ¿Qué dicen los mandamientos sobre los celos y los asesinatos, Irene? Dímelo. — le pidió.
 —No codiciaras, No mataras— respondió, con vaguedad. Él asintió.
—Exacto. Y los incumpliste, Irene… es mi deber castigarte—
Ella se quedó muda, abrió los ojos como platos, repletos de miedo.
 —Serán veinticinco golpes. Si gritas o haces algún ruido te olvidaras de que existo. Tómalo como una segunda oportunidad… Sofía era insoportable— 
No había de terminado de procesar sus palabras cuando el primer golpe llego a su espalda. No grito. No hizo ningún ruido.  Su piel se inflamaba cada vez que el cuero chocaba con su piel. Su labio sangraba debido a la fuerza con la que lo mordía.  Las lágrimas caían furiosas por sus mejillas, pero su garganta no profirió ni un solo ruido. Nada.  El miedo a perderle era más grande que cualquier dolor.
Los golpes finalmente se detuvieron. Sintió algo caliente caer por su espalda. Sangre.  Gael se colocó en frente suyo, ya no llevaba el cinturón en la mano.  Empezó a desabrocharse  la camisa con lentitud. A pesar del dolor, lo miro embelesada por su belleza. Gael volvió a agacharse a su altura y le beso. Un beso húmedo. Sus lenguas chocaron, dejando entrever deseo en cada caricia. Apoyo sus manos en su torso musculado, deleitándose por la lascivia que desbordaba su piel. El calor se esparció por su cuerpo una corriente eléctrica.
Estaba dispuesta a entregarse completamente. Pero abruptamente, Gael se separó, poniéndose de pie. Dejándole temblorosa. Deseosa de más.  —.Terminamos  por hoy, puedes retirarte— dijo, sentándose en su escritorio y tomando un libro, sin más.
—P-pero…— la miro con molestia
 —He dicho que no quiero mas hoy,  Irene, vete. — su tono de voz decía que no era un juego, así que se levantó, vistiéndose e ignorando la sangre coagulada de su espalda.  Cerro la puerta tras de sí y volvió a su habitación… iba a necesitar mucho alcohol y un par de vendas.
Gael era como el fuego y se estaba quemando con él.

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