Capítulo 26

EN EL NOMBRE DEL PADRE

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La piel ardía cada vez que el cuero chocaba contra esta.  Gael no solo disfrutaba con sus amantes, también, desquitaba con ellas cada una de sus frustraciones. Soltó el cinturón cuando su erección ya dolía y se introdujo en el cuerpo ajeno sin piedad.  Irene gemía con desespero. Últimamente ya no esperaba ni siquiera a que sus heridas sanaran. Era la única forma que había encontrado de deshacerse de sus rivales sin recurrir a métodos que molestaran a su amado.  Volverse su única visitante, así solo sería suyo.
La visita de aquel viejo sacerdote lo había molestado muchísimo. Las ataduras de sus manos ya sangraban con cada roce producido por sus inclementes embestidas. No sabía que le había dicho. Pero desde que Alejandro Vieira piso el convento esta mañana, Gael estaba molesto.  Recordó su expresión seria en el comedor y empezó a prepararse mentalmente para lo que ocurriría. No iba a negarse, por supuesto, no iba a llorar, no iba a quejarse.
Haría cualquier cosa por complacerle.
El orgasmo la sacudió con violencia. Perdió tanto la noción del tiempo que no se dio cuenta de que sus manos fueron liberadas. Observo al hombre que reposaba a su lado, mirando el techo. Si aún no le había pedido que se fuera, es porque aún no terminaba con ella.
Gael se dio la vuelta. —Al suelo, de rodillas, ahora. — ordeno él. Irene le hizo caso, miro su perfecto cuerpo desnudo con benevolencia, no poseía ninguna marca, a diferencia del suyo que estaba completamente destrozado —, Chupa— ordeno. Ella le obedeció, tomando su miembro entre sus manos e introduciéndolo en su boca sin preámbulos. Se deleitó con su placer, su corazón latiendo con fuerza ante cada suspiro. Trago sin dificultad el líquido caliente, mirándole a los ojos. La dicha a su lado era plena.
—Eres muy tolerante al dolor— susurro, acariciándole el cabello. —, No lloras, no te quejas… es… aburrido— ella abrió los ojos, espantada por sus palabras. ¿Le aburría? —Necesito… probar otras cosas, no estoy acostumbrado a ser monógamo. — Irene sintió la rabia crecer en su interior. ¿Por qué necesitaba otras mujeres? Si ella podía darle todo lo que quisiera.  Ella podía ser mejor que cualquier mujer.
—No vuelvas mañana…— Gael se levantó de la cama, sin mirarle. —, Cura tus heridas y vuelve después. Puedes irte, Irene— ella se levantó sin decir nada, se vistió mirando su semblante inexpresivo mientras leía un libro en completa desnudez. Quiso gritarle, pero no hizo nada. Ya estaba lo suficientemente adolorida.
¿Qué podía hacer para que Gael le mirara solo a ella?

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