Capítulo 8.

Ignis (Pars #1)

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Aquel lunes, aunque no me apetecía para nada, tuve que ir al mercado nuevamente. Mis padres tenían una reunión en el trabajo acerca de la seguridad de los policías en una urgencia (con simulacro incluido), por lo que todos los empleados debían ir.
Era algo que se solía hacer un par de veces cada año y mis padres ya estaban hartos de oír una y otra vez lo mismo. Se podía decir que estaba prohibido discutirles cuando tenían que asistir a estas reuniones, así que cuando me pidieron que fuese a comprar, los obedecí sin rechistar.
Tampoco se lo podía dejar a Sean el trabajito: estaba en la universidad. Me gustaría decir que Christian lo estaba también.
Mientras caminaba, mis pensamientos volaron en una sola dirección: la de mi hermano mayor. Lo extrañaba a horrores. Con él nos llevábamos especialmente bien: me leía cuentos súper largos para que me durmiera, jugaba al típico juego de té con muñecas conmigo, me cantaba hasta que me cansase de pedirle que lo haga, me protegía de mis compañeros inútiles, me enseñó a jugar al tenis...
Con una sonrisa, recordé cuánto le gustaba el tenis. Él tranquilamente podría haber jugado en alguna liga profesional. ¡Él era rápido, ágil, fuerte y sabía cómo pegarle a la pelota!
Él era mi héroe. No, no "era" mi héroe. Él ES mi héroe.
Y recuerdo que aquella tarde antes de la tragedia pensé exactamente lo mismo.
"--Mamá, papá... ¿tienen un segundo? --había preguntado él, mirando más que todo a la mujer.
Ella le había sonreído, había asentido y había dejado de lavar los platos para sentarse en la mesa de la sala en la que Sean y yo nos preparábamos para lo que tuviese que decir. Él, mientras tanto, me estaba contando algún chiste que había aprendido vete a saber dónde y yo me reía de lo inesperado (y pervertido) que era.
Nuestro padre había tomado asiento también, quedando justo enfrente del chico. Yo no tenía ni idea de lo que él podría decir: Chris parecía nervioso, ansioso y expectante, tres adjetivos que podían tanto juntarse como separarse y adquirirían distintos pero similares significados.
--¿Está todo bien, cariño? --había dudado mamá, infundiendo calma con una sola mirada en cualquier persona de la casa.
--No puedo con la tensión, Chris --había dicho yo, y había conseguido que Sean asintiera y que Chris riese.
Él, con dieciséis años, siempre estaba riendo y era muy amable con el resto de personas. Era como el estereotipo de hermano perfecto, novio perfecto e hijo perfecto. Y sabía que se merecía ese premio: él haría cualquier cosa por la gente que amaba, pero nunca supe hasta qué punto.
--Ya va, hermanita. Ambas cosas que tengo que contar son difíciles y geniales --me había sonreído él.
--Difíciles y geniales --había murmurado Sean, llevándose una mano a la barbilla y rascándosela con lentitud actuada.
--Yo creo que cualquier cosa que sea genial realmente tiene su grado de dificultad y esfuerzo --había opinado papá--. Te apoyaremos sean cuales sean las circunstancias, no lo olvides.
Christian había suspirado, asentido y reunido toda la determinación posible.
--¿Empiezo por la menos o más genial? --había inquirido.
--Por la más genial --había pedido Sean y yo había estado completamente de acuerdo.
--Bueno... me aceptaron en la División I de NCAA en la Universidad Estatal de Ohio --había confesado Christian y yo había saltado de mi asiento.
¡Ese era su sueño! ¡Eso era lo que quería lograr desde que era pequeño! ¡Era increíble! ¡Todo él era increíble!
Sean y yo habíamos corrido a abrazarlo. Estábamos muy feliz por él, rebosantes de alegría. ¡Él era mi héroe!
Los tres habíamos empezado a reír en medio de la muestra de afecto, pero había notado que mamá y papá no habían estado festejando. ¿Se sentían mal? ¿Qué les pasaba?
--¡Felicidades, Chris! --le había gritado--. ¡Eres un campeón!
--¡Vamos! ¡Felicidades, hermano! --había dicho Sean.
--Muchas gracias, chicos.
Y habíamos dejado de abrazarlo para dejar a los adultos hacerlo. Ellos parecían felices y tristes a la vez. Yo había culpado a la locación de Ohio: estaba lejos de aquí, como a unas seis horas en coche.
Pero yo no había dejado de sonreír ni un segundo. Él se merecía todo su éxito, y más. Él se merecía todo lo bueno del mundo.
Cuando mis padres se habían vuelto a sentar, Christian había suspirado.
--Ahora les voy a decir la otra noticia... la menos guay, supongo.
Había tomado su tiempo hasta puntos preocupantes, pero finalmente había soltado el suceso.
--Lo soltaré rápido... ¿vale? --había preguntado y yo había asentido, feliz--. Soy bisexual."
Ni me había parado a pensar en dos cosas: una, que estaba llorando, y dos, que ya había llegado al mercado. (Claro, salteándome el camino del bosque, porque seguía sin superar a la mujer loca que me había asustado la semana pasada.) Me limpié las lágrimas con rapidez y entré en el local.
Empecé a poner las cosas que me había pedido mi madre que comprase en la bolsa que traje, aunque sin pensar mucho en ello. Mi mente estaba en otro mundo distinto.
Un mundo en el que mi hermano mayor estaba a mi lado.
Nunca pude superarlo, no realmente.
--¡Madison! --exclamó alguien de repente en mi oreja. Me sobresalté, pegué un grito y solté la bolsa de las compras. Me di vuelta y ahí estaba Belén King, sonriente, mirándome--. ¿Te ayudo?
Luego de llevarme una mano al corazón, inhalé y exhalé con lentitud para calmarme. Sabía que Belu era una ninja, pero esto es otro nivel.
--No me vas a ayudar, ¡me vas a recoger todo lo que he tirado tú solita!
--Como diga, su señoría --hizo una reverencia y aprovechó para agarrar las cosas y meterlas de nuevo en la bolsa. Algunos entrometidos le echaron un vistazo a su culo y yo les dirigí una mirada de fastidio--. Lo siento, por cierto. Sabes mejor que nadie que yo no puedo controlar la emoción... en ningún caso. ¡O sea, vengo a comprar palomitas de maíz y me encuentro a mi mejor amiga! ¡¿Quién no estaría contenta...?! --se levantó nuevamente, me pasó la bolsa y aplaudió con júbilo. Al ver que yo no le seguía el juego, bufó--. Bueno, aparte de ti, que parece que te acaba de pisar un camión.
--¿Me asustas a muerte y lo único que se te ocurren decir son borderías? --le pregunté retóricamente y ella sonrió con inocencia.
--No, también me gustaría decirte que esa camiseta te queda muy linda, pero que ese pelo espantoso la tapa toda.
Puse los ojos en blanco y nos dirigimos al frigorífico.
Aquel mercado era como un Carrefour en versión empequeñecida y solía tener productos de calidad (o, al menos, de mejor calidad que los de los mercados en un radar de cincuenta kilómetros). Teniendo en cuenta de que era el único en Eaton realmente fiable, todos los habitantes solían venir aquí, aunque hoy no había especialmente mucho movimiento.
Hablando de movimiento... ¿por qué está todo tan calmado? ¿Acaso Belu no me estaba siguiendo? Me di vuelta y cuando la vi con la cabeza gacha mi estupor pudo tocar las nubes. ¿Por qué no estaba charlando, ni tarareando canciones, ni saludando gente, ni saltando en busca de un ritmo consistente?
--Belu, ¿te pasa algo? --inquirí, sin poder creerme la imagen que tenía enfrente. Ella negó con la cabeza y yo fruncí el ceño, acercándome y tocándole el hombro--. ¿Te sientes bien?
--Me siento perfectamente --sonrió por unos segundos, aunque después sustituyó ese gesto por un ceño fruncido--. ¿A quién quiero engañar...?
--¿Sinceramente?, a nadie.
Ella suspiró y yo bajé mi mano, aunque no mi vista.
--James habló con Nick y conmigo hoy --me aseguró, agachando la cabeza--. Te lo resumo, porque no creo que quieras oír detalles de los gritos que nos pegó: nos obligó a separarnos de ti y me dijo que tuviste una pelea con él sobre nosotros.
Asentí y tomé aire, no muy preparada para seguir escuchándola.
--Exacto --musité.
Llegamos a los frigoríficos. Tomé leche, queso rallado y yogures, y los metí en mi bolsa.
--Y, bueno, te quería pedir perdón por... los comportamientos de los dos --no me miraba y parecía tan vulnerable que me tomé la libertad de abrazarla. Cuando la solté, seguimos caminando hasta el lugar de las galletitas--. Por Nick y la forma de ignorarte, y por James y su (imbecilidad) brusquedad.
--¡No tienes que disculparte, Belén! --prometí, y cada palabra era verdad.
--Es sólo tan injusto. ¿Por qué tengo que separarme de ti si eres mi mejor amiga? --se enfurruñó y asentí, abriendo los ojos para recalcar la obviedad de su comentario.
--¡Exacto! ¿Por qué tenemos nosotras que dejar de vernos si ellos pueden hacer lo que se les plazca y no les decimos nada?
Tomé Oreos y Toddy's y las arrojé en la bolsa. Belu cogió las palomitas y las metió en su bolso. Sólo faltaba el spaghetti.
--De todas formas... --al ver que se había detenido, me di vuelta. Belu miraba a un punto más arriba de mi cabeza con expresión soñadora--. ¡Espera! Propongo algo.
Me di vuelta para ver qué era lo que estaba observando, pero no había nada. Estaba como soñando despierta.
--Dime.
--Ven a casa a visitarlos. ¡Los obligaré a que te pidan perdón!
¡JA! ¿Eso era una broma, verdad?
La observé con estupor. No, no puede ser. Forcé unas risas, pero ella no me siguió el juego. No puede estar en serio, ¿verdad?
Lo que menos me apetece en este punto de mi vida es ver a James y a Nick. Uno me trató como una basura y el otro ¡ni siquiera me trata! ¿Verlos era realmente era una buena idea?
Me ahorraré la rabia e incomodidad y elegiré no verlos, gracias.
--No creo que sea una buena idea --admití, aunque supuse que ella esperaba una respuesta así por mi parte.
--¡Oh, vamos! --me insistió Belu. Divisé el paquete de spaghetti y lo agregué a la compra. Ya estaba lista para irme--. ¿Por qué dices eso?
--¡Ay, no sé! ¡Tal vez porque tu hermano mayor me pidió que me aleje de él y su gemelo hace que todas las conversaciones sean increíblemente embarazosas!
--¡Venga, no seas así! Estarás conmigo.
--Y con ellos.
--¡No quiero que estén enojados, Mad! ¡Hazme el favor! --pidió, haciendo puchero--. Los obligaré a darse cuenta de sus errores.
--Pueden darse cuenta de sus errores lejos de mí. Además, tengo que llevar las compras a casa.
No era la mejor excusa, pero tampoco tenía mucho tiempo para discutir.
--Tengo el auto. Te llevo --aseguró, sonriendo.
--Menuda insistencia, ¿eh?
--Es mi talento.
Nos pusimos en la cola para pagar. Enfrente nuestro sólo había un abuelo con su nieto de unos cinco años y una mujer que no paraba de sonreír.
--Si te vienes, te invito un café.
--¡Chantaje! --grité.
Belu se encogió de hombros con su típica sonrisa traviesa y apoyó las palomitas en la cinta.
--Esto no es un partido de fútbol en el que pagarle al arbitro está penado, esta es la vida real, corazón --me informó y puse los ojos en blanco--. ¿Vienes? --preguntó e intuí que sería la última vez que lo preguntaba.
Suspiré y, aunque decirle que no era una tentación, no me gustaba ser siempre la chica que rechazaba todo.
Sería horroroso, pero al menos no la decepcionaría.
--Me debes un café y un muffin --accedí.
--¡¿Eso es un sí?!
--Es un sí.
Ella me sonrió abiertamente y me abrazó con rapidez. Luego, se dio vuelta y pagó con la misma ansiedad. Se guardó las palomitas en el bolso, le agradeció al cajero y se apartó para dejarme comprar.
Mientras dejaba las cosas en la cinta, me puse a pensar. Tenía unas ganas de maldecir inmensas a mí. ¿Por qué Belu me empujaba siempre a hacer cosas que no quería hacer?
Siempre fue lo mismo: yo era una amargada que no tenía hacer nada y ella una chica pro-movimiento. Cada año era igual: yo me quejaba de lo aburrida que estaba, ella me pedía que hiciese algo con ella. Siempre me arrastró a todo, a las pocas fiestas a las que fui, a aquella clase de pintura (en la que me fue pésimo) en cuarto año, a pescar una vez al lago con sus padres, a una clase de gimnasia deportiva...
Ella era mi única fuente de actividades, y eso era bastante triste por mi parte.
--Treinta y un dólares con sesenta y cinco, por favor --musitó el cajero y yo me espabilé. Pagué, ordené las cosas y nos fuimos.
Oh, dios. Mientras pensaba en Belu, me olvidé de lo que iba a hacer ahora gracias a ella. ¡Iba a volver a ver a los King!
--Entonces, te contaba --retomó Belu mientras caminábamos hasta su auto--. Vamos a tu casa, dejamos las cosas, te peinas, pasamos por casa, les gritas a mis hermanos y vamos afuera a tomar un café y un muffin. ¿Preguntas?
--Sí. ¿Por qué debo peinarme? --inquirí y llegamos al vehículo.
--Ya te lo dije en el supermercado: porque estás impresentable. ¿Otra pregunta?
--Eso es malvado.
--Se llama honestidad, Madelaine, honestidad --Belu se pavoneaba y sonreía como nadie. Parecía satisfecha... Muy satisfecha--. ¡Vamos! Muero de hambre.
Nos montamos en el auto y fuimos a casa. Luego de guardar todo lo que compramos, tuve que obedecerla y me cepillé el pelo porque no paraba de gritar que estaba fea. Yo le solté, entre risas, que al menos era más linda que ella y nos desatamos en una guerra de almohadas... por lo que mi pelo volvió a estar impresentable.
--¡Eres una idiota! --exclamó, riendo a carcajadas cuando terminamos de luchar.
--¡Me alegra ver que también estás fea ahora!
Belu decidió que nos quedábamos sin tiempo de ir a su casa y es por eso que prácticamente me echó de la mía. Volvimos a entrar en el auto y salimos disparadas hasta la residencia, en la que se veía a James y a Nick por la ventana de la cocina comiendo galletas. ¿El que las comía tan dulcemente era James...?
Si habría sido James yo ya habría estallado de la ternura. ¡¿Quién come de esa forma tan... mona?! ¡Qué ganas de apretujarlo hasta matarla!
--Vamos, Madison; y trata de no le prestarle atención a la incomodidad que probablemente habrá en aquella cocina gracias a la tensión sexual que hay entre James y tú --soltó Belu, que sonrió y salió del auto como una bala.
--¡Idiota! --le grité y la copié.
Belu cerró el auto con alarma y salió corriendo para que no la agarre. Empezó a reírse a medio camino cuando traté de atraparla y no pude. Aprovechó mi ineptitud inmediata y abrió la puerta de la casa con una rapidez increíble. Entró, entre carcajadas, y me dejó fuera con una carcajada a medio terminar.
--¡Abre ya! --le grité, en medio del ataque que tenía de risa.
Mientras me sostenía la barriga de reírme, sentía cómo pasos que venían de la casa. Luego, escuché un ruido a mi izquierda, me sobresalté y vi a uno de los chicos de las galletitas sonriéndome desde una ventana abierta.
--¿Te dejaron afuera? --preguntó, sonriendo con burla.
Era James, cómo no.
Puse todos mis empeños más grandes en fruncir el ceño y mostrarme dura.
--¿Tú qué crees? --inquirí, cruzándome de brazos y apoyando mi peso en un pie. James arqueó una ceja al verme contener una sonrisa gracias al incidente con su hermana.
--Creo que me parece bien que te quedes afuera. De hecho, le pediré a Nick que no te abra. Estás más linda cuando estás cabreada.
Y cerró la ventana. ¡¡Agh, cómo lo odiaba!! ¡Siempre se creía que era la persona más inteligente del mundo cuando sólo era un capullo sin vida!
Mientras notaba que las ganas de sonreír se suprimían, empecé a tocar la puerta de la casa mientras sentía un viento recorrer mi espalda y brazos, azotándome con fuerza.
¡Ah, qué fácil era cambiar de humor cuando James estaba de por medio! ¡Era tan tarado, siempre mostrándose superior...! ¡Qué imbécil!
--¡Eh, calma, fiera! ¡Casi me tiras la puerta! --chilló Belu, apareciendo nuevamente por donde se había ido y dejándome pasar finalmente.
--Gracias por abrir --le dije, cabeza en alto, muy digna.
Belu me llevó a la cocina, mientras me hablaba agradablemente:
--¡Ay, Mad! Quería decirte algo, pero ahora no me acuerdo qué...
Pero yo me detuve en la puerta al ver a Nick, quien estaba parado, mirando a James con horror y con una mano cerca de una vela... y era como si la hubiese prendido con sus propias manos. O sea..., era ver para creer.
Me explico: la vela se apagó cuando yo entré. Hasta ahí todo normal..., pero Nick parecía que había tratado de agarrarla o algo y se volvió a prender. ¡De la nada! ¡Como si le hubiera ordenado que ardiese otra vez!
Me quedé de piedra, mirando a Nick como si no lo hubiera visto nunca en mi vida. Presentía que habían dos pares de ojos observándome a mí, a mi reacción.
Toda la sala se quedó de piedra. Nadie habló, ni se movió, ni tan siquiera pestañeó. Nada. Ni un sólo minúsculo ruido.
--¡Ah, sí, ya me acordé! Te debía un muffin.
 
Editado 4/10/17.

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