Capítulo 10.

Ignis (Pars #1)

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Con el mayor de los King llegamos a un trato, que, aunque no era genial, era mejor que nada: no tenía que olvidarme de Belu ni de él, pero sí tenía que separarme de ellos fuera del colegio. Y también que debía dejarle su tiempo a Nick.
Okay, podía vivir con ello. Me tocaba un poco lo que vienen a ser los huevos, pero lo comprendía. Aunque había algo que no captaba: qué le estaba pasando a Belu, por qué se comportaba de manera genial enfrente mío y, al parecer, estaba tratando de evitarme a toda costa. No sabía si era algo que ella estaba planeando o su hermano.
Me ponía nerviosa, mucho. Su hermano era indescifrable para mí. No obstante, James me parecía una persona que valía la pena por dentro. Era gracioso, bondadoso y sincero, por lo que me encantaba charlar con él.
¿Y yo cómo era? Terca y como un chicle de pegadiza. Así que, a pesar de que él me insistía que me separase de su familia, empecé a pegarme a él como un imán en el colegio.
¡O sea, el día del café me había admitido que le gustaba hablar conmigo! ¡¿Cómo podía resistirme a eso?!
El primer día que me junté con él, no parecía disgustado al respecto, pero sí parecía frustrado por hacerme entender... Lo que me daba ternura.
--Hola, James. ¿Puedo comer contigo? --le pregunté, dirigiéndole una sonrisa simple.
--¿Acaso no te acuerdas de lo que hablamos ayer? --inquirió, levantando la mirada de su sándwich de pollo y arqueando una de sus pobladas cejas.
Dios, qué SEXY. Es la única palabra que lo describe a la perfección.
--Ni que te esté pidiendo que nos casemos, sabes.
--Lo que estamos haciendo está igual de mal.
--¡Oh, vamos! --exclamé--. ¿No recuerdas lo que decidimos ayer? "Nada de juntarse fuera del colegio, pero dentro de él está bien." Ya te dije que no me puedes pedir tanto, ¡sólo déjame comer contigo!
--¿No puedes comer sola?
--No sé por quién me estás tomando ahora mismo, pero no me gusta la soledad, compañero.
Me senté enfrente de él y saqué unos fideos. Como no tenía ganas de levantarme y tener que hacer la inmensa fila que siempre había para calentarlos en el microondas, decidí comerlos fríos. No era lo mejor del mundo, mas levantarse no es una opción.
--A mí sí que me gusta la soledad --afirmó James, zampándose su bocadillo y mirándome con seriedad.
--¿Qué? Eso es imposible --me reí yo, esperando que él lo hiciera conmigo. No obtuve respuesta--. A nadie le gusta la soledad.
--Pues entonces no me conoces, Madison.
Aunque aquel día él había estado muy calmado e inmutable, el miércoles, jueves y viernes sí que había estado charlando conmigo. Disfrutaba muchísimo de su compañía y hasta llegué a preguntarme por qué lo había odiado tanto los últimos años. (Hasta que finalmente me acordaba de todo lo que hizo, claro. Tan tonta no era.)
La gente empezó a hablar de nosotros, como ya suponía. Muchos pensaban que estábamos en una relación, aunque otros (concretamente, mujeres) me tenían mucha rabia porque me pude acercar al misterioso James King. He de admitir que ni yo sabía cómo lo había hecho, vaya.
Habían rumores muy variados, desde que yo estoy con él para ganar popularidad de algún tipo hasta algunos diciendo que Nick estaba depresivo porque James me quería a mí (claramente, hablando desde la ignorancia. ¡O sea, el chico es homosexual y yo soy su mejor amiga, ¿por qué carajo querría estar conmigo?!). Este colegio está completamente lleno de imbéciles.
Hasta Lily llegó a dudar de mí, aunque le desmentí todo enseguida.
Afortunadamente, yo ya estaba acostumbrada a los rumores sobre mí: si te amigabas o peleabas con los King, ya eras una mira, un blanco. Ya dabas de que hablar por meses sin parar.
Así que cuando aquella tarde James me invitó a dar un paseo después del colegio ya sabía que la gente nos miraría de más, pero me importó poco y nada por lo mucho que me había conmovido su invitación.
--Claro --le había dicho, con una sonrisa un tanto dulce para mi gusto.
Tampoco me molestaba tanto como antes oír las pullas de James en clase de español y gracias a él tampoco me iba tan mal con el profesor porque cada vez que me llamaba la atención por hablar con la gente, James le respondía y lo hacía callarse (aunque no sabía qué le decía, por supuesto. No había aprendido a hablar español todavía, no se emocionen).
James se había vuelto alguien... bueno, o eso creía.
Y con este pensamiento lleno de felicidad fuimos a caminar aquel viernes. Y no nos pasamos ni un minuto callados:
--¿Qué tal te fue en el examen oral de francés? --me preguntó.
--¿Es esa pregunta una broma? ¡Me fue terrible! --exclamé, y él rió--. A pesar de que estudié como una desgraciada toda la semana y Belu no, ella le dio en el clavo a cada una de las palabras que decía y yo hice un papelón con mi "Bonjour" mal dicho. ¡¿Cómo puede ser que tenga tan buen francés a pesar de no hablarlo con nadie?!
--Los tres tenemos aptitudes para las lenguas y no te olvides que somos trilingües, Mads.
Con cada paso que dábamos, me sentía más a gusto con él. Cada vez que escondía su orgullo y su arrogancia, hablar con él era un placer: te escuchaba, opinaba con seriedad y las bromas las hacía con menos burla, como para que yo también pudiera divertirme con ellas. ¡Y qué buena impresión me daba!
--¿No era que sabían cuatro lenguas? --cuestioné y él me sonrió con modestia.
--Sí, pero aprendimos alemán después de los siete años. Para ser bilingüe o trilingüe tienes que pasar una cuarta parte de tu tiempo hablando y escuchando tus otros idiomas hasta tus siete años --comentó y yo asentí--. Francés teníamos que hablarlo en el jardín de infantes, nuestros padres nos hablaban en inglés y los escuchábamos hablar en español juntos.
--¿Por qué les hablaban en inglés si vivieron sólo en Francia y en México?
--Porque ellos, aunque son los dos argentinos, decidieron que querían que nosotros fuéramos bilingües y aprendiésemos el inglés también en casa. Aparte ellos habían vivido en Inglaterra y no querían perder su nivel de inglés.
--¿Y por qué hablan ahora entre ustedes español?
--Después de vivir en México por diez años, se te pegan las ganas de hablarlo. Aunque debo admitir que casi no hablamos español juntos.
--¡Eso es genial! --me sorprendí--. Ojalá yo pudiera dominar tantos idiomas...
"Me haría la vida más fácil" quería añadir, pero me lo guardé. Él sonrió y se encogió de hombros.
Las calles en los alrededores del instituto me encantaban: estaban llenas de árboles, no pasaba mucha gente y era pacífico. Eaton me parecía un lugar bastante lindo como para vivir, aunque no fuese mi preferido en el mundo.
--Pero no hablemos de mí, aburre --afirmó y me di cuenta de que ya habíamos dejado el colegio atrás--. Cuéntame algo de ti: una tara, un secreto, algo que no mucha gente sepa.
--¿Qué te hace pensar que voy a contártelo a ti? --lo desafié y él rió.
--Porque ya me conoces, bebé: soy irresistible --arqueó las cejas repetidamente y puso una cara pervertida. Le pegué con suavidad en el brazo y él siguió soltando carcajadas.
--¡Qué idiota!
--¡Oh, vamos! Dime algo. Siento que casi no te conozco.
Arqueé una ceja ante ese comentario y dirigí mi mirada hacia él. Tenía razón, nunca tuvimos ganas de saber la vida del otro porque siempre fuimos como una especie de enemigos.
¿"Una especie"? No, yo definitivamente lo detestaba y era mutuo. ¡Y a día de hoy siguen habiendo actitudes suyas que aborrezco...!
Pero ahora, al menos, podíamos dirigirnos la palabra sin querer asesinarnos, y no quería que eso cambiase.
--Decirte algo... --susurré y me puse a pensar. ¿Qué le podía decir a él sin quedar como una estúpida?--. Me gusta mucho la música. Me gusta pensar que es como mi segundo oxígeno.
--¿Ah, sí? ¿Sabes tocar algún instrumento?
Sonreí para mis adentros.
--Ajá. Sé tocar la guitarra, el piano y el violín, mi favorito.
--Eso es nuevo para mí, ¿eh? Algún día tendrías que tocarme algo.
Al reconocer el doble sentido casi al instante, me di la vuelta para dirigirle mi mirada indignada y él se largó a reír. Yo me sonrojé violentamente, me mordí el labio y le volví a pegar.
--¡Qué chiste de mierda!
--En tu interior sabes que es genial.
Negué con la cabeza.
--Igualmente quiero escucharte tocar un instrumento --se sinceró y yo asentí--. Me diste curiosidad y ganas, Mads.
Sonreí y me di cuenta de algo.
--Tu cumpleaños está por venir... y yo supongo que le escribiré una canción a Nick, como todos los años. Así que ahí podrás escucharme.
¡Casi me olvidaba que tenía que comprarles un regalo a ambos este año! ¡Esto de hacerme amiga con mis enemigos me costaría caro!
Ya veía el lago a donde íbamos siempre desde donde estaba, así que salí corriendo para allá y James me copió. Cuando llegamos, me tiré al piso a observar la belleza que era aquel lugar. James me inspeccionó el resto y sonrió con ternura.
--Sobre eso... --continuó la conversación James, quien también se se sentó en el pasto--. Ya sabes que cada año Nick arma una fiesta...
Asentí.
--Una gran fiesta --añadí.
--Exacto. Este año será el sábado catorce de octubre, no el quince porque cae sábado y, según Nick y Belu, las "mejores fiestas" son las de los viernes --explicó y yo volví a asentir. Sí, ese era el lema de ambos--. Y sé que todos los años vas a la de él y... bueno... tal vez... ¿Te gustaría venir a mi pequeña fiesta?
--¿A qué te refieres? ¿No era que no te gustaban las fiestas? --pregunté.
Él parecía nervioso e indeciso, así que sonreí como para que se calmara.
--Exacto. Cada año lo paso solo porque... bueno, no me gusta mucho... la gente, en general.
Solté una carcajada que sonó muy fuerte en la tranquilidad de aquel sitio. ¡Eso es algo que digo yo todo el tiempo!
Me reí por tanto tiempo que se ruborizó y soltó un par de carcajadas también. Cuando finalmente me calmé, él me observó.
--Lo siento --me sequé una lágrima--. Me causó mucha gracia por lo mucho que me hizo acordar a mí. Lo siento --recobré la compostura y me erguí--. Si yo, por casualidad, fuera... ¿sería a ir a ver películas, comer palomitas, estar solos y encerrarnos en tu habitación?
--Bueno, ese... ese era el plan.
Arqueé una ceja.
--¿Y? ¿Qué opinas? --agregó, esperanzado
--Yo creo que es imposible encontrar un plan mejor. ¡Claro que voy! --exclamé y él soltó un suspiro, sonriendo--. ¡Qué bueno! 
Me levanté del piso y obligué a James a hacerlo también. Tenía ganas de caminar alrededor del lago.
Y eso hicimos. Nos pasamos media hora más hablando y luego emprendimos la vuelta. El único problema es que, cada vez que salgo con James, algo malo tiene que pasar. Es como si el universo lo desease con desesperación.
Dos chicos de unos ojos verdes bastante claros se acercaron a nosotros y se postraron enfrente nuestro con una sonrisa malévola. Yo fruncí el ceño al tratar de pasar por al lado de ellos y sintiendo cómo me prohibían el paso.
--Eh... ¿permiso? --pedí y ellos suavizaron el gesto.
--¿Tú sabes con quién te estás juntando ahora mismo? --interrogó uno de los chicos y yo me confundí.
--Disculpa, ¿nos conocemos?
--Respóndeme la pregunta --dijo.
--¿Que si sé con quién me estoy juntando? --repetí, incrédula. James presionó sus manos con dulzura contra mi espalda, en un intento de sacarme de allí.
--Hazme caso y sigue caminando --susurró él.
--¿Sabes quién es? ¿Conoces su pasado, sin mentiras? --siguió el otro chico.
No respondí.
--James King es una persona peligrosa, chica. No es un humano común y corriente, no es normal y su personalidad... podría tenerte entretenida por horas hablando de lo horroroso que es.
--¿Cómo sabe tu nombre? --le murmuré a James y él me miró con furia.
--Madison, camina.
--No confíes en él. No pareces una chica estúpida, haznos caso.
--Es un hijo de...
Pero James se había hartado. En un movimiento rápido, le dio una patada en la nuca a uno y lo dejó en el piso por unos segundos. Me quedé en shock. Noqueó al segundo y, cuando el primero venía a por más pelea, James lo tiró al suelo y le propinó un par de golpes. Ahí me metí a pararlo.
--¡¡James!!, ¡¿qué coño estás haciendo?!
Me acerqué a él y traté de tomarle su brazo como para que no los... aniquilase.
--¡¡James!!
Tiré la cabeza para atrás porque casi recibía un codazo suyo. Traté de sostenerle el brazo con el que menos impactos daba.
--¡¡Para ya!! --le grité, pero me ignoró--. ¡JAMES!
Al escuchar tal alarido, él paró el puño en el aire y se quedó quieto, respirando con fuerza. Sus nudillos estaban cortados y resecos.
Los dos chicos ya se habían quedado fritos en el piso. Abrí los ojos y moví a James para ver cómo estaban.
Oh, por... dios.
Ambos chicos podrían confundirse con dos muertos. Estaban pálidos, estaban sangrando a litros y, ya desmayados hace rato, no parecían ni tener la más mínima fuerza para levantarse.
Aunque ya sabía su pronóstico, les tomé el pulso... y ambos vivían. Exhalé el aire que no sabía que había contenido y me volteé a James.
Mierda, lo de él ya daba pánico. Tenía la piel de un color rojizo oscuro muy parecido a la sangre espesa, una postura atacante y... el color de sus ojos era rojo puro.
Y los tenía fijos en mí.
 
Editado 8/10/17.

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