Cap 26

Averno (YAOI)

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La cama era malditamente incómoda, no importaba la posición en la que estuviera Cóndor que no conseguía dormir, hasta consideró el suelo como alternativa pero las dudosas manchas que tenía le hicieron descartar la idea. Tan solo había conseguido dormitar un poco cuando vinieron a buscarlo.
 
Esta vez fue un recorrido diferente, en lugar del pasillo largo y recto no pararon de cruzar puertas y doblar esquinas. Dejaron a Cóndor en el interior de la habitación con la misma delicadeza que la última vez, era algo rutinario para ellos pero al menos podrían tener un poco de consideración... eran unos malditos amargados, aunque era irónico que él lo pensara.
 
La habitación era idéntica a la otra, con su tele y su decoración de mierda, las puertas eran igual de sólidas y Cóndor se sentó en el banco, también de mierda. No estaba de humor y era normal.
 
-¡Hola, hola mi pequeña mina de oro!- Aaron apareció en la pantalla sonriente con el pelo engominado y un traje negro, como si no tuviera otra cosa en el armario.- Eres más popular de lo que esperaba, incluso has conseguido atraer la atención de alguien muuuuuy importante... si no fuera por él no tendrías este encuentro ¡así que alégrate! O no jajajajaja.- Cóndor quería lanzarle algo.- Ah, nuestro querido cliente ha pedido algo muy especial para esta ocasión... así que aguántalo, ¿sí? No te me mueras aún.-La pantalla se apagó.
 
Cóndor le dio una patada al banco exasperado y con unas ganas terribles de estrangular a Aaron cuando notó la punzada de dolor en el cuello. Rápidamente se llevó la mano allí, se sacó la dolorosa aguja que acompañaba a una cápsula vacía que miró con desconfianza, ya estaba hasta los cojones de que le administraran cosas raras.
No pasó mucho tiempo hasta que empezó a notar los efectos. Se quitó la chaqueta, agobiado por el calor, estaba sudando mucho y le dolía muchísimo la cabeza. No supo en qué momento exactamente, pero Cóndor ya no tenía el control sobre sí mismo.
 
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Aaron caminaba por la amplia habitación de observación, mirando a todas las personas que se habían reunido allí para el evento, podía reconocer a numerosos políticos de todo el mundo, celebridades, grandes magnates de todos los campos... incluso algunos miembros de familias reales se dejaban ver de vez en cuando y Aaron estaba entre todos ellos o más bien por encima, al menos allí. Los que se cruzaban con él lo paraban para entablar conversación y saludarlo pero Aaron, a pesar de toda su popularidad, sabía lo que buscaba para sí y tenía una hermosa cabellera pelirroja.
 
Se paseó por la barra para buscarlo y de paso pedir un whisky con hielo, no estaba por ahí así que solo quedaba el palco. Aaron sonrió al verlo contemplar la arena vacía con indiferencia, su frialdad le volvía loco. Se acomodó la corbata y se acercó a él por la espalda, haciendo círculos en el terciopelo azul marino de su asiento pero cuando Aaron se dispuso a rodearlo con los brazos éste se levantó y le dio una mirada escalofriante.
 
-Aaron.- Su voz profunda y tranquila pero firme ponía la carne de gallina a todos a su alrededor, imponía solo escucharlo...
 
-Edgar...- Con el ceño fruncido aún tenía unos rasgos atractivos, ojos ámbar que quitaban la respiración y un cuerpo que... Aaron se aproximó a él para ajustarle la corbata, dejando la mano en su amplio pecho con disimulo.- Tan guapo como siempre.
 
-Quita.-Edgar se apartó de él y se sentó en su sitio sin decir más.
 
-Mmmm que frío.- Aaron se sentó a su lado y cambió el chip de coqueteo a negocios.- Ya está todo preparado, será muy divertido... aunque espero que el pajarito sobreviva.- Lo miró, Edgar seguía impasible.- Aunque hay una cosa que no entiendo... ¿por qué este repentino interés? Jamás te habías molestado en aportar algo a esta nuestra comunidad... ¿qué tiene él en especial?- Edgar lo miró fijamente, advirtiéndole para que no hiciera más preguntas, mientras Aaron le devolvía el desafío sonriendo.
 
-Señor,- uno de los sirvientes se acercó a Aaron queriéndose morir por interrumpir la conversación, si es que podía llamarse así.- esperan su señal para abrir las puertas.
 
-Oh, no hagamos esperar a nuestros queridos amigo, ¿verdad?- miró al sirviente mientras se levantaba, fingiendo ignorar a Edgar a pesar de que la tensión podía cortarse con un cuchillo.
 
 
 
Aaron se subió a una pequeña elevación que había en el centro de la sala, donde le proporcionaron el micro por el que se transmitiría su voz a todas las partes del edificio. Lo cogió con soltura y empezó a hablar.
 
-¡Hoy, señoras y señores, no he podido dormir de la emoción que sentía!- todo el mundo lo miraba impaciente.- ¡Nuestro querido novato, Cóndor, ya vuelve al ataque queriendo demostrar lo que vale! Y todo gracias a vosotros.- Miró a Edgar mientras decía esto, aunque nadie le dio importancia.- Nos espera un gran espectáculo... él solo... luchará contra cinco oponentes...- la gente se empezó a emocionar.- desarmado.
 
Aaron dejó el micro mirando al público entusiasmado, se sentó junto a Edgar y dio la señal para abrir las puertas.
Mientras que los contrincantes salían confundidos de sus puertas al igual que cualquier novato... Cóndor salió disparado, corría con el torso al descubierto buscando a sus oponentes y... aquí empezó la carnicería.
 
A pesar de ir armados, los novatos no tenían nada que hacer contra un Cóndor totalmente fuera de sí, tal como estaba no parecía ni humano. Le gritaban que parara pero solo recibían gruñidos por su parte y no parecía reaccionar a las múltiples heridas que tenía por el cuerpo.
 
Cóndor se abalanzaba sobre ellos, rompiéndoles los huesos a golpes y desgarrando su carne con los dientes. Aquello no era una pelea, era una cacería. No tardó mucho en liquidarlos a todos. Fue una auténtica oda a la carnicería.
 
Aaron disfrutaba del espectáculo y estaba orgulloso de haber encontrado alguien tan valioso. Un toque en su hombro le hizo desviar su atención de la arena, solo para encontrarse con un sirviente que le traía un sobre rojo... Aaron sonrió malicioso y llamó a los de seguridad para que sacaran al exhausto Cóndor de la arena para llevarlo a las habitaciones.
 
Los sobres rojos... habían sido una gran idea... de Aaron obviamente. Sus luchadores eran populares por sus matanzas y entre su público habían muchos fetichistas extraños... bueno, Aaron no era nadie para hablar... pero aquellos sobres se habían convertido en dinero rápidamente. Un sobre rojo significaba una solicitud muy clara y en su interior se encontraba el demandado y dónde debían llevarlo... el anonimato era importante y sus clientes cambiaban de habitación constantemente así que era imposible saber quién era.
 
Sacaron a Cóndor de la arena como un perro y nunca mejor dicho, lo llevaban entre cuatro con lazos metálicos que utilizaban en las perreras. Aaron se limitó a beber de su copa mientras seguían los combates.
 
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Los hombres llevaban a Cóndor así solo por precaución, estaba bastante cansado ya y más bien parecía que se iba a caer muerto en cualquier momento. No tenía buena pinta, estaba herido, totalmente ensangrentado, despeinado y tenía la mirada de su único ojo perdida, no sabían cómo es que podía seguir caminando...
 
Llegaron a la habitación, ataron a Cóndor como pudieron y lo dejaron dentro a su suerte. Cóndor se quedó de rodillas en el suelo, mientras se acercaba a él un joven dubitativo.
 
-Mmm ¿Estás bien?- Cóndor no le respondió.-Creo que esto no fue una buena idea...
 
Cóndor lo miró. Era un hombre joven, de complexión delgada que podía verse bajo un albornoz fino, con el pelo negro... algo hizo clic en la cabeza de Cóndor y se levantó.
 
-Dan... Dan...- empujó al chico, con las manos atadas a la espalda, hasta la cama.
 
-¡Waa! Así que sí estabas bien...
 
Puso sus brazos alrededor del cuello de Cóndor, pasando sus manos por su espalda un momento para sentir la sangre caliente que la recorría. Se abrazó a él con las piernas, desabrochando su albornoz en el proceso, dejando su desnudez a merced de Cóndor. Hasta que se dio cuenta de que Cóndor no podía bajarse los pantalones con las manos atadas...
 
Tras bajarle los pantalones a Cóndor este no dudó ni un instante al abalanzarse contra él con una pasión animal mientras murmuraba el nombre de Dan como si fuera un mantra. Lo penetraba con una necesidad violenta y el otro lo disfrutaba como nunca, gimiendo en voz alta, gritando de placer... Sin duda un día inolvidable... para ambos.

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