1: Supuestamente normal

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A varios kilómetros de la base central de supervisión de anomalías, cuando la tormenta dejó paso a un soleado amanecer, Tony se despertó tranquilamente como cada mañana.
Mientras estiraba su cuerpo sobre el colchón, echó una mirada hacia el otro extremo de la habitación. La otra cama aún estaba ocupada por Samuel, su hermano mayor. Eso quería decir que no había despertado tarde para ir al colegio.
Su vida era muy normal, como la de la mayoría de los jóvenes de su edad; ir al colegio, algo de deporte y entre otras cosas que no encajarían para nada con lo que le esperaba luego de ese día. El día en que la anormalidad que rodeaba su vida, se volvería parte de ella.
—Bueno, arriba, Tony —Fueron sus primeras palabras al despertar, auto-alentándose para levantarse a pesar de querer meterse más a la cama.
Se puso de pie, y luego de dar un par de saltos para sacudirse la somnolencia añadió:
—Estúpidos lunes. ¿Por qué tienen que ser tan pesados?
—¿Podrías callarte? —Dijeron desde el interior del bulto de mantas que yacía sobre la otra cama—. Estoy tratando de dormir algo.
—¿Por qué tan tranquilo, Samuel? ¡Arriba, arriba! —Decía Tony entre una risa.
—Cállate, idiota, o vas a llegar tarde como siempre.
Normalmente, Samuel era así de agresivo verbalmente con él, pero Tony sabía que le tenía un enorme afecto a pesar de su mal humor.
Sin perder más tiempo, se metió a la ducha.
No tardó más de cinco minutos —para no arriesgarse a llegar tarde—. Vistió su uniforme, tomó su mochila y salió de su habitación.
En la cocina su madre le preparaba algo para desayunar, como cada mañana. Mientras bajaba las escaleras, percibió ese inconfundible olor a chocolate caliente que le llegaba al alma.
—¡Tony! —Le grito su madre por encima del hombro—. ¡Apresúrate o vas a llegar tarde otra vez!
—¿Ah? No creo que sea tan tar...
Tony miró al reloj de pared e inmediatamente se dio cuenta de que, efectivamente, iba a llegar tarde otra vez; tenía sólo quince minutos para llegar a la primera clase a tiempo.
Bufó al darse cuenta de que Samuel tenía razón.
—¡Péinate antes de irte, Tony! —Le dijo su madre mientras él echaba a correr de un lugar a otro buscando sus cosas.
—No tengo tiempo —dijo mientras guardaba el celular—. Supongo que comeré en el camino —añadió recogiendo el desayuno de la cocina—. Había olvidado decirte que Scott nos invitó a ver una película en su casa más tarde —informó a su madre mientras guardaba los cuadernos que había dejado sobre la mesa el día anterior—, pero te avisaré de todas formas —finalizó colgándose la mochila.
Su madre le sonrió con ternura. Le pasó las manos por el cabello para arreglárselo, y le dijo:
—Cuídate, Tony.
Tony se sintió extraño. Su madre siempre le decía que tuviera cuidado, pero ese día se atrevía a decir que se oía… preocupada.
—Lo haré, mamá, ya me voy.
Se dio vuelta, y luego de salir, cerró la puerta tras de sí. Llenó sus pulmones de aire con una gran bocanada... y echó a correr.
El clima seguía siendo frío, pero las nubes de tormenta de la noche anterior se habían esfumado.
A nadie se le hacía extraño ver a Tony corriendo a esas horas en dirección al colegio.
La Ciudad de Geralldia. Una ciudad poblada, donde los habitantes raramente se quejan de sus vidas. Todos caminan de aquí para allá y de allá para acá, intentando hacer caso omiso de lo extraño que se había estado tornando todo.
Todos esos desastres naturales, todas esas muertes sin explicación. Mucha gente especulaba que no se trataba de cáncer, como tanto decían, pero nadie podría saber qué era real y qué era falso.
Todo eso a Tony le llamaba muchísimo la atención. Para él, había una razón oculta para todo aquello. Tony creía que algo pasaba en el mundo, creía firmemente en que algo iba mal, pero ninguno de sus amigos le prestaba atención.
Sólo faltan un par de cuadras más —pensó, todavía sin detener la carrera.
Alzó la vista y allí, caminando plácidamente, divisó a un chico que conocía.
Tony corrió hasta detenerse junto a él.
—¿Otra vez tarde? —Le preguntó él en tono de burla ante lo obvio.
Tony recuperaba el aliento mientras se descolgaba la mochila para sacar su desayuno.
Cris, uno de sus mejores amigos. Un chico con el cabello largo y de lado, de un tono rojizo. Tenía perforaciones en las orejas; el colegio de Geralldia solía ser bastante permisivo en cuanto al aspecto de los estudiantes.
—Todo el ruido de esa tormenta de anoche no me dejo dormir bien —dijo Tony mientras devoraba su comida—. No sé tú, pero a mí me pareció bastante anormal. ¿Ya viste cuantos árboles caídos hay? Y lo peor es que las líneas telefónicas no funcionan.
—Sólo son árboles, Tony, se caen siempre con la lluvia —dijo Cris despreocupado—, y solucionarán lo de la cobertura en un rato, no le des tantas vueltas. ¡Mira el lado positivo! Hoy es tarde de películas en casa de Scott y Alba me dijo que Jim también iría.
—No entiendo cómo es que no te parece raro ¡y no nombres a Jim sólo para que se me olvide! —exclamó Tony mientras comía lo más rápido posible.
—Olvídalo, Tony. Concéntrate en el mundo real y con suerte Ronald no será tan insoportable hoy, y los profesores se compadecerán de nosotros y no dejarán tarea.
—Los profesores siempre dejan tarea, y no hay día en que Ronald no sea insoportable.
Cris era ese tipo de persona tranquila y serena que rara vez se complica la vida.
Continuaron caminando hasta llegar al colegio, el enorme colegio de la ciudad de Geralldia, constituido por tres colosales edificios; el edificio central, al que asistían los de primaria, el edificio oeste para los tres primeros años de bachillerato, y el edificio este, para los dos últimos años.
El colegio también contaba con un comedor suficientemente grande para todos los estudiantes, un gimnasio, una cancha de futbol y una piscina.
El patio central estaba lleno de estudiantes que pululaban de un lugar a otro, pero no tardaron en encontrarse con David y Scott.
David era de baja estatura, de cabello castaño y ojos claros con una actitud muy parecida a la de Cris. En cambio Scott se caracterizaba por sus lunares y pecas, ser el más alto del grupo y ser el más responsable y precavido en todo lo que hacían.
—Es tarde —dijo Scott.
—¿Por qué no están en clases? —Preguntó Cris.
—Porque los esperábamos. Gwen y Ashley están distrayendo al profesor. No podíamos dejar que perdieran el examen de hoy —respondió David.
—Bueno, vámonos rápido o Gwen nos va a decapitar a los cuatro.
Luego de subir las escaleras del edificio este en tiempo record, Tony, Cris, David y Scott entraron al aula.
Gwen y Ashley ya estaban allí, y contaron que habían retrasado al profesor diciéndole que habían oído a alguien decir que les darían un aumento de sueldo, por lo que el profesor decidió ir a preguntar al respecto a la dirección del colegio.
Ellos cuatro fueron los últimos en entrar al aula. Alba, la novia de Cris, ya había llegado. Gwen y Ashley, obviamente, estaban sentadas al fondo riendo de la ingeniosa distracción que se les había ocurrido. Zoe, la prima de Scott, los saludaba enérgicamente desde su silla. El irritante e insoportable Ronald los miraba con desagrado, rodeado por su grupo de compañeros que le servían más como guardaespaldas. Pero ni siquiera la indeseable presencia de Ronald opacaba la de Jim.
Para Tony, Jim daba color a toda el aula
Jim era una chica morena, con cabello oscuro que le llegaba un poco más por debajo de la cintura.
Ella tenía la sonrisa más bonita que él había visto en su vida, y las carcajadas más melodiosas del mundo a su parecer. Tenía el café más delicioso de la historia en sus ojos, y estaba seguro de que la diosa Atenea desearía haber sido tan sabia e inteligente como lo era ella.
—Despierta, enamorado —le dijo Scott, sacando a Tony de su estupefacción—. Ve a sentarte, por poco te babeas.
Tony se sintió avergonzado y continuó a su puesto, pero justo después de sentarse...
—¿Por qué has llegado tan tarde, conspiranoico? —Escuchó decir a Ronald. Sintió como agua hirviendo subiendo por su esófago—. ¿Acaso te besabas en el baño con el hobbit, el ghoul y el vampiro? —añadió, refiriéndose a David, Cris y Scott.
Tony se levantó, histérico, pero Gwen se interpuso.
—Ronald, la única que tiene derecho de decirle conspiranoico a Tony soy yo, David bien podría darte una paliza con su baja estatura, más cara de ghoul tienes tú que Cris, y por si no lo sabías, ningún vampiro tiene pecas, animal. Si no te callas, voy a hacer que te tragues tus tontos sobrenombres.
Toda el aula se rió de Ronald. Gwen dio un par de palmadas a Tony.
—Recuérdame por qué no puedo partirle la cara.
—Porque prometimos al director no meternos en más líos con bullys o acabaríamos expulsados —dijo Gwen—. Respira profundo, sólo mira a Jim un rato y verás cómo se te pasa.
Tony respiró profundo, y en realidad supo que si miraba a Jim, la rabia se le pasaría fácilmente.
A Tony le gustaba Jim desde el quinto grado de la primaria, pero su torpeza siempre le había estropeado las oportunidades que había tenido con el pasar de los años. Sin embargo, eran muy amigos. Se la llevaban muy bien.
Tony la miraba cada vez que tenía la oportunidad —sin que ella lo notase, claro está—, y a veces perdía el hilo de la clase y tenía que pedirle a Gwen que le explicara todo lo que él se había perdido.
Luego de presentar el tan importante examen, entregar un ensayo de Literatura, ir al comedor para el almuerzo y una exhaustiva clase de Física, fue que tuvieron permiso de retirarse.
Habían acordado reunirse en casa de Scott para ver una película ese día, pero mientras caminaba por los pasillos inferiores del edificio este, Tony dudaba, pues sabía que sería lo mismo de siempre: Cris estaría con Alba, David con Ashley y Scott con Gwen, mientras él quedaba allí. Simplemente allí. Quizá abrazando a un cojín o algo así.
Sin embargo, no tuvo suficiente tiempo de imaginarse a sí mismo abrazando a uno de los cojines del sofá de la casa de Scott, pues le gritaron:
—¡Antony!
Esa misma persona saltó a su espalda y lo derribó. Por la repentina llegada, el grito y la voz de emoción excesiva e innecesaria, Tony ya sabía de quien se trataba.
—Me llamo Tony, Zoe —dijo Tony tratando de sonar lo más sereno posible—. Parece que cada vez tienes una manera más extraña de aparecer, ¿no?
Zoe era ese tipo de chica hiperactiva que aparecía siempre sin avisar y además de eso, para su edad, era de muy baja estatura, lo que le daba un aspecto tierno y al mismo tiempo gracioso.
—Lo siento, hacía tiempo que no te veía y me emocioné.
—Tony puso los ojos en blanco— Zoe, no nos vemos desde hace unos minutos —dijo.
—¿Irás a casa de mi primo Scott? Jim me dijo que estará allí —dijo Zoe con un tono de voz mucho mayor al que Tony hubiese deseado.
—¡Baja la voz! —Dijo Tony tapándole la boca y mirando alrededor—. No lo sé, no creo que sea buena idea.
—No seas tonto, Antony, este es el día. Acabarás quedándote sin oportunidades, y terminarás en un cuarto oscuro preguntándote qué tal hubiera resultado.
Tony lo pensó una vez más. Ya llevaba casi cinco años sin lograr nada más que una amistad con Jim. Necesitaba comenzar a acercarse más a ella, o todos tendrían veinticinco años, y él continuaría abrazando cojines.
Sin darse cuenta, ya Zoe lo había convencido. Pensó en avisarle de todo a su madre pero su celular aún permanecía sin señal. Trató de no darle mucha importancia.
Quizá, de no ser por lo que vino luego, probablemente hubiera tenido un gran día.
Un grupo se congregaba en el patio central. Tony divisó a Ashley y a Gwen haciendo señas para llamar la atención de ambos.
—¡Tony irá! —Exclamó Zoe como si se tratase de un logro.
Cuando llegaron con todo el grupo, alguien dijo:
—Me alegra que vayas, así Zoe y yo no seremos las únicas sin pareja.
Tony no sabía que Jim ya estaba allí, y preferiría haberse mantenido así, porque su determinación se había esfumado y sólo le quedaban nervios en su lugar. Quería salir corriendo.
Zoe lo miró y le indicó con señas que respirara profundo.
Intentó controlar el rubor de sus mejillas.
—Bueno, vámonos ya —dijo Scott.
Todos echaron a caminar en dirección a la salida cuando repentinamente...
—¡Miren! —Gritó Gwen.
Tony y todos sus amigos alzaron la vista casi al mismo tiempo al lugar que Gwen señalaba.
Varios helicópteros del ejército estaban sobrevolando la ciudad, y aparentemente... se estaban acercando al colegio.
Un enorme convoy bloqueó la salida, y todos se estremecieron.
Decenas de soldados comenzaron a colarse por todas partes. Por la entrada principal, por encima de los muros, desde dentro de los edificios e incluso había unos cuantos en las azoteas. El colegio ya lucía casi igual que una base militar.
Los apuntaban al menos unas veinte armas.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no nos dejan ir? —Reaccionó Scott.
Un hombre se abrió paso por la multitud de soldados que bloqueaban el paso del grupo de chicos, y allí se mantuvo de pie.
—¡Hice una pregunta! —Volvió a gritar Scott.
El hombre, alto, fornido, con la mirada fría y penetrante, los miró con desprecio, y se limitó a hacer señas a los demás soldados.
Todos y cada uno de los jóvenes que aún quedaban en el colegio fueron obligados a caminar hasta el patio central. Ronald  y su grupo quedaron incómodamente cerca de Tony y sus amigos.
El ambiente se sentía increíblemente tenso. Fue entonces cuando el hombre pareció interesado por hablar.
—Buenas tardes, soy el coronel Louis Hernández de la OMSA y estamos aquí para llevarlos a nuestra base central —dijo aquel hombre.
La multitud de jóvenes permaneció en completo silencio mientras que en la mente de Tony nada lograba tomar sentido. Su mente no daba crédito a lo que le rodeaba.
—Allí determinaremos si son aptos o no para ayudarnos con nuestra misión —dijo el hombre
—¿Qué misión? —gritó Cris con una expresión de preocupación que no era normal en él.
—Todo se les dirá a su tiempo —respondió con severidad el coronel.
—¡Por favor! —Exclamó alguien— ¿Creen que vamos a obedecerles simplemente porque sí?
El coronel puso una cara de ira sin igual.
Tony se alarmó en gran medida, no porque se tratase de alguien que le importara, sino porque la ira que reflejaba el rostro del coronel no parecía humana.
Ronald, con su insoportable actitud, le escupía insultos y burlas al coronel en la cara.
—¡Ronald, idiota, cállate ya! —Le gritó David.
—¡Ay, vamos, hobbit!—dijo Ronald dándose vuelta—. Estos son chupamedias del estado, ¿qué es lo que pueden hacerme? —Ronald se volvió nuevamente al coronel—. ¿Eh, chupamedias? ¡¿Qué se supone que vas a hacerme si no te obedezco?!
Lo que sucedió luego, fue lo más inesperado que podría haber sucedido.
El sonido de un disparo rasgó el aire. Todos los estudiantes gritaron de horror. Ronald cayó inerte sobre el suelo, con una gran mancha roja sobre el pecho.
—¡Mataron a Ronald! —Exclamó Cris, horrorizado.
—Eso —dijo el coronel sujetando su arma al frente, dejando en evidencia que él había hecho el disparo—; eso es lo que pasará a los que no nos obedezcan.

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