2: Gravedad; fuera

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Tras presenciar la última escena, algunos quedaron mudos y paralizados, otros muchos seguían horrorizados y nerviosos, pero Tony tuvo una reacción totalmente distinta. Dio un paso al frente y gritó:
—¡Tienen que estar locos! ¡Se van a meter en un gran lío! —Tony señaló el cadáver del Ronald—. ¿Acaso se supone que ya no tenemos derechos?
—Ey, ey. Cálmate —le susurraron.
Jim, que lo acababa de sujetar desde atrás, lo halaba alejándolo del campo de visión del coronel antes de que pudiera suceder algo más.
—Mira lo que le pasó a Ronald. No necesitamos a uno de nosotros muerto también.
—¿Derechos? Ja. —Se burló el coronel, luego de quitar su agresiva mirada de encima de Tony—. Todos ustedes están obligados a obedecer, y nosotros no nos meteremos en ningún lío.
Era evidente que a todos se les hacía difícil procesar tanta información. ¿Por qué estaban obligados? ¿Cuándo sus derechos habían dejado de valer? Todo había sucedido muy rápido. Incluso después de esa larga charla y de ver cómo alguien era asesinado, todos se negaban a acceder a tan incierto destino.
—¡Me están haciendo perder la paciencia! ¡Suban a los malditos autobuses o acabaremos matándolos a todos! —Gritó el coronel, dejando aturdidos desde el primero hasta el último de los presentes.
Se volvió hacia los demás soldados y escupiendo saliva gritó:
—¡Súbanlos, a todos! ¡Y quién dé demasiados problemas acabará como este! —Dio una patada al cadáver sangrante de Ronald—. ¿Por qué demonios lo sigo viendo? ¡Que alguien se deshaga de él!
El sujeto parecía demasiado irritable, era muy extraño para Tony, pero ya que a diario muchas cosas le parecían extrañas, no le dio demasiada importancia. Nadie se atrevió a seguir discutiendo.
En orden, todos los estudiantes marchaban hacia la salida; una larga fila de autobuses escolares, estacionados a lo largo de toda la calle. No se veía ningún tipo de civil a kilómetros y kilómetros. Tony notó que no sólo allí sobrevolaban los helicópteros, sino que toda la ciudad estaba siendo patrullada.
—Esto es una mierda —le susurró Scott a los demás.
—No tenemos otra opción, no queremos que uno de nosotros acabe muerto —le respondió Gwen, intentando que ninguno de los soldados que los escoltaban notaran la conversación.
Gwen era una chica alta, de piel morena y cabello oscuro un poco más por debajo de los hombros —casi siempre trenzado—. Por alguna razón todos sospechaban que tenía algún tipo de relación con Scott, algo más que una amistad, pero ambos se negaban siempre a hablar del tema.
Los situaron frente a uno de los amarillos buses. Uno a uno, los estudiantes iban subiendo a él. Los primeros amigos de Tony en subir fueron Cris, David, Jim y  luego Zoe, pero justo antes de que los demás pudieran subir también, el autobús se llenó.
Tony estuvo a punto de protestar al respecto, pero Scott le sujetó el hombro, y le negó con la cabeza. Contuvo sus palabras, y desde el interior del bus, Cris le dijo:
—Tranquilo, torpe. A donde quiera que nos lleven, vamos a estar bien.
No sabía cómo, ni por qué, pero Tony sentía que las palabras de Cris eran ciertas. Después de todo, su mejor amigo nunca le había mentido.
Dio un paso atrás mientras arrancaban el bus, y este seguía la misma ruta que habían seguido los demás.
—¿A dónde crees que se dirijan? —preguntó Ashley.
—Hum, lo mismo estaba preguntándome. Siguiendo esa ruta... pareciera que fueran hacia el bosque —respondió Gwen con la mirada fija en la parte trasera del autobús que estaba a punto de perderse en la lejanía.
Tony pensó en los bosques geralldianos, ese que tanto le aterraba. Ese donde la gigantesca arboleda era lo suficientemente densa como para que se perdiera de forma extremadamente fácil todo aquel que se tomara la tonta tarea de adentrarse.
Ashley, Gwen y Jim eran amigas incluso desde que Tony y los demás las conocieran, por lo que no le sorprendió que podrían estar preocupadas por Jim.
Por otro lado, posiblemente a Ashley y David sí estaban evidentemente en algo, a pesar de que también se negasen a hablar al respecto, lo de David y Ashley ya eran más que sospechas, era muy evidente.
—No se retrasen —les dijo uno de los soldados encargados de escoltarlos.
El grupo de chicos caminó hasta el siguiente autobús, y tal como en el anterior, fueron subiendo uno a uno hasta que éste estuvo totalmente ocupado.
Tony se sentó junto a Ashley, que continuaba con aquella expresión de preocupación.
El bus arrancó, y como esperaban, siguió la misma ruta que el resto. Tony miró alrededor para comprobar que todos sus amigos estuvieran presentes; Gwen y Scott se sentaron justo detrás de ellos, Alba se sentó junto a un chico que tenía cara de total desinterés por todo lo que estaba sucediendo y su piel pálida no hacía más que darle un aspecto mucho más deprimente.
—¿Crees que volvamos a casa pronto? —Le preguntó Ashley, sacándole de sus pensamientos.
—Ojalá que sí —le respondió mientras recostaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos.
—Oye... Hum... le pareces lindo a Jim.
Tony se sobresaltó y se lanzó hacia adelante de golpe, casi que estrellando la cabeza con el asiento de enfrente.
—¿Por qué dices eso?
Eso había alejado todos sus pensamientos acerca de lo que estaba sucediendo.
—Es más que obvio —dijo Ashley mientras reía levemente—. Se nota en cómo te mira de vez en cuando.
—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?
—Porque antes no me preocupaba lo que podría pasarnos. Mira lo que sucede; nos acaba de secuestrar el ejército, no sabemos siquiera si volvamos a vernos cuando lleguemos a donde sea que nos lleven, ya alguien murió, no sabemos si nosotros también. A lo que me refiero es que ya no hay nada valioso qué ocultar.
Tony sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—Mierda —fue lo único que atinó a decir mientras volvía a recostar la cabeza. Ashley volvió a reír y la conversación se apagó.
Estaba comenzando a preocuparse en serio. Estaba seguro de que ni siquiera un chico tan irritante como Ronald merecía morir de esa manera.
¿Cómo demonios habían acabado en ese lío tan rápido? Su cabeza comenzaba a doler por tanto pensar.
Estuvieron en silencio hasta que comenzaron a adentrarse, como había predicho Gwen, al bosque. Tony se asomó por encima de su asiento, y mirando a Gwen con cara de querer golpearle dijo:
—Tenías que decirlo.
—Lo siento, conspiranoico. No es mi culpa que no te guste el bosque.
—Ese lugar debe estar muy escondido —dijo Ashley. Tony se enderezó en el asiento.
—Tal vez sea zona restringida o algo así.
—¿Para que no escuchen los gritos agonizantes de las víctimas, o algo así?
—Mira, eso no me ayuda, Ashley —se quejó Tony. Ashley rió.
Al menos aún podían hacer eso; reír.
Les siguieron otra media hora de viaje. Transitaban por un camino inquietante: Árboles de unos sesenta metros de altura a la izquierda y un acantilado al cual Tony calculó más de quinientos metros de caída a la derecha.
Por ese camino unos diez minutos más, Tony empezaba a quedarse dormido por el aburrimiento, a pesar de que no le gustase el bosque y que sentía que estaban amenazadoramente cerca del acantilado, pero no pudo. No. No pudo dormirse.
Era como si el universo hubiera conspirado única y exclusivamente para crear una serie de acontecimientos desventajosos que acabasen convenciéndolos de que ya no podían confiar en absolutamente nada de lo que habían aprendido durante sus años de vida, porque en serio, nadie en su sano juicio esperaría algo como lo que sucedió en ese momento.
Un grito inesperado que provino de la parte trasera del bus fue lo que lo sacó de su relajación; un grito que era una extraña mezcla entre horror y confusión.
Tony se apresuró a mirar, e inmediatamente, sintió el mismo horror que provino de los gritos y supo que la anormalidad del mundo había llegado a otro nivel. De todo lo extraño que había estado sucediendo, eso sin la más mínima duda era lo más grande y seguramente no habría nada que lo superase.
—¡Estamos flotando! —Gritaba Scott desde atrás— ¡El maldito autobús está flotando!

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