7: El jefe de vigilancia

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Tony necesitó un par de segundos para asimilar totalmente el repentino suceso.
Al ya haberlo vivido una vez, no sintió tanto pánico y en lugar de eso, creía saber qué hacer. Sujetó a Jim y ella lo imitó, quedando cara a cara en el aire. Seguramente si no se hubieran encontrado en medio de una situación tan poco común, ambos se hubieran sonrojado por lo cercanos que quedaron sus rostros.
Inmediatamente se desataron alarmas por todo el lugar, acompañadas por unas luces rojas titilantes que no ayudaban en lo absoluto a mantener la calma. Las alarmas retumbaban por todo el lugar e incluso lastimaban los oídos a los presentes.
 A pesar del estruendoso sonido, Tony alcanzó a escuchar a alguien gritarles:
—¡Tony, Jim! ¡Las puertas están abiertas, es nuestra oportunidad!
Era David quien gritaba. En tan sólo segundos, Tony entendió las intenciones de sus amigos y miró a su alrededor, como buscando una manera de llegar a las puertas que, tal vez por el modo de emergencia de la base, estaban abiertas de par en par.
—¡Mira, ahí! —le dijo Jim en voz alta para hacerse escuchar entre todo aquel bullicio— ¡Sujétate del barandal y así nos acercaremos hasta la puerta!
Jim una vez más le sorprendía por su rápida manera de encontrar soluciones. Tony se estiró a más no poder para llegar hasta el barandal que se hallaba asegurando la segunda planta.
Logró sujetarse y de esa manera fueron avanzando; Tony halándose del barandal mientras Jim iba abrazada de su espalda.
Se acercaron todo lo que pudieron y Tony sintió que alguien tiraba de su pierna hacia abajo. Era Cris, que se hallaba en la punta de una especie de cadena que hacían todos sus amigos para ayudarlos a llegar al otro lado de las puertas. 
Era increíble la forma en la que improvisaban. No necesitaban gravedad, ¿quién necesita eso?
Sacaron a Jim y a Tony de los dormitorios y comenzaron a avanzar por los pasillos sujetándose de lo primero que consiguieran en su camino.
—¡Ocultémonos! —Sugirió Gwen— ¡Cuando vuelva la gravedad exploraremos el lugar!
—¿Pero dónde? —la apoyó Ángeles. Era la primera vez que Tony la veía opinar en las decisiones del grupo.
Decidieron entonces, buscar algún lugar donde ocultarse para permanecer hasta que regresara la gravedad hasta que volvieron a sentir el peso de sus cuerpos siendo atraídos por la tierra; la gravedad había vuelto.
Cayeron fuertemente, todos casi al mismo tiempo. Las alarmas se apagaron y se escuchó el chirrido de las enormes puertas de los dormitorios cuando volvían a cerrarse.
—Parece que volvió antes de lo estimado —dijo Zoe entre un quejido.
—Qué observadora, primita —replicó Scott con sarcasmo.
—Lo mejor será movernos si no queremos que nos encuentren aquí —dijo Sara con la voz inundada en seguridad y determinación.
Todos se levantaron, se arreglaron la ropa y se encaminaron a dondequiera que les llevaran aquellos pasillos. Tratando de ser sigilosos pero al mismo tiempo veloces, avanzaban y doblaban en pasillos al azar. 
Llevaban unos diez minutos de búsqueda improvisada cuando se encontraron la entrada a un pasillo fuertemente vigilado, con aproximadamente quince guardias.
—Por ahí debe ser la salida. Es la única razón por la cual tendría tanta protección esta parte —susurró Cris. Para Tony, tuvo sentido esa suposición.
—Busquemos otra ruta. Por aquí no pasaremos jamás —sugirió Gwen mientras espiaba.
—Tal vez podamos con ellos —dijo Cris.
—¡No seas tonto, están armados! —replicó Ángeles.
Y antes de que pudieran siquiera darse la vuelta o seguir discutiendo, cientos de pisadas como de una estampida de gente se escucharon venir desde sus espaldas.
Al voltear vieron a unos diez guardias, que de inmediato levantaron sus armas apuntándolos a todos.
—¡Las manos arriba! —grito uno de ellos.
—¡Tranquilo, amigo, sólo estamos buscando los dormitorios! —respondió Cris adelantándose a todos.
—¡Dije manos arriba! —Insistió aquel hombre—. Están muy lejos de los dormitorios. 
—Mira, apuesto a que tú también viste la falla de gravedad. Las puertas se abrieron y salimos flotando del lugar, nos perdimos y empezamos a caminar, es todo. No ganamos nada husmeando por ahí, ¿o sí?
Tony y los demás estaban todos con las manos arriba, simplemente observando atónitos la manera en que Cris intentaba persuadir a los guardias.
Cris era muy bueno en ello; más de una vez los había salvado de un lío con un profesor, pero nunca pensaba con tanta rapidez como lo había hecho allí. El sujeto no parecía estar del todo convencido cuando otro hombre empezó a abrirse paso entre los demás guardias.
—Calma, hombres —fue lo primero que dijo aquel sujeto—. No les traten mal, son armas, merecen respeto —el tipo traía un uniforme como el de los otros guardias pero éste era de color rojo brillante a diferencia de los guardias comunes, que vestían uniformes de color vinotinto.
—¿Y tú eres? —preguntó Tony, reflejando una seguridad que surgía de su interior como una fuerza que había permanecido escondida; esa misma fuerza que le había surgido en el patio del colegio el día anterior. Quizás a causa de la irritación por volver a escuchar ser llamado arma.
—Mi nombre es Carlos Bautista, soy el Jefe de vigilancia y seguridad de la Base, y ustedes no deberían tener sus... narices metidas por aquí.
—Ya mi amigo le explicó a tu agente, estamos perdidos.
—Tranquilo, amiguito, apuesto a que nos dicen la verdad —dijo el hombre con un tono de amabilidad sarcástica—. Les llevaremos de vuelta a los dormitorios sin problemas.
Sin decir más, los guardias comenzaron a guiarlos a través de los pasillos de vuelta a los dormitorios y Tony trato de grabar en su mente el camino para recordarlo en cualquier otra ocasión.
 Llegaron por fin frente a las inmensas puertas y éstas se abrieron para permitirles el paso. Los ingresaron nuevamente al lugar y antes de cerrarse, Carlos volvió a hablarles:
—La próxima vez que se pierdan por ahí, no anden por donde no deben, podrían descubrir cosas que traumatizarán sus mentecillas. Hasta pronto, amiguitos —terminó de decir justo antes de que las puertas se cerraran con su característico estruendo que pudo fácilmente despertar a todos, pues ya no habían muchas personas vagando a la vista por el lugar. 
—Ese sujeto no me agrada —dijo Scott.
—No eres el único —le siguió Cris.
—No es momento de quejarse de quien les cae mal o no, tenemos que idear una manera de salir ya que conocemos la ruta a una salida —dijo Ashley.
—Dejémoslo para mañana —sugirió Gwen—. Mejor vayamos a descansar para mañana no estar como zombis en la Forja.
—Concuerdo —dijo Sara entre un bostezo—. Además, nos están enseñando cosas muy útiles, no queremos perdernos ningún detalle que pueda ayudarnos.
Sara también estaba ya muy unida y dispuesta a colaborar.
Subieron a la segunda planta y todos se despidieron. Cada quien entró a su habitación y dentro, Tony, Cris, Scott y David establecían la última conversación del día:
—Eh, Tony, ¿qué tal se sintió tener a Jim tan cerca? —le bromeo Scott.
—Parece que estas recuperando el buen humor —le respondió, también de broma pero al mismo tiempo esquivando la pregunta anterior. 
—Me alegra que por fin te estés acercando a Jim —dijo David—. Pensé que nunca te atreverías.
—Cállate, David, que Ashley y tú aún no se atreven a hablar de lo que hay entre ustedes —dijo Tony siguiendo las bromas.
—No seas tonto, Tony —se unió Cris—. No pasa nada entre ellos. Justamente ayer me dijo que aún no la ha besado por primera vez.
—¿Y así pretendes burlarte de Tony? —siguió Scott.
—Tú tampoco eres el más indicado para decir eso, Scott. Aunque sí haya algo claro entre Gwen y tú, no has tenido el valor de proponerle que sean más que amigos —le respondió David—, y Cris, te salvarías si no hubiera sido Alba quien dio el primer paso.
—No puede ser —dijo Tony—. Somos unos fracasados.
Todos reían sin parar hasta que en algún punto de la conversación las risas y los chistes cesaron y la habitación quedo en completo silencio.
Una vez más, el sueño venció a Tony antes de que pudiera pensar o decir algo más.
Había sido un día muy largo, necesitaba descansar. El sueño se deslizó sigilosamente hasta nublarle la mente y hacer caer sus parpados. En pocos minutos, Tony se encontraba durmiendo profundamente y no tenía la más mínima intención de despertar hasta el día siguiente.

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