14: La aldea

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Luego de aquel glorioso escape, estuvieron huyendo de prisa por unos treinta minutos hasta que Samuel dio la orden de que disminuyeran el paso.
Fue el momento perfecto para que Tony se reencontrara con sus amigos, y antes de que pudiera empezar a buscarlos Zoe saltó sobre él y lo abrazó. 
—Tienes que dejar de perderte tanto, Antony —le dijo ella. Tony también la abrazo y sonrió.
También saludó a Cris, a Scott y a Gwen que se acercaron. Alba, Javier y Ángeles se encontraban a unos veinte metros caminando junto a Robert y Carol.
Jim y Sara se unieron a ellos.
—Mierda, parece que a ustedes les cayó la base encima —bromeó Cris.
—Si lo dices literalmente, sólo fue a David —dijo Sara de broma—. Por cierto, ¿dónde está?
—Lo llevan en una camilla improvisada que hicieron Samuel y Fran. Ashley se quedó con él —respondió Jim.
—Vayamos a verlo —sugirió Scott.
Todos siguieron a Jim hacia donde se encontraban Samuel y Fran llevando a David.
Después de que todos se saludaran y comprobaran el estado de la pierna del chico, Tony se tomó un momento para ver a su alrededor.
Eran aproximadamente treinta personas que se habían infiltrado en la base. También habían logrado huir algunos chicos que se habían llevado ese día por ser vulnerables y unos muy pocos de los que habían resultado resistentes a parte de ellos.
Tony vio a Sara caminando sola y decidió acercarse.
—¿Va todo bien? —le preguntó para iniciar la conversación.
Sara le había parecido atractiva desde el primer día y a pesar de lo tímido y torpe que era Tony respecto a las chicas, había conversado algunas veces con ella.
—Sí, todo bien —respondió ella—. Aunque aún no paso el mal trago del irradiado —a Tony se le revolvieron las tripas.
—La verdad, yo tampoco. Nunca imagine que algo así fuese posible.
—Intentemos no pensar en ello —dijo ella lanzando una mirada que Tony no logró descifrar.
La luz de la luna teñía al bosque y no hacía más que darle un aspecto tenebroso, aunque Tony prefería mil veces la naturaleza y el frió que seguir encerrado en los dormitorios. Fue cuando pensó en eso que se percató de lo hambriento que estaba.
—Dios, muero de hambre —dijo Tony intentando revivir la conversación.
—Yo también. Hubiéramos traído al irradiado con nosotros, apuesto a que estaban exquisitas esas pústulas —bromeó Sara.
—Creí que evitaríamos hablar de eso —dijo Tony mientras reía.
Sara también rió y ambos estuvieron compartiendo chistes y risas durante un rato hasta que Tony vio que Daniel, el hermano mayor de Cris, se apareció y todos se acercaron para saludarle.
Estuvieron unas cuatro horas más de camino cuando el amanecer comenzó a asomarse y a colorear el cielo con un débil anaranjado. Samuel dijo que faltaban unas dos horas más de camino.
La caminata era tediosa. Crujidos y crujidos con cada pisada. El bosque se hacía cada vez más espeso.
Tony caminaba junto a Cris, y ambos sentían que en cualquier momento se desplomarían  por el cansancio.
—Dios. Este jodido bosque hace parecer que caminamos en círculos —dijo Cris.
—No seas pesimista, ya debemos estar cerca —dijo Tony entre un bostezo, pero él sentía exactamente lo mismo.
El frío matutino les hacía temblar. Crujidos, crujidos. Insectos. Crujidos, crujidos. El estómago rugiendo. Crujidos, crujidos.
Tony intentaba poner la mente en blanco —aunque estaba completamente harto de los crujidos de las pisadas— cuando Cris le sacó del ensimismamiento con un par de codazos en las costillas.
Entre los árboles se veía un inmenso claro que estaba ocupado por varias decenas de casitas hechas con materiales improvisados.
Se emocionaron y apresuraron el paso. Cuando Samuel y sus acompañantes se acercaron, los habitantes de la aldea surgieron de todas partes, celebrando y vitoreando sus llegadas. Samuel, Daniel y Fran fueron abrazados por más de la mitad de las personas allí presentes.
Algunos chicos y chicas que escaparon de la base también eran recibidos por personas de la aldea, entre llantos y abrazos.
Tony se tomó unos minutos para mirar a su alrededor: Aparte de las casas hechas de madera y ramas —y al parecer todo lo que conseguían— había muchas tiendas de campaña.
La gente parecía haber trabajado durante semanas para establecerse allí. Tony alcanzó a ver a personas que solía ver en la ciudad antes de que los secuestrara la OMSA. Samuel, Daniel y Fran parecían ser los líderes, pues todos se acercaban a darles detalles de todo lo que había sucedido en sus ausencias. 
La zona cubierta por la aldea era inmensa, con algunas irregularidades en el terreno, pero todo estaba demasiado bien establecido, de forma que se podía transitar con comodidad.
Al fondo del lugar había un edificio un poco más amplio, y justo en frente estaba una mesa gigantesca, con largos troncos cortados a ambos lados de dicha mesa haciendo el papel de asiento.
Más allá de los límites de la aldea no podía verse más que árboles, y una colina no muy lejana.
Les dieron de comer y les asignaron una de las edificaciones para dormir. Tony se recostó en el suelo de la cabaña que iba a compartir con David, Zoe, Scott y Javier.
Fue en ese momento cuando una ola de emociones invadió a Tony; ¿dónde estaba su madre?
Se levantó de golpe y Scott fue el primero en reaccionar.
—Eh, ¿qué te pasa? —le preguntó Scott sobresaltado.
—¿D-Donde estará? 
—¿De qué hablas, Tony? Te ves pésimo. Respira.
—¡Mi madre! —gritó Tony mientras era invadido por el pánico.
Salió corriendo de la cabaña con Scott pegado a sus talones. Alcanzó a oírlo diciendo algo a sus espaldas, pero no tenía cabeza en ese momento para escucharle.
Se encaminó a buscar a Samuel, esperando oír que su madre estuviera sana y salva en una de esas cabañas.
Corrió hasta aquel edificio junto a la mesa. Encontró a Alex, el chico rubio que había ayudado a cargar a David y le preguntó:
—¿Has visto a mi hermano?
—Está aquí dentro —dijo el chico señalando a la cabaña junto a la que se encontraba. Tony entró sin dudar pensarlo dos veces.
—Samuel, necesito hablarte —dijo súbitamente.
Samuel, que estaba junto a Daniel, Fran y unos cuantos chicos más mirando un mapa de Geralldia, se levantó y se le acercó.
—¿Qué pasa? ¿Ya te dieron de comer? 
—No se trata de eso —tomó aire— ¿Dónde está mamá?
Samuel quedó en silencio unos segundos.
—Tony...
—Dime.
—Cálmate y escúchame...
—¡¡Dime dónde está!!
—¡¡No lo sé!! —respondió Samuel antes de desplomarse sobre una silla. Su mirada desafiante y segura se tornó en una de tristeza profunda—. Ni siquiera sé dónde podría estar —añadió entre sollozos.
Tony sintió que todo en su interior se desmoronaba. No sabía si sentir tristeza ante la gran posibilidad de que su madre podría estar muerta o si sentir rabia hacia la OMSA. Eran los únicos culpables en que eso hubiera pasado. El torbellino de emociones lo devoró y salió corriendo de la cabaña.
Salió del claro y se sentó tras un enorme árbol. Las lágrimas se deslizaban inevitablemente por su rostro.
Sentía un vacío infinito en su pecho. Le dolía hasta respirar.
¿Por qué su madre? ¿Por qué ellos?
Preguntas que obviamente no tendrían respuestas, pero que azotaban su mente, y que probablemente no dejarían de perseguirlo hasta el día en que muriera. Preguntas que no dejó de repetirse hasta que de un momento a otro, se quedó profundamente dormido.

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