17: Amargas revelaciones

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Un consumidor silencio se apoderó de la cabaña, y el corazón de Tony se aceleró como pocas veces lo había hecho.
—¿Dónde está? —Preguntó.
Alex indicó que lo siguieran con un ademán.
Tony y Gwen fueron los primeros en salir, pero por detrás de ellos marchaba todo el grupo. No hicieron falta demasiadas deducciones para saber que se dirigían hacia el edificio principal de la cabaña.
Irrumpieron en el lugar, y todos se volvieron hacia los recién llegados.
El jefe de seguridad de la base central estaba atado a una silla con las manos por detrás del espaldar, pero era su uniforme de color rojo brillante lo que lo delataba, pues tenía el rostro ensangrentado y cubierto de quemaduras, casi irreconocible.
—¡Amiguitos! —Exclamó luchando contra una tos seca—. Cuán orgulloso estoy de ustedes. Lilith debió reconsiderar el hecho de integrarte al programa. Y sí, te hablo a ti.
Todos giraron la mirada a Tony, que era a quien Carlos había dirigido sus palabras. Tony sintió escalofríos. No sabía a qué se refería, pero no sabía si realmente debía tomarlo en serio, pues daba la impresión de que se trataba de alguien con serios trastornos mentales.
—Bueno, feo —intervino Daniel, evidentemente irritado—, no queremos felicitaciones, queremos información.
—Y yo quisiera saber si todos los Álvarez son así de insoportables —dijo.
—¡¿Cómo demonios sabes mi nombre?!
Tony no sabía qué punto debía analizar primero. Eran demasiadas piezas por segundo como para intentar unirlas todas.
—Eso no importa —interrumpió Samuel—. Dime, ¿sabe alguien más nuestra ubicación?
—Cuánto has crecido tú también —dijo Carlos con el mismo tono demente—. Te ves mucho más maduro que en la foto que tenía tu padre en su oficina.
Y el ambiente pareció tornarse frío de un instante a otro. El aire se hizo más pesado y tenso. Casi tan pesado como el nudo que Tony sentía en su pecho en ese momento.
Su… ¡¿padre?!
—¡¿Qué vas a saber tú de mi padre?! —Exclamó Samuel.
Se hizo hacia adelante violentamente y ahora apuntaba su arma en la frente de Carlos, pero el sujeto sólo reía a carcajadas.
Era evidente que ese tipo había perdido la cordura. Pero Tony apenas podía respirar.
—¿Ninguno sabía que estos dos son hijos del ex director de la OMSA?
—¡¡Cállate ya!! —Gritó perdiendo el control. 
—¡Es su culpa que estén en esto! ¡Se sabía que ustedes dos eran resistentes porque él lo era, y ahora todos morirán por su culpa!
—¡¡Cierra tu cochina boca!! —Gritó Samuel en un estallido de ira que no logró contener más
Se abalanzó sobre Carlos y descargó ambos puños repetidamente sobre su rostro, haciendo notar su ira y desesperación, pero Fran y Daniel lo obligaron a retroceder antes de que fuera demasiado tarde.
Tony seguía paralizado.
¿Su padre… ex director de la OMSA? ¿Ese hombre al que él no veía desde los seis años era el culpable de todo eso?
Recordó fugazmente la pregunta de aquel sujeto que tomó la muestra de sangre en su segundo día en la base. Ahora tenía sentido, pero de otra manera él nunca se habría imaginado algo como eso.
Tantas preguntas rebotando sin descanso en su mente se sentían como decenas de chinchetas incrustándose repetidamente en su materia encefálica.
Tony tomó suficiente aire para salir de aquel estupor.
Caminó hasta donde se encontraba Carlos y apuntó su arma sobre su frente, pero antes de que pudiera formular su primera pregunta, el hombre le dijo:
—¿Tú también pensabas que su padre los había abandonado, verdad?
—¿Avisaron a alguien sobre nuestra ubicación? —Preguntó Tony ignorando la pregunta anterior.
Carlos rió con demencia y fue luego cuando respondió:
—¿Avisar? ¡¡Por algo dije que todos morirán!! —Gritó luchando nuevamente contra una incontrolable tos seca.
Fue en ese momento que Tony se fijó en el rostro de Carlos: De las quemaduras estaba surgiendo esa sustancia de color marrón que él reconoció como…
—¡Putria! —Gritó echándose rápidamente hacia atrás—. ¡Te estás convirtiendo en un irradiado!
—¡Eres igual de inteligente que tu papi, niño! ¡Apuesto a que tú también podrías haber abierto la brecha
La tensión del ambiente se intensificó de una forma nunca antes vista.
Aquellas tres palabras resonaron en la mente de Tony: Brecha, radiación y armas.
—¿Qué dijiste? —Preguntó Tony acercándose de nuevo. Carlos sólo empezó a reír nuevamente—¡Dime lo que sabes! —gritó Tony mientras sentía que la ira se apoderaba de él.
—¡Tony!
—¡Calla, Samuel! ¡Lo haré hablar por la buena o por la mala!
Todos observaban, como queriendo detener a Tony, pero ninguno se atrevía siquiera.
—¡Habla ya! —Carlos empezó a reír. Tony le asestó un par de puñetazos al rostro.
—¡Tony, basta ya! —Gritó alguien más. Tony no supo quién era.
—¡Que hables! —Repitió él.
—¡La brecha, niño! —Soltó Carlos por fin— ¡Ese ridículo proyecto con el que tu papi pretendía encontrar algo que revolucionara al mundo, pero sólo consiguió una manera de hacer morir a sus hijos indirectamente!
—Ya no voy a soportar más juegos —dijo Tony apuntando su arma directamente a la frente de Carlos.
Lo que decía no tenía sentido. No para él. Su padre no podía tener nada que ver con la OMSA. Era una organización mundial. Su padre no podía estar implicado.
—¿Qué harás niño? ¿Vas a matarme? ¡Ja! Tu madre estaría muy decepcionada.
Y no pudo soportarlo más.
Una cosa era decir disparates sobre su padre pero, ¿nombrar a su madre? No. Eso no iba a soportarlo. Eso no iba a perdonárselo.
Haló el gatillo. Sin arrepentimientos. Sin temor. Sin pensarlo siquiera. Sólo lo hizo, porque quiso hacerlo y nada más.
La bala le atravesó el cráneo y le dio una muerte instantánea. Los ojos del hombre quedaron fijos en un punto indefinido, pero aún reflejaban demencia total.
Tony se había salpicado de putria la mano con la que haló el gatillo, pero no le importó en lo más mínimo.
La cabaña permanecía en silencio tras presenciar la sangrienta escena. Se levantó y miró a su alrededor. Todos lo observaban, incrédulos y boquiabiertos ante lo que acababa de hacer.
—No hay tiempo que perder —dijo Tony con una voz un poco más serena—. Este loco acaba de decir que la OMSA sabe dónde estamos. Los que quieran seguir huyendo, háganlo, no voy a decir nada para hacerlos cambiar de opinión, pero yo iré de vuelta a ese lugar por respuestas. 
—No es buena idea —interrumpió Scott.
—¡No pienso vivir con esto! —Exclamó— Nací para morir, lo sé… pero no moriré huyendo de algo a lo que debo hacer frente. 
Tony permaneció en silencio unos segundos, aguardando.
Nadie habló. Y él lo entendió. Fue doloroso, pero lo entendió. Al fin y al cabo, era él quien debía afrontarlo, y lo mejor era no implicar a nadie más.
Se volvió a la puerta sin decir absolutamente nada, pero antes de poder dar un solo paso, alguien le dijo:
—Ni creas que irás solo, Tony. Yo voy a ir contigo.
—Van a morir —dijo alguno de los desconocidos que servían a Samuel.
—Entonces moriremos, ¿cuál es el problema?
Tony sonrió desde lo más profundo. Nunca esperó recibir tales palabras de Jim.
—También iré contigo —se unió David—. Tú no me abandonaste a mí, así que yo tampoco te abandonare a ti.
—Y ya era obvio que yo iba a acompañarte, torpe —dijo Cris.
—Bueno —dijo Scott con un bufido— supongo que debo ir a cuidar de ustedes.
—No más tontos discursos —habló Sara—. Creo que ya está más que claro que todos te acompañaremos, ¿verdad, chicos? 
Gwen, Ashley y Zoe también asintieron. Tony se sintió invadido por una placentera energía.
Sara y Tony compartieron una leve sonrisa que le causó un ardor en el estómago que le llegó hasta la garganta.
—Yo también iré con ustedes —dijo Alex—. Necesitan toda la ayuda posible.
—Están completamente locos —dijo Samuel.
Tony se volvió a mirarlo.
—No te estoy pidiendo que vengas —le dijo, y Samuel pareció ofendido.
—No vamos a dejar que vayan solos —se unió Daniel, pero Samuel soltó una risa fingida y sarcástica que dejaba en evidencia que pensaba todo lo contrario.
—Esta gente necesita a alguien que los guíe y no voy a abandonarlos. Si quieres hacer el tonto y que te capturen junto a ellos, adelante, ya no es mi problema. Y ustedes —añadió dirigiéndose a Tony y su grupo— son unos desagradecidos. Ayer muchos murieron por ustedes, y tú los convences a todos para volver a esa prisión sólo por las incoherentes palabras de un enfermo mental.
Tony sintió una mezcla entre rabia e impotencia. No entendía qué razones tendría Samuel para ahora ser tan poco considerado con él como su hermano mayor.
La noche anterior había renovado la chispa de esperanza de su pecho, pero ahora esa chispa era un raudal de ira, aunque muchísimo antes de que pudiera expresarla, se vio interrumpido una vez más.
Un fuerte estruendo, seguido por la oleada de terror que le ocasionó percatarse de lo que había sucedido. Su cuerpo impactando contra el suelo. Quejidos de dolor. Madera y escombro volando por doquier.
Sus oídos zumbaban y su vista era borrosa, pero aun así se esforzó por ver qué era lo que había causado aquello.
¡¿Qué demonios fue lo que destruyó el edificio de esa forma tan repentina?!
Alguien se acercaba. Una sonrisa macabra, mezcla de placer, asco y rabia. El rostro del coronel Louis Hernández lo observaba desde arriba.
El sujeto hizo un movimiento brusco con su pierna que Tony no pudo evitar dada su situación, y tampoco tuvo mucho tiempo de entender lo que Louis haría antes de que un golpe seco hiciera que el mundo entero se disolviera a su alrededor instantáneamente.

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