23: Richard

Programa Explorer

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Respiraba aceleradamente, con los ojos cerrados tratando de convencerse a sí mismo de hacerlo.
Tenía que. Su vida dependía de ello. Y la de sus amigos. Y tal vez la del resto de la humanidad.
Finalmente, presionó la mandíbula y se levantó con la escopeta en ristre y con el dedo sobre el gatillo.
Disparó. Y volvió a disparar. Y una vez más. Volvió a agacharse tras los escombros.
Había matado a tres personas. Una con cada disparo. Así de sencillo.
Volvió a sentirse como en el patio de la base central, la noche en que escaparon. Era su vida y la de sus amigos lo que estaba en juego. No podía darse el lujo de dudar. Tenía que continuar.
Se movió ágilmente a otro escondite y espió con precaución.
Scott y Cris combatían cuerpo a cuerpo contra un agente que era increíblemente alto y musculoso. Ángeles estaba disparando una pistola desde un rincón hacia el otro lado de la sala. Jim y Zoe se cubrían de una lluvia de balas. Fran estaba tendido en el suelo, tratando de mantenerse a salvo del tiroteo. Javier estaba a unos metros de él, oculto y con las manos sobre los oídos.
—¡Ey, toma! —Gritó Tony entregándole su pistola al acobardado Javier.
Él la miró como con temor, pero luego de unos segundos la sujetó y ambos comenzaron a disparar en dirección a los agentes que restaban.
Los guardias iban muriendo, uno a uno. Tony alcanzó a ver con el rabillo del ojo que los monitores corrían en dirección a la salida.
Ángeles se irguió aceleradamente y describiendo un arco en el aire gritó:
—¡¡Granadaaaaa!!
Todos se pusieron a cubierto.  La granada detonó.
Aparentemente habían acabado con todos los guardias, pero los monitores habían desaparecido.
—¡No dejen que se escapen! —Gritó Tony.
—¡Este no piensa morirse! —Respondió Scott. Tony se volvió y se percató de que todavía luchaban contra el agente enorme.
Tony se desesperó.
—¡Corran tras los monitores! ¡Scott, quítate! —Gritó Sara de pronto.
Gwen, Jim, Samuel, David, Ashley y el resto de grupo siguieron el camino por el que se habían perdido los monitores.
Tony, mientras rezaba a los cielos pidiendo que no se hubieran escapado, notó que Cris estaba tendido en el suelo. Sara apuntaba al hombre, pero era demasiado peligroso disparar mientras forcejeaban. Tuvo entonces una idea.
Corrió rodeando todos los escombros, quedando por detrás del enfrentamiento. El agente logró inmovilizar a Scott y sujetándolo por el cuello gritó:
—¡Baja el arma, o le rompo el cuello a tu amigo!
Pero antes de que Sara tuviera la más mínima oportunidad de pensar en qué hacer, Tony había saltado por encima de los escombros, y con toda la potencia que su brazo derecho y la gravedad le permitieron, clavó el filo de su hacha de mano en la cabeza del agente.
Scott cayó al suelo tomando grandes bocanadas de aire. La sangre del sujeto había salpicado por todas partes.
Tony se tendió en el suelo junto al cadáver del hombre. Gateó hasta Cris y lo sacudió.
—Estoy bien. Sólo estoy descansando —dijo Cris como si le costase hablar. Tony se tranquilizó.
—Bueno, ya mataste a alguien con eso. Parece que sí es útil —admitió Sara, y Tony rió levemente.
Cris logró levantarse con la ayuda de Scott y se marcharon de la escena a paso acelerado. Caminaban por los pasillos fingiendo conocer el camino, pero en realidad dejándolo todo a la suerte. Oyeron disparo.  Luego otro más. Se alarmaron y corrieron siguiendo el sonido.
La Sala Central se le hacía a Tony insoportable. Demasiados pasillos. Demasiada maquinaria extraña y futurista. El asqueroso olor a putria contaminando el aire.
Quedaron por fin en frente de las gigantes puertas abiertas de par en par. Un cadáver yacía sobre el agrietado suelo. Tony se alarmó, pero en pocos instantes supo que se trataba de uno de los monitores. La mujer.
Sus amigos descansaban y cambiaban los cartuchos de sus armas, a excepción de Alex que comía otra barra de cereal.
—El otro escapó, pero no debe ir muy lejos, le di en la pierna —comunicó Samuel mientras bebía agua.
Tony respiró profundo. Era prácticamente un milagro que todos hubieran salido con vida de aquello.
—¿Cómo acabaron ustedes aquí? —Preguntó entonces a Ángeles.
—Estábamos muy a gusto cenando en los dormitorios cuando llegaron Louis y Carlos con sus matones a sacarnos de ahí por las malas. No pudimos hacer más que venir —respondió con evidente rabia—. Tuve tiempo de quitarle granadas a uno de los agentes mientras no veía. Son unos idiotas.
Ángeles, Fran y Javier no traían uniformes de explorers ni venían armados. Tony se preguntaba por qué los habían enviado.
Se acercó al cadáver de la mujer, y la miró fijamente. Su sangre parecía normal. Era roja, no parecía putria.
Así que eras resistente —pensó.
Y comenzó a registrarla en busca de cualquier pista u objeto de utilidad.
Se preguntaba qué tendrían que hacer ahora que sabían que la OMSA no era lo que habían pasado a creer, y que quienes estaban en el Nuevo Mundo sí buscaban la Colisión. No había un bando al que pudieran unirse.
Era una guerra entre la OMSA actual y la antigua, y ellos, los explorers, quedaban justo en medio.
Entre sus pertenencias, las cosas de más relevancia que encontró fueron una especie de ampolla que contenía un líquido de color amarillo y una carta:
Querida Isabel; para cuando llegues, debes saber que la situación de la base de pruebas resulta crítica y preocupante con respecto a la cantidad de irradiados. Sin embargo me he encargado de que los proyectos sean escoltados como se debe, y confío en que se asegurarán de sus supervivencias hasta el momento de la finalización.
También te anexo una muestra de la fórmula que hemos estado perfeccionando. Úsala como te plazca e infórmame de los resultados.
Richard Martínez
A todos les llamó la atención la forma en la que Tony había palidecido.
No era por haberse enterado del nombre de la monitora.  Tampoco por el hecho de que esa ampolla con líquido amarillo sería la fórmula a la que el hombre de cabello blanco se refirió al decir que los explorers serían sometidos a ella. Mucho menos le preocupaban esos supuestos proyectos que tenían la necesidad de proteger. No. Era el nombre del firmante: Richard Martínez.
Había pasado doce años sin escucharlo.
Richard Martínez era el padre de Tony y Samuel. El mismísimo ex director de la OMSA.

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