La voz eterna

Géneros: Aventura, Espiritual

Después de un trágico suceso, Hugo deberá descifrar el significado oculto tras sus sueños para poder avanzar en su vida

-I-

La voz eterna

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Hacía meses que estaba esperando este momento.
 
-Hugo, coge la mochila que nos vamos enseguida.
 
Desde enero mis padres y yo habíamos estado preparando un viaje que me hacía especial ilusión, ni más ni menos que ir a Californio a recibir a la que, desde mi punto de vista, era la mejor cantante de todos los tiempos.
-Voy, voy.
 
Dado que aún no habíamos cogido el avión que salía en apenas unas horas, mis padres me empezaron a presionar para coger todo lo necesario y salir cuanto antes hacia nuestro vuelo. Lo cierto es que mis nervios ya eran notables incluso semanas antes del viaje ya que, según mis padres, eso me llevó a que, en un momento de euforia, corriendo por los pasillos de mi casa se me cayese una foto enmarcada del día en el que ellos se juraban amor eterno y, del golpe, se estropease por completo el marco, aunque yo le sigo achacando ese accidente a la estrechura de los pasillos.
Ya en el coche, no me apartaba del cristal de la ventana, sonriente, fijándome en cada simple esquina de mi barrio, aquel que había visto mil veces, sin embargo esta vez era diferente, me sentía distinto ya que, supongo, creía que irme tan lejos significara que nunca más pasearía por aquellas calles, aunque, para ser sinceros, el viaje estaba planeado para estar tan solo seis días.
-¿Es grande?
 
Mi padre, de conductor, me miró a través del retrovisor.
 
-California, ¿Es grande?
 
-Enorme. Tanto que no tendremos tiempo para verla entera.
 
-Pues quizás podríamos ir otro año.
 
-Primero disfrútalo estos días – dijo mi madre – y el año que viene ya se verá, que aún queda mucho.
 
-En fin – dije – Muchas gracias por todo, no hace falta que os repita lo importante que es para mí.
Ambos sonrieron y es que, en verdad, no había mejor regalo de cumpleaños que ver actuar en vivo y en directo a una de las personas a la que más admiraba. A ellos nunca le hizo mucha gracia su música, no por la letra ni por el ritmo, simplemente no sentían lo que yo sentía. Mi madre siempre me decía que era normal, que aprovechara porque dentro de poco su música dejaría de ser lo mismo para mí, decía que era común en la época de adolescencia, como cuando ella amaba a Los Beatles, que pasaba lo mismo con los amores de esa edad, o con las series de dibujos animados, las gominolas y otros placeres que, a priori, te vuelven loco y quieres cada vez más, pero llega un día que simplemente te despiertas y te das cuenta de que ya no sientes lo mismo que hace tan solo unos días. No es malo cambiar, decía, a todo el mundo le pasa. En el fondo lo sabía, sabía que me dejaría de gustar muchas de las cosas que ahora amaba, que dejaría de pensar y actuar como actuaba pero, por alguna razón que aún no llego a entender, no quería aceptarlo. La música. En mi caso eso era mi placer del momento, la música. Isa Furler era la que me inspiraba a hacer prácticamente todo. Tenía una melodía especial, una historia única y unas canciones que contaban historias tan personales que las convertía en arte con el que todos nos veíamos reflejados, y a ella era, precisamente, a quien estábamos a punto de ver en concierto.
Mi padre, por otro lado, era el que más se empeñaba en hacerme creer que las canciones también le gustaban, sin embargo, a la mínima oportunidad que se le presentaba, encendía el televisor o la radio para escuchar cualquier partido de futbol. Durante años puso todas sus fuerzas en intentar convencerme de que practicase fútbol para convertirme, según él, en una estrella internacional, aunque tiempo más tarde por fin se dio por vencido al darse cuenta de que el futbol no era lo mío. Nunca se lo dije a la cara, más que nada por respeto, pero yo siempre pensé que él, al menos de pequeño, antes de conseguir esa barriga cervecera y esos kilitos de más, soñaba con ser futbolista profesional al que el mundo aclamase, pero se quedó, son suerte, a medio camino.
-¡Para el coche!
 
Habíamos estado preparando la maleta durante toda una semana. Aún tengo las voces de mis padres <<Coge todo, que en cuanto salgamos no vamos a poder volver, ya lo sabes>>.
-Mi teléfono – suspiré. – me he olvidado el teléfono.
 
-Tienes suerte de que aún estemos cerca, y mira que te lo dijimos, coge todo, que en cuanto salgamos no íbamos a poder volver.
Corrí como si de un maratón se tratase. En fin, ya se sabe, no podía estar toda una semana sin teléfono, así que simplemente fui a por él y volví al coche cuanto antes.
Después de un largo tiempo ya estábamos a punto de llegar al aeropuerto. Echaba de menos un viaje familiar como ese. Por fin, después de tanto tiempo, podríamos ir, aunque solo fuese por unos días, a un lugar totalmente desconocido para mí, con una cultura muy diferente a la nuestra. Por alguna razón, tenía la certeza de que nos lo íbamos a pasar tremendamente bien.
-Además, Hugo, tenemos una sorpresa que creemos que te va a gustar.
 
Me hice el sorprendido, en realidad lo estaba, pero odiaba las sorpresas. Navidades y mi cumpleaños, las dos fechas donde había momentos imposibles de evitar donde, cada año, no lo pasaba precisamente bien. Los regalos, ambas fechas se caracterizan por esto, y yo, con mis quince años, lógicamente, no estoy en contra de los regalos, si no de tener que desenvolverlos. Cada vez que me daban un regalo me venían a la mente una serie de dudas, ¿y si el regalo no es lo que esperaba? O si simplemente no me gustaba ¿Qué cara debería poner y que debería decir? A decir verdad, el día que sabía que me esperaba una sorpresa iba al baño y ensayaba posturas y gestos de sorpresa y satisfacción. A día de hoy estoy agradecido de que a nadie se le haya dado por abrir la puerta de pronto y verme con las manos en el pecho y sonriendo ante el espejo ya que, a quien vamos a engañar, sería una escena digna de olvidar.
Sin embargo, por esta vez, estaba abierto a cualquier sorpresa, que menos cuando vamos a hacer el viaje de mi vida.
Diez minutos para llegar al aeropuerto. Tan solo diez minutos. Escucho un grito, giro la cabeza y lo veo, un vehículo rojo a escasos centímetros del lado derecho de nuestro
 
coche a gran velocidad. Cristales volando, todo me da vueltas, me embadurno del café que mi madre llevaba en las manos, me golpean trozos de carrocería y siento un terrible golpe en la pierna, gritó y me quedó mudo, sin fuerzas, veo a mi madre, mi padre, el coche sigue dando vueltas, saltan los airbags, se acelera mi respiración pero siento que me quedo sin aliento, me arden los ojos y me duele la cabeza, me muevo de un lado a otro sin control sobre mi cuerpo, intento agarrarme a algo pero me desgarro las manos, aprieto los dientes, cierro los ojos, siento otro golpe que frena en seco el vehículo, mi cabeza se mueve por la inercia hacia el lado incorrecto y me la golpeo con fuerza.
Estoy en mi asiento dolorido pero de pronto lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en el asfalto, no sé cómo llegué allí pero no puedo parar a pensarlo. Todo me duele, han pasado segundos, minutos u horas, no lo tengo claro. No grito, no puedo. Me quedo quieto pero sigo consciente, lo veo todo borroso, suspiro, la gente llega y balbucea, no les entiendo, no entiendo nada, se llevan las manos a la cabeza. Hay dos bomberos a escasos metros, me señalan, mueven la boca y me miran, hablan conmigo pero no respondo, levanto la mano y me toco el rostro, miro mi mano, está impregnada de sangre, de pronto, me duermo.
 

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