26: Efectos secundarios

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Por los aires vacíos, quietos y tenebrosos del desolado Nuevo Mundo se perdían los llamados de Alba, Fran y Ashley a Javier. El chico estaba tendido boca abajo sobre el arenoso y seco suelo.
La radiación NW —fue lo que pensó Tony.
—¿Qué te sucede? —Le preguntaba Alba, como esperando que resucitase en cualquier momento.
Parecía débil y enfermo. Estaba más pálido de lo que era costumbre.
Samuel se acercó lentamente cuando Ashley y Fran lo ponían de rodillas. Se detuvo justo en frente de él, y con un movimiento brusco y rápido, estrelló la palma de su mano contra la mejilla izquierda de Javier.
—¡¿Qué demonios haces?! —Gritó Alba.
—Vaya—dijo Samuel agitando la mano con la que había dado la bofetada—, pensé que estaba fingiendo. Sí está inconsciente.
—No seas tan insensible —dijo Alba molesta—, ¡podría estar muriéndose!
—Entonces morirá de igual forma, es vulnerable, ¿lo recuerdas? —Respondió Cris—. No podemos hacer nada al respecto. Yo habría hecho lo mismo que Samuel.
Alba miró a Cris ardiendo en furia. Tony no sabía a quién apoyar. Era cierto que Javier era vulnerable y la radiación NW ya le estaría afectando, pero eso no era excusa para ser así de desinteresado por su estado.
También era obvio que Cris actuaba de esa forma por celos. Trataba de entenderlo por ese lado, pero le resultaba difícil. No era un momento del todo adecuado para que basara sus acciones y palabras en sus problemas amorosos con Alba.
—Bueno —volvió a decir Samuel— ¿quién me ayuda a cargarlo?
Daniel se ofreció, y mientras ellos dos llevaban al inconsciente chico, Alba y Cris discutían en voz baja un poco apartados del grupo y todos los demás guardaban silencio.
Aproximadamente cada treinta minutos se turnaban distintas parejas para llevar a Javier. Cris se negó rotundamente cuando llegó su turno.
Tres horas y cincuenta y seis minutos, según el cronómetro. Los pasos del uno al cuatro estaban comenzando a aburrirle y cansarle.
Samuel iba mirando a  Javier, mientras Scott y Alex lo cargaban. Tony al conocerlo sabía que estaba pensando en algo.
Luego pasó su vista a Fran y le preguntó:
—Oye, ¿tú cómo te sientes?
—P-pues, estoy bien. Nada fuera de lo normal —respondió él. Aparentemente la pregunta le había tomado por sorpresa, y Tony no estuvo del todo convencido con la respuesta.
—¿Qué tal tú, chica? —Preguntó Samuel dirigiéndose a Ángeles, que caminaba junto a Tony.
—Por si no lo notas, estoy bien —dijo ella en tono altanero, pero Samuel la ignoró por completo.
Ángeles sí parecía bastante firme.
—No creo que a ti te pase lo mismo —le susurró Cris a Ángeles—. Ese chico era demasiado estúpido, seguro es sólo la caminata lo que le afectó.
—Javier siempre fue así de dramático —dijo Ángeles.
—¿Lo conocías? 
—Ángeles asintió—. Estábamos en la misma clase, siempre fingía malestares para irse a casa. En cualquier momento fingirá que despierta, ya lo verán.
Pero Tony no estaba totalmente de acuerdo, el mal estado que veía en ese chico no era nada normal.
La siguiente hora transcurrió en una nebulosa. Tony quiso detenerse desde que se cumplieron las cuatro horas, pero no fue hasta cumplir las cinco horas con cuarenta y siete minutos cuando el resto accedió.
Acordaron que se turnarían para montar guardias de cuatro personas mientras los demás descansaban. A Tony le pareció buena idea hasta que le dijeron que pertenecería al primer grupo de guardia.
La primera guardia les correspondió a Sara, Tony, Alex y David, pero estos últimos dos se quedaron dormidos en cuanto Samuel no los supervisaba —porque también se había dormido—, quedando únicamente Tony y Sara.
Tony observaba el cielo, tratando de pensar en algo para no dormirse también. Había detenido su cronómetro cuando marcaba las cinco horas con cincuenta y tres.
—Vaya caminata —dijo ella para abrir la conversación.
Tony tragó saliva, tomó aire y respondió:
—Sí, fue larguísima. Lo peor es pensar que no sabemos cuánto nos falte. ¿Cuánto crees que hayamos recorrido ya?
—Tal vez unos… ¿veinte kilómetros? O tal vez más, no lo sé.
—Ojalá lleguemos pronto, es una agonía tener que caminar por este lugar tan desértico.
—Ya me duelen los pies —dijo ella, mientras recostaba su cabeza del hombro de Tony—. Cuánto quisiera que todo fuera como antes, ¿tú no? Cuando sólo teníamos que preocuparnos por ir al colegio, hacer tareas y esas cosas.
Tony nunca habría esperado que Sara se portara así con él. Sintió una extraña sensación. Ese nudo en el estómago.
—No sé si podremos recuperar nuestras vidas —decía intentando desatar el nudo—. En realidad por más que nos esforcemos, no podremos saber qué suceda en nuestro futuro. Siempre, el futuro acaba siendo incierto, porque el más mínimo detalle puede cambiar el rumbo de la línea. Lo único que podemos hacer es no decaer, y esperar el momento indicado para obrar como nos corresponda obrar. Sólo así enfrentamos a lo incierto, e intentamos que no sea tan jodido para nosotros —dijo él.
—Parece que siempre sabes qué decir —dijo ella mientras cerraba los ojos y se dibujaba una débil pero linda sonrisa en su rostro.
Ambos se quedaron en silencio. Tony también se recostó de ella.
Se dedicó a analizar detenidamente lo que había dicho, y se percató de que había mucho que ni siquiera él entendía.
¿A qué se refería precisamente con el rumbo de la línea?
¿De verdad lograría obrar como le correspondía obrar?
Enfrentar a lo incierto… Cosa que parecía imposible.
Si lo había dicho en un momento como ese, era porque realmente lo sentía. ¿Por qué dudar ahora? No tardó en encontrar respuesta:
Porque así somos las personas —dijo en pensamientos—. Damos consejos, y nos hacemos los valientes y fuertes sólo para que el resto se anime y nos siga, aunque seamos más cobardes y débiles que los demás, lo hacemos por ellos.
No sabía si era un acto de valentía y fuerza o de cobardía y debilidad, pero lo que sí sabía era que lo hacía, y que lo hacía porque tenía que hacerlo. Entonces, notó que aparentemente estaba obrando como le correspondía obrar.
¿Sería suficiente para enfrentar a lo incierto?
¿Cambiaría ese detalle el rumbo de la línea a su favor?
Quería seguir reflexionando en eso, pero su mente se adormeció… y ahora  estaba caminando de nuevo.
Se veía a sí mismo caminando por el desértico Nuevo Mundo. Sus amigos iban más por delante. Frente a ellos se alzaba un enorme edificio tan alto que se perdía en la oscuridad del cielo.
Todos echaron a correr hacia él, pero Tony era halado desde atrás por algo. Un peso insoportable.
El edificio se alejaba. Sus amigos también. La oscuridad se lo tragaba. Gritaba de horror.
—¿Durmiendo durante la guardia? —Dijeron de pronto, y Tony abrió los ojos sobresaltado.
Cris le tenía la mano sobre un hombro, con una sonrisa somnolienta y el cabello apuntando en todas las direcciones imaginables.
—Ve a acostarte, torpe. Ya nos toca a nosotros.
Fran, Daniel, Zoe y Cris los reemplazarían.
Alex y David fingieron haber estado despiertos durante toda la guardia y fueron los primeros en echarse sobre la parte que habían acomodado para dormir. Tony aprovechó un espacio vacío que había junto a Jim y se recostó. La única desventaja era que el imponente y abultado trasero de Gwen quedaba justo al lado de su rostro, pero se esforzó por ignorarlo mientras miraba las facciones apaciguadas del rostro de Jim mientras descansaba.
Era tan linda.
Se odiaba a sí mismo por haberla expuesto a tanto peligro, pero estaba agradecido de tenerla. Mirarla, saber que estaba allí, recostada a su lado, casi sentir sus respiraciones, era todo un beneficio. Y estaba agradecido de que estuviera allí.
—Es de mala educación mirar a las personas mientras duermen —susurró ella, y abrió los ojos.
Tony se quedó helado, y Jim sonrió. Luego se echó un poco para atrás y dijo:
—Ven. Apártate un poco del trasero de Gwen.
Tony se arrastró con cuidado hacia Jim, alejándose de las exageradamente grandes nalgas de su amiga.
—Un poco más —susurró ella.
Y volvió a arrastrarse, hasta quedar muy cerca de ella. Jim se acercó a él, le rodeó el tronco con un brazo y lo atrajo. Sus labios quedaron a milímetros de distancia. Podía sentir su aliento tibio.
—¿Así está bien? —Preguntó él.
—¿Tú qué crees?
Tony minimizó la distancia de sus labios hasta cero, y la besó.
—Creo que así está mejor —dijo Tony.
Jim rió.
Y la volvió a besar.
Y la siguió besando.
Por sentirse tan afortunado de tenerla.
Por quererla tanto.
Por desear escaparse en ese mismo instante de ese mundo, tomado de la mano con ella.
Por eso, no quiso dejar de besarla.
Porque con ella se sentía capaz de cambiar el rumbo de su línea. Y con ella sería capaz de enfrentar a lo incierto.
Él la envolvió con sus brazos, y la presionó, comunicándole lo arrepentido que estaba de haberla puesto en peligro, pero lo agradecido que estaba de tenerla. Ella devolvió el abrazo, y cada uno se adormeció casi al mismo tiempo, al compás de los latidos y la respiración del otro.
Tony, quien acostumbraba que las pesadillas atormentaran sus horas de sueño, pudo descansar tranquilamente. Estaba a salvo con ella. Y ella lo estaba con él. Pero no estaba en su mente lo que lo obligó a saltar al mundo real.
—¡Arriba, arriba! ¡Despierten!
Tony se apoyó sobre las palmas y miró sobre los cuerpos durmientes de sus amigos.
Cris, Daniel y Zoe gritaban.
—¡Levántense, rápido!
—¿Qué pasa? —Preguntó Scott irritado.
Sólo Tony y él habían despertado completamente.
Cris los miró, con una expresión de temor y señalando al horizonte les dijo:
—Algo se acerca.

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