27: Compañía indeseada

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Tony miró a Scott, y se notaba a leguas que estaban igual de confundidos.
—¡Mira hacia allá! —dijo Cris señalando hacia el norte, hacia donde ellos se dirigían.
Parecían personas agrupadas, acercándose, muy deprisa. Levantaban polvo a su paso, y aparentemente… no traían ropa. Sin embargo no se podía distinguir claramente debido a la lejanía.
—Deben ser irradiados —dijo Scott, pero Tony tenía una sospecha totalmente distinta.
No era como ningún otro enfrentamiento en el que hubieran estado implicados. No había coberturas, no tenían prácticamente ninguna ventaja. Se sintió atemorizado. Lo más probable sería que no salieran ilesos si se trataba de…
—¡No dejen que se acerquen! —Ordenó Tony—. Despierten a los que faltan. Que estén listos.
Cuando comenzaron los disparos, el resto del grupo no requirió demasiado tiempo para ponerse en pie y alistarse. Todos preguntaban nerviosamente qué era lo que sucedía, y la situación acababa siendo obvia.
—Esos... esos no son irradiados —dijo Zoe con la voz algo temblorosa.
Tony sintió un escalofrío. Dirigió su mirada hacia el norte y ya podía notar que, tal como había sospechado, no se trataba de una horda de irradiados
Jim se paró a su lado y le preguntó:
—¿Tú qué crees que sean?
Tony tragó saliva, luchó contra el nudo de su pecho y contra el frío que le inmovilizaba. No lo quería decir, porque al decirlo, sabía que quedaría claro lo aterrado que estaba, pero a todas estas, finalmente dijo:
Morks.
Jim respiró profundo y no dijo nada. Scott dio una fuerte palmada a Tony en la espalda que le devolvió la movilidad —tanto de su cuerpo como de su mente— y decidió ponerse en marcha de una vez por todas. Necesitaba una idea, una estrategia.
—Ángeles, aparta a Javier —ordenó Tony. La chica lo miró con fastidio, pero acató la orden.
Se alinearon mientras disparaban. Los cuerpos con los que los proyectiles impactaban quedaban tendidos y los demás continuaban la carrera, y fue entonces que Tony reparó en los cuerpos de las criaturas.
Definitivamente desnudos. La piel no era normal… parecía de color verde.
Estaban cada vez más cerca.
Sus oídos ya dolían por tantas detonaciones.
Tony disparaba casi a la misma velocidad en la que su corazón latía.
Cincuenta metros. Cuarenta metros. Treinta metros.
Los tenían encima. Algo saldría mal. Tony lo presentía.
—Están… ¡¿esquivando las balas?! —Exclamó Gwen confundida.
Inmediatamente enfundó la pistola y sujetó con firmeza su hacha de mano.
—¡No me jodan! —Escucharon a Ángeles gritar. Tony se volvió, y la chica había dejado a Javier tirado a una distancia considerable, y mientras describía un arco en el aire lanzando algo pequeño hacia el grupo de morks gritó—: ¡¡Granaaadaaaaa!!
—¡Ay, no puede ser! —Reaccionó David.
La granada no necesitó llegar hasta el suelo para estallar. Varios monstruos quedaron envueltos por las llamas de la explosión. Se retorcían y bramaban salvajemente a causa del dolor. Aun así, no había sido suficiente. Unos diez morks seguían con vida, y uno de ellos estaba a un par de pasos de Tony.
En tan sólo un instante la criatura saltó hacia él.
Tony puso las manos al frente.
La enorme boca del mork se abrió. Más de lo que él habría esperado, dando un significado demasiado literal a la “sonrisa de oreja a oreja”.
Con ambas manos sostuvo al monstruo, pero este aferró las piernas a su alrededor haciéndolo perder el equilibrio. Su espalda impactó contra el suelo, mientras sujetaba la mandíbula del mork, manteniéndola abierta.
Oía disparos, quejidos, bramidos, gritos, golpes, pero no podía dejar de mirar a la criatura que amenazaba con asesinarlo.
Unos ojos completamente negros lo miraban sin una sola gota de humanidad. Un par de agujeros en los lugares en que debería haber nariz y orejas. Los filosos y amarillentos dientes estaban incrustándose en las palmas de sus manos.
Era lo más doloroso que había experimentado jamás, pero no podía ceder. Si sus brazos perdían la fuerza, moriría. El mork lo devoraría.
¿Dónde estaba su hacha? La había perdido y ni siquiera se había dado cuenta de cuándo.
La puntiaguda lengua se mecía a todas partes y lanzaba saliva por doquier. Miró el hueco que conectaba la boca con la garganta y tuvo una idea. La idea más asquerosa que pudo habérsele ocurrido.
Su mano derecha, con la que sostenía la parte inferior de la boca del mork, se volvió puño y la estrelló contra lo que sería el paladar, y el codo sostuvo la parte inferior, impidiéndole cerrarla por completo, aunque hiriendo dolorosamente su propio codo. Con la mano izquierda libre, palpó sobre su uniforme, tratando de recordar dónde demonios había guardado el cuchillo.
El mork intentaba liberarse y cerrar la mandíbula, pero no podía. Y menos pudo cuando Tony encontró el cuchillo.
Apresuradamente, metió todo el brazo izquierdo hasta la garganta del mork, sujetando el cuchillo con firmeza. La criatura soltó un chillido, y Tony describió un círculo utilizando el filo de su arma. Retiró el ensangrentado y ensalivado brazo y pateó el mork lo más lejos que pudo.
Se levantó, y no tuvo siquiera tiempo de respirar. Un grito de horror y dolor. Ángeles estaba tendida en el suelo y sobre ella tenía a una de las criaturas atacándola. Tony recuperó su hacha y acudió en su ayuda.
Tacleó al mork liberando a Ángeles. La criatura lanzó un zarpazo que le hirió la mejilla. Con un esfuerzo mayor al esperado hundió el cuchillo en su pecho, y con el hacha hirió su garganta.
Al ponerse de pie, cuando tuvo unos segundos para volver en sí y dejar pasar un poco la adrenalina, fue cuando se dio cuenta de lo que había sucedido en realidad. Una punzada congeló su pecho. Nunca habría imaginado que algo así sería posible en tan poco tiempo; a Ángeles le faltaba todo el antebrazo izquierdo.
—¡Saquémosla de aquí! —Le gritó Cris.
Tony se apresuró hacia ella. La tomaron con cuidado y la llevaron lejos del combate, justo donde había dejado a Javier.
—¡Quítate! —Exclamó Cris de pronto.
Un mork se les acercaba a cuatro patas. Dio un salto. Tony levantó su arma. Cris se interpuso.
El mork derribó al chico, y cuando estuvo seguro, Tony le disparó a la cabeza y este no se movió más.  
Quitó el cadáver de la criatura de encima de su amigo, e inmediatamente notó la herida que le había causado al nivel del abdomen.
—No es tan grave —dijo Cris, antes de que Tony se preocupase—. Ayuda a Ángeles.
Miró al grupo, y se tranquilizó al percatarse de que el combate había terminado, y todos habían salido con vida.
Se colocó sobre Ángeles.
—Aguanta —le dijo.
—¡Rápido! —Gritó ella.
Ató una venda alrededor de su brazo, y cubrió la herida con más de ellas luego de desinfectarla. Ángeles se quejaba.
—Creo que con esto será suficiente por ahora —dijo. Miró a Cris, todavía tirado en el suelo—. ¡Eh, levántate!
—Estoy... b-bien —alcanzó a decir Cris con una voz bastante débil. Tony sacó otra venda de su mochila y le presionó la herida—. Sólo un poco... mareado.
—¡Ni se te ocurra! —Exclamó.  
Justo en ese momento llegó corriendo David, con bastantes heridas en la cara y en los brazos.
—¿Qué les paso? —Preguntó asustado.
—Una de esas cosas lo hirió. Soy pésimo haciendo vendajes, así que Ángeles necesita un mejor —respondió.
David se apresuró a ayudar a la chica. El resto del grupo se acercaba
Cris tenía muy mala pinta.
—Tony… Esta sangre… ¿es mía?
Tony recordó inmediatamente la rara condición de Cris: sufría de hemofobia, ese pánico incontrolable que ataca a la gente al ver sangre, pero no la sangre de otros, sólo le sucedía cuando era su propia sangre.
—No, ¡no es tuya! No seas idiota.
Pero Cris sangraba mucho. Era una herida bastante grave. Sabía que aunque la hemofobia contribuía a su estado, no era sólo por eso que tenía cara de que caería desmayado en cualquier instante.
—No te preocupes —dijo Alex—. Seguro que se mejora.
A Tony se le hizo difícil no creérselo al venir de Alex, pero no podía evitar estar preocupado.
—Tenemos que empezar a movernos otra vez —sugirió Fran—. No queremos volver a encontrarnos con cosas de estas.
—Ayúdame a cargarlo, David —dijo Tony. Cada uno se colocó de un lado y lo levantaron.
Cris balbuceaba ocasionalmente. Era como si estuviera borracho.
Entre Gwen y Ashley vendaron a Ángeles, que aún se quejaba del dolor y entre Alex y Daniel levantaron a Javier.
Es mejor esto a que hubiese muerto alguno —pensó Tony mientras desplazaba su mirada desde Ángeles hasta Cris—. Espero que no tardes demasiado en despertar, idiota.
Pero lo que no tardó fue el dolor de las heridas de sus palmas, su codo y su mejilla.
Volvió a poner en funcionamiento su cronómetro, pero se olvidó completamente de los cuatro pasos de la caminata, estaba harto de ellos, simplemente trató de ignorar por completo el cronómetro y pensar en que así transcurriría más rápido el tiempo… Pero no fue así.
Sentía que habían pasado diez horas cuando decidió comprobar: el cronómetro indicaba ocho horas con trece minutos en total. 
—No puede ser —dijo, mirando fijamente su muñeca.
—Increíble, ¿verdad? —Dijo David, que seguía ayudándolo con Cris, pero con la voz animada, completamente ajena al fastidio de Tony.
—Definitivamente. ¿Cómo es que aún no hemos dado con ese estúpido edificio?
—¿Ah?
—La base de pruebas, pequeño —aclaró mientras continuaba con la vista en su reloj.
—Tony, ¿ya viste verdad?
—¿Ver qué?
—La base de pruebas —repitió.
Tony no lo comprendió, hasta que recordó lo importante que es mirar hacia adelante mientras caminas.
Observó eso a lo que David se refería; en la lejanía, un edificio enorme podía distinguirse, muy parecido al hospital del centro de la ciudad de Geralldia.
La base de pruebas de la OMSA estaba allí. Por fin la habían encontrado.

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