La oficina

Géneros: Fantasía, Misterio, Suspense

Este hombre ha dotado demasiada importancia a su lugar de trabajo, no porque él quiera, sino porque este lugar representa el esfuerzo que culmina en algo muy valioso para él, algo por lo que daría la vida... no se lo esperaba, nadie lo hizo

Somnoliento.

La oficina

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No podía ver ningún rastro de materia, solo una pantalla negra que abarcaba toda su vista, por alguna razón sentia un miedo muy intenso, estaba húmedo por el sudor que lo empapaba y solo podía escuchar sus bruscos y rápidos latidos cardiacos de los que no notaba intensión de desacelerar, empezó a hiperventilarse a la vez que su ritmo cardiaco se incrementaba, él pensaba que su final se acercaba, que moriría de un ataque al corazón, su respiración se aceleraba más y se profundizaba, si no hacía algo se sofocaría, no sabía que hacer nisiquiera sabía dónde estaba y... entonces despertó de un grito, abriendo los ojos rápidamente y mirando hacia un techo, estaba sentado: podía ver un ventilador que apenas hacía ruido, escuchaba mas ténue un tic-tac de un reloj cerca de él, esos sonidos le recordaron instantáneamente a su oficina, ese ambiente de calma pero que suponía estrés que, por lo menos valía la pena, extrañamente no estaba sudando para nada y su horror casi se discipó: "fué solo un sueño" se dijo susurrando para calmarse, bajó la cara para ver en dónde estaba, efectivamente, era su oficina.
Unos instantes después, levantó su brazo derecho a la altura de su pecho para revisar la hora en su reloj aparentemente caro, del que resaltaban cuatro joyas en cruz de las orillas con grabados complejos, de un material dorado, pero... su reloj no avanzaba por alguna inexplicable razón
-Que... raro las baterías son nuevas- se dijo en su mente, sin embargo, un segundo después y en subconsciente pensó que debió comprar sus baterias en un lugar menos "rústico", soltó una pequeña sonrisa mirando el reloj.
-Ya veo
De igual manera quería ver la hora.
Él estaba sentado en una silla acolchonada roja, (un tanto grande) como si fuera un trono, su escritorio de cedro café oscuro con un vidrio grueso sobrepuesto; aplastado entre este vidrio transparente y la madera; unos dibujos hechos por un crío, de esos que cualquier padre conserva de su hijo o sobrino como una dulce corazonada, de alguna manera, para recordarle por qué estaba donde estaba; en la esquina superior derecha y encima del material transparente una lámpara pequeña que apuntaba al centro del escritorio, en la esquina superior izquierda un adorno de un dado grande en un pequeño pedestal parado con una de sus puntas, en donde los puntos negros del cubo servían para encajar bolígrafos y lápices para facilitar su acceso; debajo de esta bonita decoración un monto de libros viejos, pero útiles; en el centro del escritorio una carpeta con contenido indefinido y al lado de este a la izquierda una pila de un tamaño considerable de hojas en más archivadores; pegado al lado izquierdo del escritorio a la altura del ombligo del hombre un sacapuntas automático que el mismo oficinista cuestionaba su orientación pues, él era diestro, (aunque ya se había acostumbrado) y poco más en su despacho; los cajones en las patas del mueble a los laterales llenos de portafolios con hojas, y el clásico botón debajo de la tabla superior de alarma silenciosa, que por cierto nunca vió la necesidad de utilizar.
Detrás de donde él estaba sentado, con un espacio entremedio de un metro aproximadamente, un ventanal colosal que abarcaba casi toda la pared con una vista al paisaje urbano de enormes rascacielos, se notaba que él estaba en la punta de un edificio de los más grandes de la ciudad, sin embargo... no hay rastro de movimiento de nadie... ni carros, autobuses ni personas... el hombre aún no se ha dado cuenta.
A la izquierda de su asiento una estantería alta que contenía libros gruesos bien cuidados a simple vista, una sección apartada contenía volúmenes de ciencia ficción en lugar de información empresarial y política, encima de la estantería un globo terraqueo y tres trofeos de segundo lugar de algún concurso, todo ahi arriba estaba descuidado y polvoso.
A su lado derecho un poco más alejado enfrente, un tocador alargado pegado a la pared derecha con tres cajones con aún más desasperantes cuartillas, en la orilla izquierda de este mueble un jarrón con flores coloridas bien cuidadas, el jarrón de porcelana tenía unos grabados: "con amor, Tsugui", en el centro el modem y a la derecha de este y más cerca a la vista del hombre, una foto que guardaba con cariño de su esposa, él y su querida hija: una hermosa y alegre niña de 6 años, abrazando a su padre, esta foto la pondría en su mesa de no ser porque necesita el espacio para trabajar. Al fondo enfrente de sus narices, como si de un pasillo se tratase estaba la puerta de salida, una puerta un poco grande de madera oscura y arriba colgado en la pared la dichosa fuente del tic-tac: un reloj de manecillas con absolutamente nada en especial, mismo reloj que el ofinista cegatón no lograba ver con claridad desde esa distancia.
El secretario sintió que era importante revisar la hora. Se levantó de su butaca con ayuda de sus brazos, lentamente como un anciano, rodeó el escritorio con serenidad apoyando levemente su mano izquierda en la esquina inferior derecha del mismo, procurando acercar más su mirada que sus piernas al reloj, no obstante... a medio camino y a punto de que su pésima perspectiva lograra ver las manecillas sintió un mareo agudo sorpresivamente, cada tic-tac se convirtió en una pulsación dolorosa en el fondo de su cráneo, el sonido leve del ventilador se intensificó, lo escuchaba insoportablemente en su tímpano hasta pasar a un desgarrante chirrido de metal siendo rayado, acompañado de brutales notas para nada afinadas de algo parecido a un tempestad en su oreja, la reacción fue inmediatamente de desesperación, de repente sintió sus piernas flácidas e inútiles como en una atmósfera seis veces más pesada, calló de rodillas al piso sostenido por sus débiles brazos, con el infierno en la cabeza y cerrando los ojos con fuerza, en gritos de agonía opacamente suprimidos por sus dientes apretandose, ese sufrimiento se le hizo eterno a pesar de durar quince segundos, quince segundos de dolencia probablemente mayor al parto de los cuales solo bastó la mitad del tiempo para que el condenado se rindiera ante el piso boca arriba y apretando su cabeza con las manos se retorciera en su agonia, todo aquello parecia la pesadilla más horrible de su vida, culminando con la sólida tolerancia al dolor del hombre, dejando escapar un último grito sollozo a todo pulmón, y entonces...
 
  • JkL4-image JkL4 - 29/05/2019

    El primer capítulo de esta corta pero simbólica historia está listo, eventualmente añadiré una portada,(está en proceso) mientras tanto suplico que quien sea que vea esto dé su opinión al respecto, saben, para mejorar y si les gusta compartanlo y ayuden a este humilde escritor como todos aquí a divulgar su creatividad, gracias ;)

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