Epílogo

Programa Explorer

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7 de abril, año 2025. Base Central de Supervisión de Anomalías. Oficina de Richard Martínez.
Esa misma oscura noche en la que varios adolescentes geralldianos habían despertado algo… sobresaltados, creyendo firmemente en que acababan de tener una pesadilla en la que habían estado a punto de morir en múltiples ocasiones, muy alejados de la ciudad, en un lugar entre el bosque y el acantilado, sólo dos hombres se mantenían despiertos a tan altas horas.
—¿Señor Richard?
—Buenas noches, Albert. ¿Qué haces aquí tan tarde?
—Es un… pequeño imprevisto. Creí que debía informarle
—Ya resolví lo de la rebelión en el mar. Está hecho.
—N-no se trata de eso señor.
—¿Algún problema con la llegada de Denise?
—N-no...
—¿Alguna sospecha por parte de Lilith?
—Ta-tampoco...
Richard, el director de la Organización Mundial de Supervisión de Anomalías, se puso de pie con expresión de irritación.
—Ayer me dijiste que todo estaba en orden y que el Programa Explorer había sido aprobado. Mañana amenazaremos al alto mando mundial y seremos enviados al Nuevo Mundo con ambos proyectos. A Víctor y a Isabel les borrarán la memoria, y el Programa será ejecutado en un par de meses como máximo. Si todo eso está en orden, dime ¿cuál es el problema?
—Es Ariana, señor.
—¿Qué pasa con ella? Es tu hija, Albert. Si no acata órdenes, tienes que ponerle algo de disciplina.
—No es nada de eso, señor.
—¿Entonces?
—Ella... Ella acaba de despertar. Aparentemente tuvo una pesadilla pero… Nombró a varios futuros explorers. Incluyendo a su hijo, señor, a Tony.
Richard palideció. Albert prosiguió diciendo:
—Es imposible que Ariana tuviera acceso a ningún informe, la hemos estado vigilando todo este tiempo. Si ella conoce a futuros explorers, entonces…
—Sólo quiere decir una cosa —dijo Richard. Su rostro demacrado por las horas sin dormir se hizo más sombrío con una maliciosa sonrisa—. Funcionó. La Falla Temporal funcionó. Han vuelto —Richard golpeó su escritorio con ambas manos por la emoción—. ¡Han vuelto!
Albert también parecía comprenderlo, pero no tan bien como lo hacía su jefe.
—Que no traigan a Denise, Albert. Conservaremos el mando de la Organización. El Programa no puede ser llevado a cabo. Habrá cambio de planes.
Albert acató todas las órdenes de Richard, y salió de su oficina a paso acelerado.
A parte de ellos, sólo Dios sabría lo que esos dos tramaban, y sólo Dios sabría también, cómo acabaría todo aquello.
Sólo Dios sabría entonces, lo que depararía al durmiente Tony, que convencido de que todo aquello había sido producto de su imaginación, descansaba tranquilamente como todos sus amigos, esperando por un nuevo despertar.
 
Fin del libro uno

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